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Promoción de la lectura de poesía en el aula de clase

• Jueves 15 de septiembre de 2016
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No basta con hilvanar unos versos cargados de diminutivos y palabras huecas; no se llega al corazón del niño con la reiteración de adjetivos para pintar la belleza. Las sensiblerías y monotonías marcan a los pequeños con el estigma de la estupidez.

De la poesía

En su eterno vaivén, la palabra hecha poema circunda sin cesar los predios de la existencia para amarizar en el lenguaje puro y simple que representa la metáfora. La creación, la poiesis regenera a cada instante la alegoría del olvido. De su interminable asentamiento onírico al espejismo de la memoria, el poema asume el vertiginoso tránsito de la palabra en la espiral del tiempo. Voces de transparencia fluyen hasta los lugares habitados por el hombre y se presentan como universos inmanentes a su destino.

La poesía acapara cada instante del pensamiento, rememora la incertidumbre de los días vividos, de las horas que revelan la pluralidad de los sueños vencidos. Los poetas, verdaderos anacoretas, se cobijan en el mundo mágico para reverenciar la grafía y así, crear estructuras que se trasmutan en oro pasional; alquimia cuya singularidad refiere a la fuente de la vida.

Samuel Feijóo nos dice: “La poesía echada al imposible, a las piedras del mundo, con la mano helada por el viento, dispersando sus semillas en las tinieblas, en roquedales, no se pierde: también la comen los pájaros del día, los seres alados, los hombres sensibles…”. Feijóo señala las múltiples paradojas en las que se debate el texto poético. Los extremos tocándose como unidad de la palabra dignifican al poema, lo divinizan al dejar de lado los antagonismos y revertir las contrariedades.

El ser de palabras, como lo denomina Rafael Fauquié, tiene su necesidad de crear, de decir, de escribir, actos que hace desde su proximidad con la necesaria comunicación y urgente cercanía a una intimidad que le pertenece y de la cual es su custodio (p. 27). Los poetas configuran un mapa con sus dolores, desconciertos, agonías, desolaciones, certidumbres, amoríos, sensaciones; vivifican sentimientos cualquiera sea su intensidad, extrañan de su trabajo las poses falsas y el enconado mimetismo de lo trivial. La revelación de la palabra transita la geografía feérica del poeta.

 

La poesía para niños

Escribir para niños no es tarea fácil. Adentrarse en la comarca que manejan implica conocer los ámbitos de referencia y sus relaciones con el entorno donde vuela su imaginación. La poesía enriquece el alma infantil y proporciona la magia necesaria para que el pensamiento se extrapole al infinito calidoscopio que representa la fantasía contenida en las páginas de los libros.

No basta con hilvanar unos versos cargados de diminutivos y palabras huecas; no se llega al corazón del niño con la reiteración de adjetivos para pintar la belleza. Las sensiblerías y monotonías marcan a los pequeños con el estigma de la estupidez.

Cuando escribe para niños, el poeta considera un sinnúmero de características que contribuyan a atrapar la atención del lector. López y Rodríguez sostienen que “la poesía debe ser por esencia sugerente, y esa capacidad sugeridora, aun cuando se escriba para las más tiernas edades, puede implicar una ‘comprensión’ parcial del texto” (p. 52). Por lo tanto, no se trata sólo de presentarle una serie de palabras concatenadas con cierto sentido; se busca enamorar al niño, acercarlo a la lectura y por extensión al disfrute pleno de la poesía. Las imágenes, el ritmo, la rima, la musicalidad ofrendan desde el texto poético un espacio de placer, un milagroso itinerario en el que se interioriza la palabra.

Resulta esencial que la poesía escrita para los niños deje de lado la aplicación de esquemas rígidos que la hagan aburrida, racional y extremadamente displicente. No basta con presentar textos poéticos cuyos referentes intenten establecer norma en la vida de los niños y niñas, se hace necesario involucrar en su escritura situaciones y acciones que interesen al lector, lo envuelvan en su magia y despierten la capacidad de jugar con la imaginación y la fantasía.

Muchos escritores, actuando suponemos de buena voluntad, presentan poemas que presumen van a gustar a los niños; sin embargo, no llegan a establecer nexos con sus lectores pues su escritura carece de requerimientos mínimos de construcción y de naturaleza estética que aborden sin preámbulos la necesidad lúdica del infante. No basta con hilvanar unos versos cargados de diminutivos y palabras huecas; no se llega al corazón del niño con la reiteración de adjetivos para pintar la belleza. Las sensiblerías y monotonías marcan a los pequeños con el estigma de la estupidez. Ellos merecen el trato de un ser capaz de comunicarse con sus semejantes desde cualquier ámbito de la escritura.

 

Poesía al margen

La poesía ha permanecido marginada en las aulas de clase. Poca importancia se le ha dado como puente comunicante entre lo que escribe el poeta para su deleite y el proceso formal de la lectura. Por lo general, leer textos poéticos en la escuela está reducido a la obligatoriedad de imponer elementos pedagógicos y tratamientos moralistas. Las páginas de un libro de poesía son más que normas severas a seguir para fomentar valores, son más que frases hechas para localizar simples informaciones que se vacían en un cuestionario elaborado con antelación por el maestro.

Leer para el disfrute, la sensibilización, la interiorización de imágenes, el goce de un libro cuyo contenido permita viajar por diversos estadios de la imaginación, no es justamente hoy una realidad tangible. Piedad Bonnet, bajo una mirada que pareciera dura, nos dice: “En las universidades, en los colegios, los maestros le temen a la poesía: ya en sus manos el poema, no saben qué hacer con él; si disectarlo cruelmente dejándolo convertido en cuatro metáforas, una sinécdoque, dos metonimias, un símil y de paso un cadáver, o si llenarlo de suspiros y silencios, ante la imposibilidad de comunicar sus más hondos alcances” (p. 24). Se trata entonces de asumir en su verdadero contexto los infinitos caminos que ofrece la poesía.

El tratamiento que tiene la lectura de poesía en la escuela puede resultar atroz si no se considera el sentido lúdico, esteta y libertario del acto de leer.

No se trata de culpar a los docentes, de desconocer la labor que los maestros fomentan en las aulas de clase; sin embargo, quienes llevan adelante el proceso de enseñanza-aprendizaje poco o nada leen. Un maestro que use un poema solamente como herramienta para que niños y niñas señalen palabras agudas, graves, esdrújulas, sustantivos, adjetivos, verbos, adverbios y cuanta estructura gramatical exista, está castrando el proceso de la lectura y por supuesto, desconociendo el hecho creador del poeta y las innumerables posibilidades que subyacen en la poesía. Vida y sueño, amor y arte, revelación y libertad, pasión y escritura, todos son encuentros vívidos con la palabra, espacio inconmensurable donde habita la poiesis. Expresado por Laura Antillano: “La relación del niño con la poesía y con el pensamiento primitivo nace con el primer contacto de afectos y aromas”.

Promover la lectura de poesía en la escuela es vital. No porque sirva de artilugio para castigar, entretener al niño mientras el maestro conversa con sus pares o para cumplir con objetivos impuestos, sino porque reconocemos en ella “un lugar de encuentro, de coincidencia, de la incidencia en uno de aquellos que nos revelan, a través de los signos y un largo trajinar con las palabras, el relámpago del significado, la noche abierta del sentido…”, en voz del poeta Miguel Márquez.

El tratamiento que tiene la lectura de poesía en la escuela puede resultar atroz si no se considera el sentido lúdico, esteta y libertario del acto de leer. Si nos empeñamos en obligar al niño a leer, vamos a frustrar sus intenciones y a generar un sentimiento de animadversión y odio hacia el proceso lector; lo alejaremos del libro y, por lo tanto, de sus posibilidades de moverse por universos extraordinarios.

La lectura es un acto de libertad; así, no se imponen libros específicos de acuerdo al criterio del maestro. Cuando haya que seleccionarse, por razones de edad, textos para los más pequeños, debemos considerar algunos elementos tomando como referentes los intereses del niño. Tenemos que obviar libros cuyos contenidos reflejen rebuscamientos y el uso de palabras que puedan parecer eruditas, de difícil comprensión. Si se utilizan frases sencillas la comprensión y el goce del texto están garantizados.

La formación de lectores competentes no se encasilla en una cuadrícula o en una estructura delimitada por las opiniones del docente ni la escuela. El lector tiene derecho a elegir con entera libertad sus lecturas. Sebastián Gatti sostiene que “un buen lector no tiene tiempos impuestos desde afuera. Lee a su propio ritmo, salta para adelante y atrás de los textos, repite lecturas, hace trampas si quiere” (p. 15). La escuela y el docente están obligados a respetar las percepciones y las decisiones que tomen sus lectores. Las exigencias personales y las imposiciones radicales de los adultos sólo llevan a los niños a considerar la lectura de poesía un engendro, una amenaza para su estatus escolar.

 

Promoción de la poesía en el aula

El aula de clase es un lugar propicio para compartir lecturas de poesía. Proponemos algunas estrategias para promover la lectura de textos poéticos:

El niño se interesa por la lectura si tiene dentro de su ambiente lectores comprometidos.

  1. Seleccionar un grupo de poemas, leerlos en voz alta considerando la dicción, la musicalidad, la sonoridad, el ritmo y la rima. No se busca que el niño decodifique, se pretende despertar el interés por el texto. Al escoger el niño el poema que va a leer, se pone en juego el sentido de libertad que posee para elegir sus lecturas.
  2. A partir de la estrategia anterior, el niño comparte con sus pares vivencias poéticas, establece una comunicación y se interrelaciona sin la obligación de leer desde la imposición.
  3. Se escoge un texto que tenga cierta carga de humor. Se copia y se corta en listones. Se entrega en forma desordenada para que el niño lo reconstruya. Generalmente ocurre que los niños crean nuevos poemas a partir del que se les entregó. Esta actividad se realiza en grupos de tal manera que puedan intercambiar ideas de cómo debe lucir el poema. Al final un integrante lee el texto que construyó. No dudamos que se crearán tantos textos como grupos de niños se organicen.
  4. Es importante para la promoción de la lectura acompañar el acto de leer con el de escribir, pues son dos procesos de comunicación que marchan a la par. Si seleccionamos algunas imágenes literarias extraídas de textos poéticos y les proponemos a los niños crear poemas a partir de ellas, con seguridad nos asombraremos del resultado. Luego les pedimos que confronten sus creaciones con el poema original. No olvidemos que el niño tiene una capacidad ilimitada para la creación pues no hay barreras que frenen su imaginación.
  5. Un espacio para la poesía. Podemos tomar una o dos horas semanales para dedicar exclusivamente a los poemas. Leer y escribir textos poéticos promocionará la lectura de éstos. Es relevante señalar, tal como lo apunta Elisa Boland, que al realizar esta actividad el acto poético no pierda intimidad ni se cercene la espontaneidad de los niños.
  6. El uso de nonsenses, jitanjánforas y limericks recrea el absurdo como forma de comunicar. No necesariamente lo que se escribe debe tener sentido para el niño. Estas opciones tienen la particularidad de que divierten por el invento absurdo de situaciones o por la sonoridad que se crean en los versos.

Las estrategias anteriores son algunas de las que pueden usarse en la promoción de la poesía. Finalmente, es preciso denotar que el niño se interesa por la lectura si tiene dentro de su ambiente lectores comprometidos. No basta con mandarlo a leer, vivamos junto a él la lectura de poemas.

 

Referencias bibliográficas

  • Antillano, L. (2005). La aventura de leer. Caracas: Ministerio de la Cultura.
  • Boland, E. (2011). Poesía para los chicos. Teoría, textos, propuestas. Santa Fe: HomoSapiens.
  • Bonnet, P. (2008). “De la literatura por deber y otras aberraciones”. En: La pasión por leer. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.
  • Fauquié, R (2011). El juego de la palabra. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.
  • Feijóo, S. (2005). Lo que escribe la mano sin mentira. Madrid: Signos.
  • Gatti, S. (2004). “Leer literatura en la escuela secundaria. La construcción de un concepto de lectura para el aula”. En: Lecturas sobre lecturas/12. México, DF. Conaculta.
  • López Lemus, V. y H. Rodríguez Mondeja, (2004). La voz y la letra. Estudio de literatura para pre-escolares. La Habana: Editorial Pueblo y Educación.
  • Márquez, M. (2004). El arte de la lectura. Ministerio de la Cultura.

José Gregorio González Márquez

Escritor venezolano (La Azulita, Mérida, 1965). Poeta, narrador, articulista y ensayista. Licenciado en educación por la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab). Ganador del Premio de Poesía XI Concurso de Literatura Ipasme (2003), del Certamen Mayor de las Artes y las Letras (Ministerio de la Cultura de Venezuela, 2004) y del Concurso “Caminos del Sur” de literatura infantil con su obra La tinta invisible y otras historias (Fundación Editorial El Perro y la Rana, 2008). Ha publicado Alegoría del olvido (Mucuglifo, 1991), Mujer profana (Universidad de los Andes, ULA, 1995), Caballito de madera (La Casa Tomada, 2004), En cualquier estación (La Espada Rota, 2004), Espejos de la insidia (Fondo Editorial Ipasme, 2005), La ranita amarilla (El Perro y la Rana, 2006), Rostros de la insidia (Ediciones Gitanjali, 2007), Rabipelao (Fundación para el Desarrollo de la Cultura del Estado Mérida, Fundecem, 2007), La tinta invisible y otras historias (El Perro y la Rana, 2008 y 2012), Transeúntes (Fondo Editorial Ipasme, 2015) y Golondrinas (Fondo Editorial Ipasme, 2015). Miembro fundador de la Editorial La Casa Tomada. Poemas suyos han aparecido en revistas de Cuba, México, Perú, Argentina, Brasil, España, Francia y Dinamarca. Realizó estudios de posgrado en historia de Venezuela en la Ucab.

Sus textos publicados antes de 2015
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José Gregorio González Márquez

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