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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Vivir, entender, escribir…

• Domingo 23 de diciembre de 2018
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“El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre”.
Martin Heidegger
“…el arte, que acompaña al hombre en el difícil camino que le lleva a sí mismo”.
Thomas Mann

Vivir, entender: verbos esenciales y acciones igualmente esenciales. Vivimos y vamos construyendo una realidad que nos esforzamos por comprender, por convertir en perspectiva. En la conclusión de mi trabajo Invisibles armonías, dije: “Item perspectiva: voz latina que significaba ‘mirar a través’: noción relacionada con la natural abstracción de la mirada; pero, sobre todo, con la manera que todos tenemos de ver las cosas: desde eso que es y ha sido nuestra historia”. Esa conclusión de entonces se identifica con esta introducción de ahora. Perspectiva: prisma: representación a partir de la mirada de un observador que busca entender y comunicar sus comprensiones.

Mi escritura: una manera de vivir y de entender. Por ella me esfuerzo por convertir ciertas peripecias de mi tiempo en estética, en arte.

Mi prisma: depende de mis aprendizajes; y acaso, por sobre todo, de mi memoria y de mi voluntad por habitar en medio de imágenes que me impongan algún sentido. Habitar: noción esencialmente ética. La preciso igual que preciso verdades personales que me orienten y ayuden a ubicarme y a definirme. Verdades que nombro, que escribo, en un propósito estético que es, a la vez, un deber ético. Apoyo y justifico mi acto en el reconocimiento de mi memoria, en el propósito legitimador de ciertas experiencias y en mi manera de compartir el tiempo que vivo junto a otros.

Al lado de mi voz, de mi escritura, voy creando una complicidad con el mundo. Elaboro mapas dentro de él. Establezco límites. Trazo diseños. Me ubico ante el afuera y también frente a mí mismo junto a imágenes que convierto en ideas; o, a la inversa: me rodeo de ideas que voy convirtiendo en imágenes. Avanzo dentro del tiempo acompañado de una mitología personal con la que ilusamente pienso someter el mundo a mis designios. Mi naturaleza en interminable comunicación con la naturaleza exterior; mi propia realidad en armonía con la realidad del afuera; frente a lo totalmente inabarcable, la certeza de algunos de mis conocimientos… Trato de liberarme, así, de mi aprensión ante lo absolutamente impredecible; y me refugio en una visión de la escritura como dirección, orden, coherencia, unidad, correspondencia de imágenes…

Mi escritura: una manera de vivir y de entender. Por ella me esfuerzo por convertir ciertas peripecias de mi tiempo en estética, en arte. Al igual que la magia, el arte es imitación y, también al igual que la magia, él se sustrae a las leyes particulares de la realidad. Como la magia, el arte es irrealidad, desdoblamiento, simulación. Aspira a ser expresión de totalidad y, por ello, anhela a la dignidad de lo absoluto. El arte, decía Schelling, nace allí donde el saber racional nos abandona. El arte para acompañar y dar forma a mis perspectivas, para crear imágenes que permitan penetrar el universo en mi propio universo, para traducir el mundo exterior a mi propio mundo interior.

Una imagen vale más que mil palabras, reza el conocido adagio. En realidad, ambas, imágenes y palabras, se reúnen en una misma finalidad: permitirnos entender ese universo que nos rodea y ese universo que somos.

La vida real es fragmentaria, discontinua, confusa. Acaso una de las maneras para enfrentarla y aprovecharla sea esforzándonos por percibir continuidad dentro de ella, por convertirla en narración: entretejido de signos donde emociones y sentimientos, fantasías y esperanzas, principios y convicciones, ideales y recuerdos logren reunirse en una misma totalidad expresiva.

Desde que comencé a escribir me ha acompañado, constante, una pregunta: ¿por qué lo hago? Por mucho tiempo me fue difícil encontrar una respuesta. Ahora sé muy bien que lo hago para ubicarme dentro del mundo y describir ese mundo que me concierne.

Pudiera definirse la escritura como el acto de dibujar imágenes surgidas de nuestras comprensiones, de nuestros recuerdos, de nuestras ilusiones; figuraciones convertidas en útiles fantasmagorías que son una forma de esa sabiduría, que nos permite acercarnos tanto al afuera como a nuestros propios adentros.

Una imagen vale más que mil palabras, reza el conocido adagio. En realidad, ambas, imágenes y palabras, se reúnen en una misma finalidad: permitirnos entender ese universo que nos rodea y ese universo que somos. La voz que nombra la imagen, la imagen que refuerza la voz: la una complementando o enriqueciendo a la otra… Ambas, fundamento de argumentos forjados por nuestra conciencia; igualmente necesarias las dos para permitirnos entender la vida y manejarnos con ella.

Cuenta Paul Valéry la siguiente anécdota: “Degas en ocasiones hacía versos y ha dejado algunos deliciosos. Pero con frecuencia encontraba grandes dificultades en ese trabajo accesorio de su pintura. Dijo un día a Mallarmé: ‘Su oficio es infernal. No consigo hacer lo que quiero y sin embargo estoy lleno de ideas…’. Y Mallarmé le respondió: ‘No es con las ideas, mi querido Degas, con lo que se hacen los versos. Es con las palabras’. Mallarmé tenía razón. Pero cuando Degas hablaba de ideas, pensaba en las imágenes, que, después de todo, hubieran podido expresarse en palabras. Pero esas palabras, esas frases íntimas que llamaba sus ideas, todas esas intenciones y esas percepciones del espíritu, todo eso hace los versos”.

Versos: construcciones de palabras que son las de todos y que son, sin embargo, también, otras, diferentes; voces que atrapan imágenes, captan ideas, transmiten fuerza, pasión, belleza, verdad… Poesía, palabra poética, prosa poética… Toda palabra que estéticamente logre comunicar una imagen, divulgar una verdad, transmitir transparencia o trascendencia será poética. Escrita como verso o como prosa reflejará un alma humana. Será lenguaje que trascenderá el lenguaje. Será lenguaje dentro del lenguaje o más allá del lenguaje.

Son interminables las razones para la escritura. Personalmente, escojo afirmarme sobre ésas que relacionan palabras y propósitos de vida.

Existen escritores capaces de cumplir felizmente con el titánico esfuerzo de reproducir universos semejantes al universo real, posibilitados de fabular todos los espacios imaginables; creadores de infinidad de personajes, tramas y atmósferas; versionadores de los más diversos comportamientos humanos; inventores de escenarios donde muchísimos lectores pueden penetrar e, incluso, perderse… Frente a ellos, estamos quienes, mucho más que reiterar el mundo o esforzarnos por inventar nuevos mundos, nos proponemos sencillamente indagar en nuestro propio mundo.

El poeta Robert Frost comentó alguna vez no entender la labor de los novelistas. En parte, es también mi propia incomprensión. Trasladar a la página en blanco la inabarcable complejidad de la existencia humana… Me declaro incapaz de tal esfuerzo o desconfío de él por lo que pudiera significar como eco negado a la experiencia de vivir. Me acojo a otra palabra: cercana a la vida; empeñada en aproximarse a realidades vividas, conocidas, reveladas; testimonio de un tiempo expresándose, sin intermediaciones, a través de una conciencia en comunicación consigo misma.

Son interminables las razones para la escritura. Personalmente, escojo afirmarme sobre ésas que relacionan palabras y propósitos de vida, que legitiman comprensiones por medio de verdades apoyadas en experiencias y compromisos. Creo que la escritura —el arte en general— es un acto de resistencia. Resistencia a muchas cosas: al tiempo que nos desgasta, al sinsentido de tantos días, a la incertidumbre, al temor y a la desilusión, al desvanecimiento… Nuestro espíritu en armonía con nuestra voz; nuestra conciencia traducida en voz junto a la cual nos descubrimos y descubrimos ese mundo que somos, voz con la cual hablarle al tiempo nuestro y al tiempo que pertenece a todos. Unas y otras: las palabras con que nos dirigimos al afuera o las que escuchamos en nuestros adentros: todas parten de un mismo prisma que es herencia de esa historia personal que interminablemente nos construye.

Rafael Fauquié

Escritor venezolano (Caracas, 1954). Licenciado en letras por la Universidad Católica Andrés Bello, Ucab (1977), posgrado en Sociología de la Literatura en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (1979) y doctor en ciencias sociales por la Universidad Central de Venezuela, UCV (1984). Entre 1979 y 1985 dirigió los seminarios de literatura venezolana en la Ucab. Desde 1980 es profesor del Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad Simón Bolívar (USB), institución de la que es profesor titular y en donde ejerció entre 1989 y 1993 el cargo de director de Extensión Universitaria. Ha publicado Espacio disperso (Caracas, Academia Nacional de la Historia, colección El Libro Menor, 1983), Rómulo Gallegos: la realidad, la ficción, el símbolo (Caracas, Academia Nacional de la Historia, colección Estudios, Monografías, Ensayos, 1985), De la sombra el verso (poesía, Caracas, Épsilon Libros, 1985), El silencio, el ruido, la memoria (Caracas, Alfadil, colección Trópicos, 1991; Premio Conac de Ensayo “Mariano Picón Salas”, 1992), La voz en el espejo (Caracas, Alfadil, colección Trópicos, 1993), La mirada, la palabra (Caracas, Academia Nacional de la Historia, colección El Libro Menor, 1994), Espiral de tiempo (Caracas, Fundarte-Equinoccio, 1996), Arrogante último esplendor (Caracas, Equinoccio, 1998), Puentes y voces (Caracas, Sentido, 1999), El azar de las lecturas (Caracas, Galac, 2001), Caín y el laberinto (Caracas, Comala, 2003), Testimonios, espejismos y desconciertos (Caracas, Comala, 2007), El juego de la palabra (Caracas, Monte Ávila, 2013), Invisibles armonías (Berlín, Ediciones Académicas Españolas, 2017) y Prisma (Berlín, Ediciones Académicas Españolas, 2018).

Sus textos publicados antes de 2015
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Editorial Letralia: Q. En un lugar de las letras (coautor)
Editorial Letralia: 12 años de Letralia. Literatura y bits desde la Tierra de Letras (coautor).
Rafael Fauquié

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