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Armando Reverón y el tugurio de gorilas

martes 6 de marzo de 2018
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“Los laberintos de la luz: Reverón y los psiquiatras”, compilación de Juan Calzadilla y fotografías de Ricardo RazettiEn su ensayo sobre Van Gogh el escritor y alucinado Antonin Artaud escribe: “La lucidez en acción de Van Gogh deja a la psiquiatría reducida a un tugurio de gorilas, obcecados y perseguidos, que sólo tienen como recurso, para atenuar lo más terribles estados de angustia y opresión humana, una ridícula terminología, producto que corresponde a sus viciados cerebros. No hay psiquiatra, en efecto, que no sea un manifiesto erotómano. Y no creo que haya excepciones en la regla de la arraigada erotomanía de los siquiatras”.

No sé, pero veo/tengo a los psiquiatras como exploradores, mal equipados, para transitar los intrincados (y mal iluminados) callejones de la mente; a pesar de ello se lanzan a la aventura tratando de encontrar luz en esas hundidas mentes de esa oscuridad incandescente e inclasificable que es la locura.

Armando Reverón, pintor y paciente, (con toda seguridad) resultó para los siquiatras un manjar irresistible; primero por su condición de pintor con excepcional talento y segundo por su espíritu inquieto que le llevó a desprenderse de todo para dedicarse con mágica reverencia a su arte.

¿Qué hizo a Reverón un pintor sobresaliente?, ¿quizá la locura fue el ingrediente necesario para potenciar su creatividad o por el contrario dañó en cierta medida su trabajo pictórico y objetual?  

Un libro, Los laberintos de la luz: Reverón y los psiquiatras, compilación de Juan Calzadilla y fotografías de Ricardo Razetti, rastrea los textos escritos por algunos psiquiatras que lo han observado desde esa óptica de paciente. La locura de Reverón es un aspecto que se ha dejado al margen cuando se escribe de ese pintor singularísimo que intentó en sus telas atrapar esos desgarrones de luz de un región costera. Este libro permite acercarnos a ese Reverón más descarnado y doliente. El libro contiene textos de célebres doctores como Moisés Feldman y Héctor Artiles Huerta (aparte de una esclarecedora entrevista realizada por Edgar Abreu, Carmen Acosta y Luis Enríquez y el informe médico redactado por Artiles). También tenemos a los doctores J. A. Báez Finol, Rafael López Pedraza, José Solanes y Carlos Rasquin, cuyo escrito “Reverón desde un sueño” apareció en la revista Imagen (Conac, Caracas, 1985) y no como informa el libro; además es una lástima que no hayan incluido su texto “Al borde de la iluminación. Una aproximación a la locura de Armando Reverón”, que sí está en el libro Arte y locura. Espacios de creación (Ediciones Museo de Bellas Artes, 1998). Dos escritores se suman a esta recopilación: Juan Calzadilla y Juan Liscano.

Lo destacable de este libro (al parecer virtual) es que ofrece un recorrido por la mente de Armando Reverón. Viaje que como es lógico produce cierta inquietud y en el que algunas preguntas pueden asaltar al lector: ¿qué hizo a Reverón un pintor sobresaliente?, ¿quizá la locura fue el ingrediente necesario para potenciar su creatividad o por el contrario dañó en cierta medida su trabajo pictórico y objetual?

El prólogo pertenece al psiquiatra y ensayista Pedro Téllez, quien realiza un corto paseo por el Fedro de Platón para informarnos que la división de la locura hecha por el filósofo tiene como dos vertientes; en una se encuentra la humana, debida a una enfermedad del cuerpo, y la divina, desmenuzada en cuatro partes en que los dioses como Apolo (la adivinación inspirada), Dionisos (la música o las musas poéticas), Afrodita (el amor) y Eros (el sexo) tienen mucho que ver, y por esa razón Téllez acota: “En Reverón la locura de los enfermos y la locura poética de las musas se complementan, y así lo destaca la mayoría de los psiquiatras que comentan cómo su obra rehabilita y reestructura al yo. Reverón trataba de romper el aislamiento a través de la comunicación que posibilita la pintura o la fabricación de los objetos artísticos: comunicación conmigo mismo y con el otro”. Más adelante en el mismo prólogo se lee: “Las muñecas y juguetes empiezan a ser vistos como esculturas de materiales sencillos y a la espera de un discurso crítico comparable al de su obra pictórica. Se ha hecho mucho énfasis en la interpretación de su delirio que divide su cuerpo en dos, una pura superior y una impura inferior, en relación con su pintura blanca. Pero hay también un delirio que ha sido poco comentado y que podría relacionarse con su obra como conjunto en la creación de un universo propio, y es el delirio de la androginia presente en su crisis de 1945”.

Lo escrito por José Solanes es un derechazo a los psiquiatras: “Es posible que, como ciertos enfermos, más temor sintiera Reverón por los médicos que por la enfermedad. En vida, no dejaron éstos de prestarle ayuda, que no siempre pedía. Una vez muerto, no necesitaron para intervenir que nadie les pidiera nada: dejaron de extender récipes y se aprestaron a redactar informes. No iban, por cierto, a dejar las muñecas en paz: demasiado intrigantes para no creerlas patológicas, éstas se les aparecieron como enfermizos juguetes de adulto, síntomas de trapo y cartón”.

Armando Reverón descendió a ese sótano oscuro y gelatinoso de la locura. Sus pinturas eran sólo una manera de recuperar un poco de esa luz perdida.  

El escrito de Juan Calzadilla intenta situarlo desde otra perspectiva. Sus puntos de vista tienen puntos de contacto con el texto de Artaud: “…Reverón no sólo no estaba enfermo, sino que lo que en él atribuía la sociedad a locura no eran sino los signos de un mensaje que sustentaba y, por decirlo así, legitimaba con su persona una experiencia integral de arte. Claro que Báez Finol no lo dijo de esta manera, pero de su experiencia con Reverón podría deducirse que si una persona atacada por una crisis producida por la esquizofrenia puede salir de este trance con varias sesiones de terapia comunicacional, entonces lo que anda mal, en sentido figurado, no es el individuo sino la sociedad”.

El libro tiene como adicional las fotos impecables de Ricardo Razetti, que fijan esa imagen del Reverón desprovisto de todo fasto, de toda superchería de genialidad. Fijan la imagen del artista viviendo con sus demonios creativos. También están algunas fotos de sus obras y de sus inigualables objetos.

Al parecer la esquizofrenia se caracteriza por no ser un motor creativo. Además, según estudios, son contados los esquizofrénicos que desarrollan cualidades creativas. En Reverón ya estaba el germen artístico antes de que la esquizofrenia se desarrollara en los intersticios de su mente. Se puede coincidir con Solanes cuando afirma que “la enfermedad lo protegió al quitarle todo afán por el aplauso inmediato y las recompensas en dinero”; quizá este apartarse de todo ese aparataje del arte como cosmética publicitaria para la falta de talento y donde han entrado, por la puerta de servicio de los museos y las galerías, los petulantes y oportunistas más conspicuos con una obra de dudosa calidad, le permitió demorarse con sus pinturas y a la par crear sus objetos sencillos, pero vitales. Y, como afirma Téllez, la creación de sus singulares objetos debe apreciarse como una continuidad de su quehacer artístico tan transcendental como sus pinturas.

Armando Reverón descendió a ese sótano oscuro y gelatinoso de la locura. Sus pinturas eran sólo una manera de recuperar un poco de esa luz perdida, de esa luz degollada en el fondo de su alma como una íntima y silenciosa catástrofe.

Carlos Yusti

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