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Hablemos, de Octavio Santana Surez

El acto creador y la producción de textos en el aula

• Viernes 4 de noviembre de 2016
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El acto creador y la producción de textos en el aula, por José Gregorio González Márquez

De la lengua a la palabra

El lenguaje, desde tiempos remotos, cumple una función singular en las relaciones interpersonales. La conciencia del lenguaje en su movimiento pendular no se queda en la simpleza de comunicar mensajes; su rol fundamental se sitúa en preservar la memoria histórica de la humanidad. Desde la palabra, núcleo imperecedero de la vitalidad humana, el hombre construye las tramas de la existencia. Urdidos en suaves líneas, los fonemas y grafemas se van uniendo para contar acontecimientos, pasajeros de la memoria equilibrada.

El lenguaje evoluciona, se transforma. El sujeto conocedor de esta realidad teje desde la lengua madre todos los saberes que crea, aprende y reflexiona. El espacio vital para refrendar sus acciones va más allá de la simple comunicación. La palabra no pierde vigencia, se mueve al compás de las épocas, como bien inapreciable del universo se mantiene en una espiral dinámica, balanceándose entre lo que quiere comunicar el hombre y la necesidad de preservar su paso por la historia.

El niño recrea ambientes privilegiados por la palabra. A partir de ella respira, unifica y reivindica la memoria de la humanidad.

Ivonne Bordelois, en su libro La palabra amenazada, sostiene: “Las lenguas no son sólo construcciones verbales específicas, sino que acarrean con ellas la experiencia de cada nación, experiencia única para la cual existen, por cierto leyes de traducción y validación en otras lenguas, sin que esto implique eliminar, sin embargo, un residuo intransferible que constituye lo precioso, lo único y necesario de cada lenguaje, lo que cada uno aporta irremplazablemente a la mente universal”. Entonces, las lenguas atesoran los secretos, validan la estadía del hombre en cada surco del devenir histórico, rememoran el pasado para fortalecer su permanencia y enfrentar lo ignoto.

Una palabra, corazón o sinrazón, expresión o reflexión, angustia o dolor, visión o desazón, vida o muerte, va más allá de un concepto. Imagen detenida en la resaca de un río de pasiones, la palabra posee existencia propia. Su interior semeja un mundo que se mueve en la cosmogonía, en los predios de la imaginación y la fantasía. Virtud esencial para sobrevivir a los embates de sus enemigos.

Vivir la experiencia de la palabra, acunarla desde el sentido de pertenencia, contactarla para expresar pasiones, reivindica el acto creador. Así, quienes se confabulan para manipularla con fines e intereses egoístas fracasan pues ella no se deja manejar, está más cercana a la humanidad.

El maestro José Manuel Briceño Guerrero, estudioso del lenguaje, relata en su libro Amor y terror de las palabras sus encuentros y desencuentros con ella. Usando un lenguaje poético y filosófico describe sus vivencias en el territorio de la palabra. Texto pleno de belleza y trabajado con la paciencia del artesano, con la sapiencia del maestro que desmenuza cada letra, la posee para hilvanar así un hermoso poema en prosa. Señalo un fragmento de este hermoso texto: “En palabras fui engendrado y parido, y con palabras me amamantó mi madre. Nada me dio sin palabras. Cuando yo comencé a preguntar: ¿Qué es eso?, no pedía ubicación de una percepción en un concepto; pedía la palabra que abrigaba y sostenía aquella cosa, para sacarla de la orfandad, para arrancarla de la precaria existencia suministrada por la palabra cosa, indiferente y perezosa madrastra, y restituirla a su hogar legítimo, su nombre, en el mundo firme de mi lengua. Hogar prestado, es cierto, pero único hogar al cual podían aspirar las cosas, condenadas como estaban a vivir arrimadas en la casa del verbo”.

En el mundo de la palabra se forja el futuro de todas las generaciones. La persistencia del lenguaje tiene su asidero en el árbol de los grafemas. No existe la orfandad de los símbolos gráficos si nos entretenemos jugando con sus significantes; no perece la substancia precisa de los fonemas si acuñamos en nuestro cuerpo el encanto de cada letra concatenándose para formar palabras. Eslabón tras eslabón se adhieren los sentidos para darle vida. El maestro Briceño Guerrero nos dice: “La amada no es una palabra, sino la palabra. La amada no es una cosa, sino la naturaleza. Cada palabra es un rostro de todas las palabras”.

Desde que nacemos, comunicarnos, además de conocer el universo que nos rodea, se hace imprescindible. El niño se mueve incesantemente en los lagos cristalinos de la palabra. Con ella juega, se distrae, se adentra en mundos de magia. Su imaginación le permite viajar sin obstáculos por universos fantásticos, convivir con personajes cuya vida y aliento le son dados por la naturaleza humana.

El niño recrea ambientes privilegiados por la palabra. A partir de ella respira, unifica y reivindica la memoria de la humanidad. Así, como creador y artífice de mundos paralelos, participa sin desparpajo en la unción de la palabra al corazón de la madre lengua. La poesía y el cuento representan para él, vehículos para desgranar la imaginación y adentrarse en el universo de lo misterioso, de lo desconocido.

 

Estrategias para la producción de textos en el aula

Indudablemente, el acto creador parte de la comunión que existe entre el forjador de un texto y la entrega que supone el misterio de la palabra. Un poeta, un narrador se adueña de los momentos racionales e irracionales que le brinda la palabra. Parte de su conciencia lingüística para despeñarse en el río de imágenes que le brinda su orbe personal y que le conducen a nuevos universos donde la palabra reina para dar existencia al pensamiento y la belleza.

Los niños suelen ser escritores natos. Orientarlos y estimularlos para que se adentren en el mundo de la escritura es tarea de quienes trabajan con ellos. Por supuesto, la motivación hacia la escritura debe hacerse en un marco de respeto. Si el niño quiere escribir, si es su deseo, estamos para abrirle caminos. Los docentes, entonces, se convierten en mediadores, en facilitadores de herramientas que proporcionen a los niños vías de acceso al proceso de escritura, en un ambiente de libertad absoluta por el trabajo de ellos. No se puede perder de vista que detrás de un escritor debe haber siempre un buen lector. Por lo tanto, tomemos en consideración que los procesos de lectura y escritura van juntos. No existe uno sin el otro.

Cuando los niños producen textos exigen respeto por sus creaciones. Los docentes pueden privilegiar un ambiente de paz donde se pueda jugar, pensar, experimentar, reflexionar y sobre todo contactar a la palabra desde su génesis hasta su dinámico fin. Las experiencias individuales y colectivas, el uso de estrategias adecuadas y el intercambio de textos creados facilitan a los grupos un intercambio de saberes cuyo andamiaje sostendrá en el tiempo el deseo de los niños por expresarse a través de la palabra escrita.

Los talleres literarios en la escuela pueden ser canteras para estimular escritores. Aunque muchos autores difieren en los fines de estos talleres pues suponen que nadie enseña a nadie a ser escritor, lo cierto es que pueden ser usados para motivar a los niños. Son objetivos básicos proporcionar una extensa cantidad de materiales bibliográficos al gusto de los niños, propiciar un ambiente de creación, reflexión y experimentación, confrontar los textos con sus pares para compartir lo que se escribe, respetar las iniciativas de los niños, entender que es un privilegio acercarse a la palabra y por lo tanto, es más importante el proceso de creación que el producto final.

Aun cuando el acto de creación literaria es esencialmente individual —no egoísta—, y quien se dedica a escribir puede ser percibido como un sujeto solitario, que se enfrenta a emociones tras los vestidores de la existencia, no sucede lo mismo con los niños. La escritura resulta en la niñez un acto lúdico que simboliza la libertad con que se puede actuar. Los niños cuando escriben no se inhiben, afloran el manantial de imágenes que llevan dentro, expresan sin restricciones sus sentimientos.

El docente tiene la capacidad de inventar estrategias para estimular el acto de creación.

Para los pequeños, la fantasía constituye un entramado de visiones diferentes al mundo objetivo que conoce. Al adentrarse en el género fantástico vivifica las experiencias que quiere anidar en su yo interno. Crear entonces significa aventurarse en los ignotos rincones de lo mágico, de lo maravilloso, de lo irrealizable. Los espacios de creación sustentan la armonía que existe entre el acto creador y su artífice. El limen poético transfigura los símbolos para convertirlos en metáforas esenciales, en figuras literarias que darán vida al imaginario del niño.

No podemos subestimar el pensamiento creador del infante. Motivarlo al ejercicio de la palabra supone el norte de los educadores, de los maestros. Brindémosle pues la posibilidad de sumergirse en el océano de la escritura, que navegue vela al viento con los pasajes de su fantasía.

Son innumerables las estrategias que puede usar el docente para motivar a los niños al proceso de creación. Claro está, como se afirmó con anterioridad, hay que respetar lo que él escribe. El docente jamás debe imponer temas para la escritura. Es imprescindible que el texto emerja de la imaginación del niño. Es erróneo pensar que va a escribir lo que nosotros queremos que escriba. Lo que deseamos escuchar.

El docente tiene la capacidad de inventar estrategias para estimular el acto de creación. El docente es un maestro y por lo tanto, cultiva también la imaginación. De las cosas más simples, a veces nimias, surgen las estrategias, las formas elementales de estimular. Gianni Rodari, en su libro Gramática de la fantasía, nos facilita una serie de herramientas que pueden llevarse al aula. Sus binomios fantásticos, la piedra en el estanque, la construcción de adivinanzas, Caperucita Roja en helicóptero, a equivocar historias, ensaladas de fábulas, historias para jugar y crear finales diferentes a historias conocidas son algunas de ellas.

Recomiendo con vehemencia el libro Creatividad y poesía en acción, cuyos autores, Lilia Margarita de Figueroa y David Figueroa Figueroa, proponen infinidad de estrategias para guiar a los niños por los caminos de la escritura. A bordo de la imaginación, de Velia Bosch, con una visión desmitificadora de los temas recurrentes en la literatura infantil, afronta la posibilidad lúdica de la creatividad en los niños. La aventura de leer, de Laura Antillano, proporciona insospechados argumentos y actividades para trabajar la lectura y escritura en el aula. Manual de poesía para uso de talleristas, de Juan Calzadilla, donde se establece una metodología abierta para impulsar el desarrollo de la creatividad. Aún cuando no está concebido para trabajo con los niños, puede adaptarse perfectamente a éstos. Degustando la lectura, del poeta Luis Darío Bernal Pinilla, con un contenido informativo que afianza conocimientos teóricos para emplearlos en la labor diaria. Manual exprés para no escribir cuentos malos, de Antonio Ortiz, egresado de la Universidad del Zulia, que por cierto no considero un manual sino una compilación extensa del pensamiento de numerosos narradores acerca de técnicas para trabajar la narrativa y especialmente el cuento.

Finalmente quiero regalarles este cuento de Eduardo Galeano incluido en El libro de los abrazos (1989), donde se puede apreciar lo que representa la imaginación para el niño:

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago K., lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los médanos, esperando.

Cuando el niño y el padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: ¡Ayúdame a mirar!

 

Referencias bibliográficas

  • Bordelois, I. (2006). La palabra amenazada. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, C.A.
  • Briceño Guerrero, J. (2009). Amor y terror de las palabras. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, C.A.
José Gregorio González Márquez

José Gregorio González Márquez

Escritor venezolano (La Azulita, Mérida, 1965). Poeta, narrador, articulista y ensayista. Licenciado en educación por la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab). Ganador del Premio de Poesía XI Concurso de Literatura Ipasme (2003), del Certamen Mayor de las Artes y las Letras (Ministerio de la Cultura de Venezuela, 2004) y del Concurso “Caminos del Sur” de literatura infantil con su obra La tinta invisible y otras historias (Fundación Editorial El Perro y la Rana, 2008). Ha publicado Alegoría del olvido (Mucuglifo, 1991), Mujer profana (Universidad de los Andes, ULA, 1995), Caballito de madera (La Casa Tomada, 2004), En cualquier estación (La Espada Rota, 2004), Espejos de la insidia (Fondo Editorial Ipasme, 2005), La ranita amarilla (El Perro y la Rana, 2006), Rostros de la insidia (Ediciones Gitanjali, 2007), Rabipelao (Fundación para el Desarrollo de la Cultura del Estado Mérida, Fundecem, 2007), La tinta invisible y otras historias (El Perro y la Rana, 2008 y 2012), Transeúntes (Fondo Editorial Ipasme, 2015) y Golondrinas (Fondo Editorial Ipasme, 2015). Miembro fundador de la Editorial La Casa Tomada. Poemas suyos han aparecido en revistas de Cuba, México, Perú, Argentina, Brasil, España, Francia y Dinamarca. Realizó estudios de posgrado en historia de Venezuela en la Ucab.

Sus textos publicados antes de 2015
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José Gregorio González Márquez

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