
Estoy escuchando la sinfonía Nº 3, Heroica, de Beethoven, a la que él le cambió la dedicatoria en el momento apropiado. Qué hermosa música. Me hace recordar la época en que yo tocaba el violín en la Orquesta Filarmónica Nacional del Perú bajo la dirección del maestro Leopoldo La Rosa. Recuerdo que íbamos a un local de Breña para los ensayos. Hay lectores profanos, los que sólo entienden las cosas en una sola dimensión, que se asombran de que yo introduzca referencias a piezas musicales en mis escritos. Es que soy también músico. Y la música clásica viaja conmigo a donde yo vaya. Pueden ver un ejemplo en “El verbo más devastador”. Lo que le sucedía a Beethoven era un ejemplo de creación artística. Le gustaba ir por las mañanas a pasear por las orillas del río, sin llevar a nadie. Ahí, sentado en la grama, viendo pasar las aguas verdosas, escuchando como un sordo murmullo el sonido de los insectos y sintiendo el calor del momento, se volvía melancólico al pensar en su desesperada situación de estar perdiendo la audición y tener que usar una trompetilla de oído para escuchar mejor. Cuando, apoyado en un codo, empezaba a maldecir su destino, repentinamente escuchaba en su mente, con gran intensidad, una melodía poderosa que lo alarmaba. “¡Tata-ta-tán!”. Entonces se asustaba, levantaba su cuaderno y empezaba a anotar con furia la melodía que pasaba por su mente antes que se le olvidara, porque por esos tiempos también estaba perdiendo la capacidad de recordar lo que acababa de pensar. Luego, regresaba a su casa muy alegre, diciendo: “Hoy he tenido una buena mañana. ¡Cómo me gusta la naturaleza!”. Por mi modesta parte, me dediqué a este arte de la música clásica por casi una década cuando a la vez estudiaba en la universidad. Muchas veces extraño estar sentado entre los otros músicos esperando a que empecemos a tocar. Pero ya no creo que pueda hacerlo. Dedicado a otras actividades intelectuales y a lances amorosos, he perdido la pericia instrumental. Esa es una habilidad muscular muy fina que, si no se practica, se pierde. Y aunque echo de menos las otras artes, acepto que me he desarrollado mejor en las letras. Es que aprieto mejor la pluma y la meto en el tintero con más destreza.
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