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La doncella de cristal

miércoles 29 de enero de 2020
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La doncella de cristal, por Estrella Cardona Gamio
Nuestra doncellita de cristal marchó por el mundo buscando un lejano y tranquilo lugar en donde la dejasen vivir en paz. Ilustración: Gert Jan Degroot

Este texto se encuentra en el libro La trampa de ser mujer, de Estrella Cardona Gamio.

Era hija del Fuego y de la Arena del desierto.

Era una mujer de cristal, una figura de cristal con sus largos cabellos transparentes y sus ojos luminosos.

Apenas nacida, todos se exclamaron; aseguraban que una mujer de cristal no puede vivir.

—Te romperás —afirmaban—. No andes, te vas a caer…

Otros decían que el calor del fuego podría fundirla de nuevo, otros, que el viento la quebraría.

Y nuestra doncellita de cristal marchó por el mundo buscando un lejano y tranquilo lugar en donde la dejasen vivir en paz.

Cogió un barco, un barco grande, de madera obscura y velas muy blancas, y el barco surcó los mares como una gaviota.

—¡Cuidado —le gritaron entonces los peces a la muchacha—, cuidado!, que un golpe de espuma te puede deshacer, no vayas por el mar, el mar es cruel y traicionero, no te fíes de su bonito color azul. Si nadas entre sus ondas, también tú serás azul, o verde, o dorada, pero no podrás resistir su abrazo lleno de fuerza y te romperás…

Un día, el barco fondeó en la playa de una enorme y lejana isla y la figura de cristal quiso saber si aquélla podía convertirse en un hogar.

—¡Cuidado —le previnieron las altas palmeras—, cuidado!, en el bosque hay maleza y también pájaros, e incluso mariposas… Un tropezón, un aletazo, un roce, todo esto puede causar tu destrucción, por favor, no entres en la floresta…

Pero la doncella de cristal no les hizo caso y siguió su camino.

Y anda que te andarás, bajo un sol que la atravesaba hasta convertirla en una estrella luminosa, llegó junto a un castillo de piedra, imponente y silencioso.

Sobre el puente levadizo había un caballo, y jinete en él, un hermoso príncipe que vestía como un trovador.

Al ver a la muchacha, el príncipe se sorprendió.

—¿Quién eres tú —le dijo—, extraña criatura que resplandeces?… ¿Eres un hada, una mujer, o quizá un espíritu?

—Soy una mujer de cristal —repuso ella—, y tengo que ir por el mundo con mucho cuidado para evitar romperme, ¿puedes ayudarme tú?

—Tal vez —repuso él—, súbete a mi caballo y yo te protegeré.

Entonces ella se subió al caballo y junto al príncipe, emprendió un nuevo camino.

Cabalgaron días y noches enteros llegando finalmente a un campo de batalla en donde los soldados saludaron afectuosos al príncipe.

—¿Por qué me has traído a la guerra —se quejó ella a su protector—, no ves que la guerra es aniquilamiento y yo puedo desaparecer?

—La guerra es propia de los hombres, no te puedo llevar a otro sitio —dijo él muy enfadado—; no conozco nada mejor… Muchacha, ve a mi tienda y reposa tranquila, que yo no voy a permitir que te suceda algo malo.

La doncella de cristal se refugió en la tienda principesca, pero en la tienda, aunque no le faltaba de nada, mullidas alfombras, almohadones rellenos de suave plumón, tules, sedas, rasos, brocados, delicados perfumes, inciensos exóticos, bufones y servidoras atentos a sus menores deseos, ella no era feliz. El príncipe se pasaba la jornada entera guerreando y cuando regresaba prefería estar entre sus soldados comentando los lances acaecidos en la pelea, a volver a su lado.

Triste, la muchacha aprendió a bordar y también a cantar al son de la música de la brisa entre sus cabellos, y un día que en el campamento todos dormían, se marchó silenciosamente sin que nadie lo advirtiera, tan sólo un centinela, y aún éste la confundió con un rayo de la luna.

La doncella de cristal continuó su peregrinaje a través de bosques y montañas; sólo el eco de sus canciones la acompañaba por los largos caminos:

Cuando te diluyas en mi pensamiento…
El rumor de tu voz será como el olor fresco del agua…
Tus ojos se confundirán con el cielo…
Pero, a ti, yo no quiero olvidarte…
Todavía te amo…

Anduvo mucho la joven en esta ocasión, anduvo, anduvo y anduvo hasta llegar al confín del desierto.

—Madre —dijo entonces la desdichada—, he regresado, creo que no sabía en dónde estaba mi hogar y por eso he vuelto.

Pero su madre le respondió:

—Tú no eres arena, hija mía, esta no es tu casa, vuelve al mundo, tienes derecho a ser feliz.

—Ya no pretendo ser feliz —replicó la doncella con obstinación—, déjame que duerma a tu lado, rodéame con tus sutiles brazos y lo olvidaré todo, no quiero buscar nada más, déjame quedarme contigo.

Pero su madre tanto insistió y razonó, que la pobre muchacha tuvo que partir de nuevo y, en esa ocasión, fue al encuentro de su padre.

—Padre —le rogó al Fuego—, llévame contigo, no deseo caminar más.

A lo que el Fuego le respondió con su voz más crepitante:

—¿Cómo voy a llevarte conmigo?, tú, mi obra mejor, la más delicada y preciosa, eres mi orgullo y es necesario que el mundo te conozca como hija mía, eres demasiado perfecta como para ser ignorada… Regresa, pues, con aquellos que tienen que admirarte.

—Nadie me admira, padre, el mundo pretende destruirme y mi príncipe me abandona, sólo anhelo descansar…

Mas tampoco en esta ocasión ni su padre pudo ayudarla y la desventurada muchacha prosiguió su marcha sin rumbo hasta que, anda que andarás, llegó al País del Aire, en donde fue muy bien acogida por los Vientos Alisios.

—¡Ven con nosotros —gritaron juguetonamente—, ven y danzaremos juntos!

Y ella fue, dichosa de haber encontrado unos amigos al fin, y bailaron juntos, bailaron y bailaron, hasta que la doncella de cristal, mareada por el vértigo, resbaló cayendo sobre los vientos que la empujaron de un lado para el otro haciéndola girar sobre sí misma como una hoja. Tantas vueltas dio que al final, perdiendo el equilibrio, fue a dar contra el suelo, rompiéndose.

Los Vientos Alisios, consternados entonces, recogieron los fragmentos y quisieron unirlos de nuevo, pero sus manos de aire dispersaban los pedazos y era imposible recomponer la figura; de esta manera, los trozos de cristal se transformaron en polvo de estrellas y el polvo luminoso recorrió la faz circular de la Tierra, llevado por los vientos que siempre querían reconstruir la figura rota.

Hace siglos de esto y todavía vuelan los Vientos Alisios alrededor del mundo sin conseguir haber devuelto la vida a la doncella de cristal.

Estrella Cardona Gamio
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