
Necesario prólogo
Alrededor de 1980 (no puedo recordar cuándo comencé ni cuándo terminé mi labor en ese establecimiento) di clases de Lengua y Literatura en el Colegio Guadalupe, cuyo edificio palermitano sobre la calle Paraguay casi todos los porteños habrán visto alguna vez. En él conocí a Teodosio Muñoz Molina, colega de idénticas materias, y pronto convertido en queridísimo amigo y copartícipe de extensos diálogos sobre los temas que tanto nos solazaban a ambos: las letras, las traducciones, los tropezones gramaticales, la silenciosa sátira que ejercíamos, con suave maldad, sobre algunos colegas y/o directivos...
Por esos misterios histórico-geográficos, allí, alejados de nuestros respectivos hogares, el diálogo nos condujo a descubrir que ambos residíamos a menos de trescientos metros uno del otro: él, en la calle Santos Dumont, y yo, en la calle Matienzo, del muy noble barrio de Las Cañitas, en la ciudad que un tango llamó Reina del Plata. Sin embargo, y paradójicamente, nunca nos habíamos visto las caras por esos lugares. No mucho más tarde Teo y yo coincidimos como profesores en la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, de la Universidad de Buenos Aires.
Por desdicha, ya no está entre nosotros. Había nacido en la hispánica Palencia en 1939 y falleció en nuestra ciudad capital en 2007. Teo era expansivo, extravertido, verborrágico y, sin dejar de ser sempiterno humorista, poseía sólida erudición y excepcional inteligencia.
A manera de autogratificación, debo declarar que la publicación de dos libros suyos se debe, no desde luego a mi intelecto, sino a mi acuciosidad de agente literario ad honorem, ya que adopté como obligación la de ejecutar la tarea que Teo no se molestaría jamás en realizar: proponer sus originales —algunos de ellos dactilografiados en paleolítica máquina de escribir— a casas editoras de mi amistad. De este modo, El Ateneo publicó, en su sello Lidiun, El enigma de los nombres y apellidos. Su origen y significado (1996), y Educa, Aproximación a Rubén Darío (2000).
Cecco Angiolieri: nuevas ropas para un viejo soneto
He aquí el famoso soneto de Cecco Angiolieri (1260-c.1312):
S’i’ fosse foco, arderei’l mondo;
s’i’ fosse vento, lo tempesterei;
s’i’ fosse acqua, i’ l’annegherei;
s’i’ fosse Dio, mandereil’en profondo;s’i’ fosse papa, sare’allor giocondo,
che tutti’i cristiani imbrigherei;
s’i’ fosse ‘mperator, sa’ che farei?:
a tutti mozzarei lo capo a tondo.S’i’ fosse morte, andarei da mio padre;
s’i’ fosse vita, fuggirei da lui:
similemente farìa da mi’ madre.S’i’ fosse Cecco, com’i’ sono e fui,
torrei le donne giovani e leggiadre:
e vecchie e laide lasserei altrui.
Hubo, entre otras, sendas versiones españolas, realizadas, en la Argentina, por dos profesores universitarios —ambos fallecidos— cuya lengua materna no era el español sino el italiano: Gherardo Marone y Oreste Frattoni.
La de Marone, en prosa, es —me atrevo a decir— deliberadamente filológica: acaso por esa razón, no resulta muy grata al oído:
Si yo fuese fuego, incendiaría el mundo; si yo fuese viento, lo azotaría; si yo fuese agua, lo anegaría; si yo fuese Dios, lo hundiría; / si yo fuese papa, sería sólo entonces jovial cuando a todos los cristianos pusiese en enredos; si yo fuese emperador, ¿sabes qué haría?: a todos le[s] cercenaría en redondo la cabeza. / Si yo fuese Muerte, iría hacia mi padre; si yo fuese Vida, huiría de él: lo mismo haría con mi madre. / Si yo fuese Cecco, como soy y fui, retendría las mujeres jóvenes y hermosas; y viejas y fieras las dejaría a los demás.
Aunque menos áspera, tampoco suena demasiado armoniosa la de Frattoni, compuesta en versos anisosilábicos y con ausencia de rima (mundo / contento / cristianos / todos / fui) o con rimas azarosas y asistemáticas —mezclando consonantes y asonantes (arrasaría / hundiría / ahogaría / haría / huiría; padre / madre; bellas / feas)—:
Si fuera fuego, quemaría el mundo; / si fuera viento, lo arrasaría; / si fuera agua, lo ahogaría; / si fuera Dios, lo hundiría; // si fuera papa, estaría contento / pues molestaría a todos los cristianos; / si fuera emperador, ¿sabes qué haría?: / les cortaría la cabeza a todos. // Si fuera la muerte, buscaría a mi padre; / si fuera la vida, le rehuiría: / lo mismo haría con mi madre. // Si fuera Cecco, como soy y fui, / tomaría a las mujeres jóvenes y bellas: / les dejaría a los demás las viejas y feas.
Me considero sensible a la belleza lírica, pero carezco por completo de creatividad poética: ni siquiera me habría atrevido a esbozar el garabato de mi propia traducción, pues sabía que tal empresa estaba vedada a mis aptitudes.
Entonces, sin duda en julio del año 2004, se me ocurrió telefonear a Teo y, al modo del tábano socrático, y según nuestro estilo habitual de conversar en broma, lo azucé para que intentase lograr su versión en español del soneto de Cecco, aunque utilizando yo el argumento de que sus escasas luces no le permitirían lograr un texto mínimamente decoroso.
Pues bien, antes de transcurridas veinticuatro horas, Teo me envió su traducción:
De ser yo fuego, quemaría el mundo;
si fuese un vendaval, lo arrasaría;
en caso de ser agua, lo ahogaría;
y, si Dios, lo hundiría en lo profundo;de ser papa, estaría muy jocundo
y en trampas a los fieles metería;
si fuese emperador, ¿sabes qué haría?:
cortaría el pescuezo a todo el mundo.Si fuese muerte, iría por mi padre;
si fuese vida, de él me escaparía;
y de igual modo haría con mi madre.Siendo el Cecco que soy y siempre fui,
las mozas más hermosas tomaría
y las viejas y feas para ti.
Según quiero creer, el afecto que he sentido, siento y sentiré por Teodosio no obnubila mi juicio: opino, en fin, que esta nueva traducción se parece bastante a lo excelente.
Aunque nunca tuve el libro en mis manos, sé que Ediciones de la Discreta y el Departamento de Filología Italiana de la Universidad Complutense de Madrid publicaron, en el año 2000, el volumen titulado Si yo fuese fuego. Veinticinco poetas españoles traducen a Cecco Angiolieri. Quizás esta nueva versión del soneto mereciera que, en futuras ediciones, los traductores no fueran veinticinco sino veintiséis. Y, como Teodosio nació en Palencia, cumple también con lo que exige el gentilicio.
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