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Rostros

• Domingo 22 de noviembre de 2020
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Rostros, por Rafael Fauquié
Entre el rostro de ayer y el de hoy y el de mañana habrá siempre cambios. La Gioconda (1503-1519), de Leonardo da Vinci

Interminables y numerosos, rara vez realmente próximos o prójimos, nos rodean los rostros: amistosos o inamistosos, agradables o desagradables, imprescindibles o superfluos, cercanos o lejanos, comprensibles o impenetrables, apacibles o coléricos, inteligentes o estúpidos…

Los rostros: los contemplamos con sus cambiantes gestos; a menudo confusos, engañosos o impredecibles; acercándose o alejándose de nosotros generalmente de acuerdo a nuestra voluntad de acercarnos o alejarnos de ellos. Solemos evocar los rostros que hemos conocido. A unos, esforzándonos por entenderlos. A otros, manteniéndolos muy conscientemente dentro de las brumas de lo indescifrable. Algunos rostros que, en su momento, lucían indudables o necesarios, quedaron atrás para siempre; otros que parecían incomprensibles, pudimos llegar a entenderlos sólo en la distancia del tiempo transcurrido.

Hay rostros tempranamente definitivos y rostros interminablemente cambiantes; pero, desde luego, todos evolucionan.

Suele acompañarnos el recuerdo de ciertos rostros con los que debimos o quisimos o necesitamos convivir; y otros a los que debimos, incómoda y dolorosamente, soportar. Nos persiguen, también, rostros en los cuales contemplamos encarnadas algunas de nuestras mayores aversiones, y otros que, de una u otra forma, no podrían sino sugerirnos remordimiento: esa molesta memoria en la que percibimos contradicciones con lo que creemos ser o lo que deseamos ser.

Nos acompaña, también, el recuerdo de rostros ejemplares con los que pudimos alguna vez identificarnos. Y, claro está, no podrían dejar de frecuentarnos algunos rostros imprescindibles y siempre necesarios; como, por ejemplo, el de una mujer que es muchas cosas y confirma muchas cosas: inspiración y convicción, alimento de complejas memorias, a veces costumbre y certeza siempre. Sobre ese rostro femenino concebimos y entendemos verdades muy cercanamente vividas.

¿Qué hay en un nombre?, se preguntó una vez un gran poeta. Podría repetirse la pregunta de otra manera: ¿qué hay en un rostro? Ante todo, comienza por haber delimitación, ubicación, particularidad. Es ya un lugar común repetir que cada ser humano posee el rostro que se merece: ése que fue tallando con sus actos, con sus pasos, con su propia mímica personal. Hay rostros tempranamente definitivos y rostros interminablemente cambiantes; pero, desde luego, todos evolucionan. Entre el rostro de ayer y el de hoy y el de mañana habrá siempre cambios; cambios que podrían significar transformaciones dolorosas o trágicamente irreconciliables. Quizá uno de los más comprensibles anhelos de cualquier ser humano sea que su rostro pasado y su rostro presente se asemejen; que el tiempo vivido los superponga con gracia y que, armoniosamente, los acerque; que las ilusiones y la frescura de la edad temprana no resulten demasiado estragadas con el paso de los años. “Que la muerte te acoja con tus sueños intactos”, dice Álvaro Mutis en uno de sus versos. Algo que nos recuerda uno de los más antiguos sueños de todo ser humano: que el momento final de su vida no señale muy abruptas contradicciones entre el rostro de antes y ese rostro de ahora con el cual enfrenta la muerte. Que la faz final de cada individuo sea la válida y comprensible metamorfosis de un lejano rostro juvenil y nunca su grotesca, su deformada caricatura.

Rafael Fauquié
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