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Pedro Suárez y el poema como geografía postal

lunes 8 de octubre de 2018
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Pedro Suárez
Pedro Suárez. Retrato por Carlos Yusti

Mi amigo el poeta Luis Alberto Angulo ha dicho que soy sordo para la poesía, pero en realidad soy sordo no para el mal poeta, sino para el poeta maluco; es decir, mala entraña, trepador que amiguea los premios literarios y enchufoso con eso de los cargos culturales como creo que aseveran que fue el gran Pablo Neruda, paro no meterme con los del barrio local, y en esa tónica.

Uno siempre asocia al poeta con el santo (ese de yeso y estampita) por eso de la austeridad y lo frugal de su existencia, consagrado, con humilde fe, a su trabajo poético. Bueno y en ocasiones contadas hacen milagros con sus poemas, que ya es decir bastante.

Entre los pocos amigos poetas que tengo debo contar a Pedro Suárez. Aunque es necesario aclarar que primero fui lector del poeta y por esos azares literarios (o cortazarianos) de la literatura nos hicimos amigos.

Me gustaban sus poemas a pesar de mi sordera proverbial para la música del poema; me agradaba su tono breve, pausado, como si el poema lo pensara con serena calma. Después de conocerlo y saber su condición lo admiré sin precaución alguna. Para mí escribir era un dolor de cabeza y un sufrimiento; no obstante Pedro Suárez escribía desde esa otra orilla donde la alegría es un equipaje para el escape insólito, para la huida fantástica e imaginativa.

Pedro Suárez sabe a conciencia que a la hora de escribir no es bueno dejarse vencer por los vaivenes de la vida.

Desde entonces le profeso no sólo admiración, sino un respeto sincero, ya que uno siempre anda en plan de fracasista en eso de encontrar la frase o la palabra adecuada, de encontrar el ritmo insondable del corazón para que lo escrito suene de lo mejor en el papel o en la pantalla del computador; pero Pedro Suárez sabe que fracasar no es ni siquiera una opción y que de nada vale estructurar el poema en la cabeza, elaborar mentalmente toda la trama de una historia y después darse de bruces al momento de convertir todo eso (que fluye en la mente) en palabras, en palabras que hagan milagros y no literatura. Que es necesario arrojar mucha basura escrita a la papelera, que se requiere mucha entereza para tachar, lijar, podar muchas palabras hasta dejar las adecuadas. Pedro sabe a conciencia que a la hora de escribir no es bueno dejarse vencer por los vaivenes de la vida, por esa realidad de metal empobrecido que coloca trampas, trabas y requiebros que buscan hundir a cualquiera en el abismo. Que la vida y la realidad hay que cernirla con literatura para salvarse, para darle otro color y otra música menos tiránica. El poeta Pedro Suárez sabe que la literatura (leída y escrita) es la gran aventura, que es necesario enfermarse de literatura para curarse de todos los diagnósticos adversos, de todas las patologías malsanas que nos acechan. La literatura como oficio vampírico que absorbe literatura en todos lados, e incluso en esos papeles sueltos arrojados en la calle de los que escribiera Cervantes.

En la ficha de datos que preparó Oscar Pirrongelli Seijas en su libro Antología de la antigua y la actual poesía guayanesa, escribe: “Pedro Suárez (Upata, estado Bolívar, 1961). Como cultor y poeta ha desplegado una encomiable labor en Upata, su ciudad natal; fue director de cultura de la alcaldía, fundador y director de la revista de arte y literatura Predios; vicepresidente del fondo editorial del mismo nombre. Un accidente de tránsito que le inutilizó sus piernas no fue obstáculo para continuar su actividad literaria desde una silla de ruedas. Ha publicado, entre otros títulos, los siguientes: Recuerdos, con el que ganó el premio Tomás Alfaro Calatrava en la ciudad de El Tigre; Perfil de aguja, editado por Monte Ávila Editores; Cincuenta haikús para amarrar el sol, editado en la colección Al Sur de la Gobernación del Estado Bolívar, y Colinas y colindantes, antología de poetas actuales upatenses, publicada por el Fondo Editorial Predios”.

En sus diarios Alejandra Pizarnik escribió: “¿Por qué escribo? Para asombrarme, yo, que nada sé de las palabras”. En lo personal creo que todo poeta escribe para asombrarse/asombrar con metáforas a los demás. Descubre en el tejido de las palabras un trasfondo particular. Pedro Suárez va hasta el fondo del lenguaje con un dominio absoluto de las palabras, y no por azar Francisco Arévalo ha dicho: “En Pedro Suárez hay un dominio inteligente del lenguaje. Tiene una estrategia muy personal para encarar la escritura poética. Hay una limpieza táctica y vehemente de la forma, del estilo. En sus ensayos breves (o en sus textos de opinión) hay como una luz ácida. Sin duda Pedro está equipado con muchas lecturas y un manejo venenoso, sin dejar de ser elegante o benigno, del lenguaje. Hace malabares con la ironía y su mordacidad inteligente brilla entre líneas en sus textos como pequeñas alimañas de cuidado”.

En lo particular tengo los poemas de Pedro Suárez como postales de una geografía inmóvil que se recorre a zancadas con palabras.

Teresa Coraspe, por su parte, destaca en Pedro a un poeta en varias direcciones, y en tal sentido ha dicho: “Pedro Suárez tiene una voz poética que se ha consolidado con el tiempo. En él hay que destacar al poeta incansable, a ese ser especial que trabaja con artesanía la palabra a pesar de todo, así como también al editor tanto de un fondo editorial y de esa hermosa revista que se llamó Predios, y que de alguna manera sentó cátedra en cuanto a publicación cultural y literaria se refiere, sin mencionar los Cuadernos de la memoria… Otro aspecto destacable de Pedro es el de promotor cultural. Todo su trabajo en conjunto nos ofrece el retrato de un escritor referencial en el acervo literario no sólo del estado Bolívar, sino del país”.

En lo particular tengo los poemas de Pedro Suárez como postales de una geografía inmóvil que se recorre a zancadas con palabras:

Brecha

Nada me pertenece
esta respiración
la escuché en la escuela
—hace veinte años
Este ritmo no es mío
es de un poeta que admiro
y no conozco
Aquel caballo tampoco
me lo prestaban para que lo cansara
para que oliera puerta
y diera pecho al toro
Con este hoy
pasa igual
me tiene y trajina a su antojo
intenta borrar lo que es recuerdo
se ensaña
no deja pasos
me obliga a repetir itinerarios
en el corazón
de otros.

Existe una belleza bruñida de extrañeza en los poemas de Pedro Suárez. En algunos se narra una historia esquiva, huidiza:

Misiva

La carta
habla de un triste destino
nombra un caballo
la huida de dos
describe un grito
el final de un incendio
Más allá del papel
quedó la casa
los armarios
una medalla desgastada
como la escena de una vieja película
y el recuerdo
con la tarea de imponer un olvido
que no se cumple.

Martha Elena Jansen Sierra, en el libro antológico Con áureos buriles (Publicaciones Fondo Editorial Uneg), destaca este carácter narrativo en la poesía, y sobre todo de los haikús, de Suárez: “…puedo evidenciar la intención de sus haikús, en los que relata un día domingo desde la mañana hasta la noche, observando cada detalle de ese día, en el que pudo transformar la realidad en hermosas y asombrosas imágenes, que resultan de la manera en la que uti­lizó las palabras. Me parece maravillosa la idea de relatar historias con pocas palabras”.

Pedro Suárez se ha transformado en ese escritor que convierte la vida en una metáfora respirable.

En una oportunidad parodié su estilo como articulista. Centré mi pastiche en su barrido visual del día a día. Sus textos ensayísticos surgen de su observación minuciosa de la cotidianidad y no estaban exentos de cierto retorcido humor. Leamos un fragmento de su artículo “Escribidor y sin tía Julia”, en la que anota aspectos de ese proceso que se llama escribir: “A diferencia de andar en bicicleta, a escribir nunca se aprende. Que hay autores con cientos de libros publicados, quién puede negarlo, aun así estos ensayistas o novelistas de fama sufren el síndrome del payaso antes de salir a escena: temen hacer el ridículo. En definitiva, esquivar la orfandad que sigue al punto final es una constante que pocos confiesan pero que muchos sufren. A ver si me entienden, trato de encontrar una razón que justifique esto que aquí escribo. Leo y releo, tacho, añado, borro, agrego; releo, leo, consulto el diccionario, pienso en la palabra adecuada, me pregunto si es la mejor. Borro, quito, pongo, maldigo un adverbio, esquivo un adjetivo, borro, añado, quito. Así, todo el tiempo, y esa sensación de que te estrenas en un oficio del que apenas tienes idea. Al que no le tiemblen las manos ante la frase que da inicio a un texto, que tire la primera piedra”.

Roberto Brodsky ha escrito que “un escritor es una intuición, y supongo que existen tantas intuiciones como maneras de seguir esa huella del aire en que termina convirtiéndose cada uno al abordar el trabajo de la escritura, que es el arte de la transformación. Porque escribir es transformarse”. No cabe duda de que Pedro Suárez se ha transformado en ese escritor que convierte la vida en una metáfora respirable, que convierte la realidad en una emoción deleitable y jugosa ataviada de palabras. La vida es un extenuante asedio y Pedro Suárez sabe a cabalidad que desde la trinchera de la escritura se hace la mejor resistencia, la más duradera y trascendente.

Carlos Yusti

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