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Emigrar o no emigrar

martes 9 de septiembre de 2025
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El golpe de suerte de cuidar a doña Emilia le llegó a Adela a través de Bertha, quien la tenía a cargo.

Doña Emilia vivía en Caracas. Lomas de Altamira.

La hija mayor, en Oviedo, casada con un industrial.

La menor, genetista en el Hospital Clínico Universidad de Chile, equivalente a nuestro Clínico Universitario...

El hijo, informático contratado por Google.

Adela trabajaba entre Los Teques y San Antonio, zonas donde jamás de los jamases pagarían el cuidado de los viejitos con las tarifas del este, su posicionamiento soñado.

Pero el tiempo de Dios es perfecto.

Bertha le informó el estado físico de la paciente, tratamientos, hábitos de sueño, alimentación.

Le ofreció un pago decente.

A las ocho menos cinco en punto, llamó al intercomunicador de un edificio suculento: apartamentos de dos niveles, terrazas verdes, piscina, cancha de tenis.

Un vigilante derrochando pertenencia, como si hubiera jugado metras en esos jardines recortaditos, ágil y bien nutrido, la guio hacia un ascensor al penthouse, su hogar por los próximos meses.

La recibió Leticia, uniforme negro y delantal recargado de encajitos.

Apenas accedió a aquel amplísimo espacio, desapareció el temor a trabajar sola en esos sitios normalmente desangelados.

Reflejadas en las paredes luminosas, vio a otras empleadas descorriendo el damasco de las cortinas; girando instrucciones, quizá a la cocina.

Desde los corredores, también tapizados por espejos de arriba a abajo, la miraban mujeres en traje y calzado blanquísimos como los de ella; moño bien templado sobre el cogote idéntico al suyo, y cierto aspecto de jirafa que le resultaba familiar.

Espabiló tras Leticia, quien la llevó a doña Emilia.

Ésta la recibió, en medio de una ráfaga de Heno de Pravia acompañando un ¡Le he dicho que llame antes de entrar, carajo!

—Calma —se dijo.

Penetró esa especie de gruta, también de azogue.

—La nueva enfermera...

—Buenos días, doña Emilia.

—¡Dígame qué tienen de buenos! —sonó bajo los edredones.

—Soy Adela García, doña Emilia. Estoy a su disposición para seguir las órdenes de su médico.

—¡Qué sabrá ese matasanos...!

Adela buscó la mirada de la compañera; Leticia había hecho mutis.

Intentó una inspiración diafragmática y, con un permisitoo, alcanzó el tocador, donde se arracimaban, como los hermanos de Pulgarcito bajo la mirada del ogro, los récipes, el tensiómetro y montañas de blisters, cual botica-popurrí abandonada en plena huida.

Por suerte, las indicaciones estaban respaldadas, y aún no se veía por ningún lado, amenazante, el bulto destripado de pañales.

—Doña Emilia, su antihipertensivo...

—¿Quién lo manda?

—Su doctor.

Medicamento y vaso en mano, Adela gira cual danzarina rusa, poniéndose a tiro de aquellos ojos sobresalientes, idénticos a dos tachuelas remachando alguna lámina suelta en la bóveda lunar del techo, intuyendo, muy a su pesar, que, en el dilatado regazo de esta paciente, por más que escudriñara, no encontraría el corazón dulce de acemita tocuyana hallado en otras abuelitas, tan divinamente gordas, mullidas y acogedoras, cual sedosas almohadas de plumitas.

Contó veinticuatro semanas a futuro, y decidió: paciencia.

 

Dos años atrás, Adela había desembarcado en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar pisando con sus Forum Bold de nosecuántos dólares, dispuesta a rechazar de plano al que viniera nuevamente con el retintín de cada trasbordo, de Denver a Miami, de Bogotá a Maiquetía, de por qué se le ocurría volver a Venezuela.

¿Acaso era tan difícil de aceptar que Adela García desesperaba por un hueco en esta economía rechueca porque, entre otras cosas, y así sonara a conformista, deliraba por tirarse en una playa al sol a recargar la batería?

Que así no fuera en Choroní —el primo vendió la camioneta a cambio del parto de la mujer y de sacarse una cordal—, pero mínimo bajar un finde hasta ese litoral central, soleado y azul, con el que comulgó al aterrizar, festoneado por casitas garrapiñadas donde, sabía, igualito podían festejarla con una rueda de carite frito, patacones, cerveza, o la podían dejar en sostén y pantaleta.

Su decisión de emigrar, con todo y permitirle resolver en el norte, ingreso, vivienda, remesas y demás varios, laborando, eso sí, ¿quién dijo miedo?, catorce horas de lunes a lunes, se le fue tornando insoportable.

Durante las noches, se le evaporaban las horas de sueño imaginándose en los espacios huérfanos de su apartamento en La Candelaria, remendando las tuberías abizcochadas, sobando mohos, persiguiendo las polillas, abriendo huequitos con el codo en los cristales hollinúos, montando el pesebre al son de “Mi burrito sabanero” y “Fuego al cañón”, y ya sentada al comedor, ilusionada con bajar a comprar el pan o recibir la visita de los amigos.

Tal pesadilla, en lugar de aferrarla a lo que afuera creía seguro, la ponía a dudar en si no sería mejor regresar a estos predios, desvencijados, no obstante, suyos.

Es que lejos del terruño se le congelaban los huesos. Así la primavera cada año reverdeciera los palitroques, la gente escondiera los abrigos zepelines, y el sol retostara apocalíptico, sus piernas, ovarios, espinazo, cerebro, continuaban hibernando.

¿Será, reflexionaba Adela, que no estoy clara, como todo el mundo, que no sé pelear mi turno en Un mundo feliz? ¿O que, en el fondo, sueño retirarme a la montaña de mis abuelos, a sembrar papas en plena paz?

Reconoce que llegó a Colorado sin entregar sus ahorros en Necoclí a cambio de unas botas de caucho desechables, sin tener que adivinar en la selva del Darién, a lo Balboa, por dónde sale el sol.

Arribó Vip, con gente esperándola, no amigos de los que luego sacan el culo, y trabajo casi al llegar.

Estas ventajas le restan autoridad para encender su llorómetro ante los que necesitan emigrar; éstos tienen familiares dependientes; ninguna entrada; razones serias de salud; deudas; el acoso de un celópata, un mafioso, una tóxica; o, sencillo, aspiran a su derecho al American Epic...

Entonces, Adela decide callar, no herir a los que se marchan con altas expectativas, creyendo que aquí dejarán sus amores guardados bajo siete llaves, esperando su retorno.

Ella sabe que esos amores los pillarán en cualquier latitud, como le ocurrió a un músico venezolano en el metro madrileño una noche de enero, cuando iba con su bandola a cuestas, y tropezó con dos paisanos desafinando los versos de “Nostalgia andina”: Con tus calles que van subiendo al cielo / ...yo quisiera volcar en ti mi amor y mi destino / Calles de mi niñez / calles tranquiiiilas...

O más rudo: a una amiga de paso por República Dominicana, enterada por la tele que la suicida desde el balcón de un hotel era su prima, obligada a prostituirse tras la promesa de una buena oportunidad.

Adela calla, respetuosa.

No obstante, no aceptará ni una crítica más.

Ni cantada por un coro sinfónico.

Porque tan complicado como irse o quedarse, también lo es devolverse.

Adela busca trabajo. De enfermera.

En ciertas clínicas de Los Teques, ni mencionan el pago: todo depende de que estés disponible a cualquier hora del día o de la noche.

Prefiere diversificarse.

Vende por sus redes marquesas de chocolate, yogures y golfeados. Acomoda mercancía en unos almacenes de chinos; coordina muchachas que hacen publicidad, haciendo la vista gorda cuando se marchan con un cliente; puya balances contables para la declaración de impuestos.

Sin embargo, el escaso margen de ganancia le rinde lo que tarda otra subida del dólar.

La salvan analizar muy seriamente sus fortalezas y debilidades —algo aprendido en uno de tantos cursos de crecimiento personal—; datearse acerca del subibaja de la economía, y finalmente, apuntar a la atención del segmento ancianos solos-con familia en el exterior.

Comienza sirviendo a sus tíos Kike y Manena.

Le pagan los primos en Madrid y Australia.

Poco a poco la solicitan.

Y es que Adela, verdaderamente, nada tiene en común con otros que desarrollan antipatías por viejitos dignamente resentidos ante unos extraños limpiándoles la caca, recogiéndoles las babas, manoseándoles sus partes pudendas.

Adela, por el contrario, es sincera y generosa en compasión y en miamoreo, y sus pacientes se le van rindiendo hasta no poder vivir, o no querer morir, sin su presencia.

Unos más, otros menos, terminan contándole lo que ha sido mi vida.

Adela los va llevando, sin contradecirlos; ellos le agradecen esa complicidad suavizándoles la despedida.

 

Adela le amanecía a doña Emilia. A primera hora entraba a su dormitorio obsequiándole con frases al estilo ¡Muy saludable que luce usted esta linda mañana! Masajes con cremitas en las piernas y brazos; el arreglo de un coqueto peinado, agua de colonia incluida; la escogencia de una bonita combinación.

La viejita fijaba la vista en las cobijas sin aflojar una sonrisa, una palabra, una mirada de entendimiento; solamente asentía con la cabeza ante el desayuno deseado de la lista de apetecibles que le enumeraba Adela, antes de ir a la tumbona del balcón, donde pasaba un rato dormitando al solecito, esperando a la fisioterapeuta.

Por las tardes Bertha la visitaba.

Minuciosas, las amigas actualizaban su catálogo de conocidos, varados similar a ellas en este geriátrico monumental en que se convirtió Caracas, y en medio de partidas interminables de cartas, se tripeaban arrobas de buñuelos, milhojas y cheesecake, que pronto le hicieron superar a la abuela los ciento diez kilos, limitándole gravemente la motricidad y disparándole la glicemia.

En cuanto Adela intentó ordenar semejante anarquía sanitaria, doña Emilia apuntó, arrollándola con el descrédito:

—Doña Emilia dice que usted no le está suministrando las medicinas a la hora indicada por el médico...

—Dice doña Emilia que la fisioterapeuta le encuentra la piel cada vez más reseca; me da pena esto, señorita Adela, sí será que usted usa la crema de almendras enviada por sus hijas...

—Que dice doña Emilia que usted no es su médico...

Tarde va, tarde viene, y continúan el trapicheo de dulces, la aguja de la balanza disparada hacia la derecha, y a la distancia, la alta gerencia:

—Bertha, ¿esa es la misma enfermera que contrataste hace cinco meses? ¿La que parecía la mejor de todas, y ahora trata tan mal a mamá?

Y el doctor, delegando sendas responsabilidades en Bertha y Leticia, culicagadas ante el despotismo de doña Emilia:

—Señoras, yo doy las instrucciones. Si aquí el personal no las cumple...

Adela espantada ante la muy posible bancarrota de su posicionamiento.

Un día doña Emilia, como siempre, quiso ir ella sola al baño.

Adela aguardó ante la puerta, hasta oír el patapúm.

La llamó, y ni un ay; ni siquiera el rodar de una jabonera.

Todas acudieron solícitas.

Adela intentando una maniobra auxiliar frente a la humanidad de doña Emilia, niña de regreso a la estatura grande del miedo, encajada entre el bidet y la bañera.

Cuando Adela casi, casi logra levantarla...

 

Un año después es carnaval.

Adela baja al litoral amuñuñada junto a otras cien sardinas clavándose las panzas, nalgas, alientos, sudores, morrales, cavas, que, en típica solidaridad, le cuidan su brazo de movilidad limitada expuesto al riesgo por el traqueteo infernal de ese bus, cortesía de algún alcalde trasladando a su gente atrás de un chapuzón.

Unas cuantas frenadas de camión de cochinos, y montones de chorros de monóxido más tarde, ya ubicada en sus cincuenta centímetros cuadrados de arena dorada y calientica en los que apenas le caben toallita, pompis y talones, ave arrastrando un ala rota en medio de una bandada exangüe de gaviotas trasteando de punta a punta la bahía, y sin la menor esperanza de que nadie, ni en modo buscando a Wally, la ubique en aquel mazacote de bañistas, Adela comienza a oírles a los vecinos las historias de las penurias pasadas en sus rutas por Perú, Quito, Darién, el Río Bravo...

Piensa que lo suyo también sería escuchado, si ella, esa tipa desconocida llorando ahí, delante de todos, pudiera parar de hacerlo y decirles que nada, nada como esta playa, este sol, sus chiquillos en trajes de baño de segunda mano, y cholas unos números más grandes, comiendo panes embadurnados de margarina y bebiendo gaseosas recalentadas, junto a primos y primas, tías y abuelos, reencontrados en un día tan, pero tan feliz, que ojalá no termine nunca.

María Isabel Briceño Armas
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