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Apostillas

martes 28 de mayo de 2024
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Apostillas, por Rafael Fauquié
Todo error es una encrucijada que nos coloca ante dos opciones: perpetuarlo o corregirlo.

El diccionario ofrece esta escueta definición de apostilla: “Nota o advertencia puesta al margen de un texto que interpreta, comenta, aclara o completa un aspecto del mismo”.

La realidad, esa realidad con la cual es imposible no relacionarse, ¿no puede ser, acaso, entendida como un texto que exige de nosotros una apostilla, una interpretación para algunos de sus infinitos fragmentos?

Como escritores, como intelectuales, somos contempladores y testigos, y escribimos para describir e interpretar aquello que, de una u otra forma, se relaciona con nosotros. Acaso, también, para acercarnos al desorden universal desde un orden propio, o, eventualmente, desorden: desorden interior, a veces fecundo en sus contradicciones y expectativas.

 

Devastación

En el pasado, la devastación era imagen asociada a localizadas superficies. Ahora, la devastación se emparenta a la convicción de globalidad que nos envuelve. Los espacios arrasados crecen y amenazan con contaminar o debilitar a todos los otros espacios. La devastación, aquí, es un peligro para cualquier otro lugar: cercano o lejano. La devastación es multiplicante, atrozmente invasora.

La devastación proclama un futuro desvanecido: el despojo del después en el ahora.

En Así habló Zaratustra, dice Nietzsche: “El desierto crece”. Comentario muy similar al que hiciera Kierkegaard refiriéndose a los aforismos del escritor alemán Georg Christoph Lichtenberg: “¡Gracias por esta voz en el desierto!”; y, en cierta forma, parecido también a la definición de Baudelaire sobre el hombre moderno: “Solitario de imaginación activa, siempre en viaje a través del gran desierto de los hombres”.

Existe cierta diferencia entre el desierto al que se refieren Nietzsche y Kierkegaard y ese al que alude Baudelaire. El de aquéllos implica devastación, agotamiento; el de éste es más bien una alusión a multitudes y a generalizadas abundancias, a toda clase de homogeneidades y cosificaciones... De todos modos, la idea de los tres se parece: desierto es devastación, confusa vastedad, ajenidad, extravío... En suma: un espacio humano donde, como supo metaforizar Nietzsche, los dioses han desaparecido y el tiempo ha dejado de significar avance para hacerse inacabable reiteración; de alguna manera, metáfora de una nueva era en la que parecía haber entrado la humanidad: la de la supervivencia.

 

Dinero

El excremento es lo sobrante, lo que no se retiene. Si el excremento es el excedente del cuerpo, el dinero es el excedente del cuerpo social. Lo excrementicio es una de las imágenes de la contemporaneidad y sus excesos, de sus superávits, de su acumulación y engorde sin término... Más y más dinero en menos y menos manos. La banca internacional como el gran pudridero donde van a parar los excedentes del mundo: analogía final entre la letrina y la banca.

 

Dioses

Los dioses son la respuesta a las perplejidades del hombre.

En el rostro de los dioses se reflejan las ilusiones y los miedos humanos.

Nuestros dioses seguirán siéndolo en la medida en que formen parte de nuestras íntimas veneraciones. Vociferar nuestros sueños, chillar nuestras creencias, aturdir con nuestra fe, abrumar con nuestra verdad, es hacer demagogia de lo más auténtico de nosotros mismos. Significa convertir nuestras deidades en recurso de burdas retóricas...

Imposible mayor imagen de decadencia que el fervor de incondicionales adoradores de deidades menores incapaces de otorgarles consuelo alguno.

 

Drogas

La droga multiplica la irrealidad de las sensaciones y las memorias. Impone la estridencia de un falso ahora a costa del silencio del antes y el después.

 

Egoísmo

Nuestro egoísmo individual bien pudiera llegar a ser aliento, impulso, orientación o, incluso, fuerza. Pero el egoísmo colectivo de naciones o culturas es absurdo y es suicida.

 

Elocuencia

Elocuencia de la voz capaz de expresar conocimiento y nombrar lo importante, lo necesario.

Son y siempre serán elocuentes la curiosidad iluminada por la imaginación, la pregunta por el hombre, la respuesta de la ética, la incertidumbre cediendo el paso a la réplica creadora, la creación dibujando un rostro individual, la solidaridad hecha propósito, la transparencia moral, una vida finalizada felizmente...

Es y siempre será elocuente la voz que acerca las propias experiencias al sentido de un orden moral.

 

Elogios

La aprobatoria mirada de los otros nunca debería orientar nuestras acciones y esfuerzos únicamente hacia ella.

 

Elusivo

A la categoría de “elusivo” pertenece todo cuanto escapa a una definición precisa. Elusivo es lo que no alcanza a ser codificado ni comprendido ni comprobado. De acuerdo a esto, ¡qué cantidad de elementos en nuestro universo, en nuestro tiempo humano, serían elusivos! La vida, desde luego, lo es. Por eso la poesía se acerca a la vida, porque sólo ella es capaz de reflejar la desconcertante elusividad de los días.

¿Una respuesta a lo elusivo? La distancia.

 

Ensayo (género literario)

El ensayo es un género deudor de la soledad y la madurez de un individuo que vive la aventura de vivir como un itinerario donde distinguir sentidos y repuestas.

¿En nombre de qué habla el ensayista? En nombre de la comunicación de verdades en las que intuye íntimas formas de coherencia y humano sentido, y en nombre de la autenticidad de sus intenciones.

 

Errores

Todo error es una encrucijada que nos coloca ante dos opciones: perpetuarlo o corregirlo. La primera nos conduce al ahondamiento de la estupidez; la segunda hacia un forzoso —y a veces doloroso— crecimiento.

Existen errores colectivos y errores individuales; los primeros, destinados a permanecer por largo tiempo en el arrepentimiento de muchos, los segundos, en el individual remordimiento de alguien.

 

Escritura

Voz perpetuada en letra; inscripción, trazo, dibujo verbal.

Reto de la escritura: dar un nombre a lo que, perteneciéndonos, pudiera pertenecer, también, a muchos otros.

Verdad de la escritura: verdad de una mirada que convierte la infinitud del mundo en perdurable voz.

La realidad es siempre más amplia que la palabra que la circunscribe al limitado espacio de una página.

La escritura señala la permanencia del recuerdo. El ser humano presiente que sobrevivirá mientras puedan leerse sus palabras. Viejísima ilusión del hombre: que las palabras sean eternas y ellas lo eternicen; que fijen sus ideas, sus sentimientos o sus creaciones; que, por ellas, sus huellas permanezcan aún después de su muerte, que ésta no signifique un absoluto desvanecimiento.

Escribir es mitad inspiración y mitad oficio. Implica, ante todo, disciplina; escoger cada palabra: su ubicación, su tonalidad, su ritmo; hacer que todas las palabras, juntas, vivan en la oportunidad de sus argumentos e imágenes.

Escribir significa, también, escoger el silencio: qué decir y qué callar.

Escribir es una manera de estar en el mundo y escoger cómo permanecer en él.

Peligro de la escritura: decir en exceso, decir poco, decir inoportunamente...

 

Escritura del camino

La escritura del camino sigue un ritmo que le es propio, quizá el ritmo mismo de la vida.

La levedad y la armonía son las aspiraciones centrales de la escritura del camino, relacionadas con el ideal de todo caminante: liberarse del exceso de peso, aligerar la carga que pudiera verse forzado a llevar.

La escritura del camino se escribe y desescribe, se fragmenta, se multiplica, se contrae... Sugiere la posibilidad de decir lo que sólo la experiencia y la memoria, juntas, podrían evocar. Es experiencia volcada en palabra, memoria que evoca los días cumplidos. Es, por sobre todo, la interminable argumentación de una conciencia que nunca calla.

La escritura del camino revela el temor de todo caminante ante lo impredecible. Ella transcurre y su transcurrir fija lo momentáneo; convierte en definitivo lo que es circunstancial, contrasta la interminable oposición entre lo aleatorio y lo permanente.

La escritura del camino es pluralidad que no excluye ningún decir porque en todas las formas del decir podemos descubrir la posibilidad de testimoniarnos.

La escritura del camino traduce la experiencia de vivir en fragmentos discernibles. Conjura la pesadilla de la no significación del tiempo. Posee un fuerte contenido ético. Eticidad de la opción del escritor que precisa apartarse de la confusión exterior para nombrarse desde esa palabra que lo encarna.

 

Esperanza

Esperanza: imposible renunciar a ella. Nos pertenece en la medida en que sepamos alimentarla. Es impulso, orientación, apoyo, reconciliación con la realidad....

La esperanza sólo es posible en la acción. Carece de sentido en la vaga ilusión o en la pasiva espera.

La esperanza es alimento, impulso, fortaleza que nos aleja del pesimismo y nos permite conjurar el escepticismo o el desconcierto.

La esperanza acaso sea una de las maneras más humanas de alimentar cualquier propósito; de establecer una finalidad, un porqué, la ilusión de una respuesta...

Rafael Fauquié
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