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Sal, casi no nos dejan entrar

jueves 7 de junio de 2018
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“Sal”, de William Vega

La película Sal, de William Vega, una exploración cinematográfica, desde la imagen y el sonido, la construcción del relato, la propuesta de recorrido por el desierto, es todo un gusto para los sentidos, y nos remueve con la fallida relación de un hijo que busca a su padre. La dupla que lleva a cabo esta película son dos cinéfilos (Óscar Ruiz y Vega) que, desde niños, se encontraron y ya llevan más de siete películas, todas ellas con un sello, de eso que denominan cine de autor. Sal se permite invocar el derecho de allanar una geografía cuyas marcas en el cine son de ese otro sello de cine región, dado que escogieron el fastuoso desierto de La Tatacoa.

Heraldo nos hará vivir otro viaje: el onírico.

Sal, un juego entre el símbolo de la resequedad, de la propia sal, del intento, de la pérdida, del desvanecerse, lo que nos cuenta es la historia de un hombre ya mayor, que antes era mensajero, y se va en su moto por el desierto, ya que le dijeron que su papá había muerto y lo que quiere es ir tras las búsquedas de un ser mítico, de una sombra que lo invade, de un sueño que de alguna manera lo aterra: su raíz, su propia columna, y allá entre las montañas puede obtener algún rastro. Como todo héroe quien quiere buscar el tesoro, en este caso Heraldo, como se podría llamar el primer hombre, tiene un percance en el camino y se queda anclado en el desierto.

Ese otro símbolo, de la desolación, del resquebrajamiento, de un mundo distópico, lo deja postrado, ya que el accidente lo inmoviliza, y es cuando la película toma un rumbo de anclaje. Nos sumergimos en las entrañas de Heraldo, quien vivirá un encuentro con una pareja de esposos que comparten su diario vivir en una caseta también detenida en la inmensidad de ese territorio donde una gota de agua es el premio para un beduino. Allí no queda otra que esperar, mientras el contexto va delatando el contexto real: en ese pedazo de universo de tierra gobiernan las mafias que se han apoderado del corredor y la ley la imponen ellos. No sabemos quiénes son ni qué es lo qué defienden, salvo que allá están y tienen el control.

Heraldo nos hará vivir otro viaje: el onírico. Evocará su trabajo en una especie de celda: la cocina de un restaurante chino, en el que una mujer de allí habla en su idioma y da cuenta de la fábula de un hombre atravesando el desierto y lo que eso significa e implica. Luego se alterna, en ese viaje-sueño, con imágenes del mar, donde Heraldo vive un momento de fuga, de sanación, o por el contrario de mayor ahogo. Entonces, la mezcla de varios hechos fragmentados da lugar a una película de exploración que no hace ni una sola concesión al espectador y, por el contrario, también lo postra en ese delirio, en ese escape, en ese acecho de no tener un polo a tierra, como si ya el mundo fuera el derecho al enclaustramiento.

Sal es una película que experimenta; sus riesgos no son sólo notorios, sino desafiantes.

Es allí donde la película Sal cobra un duro ascenso para poder entrar, para dimensionarla; también nos deja al margen, nos sugiere un espectáculo de encierro del que nos cuesta trabajo desatar y huir. La sal puede entenderse como la sanación y al tiempo como el desastre, esa ambigüedad nos deja atrapados. La película sirve para la contemplación del paisaje; cuando La Sirga nos generó todas las emotividades por los estragos del posconflicto, es decir, por tratar un tema de la realidad colombiana, en Sal no hay tal realidad; de hecho, no encontramos una situación en contexto, nada más la fabulación.

La dupla entre Carlos y William nos ha permitido vivir uno de los mejores regalos: se adentraron en la geografía que no es común reconocer y nosotros, los espectadores, hemos viajado complacidos a presenciar desde la pantalla esos territorios: La Barra en el Pacífico, La Cocha en Nariño y ahora el desierto de La Tatacoa en el Huila. Los viajes, eso sí, más reveladores, son los de los personajes, y en eso se han caracterizado más, y en nuestro ideario se han quedado muchos de ellos, difusos, o desde sus dimensiones de angustia o escape.

Sal, entonces, es una película que experimenta; sus riesgos no son sólo notorios, sino desafiantes. Estos dos muchachos del Caliwood son promesas y su capacidad productiva y creativa no para. Habrá relatos para rato, se les suele escuchar a ellos que tienen varios guiones y que el cine experimental y de autor seguirá siendo el que abanderan.

 

Ficha técnica de Sal, de William Vega

Año, país, duración2018, Colombia, 72 minutos.
Dirección y producciónWilliam Vega, Óscar Ruiz Navia.
GuionWilliam Vega.
FotografíaDavid Gallego.
Sonido directoCésar Salazar.
ActoresHeraldo Romero, Salomón Gómez, Diana Pérez, Elibardo Celis.
ProductoraContravía Films
GéneroDrama experimental.
John Harold Giraldo Herrera
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