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Un constructor llamado Nuccio Ordine

domingo 28 de mayo de 2023
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Nuccio Ordine
Según Ordine, “las grandes obras literarias o filosóficas no deberían leerse para aprobar un examen, sino ante todo por el placer que producen en sí mismas”. BBVA • Aprendemos Juntos 2030

Los grandes lectores tienen la creencia de que las aquilatadas obras de la literatura universal (denominadas en los suburbios polvorientos de los anaqueles de las bibliotecas como clásicos) tienen la facultad de transformar no sólo la realidad, sino la vida interior de los lectores.

Para la gran mayoría eso de leer libros es sencillamente una estupidez, un fastidio inigualable; para ellos, el tiempo desperdiciado en leer un libro puede emplearse en menesteres más reales; además, la película basada en determinado libro pronto inundará las redes y asunto arreglado.

Existe una estirpe minoritaria de excelentes lectores que defienden con pasión el poder transformador de los libros. Jorge Luis Borges en uno de sus ensayos postulaba que el perfil espiritual de Occidente era producto de la Biblia y los cantos homéricos. Para Italo Calvino se leen los clásicos no porque sirvan para algo, pero pueden ser útiles “para relegar la actualidad a la categoría de ruido de fondo”. Otro gran lector como Vladimir Nabokov aseguraba que para gozar de la magia de las obras maestras de la literatura era necesario no hacerlo con el cerebro o el corazón. Que el lector necesitaba hacerlo con la espina dorsal, ya que “es allí donde tiene lugar el estremecimiento revelador”.

Para George Steiner leer se acerca mucho a esa experiencia teológica de leer, criticar y hacer comentarios por escrito:

Las disciplinas de la lectura, la idea misma del comentario y la interpretación estrictos, de la crítica textual tal como la conocemos, deriva del estudio de las Sagradas Escrituras o, más precisamente, de la incorporación y desarrollo en dicho estudio de prácticas más antiguas de la gramática helenística, la recensión y la retórica. Nuestras gramáticas, nuestras explicaciones, nuestras críticas de textos, nuestros esfuerzos para pasar de la letra al espíritu, son los herederos inmediatos de las textualidades de la teología judeocristiana y de la exegética bíblica de la patrística.

Nuccio Ordine, filósofo, escritor, y por encima de todo gran lector, también forma parte de esa cofradía minoritaria que otorga a los libros posibilidades (casi mágicas) de trastocarlo todo. Sus dos libros Clásicos para la vida: una pequeña biblioteca ideal y La utilidad de lo inútil: manifiesto, exponen sus ideas sobre la literatura y su impronta intangible en el espíritu o sobre la utilidad, en apariencia inútil, del arte en los quehaceres rudimentarios de la existencia. El primero explora los clásicos. Con un breve comentario introduce al lector por esas obras imprescindibles de la literatura, pero los presenta desde una perspectiva renovada. Ordine extrae de los clásicos una enseñanza impalpable, especie de vuelo etéreo de mariposa, pero que se escribe en la pizarra del alma con esa tiza de lo imperecedero.

Por espacio de media hora Ordine se centraba en leer, aparentemente al azar, pasajes de escritores, filósofos y artistas.

Para Ordine los clásicos seleccionados conforman, si se quiere, algo así como una biblioteca cómoda e ideal cuya valiosa utilidad radica en que un fragmento, un relato o un poema tiene la fuerza y la capacidad de ofrecer una enseñanza que puede permitir al lector ver/entender la vida desde una visión menos insidiosa y cuadriculada.

Esto de una biblioteca ideal fue, palabras del propio Ordine en la introducción del libro, fruto de un experimento realizado en sus clases como profesor en la Universidad de Calabria. Cada lunes, durante el primer semestre de clases, leía fragmentos, citas, poemas de algunos autores clásicos. Esto despertó el interés no sólo de sus alumnos, sino de otros estudiantes. Por espacio de media hora Ordine se centraba en leer, aparentemente al azar, pasajes de escritores, filósofos y artistas. Caras nuevas inundaban sus clases. Al final algunos de sus alumnos se interesaron a explorar en profundidad a los clásicos de siempre. Ordine escribe:

En ese espacio experimental, que yo llamaría de manera impropia ‘extrainstitucional’, he tenido la impresión de compartir con mis estudiantes la manera sana y auténtica de relacionarse con los clásicos. Las grandes obras literarias o filosóficas no deberían leerse para aprobar un examen, sino ante todo por el placer que producen en sí mismas y para tratar de entendernos y de entender el mundo que nos rodea. En las páginas de los clásicos, aún a siglos de distancia, todavía es posible sentir el latido de la vida en sus formas más diversas.

La estrategia de Ordine tiene más de un acucioso lector que de almidonado académico. Como lector atento, Ordine extrae de los libros aquello que ha despertado su asombro y su espíritu crítico. Así, la obra teatral El mercader de Venecia sirve a Ordine para destacar que “el dinero y las joyas carecen de importancia: el canto de los pájaros y la belleza natural son el verdadero tesoro”. Además, Ordine hace hincapié en la exhortación por la música que hace uno de los personajes de la obra. Escuchar música puede ser una actividad imprescindible… “Actividades que pueden ennoblecer el espíritu, que pueden ayudarnos a hacernos mejores, que privilegian la esencia sobre la apariencia, el ser sobre el tener. Sin duda, la música es una de ellas”.

De El hacedor, extravagante libro de Jorge Luis Borges, extrae la historia que relata un tal Suárez Miranda sobre un imperio donde el arte de la cartografía llegó a niveles de perfección inimaginables y donde confeccionaban mapas tan exactos y meticulosos que “el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia”. Esto le sirve a Ordine para escribir: “El sentido de este genial relato de Borges está, en parte, implícito en el título: ‘Del rigor en la ciencia’. Pretender la perfección absoluta mata la investigación”. El libro Oráculo manual y arte de prudencia, de Baltasar Gracián, le sirve a Ordine para contraponer el cultivo de la cultura en contraposición de la ignorancia siempre agresiva y peligrosa. Ordine escribe: “Quien se enamora del saber puede cultivar mejor su ingenio (‘No ai cosa que más cultive que el saber’). No disponemos de otros caminos para afrontar la grosería de la ignorancia (‘Es mui tosca la ignorancia’). Y, por desgracia, también a la ignorancia se debe la violencia de los fanatismos religiosos, la difusión del odio contra la diversidad, la preocupante vuelta del antisemitismo y del racismo”.

Para reflexionar de lo útil que puede ser algo tan inútil como el arte, o un paisaje natural con pájaros cantando, Ordine también se apoya en la literatura.

Si Clásicos para la vida se apoya en aquella famosa y citada frase de Borges “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”, que pertenece al poema el poema titulado “Un lector”, en su Elogio de la sombra, el libro La inutilidad inútil se apoya en una frase de Eugène Ionesco: “Si no se comprende la utilidad de lo inútil, la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte”. En estas reflexiones dispersas, Ordine pone en la balanza el afán de lucro y los crepúsculos en un atardecer. En nuestro mundo los crepúsculos llevan todas las de perder. Para reflexionar de lo útil que puede ser algo tan inútil como el arte, o un paisaje natural con pájaros cantando, Ordine también se apoya en la literatura y utiliza pasajes de algunos clásicos. No obstante, su reflexión es precisa y valedera:

Es doloroso ver a hombres y mujeres empeñados en una insensata carrera hacia la tierra prometida del beneficio, en la que todo aquello que los rodea —la naturaleza, los objetos, los demás seres humanos— no despierta ningún interés. La mirada fija en el objetivo a alcanzar no permite ya entender la alegría de los pequeños gestos cotidianos ni descubrir la belleza que palpita en nuestras vidas: en una puesta de sol, un cielo estrellado, la ternura de un beso, la eclosión de una flor, el vuelo de una mariposa, la sonrisa de un niño. Porque, a menudo, la grandeza se percibe mejor en las cosas más simples.

En estos dos libros de Ordine la preocupación del deterioro educativo se hace evidente y en alguna parte comenta que las universidades se han convertido en receptáculos (algo así como jaulas) en las cuales los estudiantes son sólo pollos de engorde para el mercado laboral. Ordine prefiere una universidad que forme herejes y no pollos sumisos con títulos. No por casualidad ha escrito:

La primera tarea de un buen profesor debería ser reconducir la escuela y la universidad a su función esencial: no la de producir hornadas de diplomados y graduados, sino la de formar ciudadanos libres, cultos, capaces de razonar de manera crítica y autónoma.

Al filósofo y profesor Nuccio Ordine lo percibo más como un constructor de humanidad a través de la difusión de los clásicos de la literatura. Notoria y rimbombante causa perdida. Como gran lector es un pregonero de esa arraigada pasión por la literatura, de su importancia en la estructuración del espíritu. Del estudio y la investigación como armas precisas contra la inmediatez ignorante y peligrosa que acecha y que, revestida de poder, trata por todos los medios de convertir la obediencia silenciosa en norma imperante. Esto no desalienta para nada a Ordine y como buen amante de las causas perdidas hace como don Quijote y vuelve al camino a la espera de una nueva derrota, pero con la centrada convicción de que las derrotas son parte de un aprendizaje duradero.

Carlos Yusti
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