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Lo entrevisto

martes 9 de abril de 2024
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Lo entrevisto, por Rafael Fauquié
Nuestra época es tiempo de crecientes soledades en medio de homogéneas multitudes.
“Lo entrevisto es mejor, y dura más que lo visto”.
Juan Ramón Jiménez

Lo entrevisto: lo inteligible desde esa perspectiva que arrojamos sobre circunstancias que nos atañen y atañen a quienes comparten una realidad que es de todos. Miramos a nuestro alrededor: distinguimos, valoramos, opinamos… Y de esas miradas parten nuestras creencias, verdades, representaciones… En suma: una personal manera de contemplar y entender.

 

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En nuestro mundo y en nuestro tiempo, el rumor del apocalipsis lo escuchamos todos, nos concierne a todos y nos atemoriza a todos. Detenida en el instante congelado, la humanidad quiere silenciar ese sobrecogedor rumor. Sobrevivir será posible únicamente si el hombre comienza por modificar comportamientos y valores, principios y actitudes, sabidurías y saberes. De lo que se trata es de conjurar la amenaza de la destrucción y, en su lugar, imponer la posibilidad solidaria de los sobrevivientes. Fuerza, voz o grito de todos quienes habitamos juntos este planeta convertido, cada vez más, en devastado, en vulnerable y empequeñecido espacio.

 

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La modernidad agotada nos dice que poseemos los recursos para convertir nuestro mundo en algo definitivamente superior a lo que él es o para transformarlo en un inhabitable muladar. La modernidad agotada dice que ciertas reglas de juego de la historia deberán cambiar definitivamente y que todos los hombres, todos los pueblos, todas las culturas, deberemos aprender a escucharnos y a entendernos si queremos sobrevivir dentro de un mundo cada vez más pequeño y vulnerable. La modernidad agotada dice que el tiempo es el principal desafío para el ser humano que por milenios ha sido protagonista único dentro de nuestro planeta, y que podrá seguir siéndolo siempre y cuando su protagonismo cambie y se modifiquen su prepotencia y sus excesos. La modernidad agotada dice que ha llegado la hora de que el ser humano descubra nuevas mitologías para poder nombrar un tiempo que sea su hechura, su posibilidad, su mejor conquista. De hecho, la única posibilidad de conquista que permanece abierta a los hombres es la del tiempo: el tiempo que nos pertenece a todos, el tiempo al que todos, como seres humanos, tenemos derecho.

 

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Las mitologías son metaforizaciones colectivas con que las sociedades dibujan los rostros del tiempo. El nuestro ha creado mitologías que evocan lo transicional, que aluden a límites que presagian nuevos límites o que apuntan hacia el final de todos los límites. Como nunca antes, los hombres nos sabemos efímeros y nos sabemos mortales. Por ello construimos mitologías de sobrevivientes que metaforizan, a la vez, el desaliento o la esperanza; metaforizaciones de una nueva realidad o del final de todas las realidades, del apocalipsis posible o de la utopía posible, de la incineración de todo o del reverdecer de todo…

 

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El caos traduce la historia —y la histeria— del hombre contemporáneo sumergido en sus desasosegantes inquietudes. Más que una respuesta, las teorías del caos implican la intuición de que sólo la incertidumbre es posible ante un cosmos definitivamente ajeno a la voluntad, los deseos y las profecías de los seres humanos. Las teorizaciones sobre el caos revelan una característica de nuestro tiempo: la de la falta de certezas; la de la ausencia de objetivos; la de la multiplicación de razones pragmáticas convertidas en conveniencia, en efímera verdad de instantes que se suceden y amontonan: sin orden, sin estructura, sin demasiado sentido.

 

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El ser humano necesita creer que su vida tiene una razón, que su destino dentro del mundo posee un significado. El hombre puede aceptarlo todo. Todo menos la falta de sentido de su existencia. Le horroriza la imagen del tiempo —personal, colectivo— como algo hueco: sin razones ni conclusiones. Ante el sentimiento del vacío temporal aparece, terrible e insoportable, el horror del absurdo: pesadilla ante un tiempo amorfo que sólo nos engulle. El horror al absurdo de la historia es análogo a la náusea frente al vacío existencial. Ante ambos —historia vacía, vida vacía— el hombre aprehende su soledad, su vulnerabilidad. Para vencerlas, ha decidido escuchar la voz sagrada de los dioses o la voz profana de la historia: creer o entender, fe o lógica, dogma o explicación científica, religión o razón crítica.

 

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Porque tememos al mañana o porque no sabemos siquiera si existirá un mañana, los seres humanos nos apretujamos en los instantes que nos rodean. Nos hemos habituado al tiempo neutro de la supervivencia; eso sí, vivida en medio de una interminable proliferación de toda clase de imágenes. La vitalidad de nuestro presente es la de una movilidad sustentada por una inagotable sucesión de acontecimientos.

 

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Detrás del presente de la humanidad, el hartazgo, la desmesura, el exceso; delante, la incertidumbre, el vacío, la sorpresa, y, quizá sobre todo, el miedo…

 

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La globalización impone la cercanía. Esto que sucede aquí, en este rincón del planeta, puede afectar al planeta todo. Hemos llegado a un tiempo en el que los hombres nos observamos con suspicacia porque los errores de unos podemos terminar por pagarlos todos. Nuestro mundo globalizado no deja de aludir a una supervivencia que sólo satisfaremos a partir de una genuina solidaridad humana.

 

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¡Grotesca paradoja: vivimos en un mundo cada vez más intercomunicado y, sin embargo, la otredad es más y más rechazada y temida! El rechazo a la diferencia significa valorarlo todo según criterios de propiedad o ajenidad, de cercanía o lejanía. Lo nuestro es bueno porque es nuestro, lo vuestro es malo porque no es nuestro. Tiempos y espacios, historias y geografías son, así, obsesivamente clasificados de acuerdo al monolítico interés de lo particular y de lo propio: nuestra memoria, nuestra ilusión, nuestro interés; y, desde luego, nuestros prejuicios, nuestros rencores. El mundo entero va reduciéndose en clasificaciones que remiten a lo parcial, lo limitado, lo detenido. Violencia de todas las pequeñeces imaginables dividiendo el universo en dos realidades contrapuestas: la que “nos” concierne, de un lado; del otro, todo lo demás.

 

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Nuestra época es tiempo de crecientes soledades en medio de homogéneas multitudes, época en que la similitud entre los seres humanos se convierte en analogía despersonalizada y en donde lo individual se banaliza hasta transformarse en rostro de la intrascendencia colectiva.

 

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Contemporánea Babel: incomunicación de sociedades hacinadas, exclusión de los seres humanos en medio de límites saturados y superficies abarrotadas. La percepción de un mundo achicado acerca a los hombres encerrándolos en espacios cada vez más reducidos y, paradójicamente, más incomunicados.

 

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El principio de lo humano llegó junto a las palabras que comenzaron a suplantar a las cosas. Quizás su final llegue cuando demasiadas palabras incomprensibles o vacías de significado señalen el inicio de un tiempo que ha comenzado a contemplar el desvanecimiento de los hombres.

 

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La excentricidad impone la irreverencia, la iconoclastia, la desconfianza. Convierte en referencia lo diferente, lo extraño, lo errático. Excéntrica es cierta imaginería de lo absurdo que hoy nos rodea por doquier y nos ha familiarizado con el asombro, con el desconcierto. De la mano de lo absurdo nos hemos acostumbrado a recorrer muy diversas escalas de la extrañeza. Absurdo, por ejemplo, de cierta ambigüedad sexual convertida en una de las tantas peculiaridades de nuestros días. El travestismo impone imaginerías de lo ambiguo y lo andrógino, de lo incierto, de lo amorfo; proliferación de una estética que postula la ambigüedad como moda; reiteración de la máscara hermafrodita convertida en código y modelo; bisexualidad hecha ademán, rito y lenguaje, discurso desarticulador.

 

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Nuestro tiempo propende a confundir igualdad y enredo.

 

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Tiempo de víctimas: trágica duración adherida a la piel de seres que ni secarán sus lágrimas ni sanarán heridas abiertas para siempre en su memoria.

 

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Vulnerabilidad de seres que se sienten y saben solos, solitariamente rodeados de demasiados rostros. Vulnerabilidad de quien no logra distinguir más allá de sus pasos ni escuchar otra voz que su propia voz. Vulnerabilidad del aislamiento en medio de lo saturado, lo confuso, lo frágil, lo efímero… Vulnerables, cuando niños, al vivir en medio de la inconsciencia; vulnerables, cuando adolescentes, al asumirnos demasiado céntricos y apostar por respuestas grandilocuentes y ruidosas; vulnerables, a todo lo largo de nuestra existencia, cuando, soberbiamente, nos creemos capaces de enfrentar retos que nos superan.

 

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Colmena humana: inhumano espacio donde rigen la imposición de las rutinas, la reiteración de las devociones, la obligación de la obediencia…

 

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Desde siempre, los seres humanos pareciéramos haber necesitado distinguir perdurabilidad y fijeza a nuestro alrededor. Propendemos a asociar lo inalterable con lo verdadero y lo cambiante con lo incierto.

 

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La decadencia se clava en la entraña misma de las cosas y, desde allí, las desmenuza, lepra cruel, hasta hacerlas grotescamente irreconocibles. La decadencia desangra cualquier cuerpo hasta convertirlo en sombra irreconocible de lo que alguna vez fue. Se yergue, amenazante, y revolotea, sombra agorera, alrededor de cualquier logro y acción. La decadencia se parece a la devastación, ese emblema de lo calcinado, lo seco, lo muerto, lo arrasado. La devastación nos dice que las cosas podrían no volver a ser como alguna vez fueron. Aridez, desertificación, vacío, son sinónimos de la devastación. El renacer de las cosas, imagen siempre asociada al ciclo vital de nuestro planeta, desaparece en un imaginario que alude a imposibilidad de renacimiento. Los espacios arrasados crecen y amenazan con contaminar o debilitar todos los otros espacios. La devastación, aquí, es un peligro para cualquier otro lugar: cercano o lejano. La devastación es multiplicante y atrozmente invasora. Proclama una retórica que impone la claudicación y el despojo del después en el ahora.

 

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Frecuente final de la grandilocuencia histórica: cenicientos cadáveres de héroes legendarios deformados por siglos de histerismo o indiferencia, degradación de mitologías colectivas en pantomimas y burdas falacias.

 

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La vida de un hombre que nunca termina de conocerse a sí mismo se parece a la historia de una nación incapaz de reconocerse en sus doradas estatuas. La vida de un ser humano que no consigue escapar de sus faltas se parece a la historia de una nación vulnerada por los errores de sus gobernantes…

 

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La historia humana: construcción en la que todos participamos y todos sufrimos las consecuencias, principalmente de sus errores.

 

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Nuestro tiempo abunda en mitologías opuestas. Existe, por un lado, la mitología de los hacedores de destinos: persistencia de la fe en el hombre: en sus posibilidades y en sus espacios, en el sentido de su deambular y en sus identificaciones. Pero junto a ella existe, también, la mitificación del desvanecimiento del yo; el énfasis en la inexistencia, la absurdidad o la fragilidad de los protagonismos humanos. Nuestro tiempo vuelca la disparatada fuerza de sus paradojas, bien sobre la imagen de un yo distinguible y asertivo, bien sobre la imagen de un yo brumoso u oculto.

 

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Como la percibimos hoy: abrumadora, irracional, festiva, la violencia se convierte en proliferante expresión que todo lo engulle y contamina. La violencia se adhiere a todas las representaciones. Es convulsión y espasmo, signo disolvente, desarticulación de espacios y referencias, ruptura y sinsentido. Las estadísticas han convertido a la violencia en una numeración del desasosiego. Un avizorador de la violencia de nuestro presente fue Kafka. Pero en los laberintos kafkianos la violencia la ejercían los otros sobre un siempre desprotegido yo. Los actuales íconos de la violencia predican un mensaje diferente: individuos voluntariamente colocados al margen de espacios colectivos, convirtiendo su diferencia en agresión y su agresión en esencial signo destructivo.

 

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Irracionalidad colectiva: gritos de muchos o de casi todos chocando contra el eco la nada; gestos de casi todos en la soledad de tiempos arrinconados.

 

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El diálogo es la única solución a la convivencia en nuestro empequeñecido universo humano. Diálogo para tratar de descifrar el signo del tiempo futuro. El pasado pertenece a la memoria de cada pueblo y de cada cultura, pero el futuro de la humanidad —supervivencia o apocalipsis— será el mismo para todos.

 

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Una manera de entender, definir o proclamar a dios —¿Dios?— se relaciona con nuestra muy humana necesidad de creer, de esperar y confiar; con la urgencia de sentir que existe alguien, compañero de nuestra soledad y testigo de todos los rincones de nuestra alma, alguien que escucha y ampara nuestras razones y miserias…

 

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Sagrado y profano: actitudes adoptadas por el hombre a lo largo del tiempo. Hoy por hoy, nuestra contemporaneidad posee un rostro profano, virtual y profano.

 

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Existen muy diversas verdades: verdades terrenas, a mitad de camino entre entrevistos cielos y entrevistos infiernos; verdades insoslayables, compañeras de nuestras más intensas e irrefutables revelaciones; verdades insulsas y repetidas por muchos muchas veces; verdades engañosas, incómodas, comprometedoras, ingenuas, asombrosas… Y están esas verdades humanamente imprescindibles, destinadas a vivir por siempre entre los hombres.

 

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Superior existencia de quien identifica sus verdades con cuanto considera necesario, insustituible, irrefutable…

 

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Las verdades de uno pueden, muy fácilmente, convertirse en verdades de muchos o de todos. La noción de fuerza o fragilidad, de supervivencia y crecimiento o decadencia y desvanecimiento, conciernen tanto al individuo que se contempla a sí mismo como a la humanidad que intenta describirse al interior de las fuerzas del tiempo. La realidad que concierne al yo y la realidad que atañe a las incontables mayorías es la misma, y el natural recurso de la esperanza será, también de muchas maneras, igual para uno y para otros.

Rafael Fauquié
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