
Una palabra que, la primera vez que la leí, me impactó y desde entonces me ha acompañado revoloteando sin cesar como un pájaro, el famoso cuervo de Edgar Allan Poe, aunque por supuesto, no en su versión cuervo, eran más bien una obsesión, un estribillo, y repetía una y otra vez mentalmente nevermore, nevermore, sin saber en realidad qué significado, no literal, podían tener para mí. Hubiera resultado más sencillo repetir nunca jamás y regresar a Peter Pan, que no obsesionarme con el graznido de un cuervo imaginario, sin haber leído todavía ese relato, porque lo leí muchos años después, de adulta, y debo confesar que me pareció un rompecabezas, el divagar de un poeta, sí, pero también de una persona a quien algo le falla en la mente.
Entonces no dominaba el inglés muy bien, y ahora, sin practicarlo, todavía es peor de no echar mano de vocabulario y gramática, pero lo que sí pude captar fue la sonoridad de los versos y su fuerza, como también en el poema Annabel Lee. Pero antes de seguir debo hacer una confesión. En la adolescencia a mí Poe me daba miedo porque, al leer alguno de sus cuentos, por la noche tenía pesadillas, y ese temor infantil me duró varios años, hasta que un día, afortunadamente, se desvaneció, pero de mirarle con prevención pasé, tal vez demasiado bruscamente, a admirarle sin prejuicios y reconozco que tampoco es eso, aunque lo prefiera. Una cosa no obstante permaneció intacta en mí, continuaba sintiendo pena por su desafortunado destino, esa lucha constante por conseguir el éxito, el éxito que no conoció en vida rubricado por la cruel burla de su única venta, precisamente El cuervo, cincuenta dólares que de poco sirvieron para aliviar su miseria, curioso paralelismo con Van Gogh que sólo vendió un cuadro en su vida y también falleció pobre y frustrado y con la etiqueta de loco.
Respecto a la locura que se capta en los escritos de Poe, es una pena también que a esa anomalía se la considere genialidad. Cuando leo obras marcadas con este sello de velada incoherencia, a veces no tan velada, recuerdo a un par de escritores muy famosos, Virginia Woolf y Philip K. Dick, el autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (su única obra lógica, curiosamente), sin olvidar, por supuesto, a Terry Pratchett. Cuando leo a un autor cuyos textos parecen resbalar, no encuentro mejor adjetivo para describirlo; pienso con tristeza en lo maravillosamente que hubiesen escrito de estar cuerdos.
La locura no es madre de genios. Tengámoslo presente aun cuando por ahí se diga que sí; la locura es locura y sólo se salva lo escrito, hasta el punto de que la obra valga, en el caso de que sus autores tengan oficio.
Es así.
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