
Hace pocos días en Chile se conmemoró el Día Nacional de la Prensa y los medios, especialmente los escritos, volvieron a mencionar un nombre que, en lo personal, aún me parece que está infravalorado en nuestra historia o, dicho de otro modo, no se realza su figura entre las nuevas generaciones.
Es que el recuerdo de fray Camilo Henríquez está íntimamente ligado a la memoria de nuestro primer periódico nacional, La Aurora de Chile, cuyo primer ejemplar vio la luz el jueves 13 de febrero de 1812. En efecto, fue este fraile de la congregación de Hermanos de la Buena Muerte quien, con su genio y un encendido amor patriótico, dio vida a esas humildes cuatro páginas que, anhelantes, llenaron de esperanzas de libertad a los patriotas y próceres de nuestra independencia.
Nació fray Camilo Henríquez en la lluviosa ciudad de Valdivia el 20 de julio de 1769. Ya adolescente, fue enviado a Lima a continuar sus estudios. Ingresó allí a la congregación que en 1586 fundara san Camilo de Lelis para asistir a los enfermos terminales. Por esta razón nuestro fraile debió estudiar medicina (profesión que ejerció con éxito en Argentina, durante los duros días del exilio, luego de la derrota patriota en Rancagua). Sus inquietudes intelectuales lo llevaron, además, a interesarse por el derecho, empapándose de las obras de Rousseau, Diderot, Condorcet, Montesquieu y Boileau, lo que le valió su arresto y enjuiciamiento por parte del Tribunal del Santo Oficio, la Inquisición, acusado de leer libros herejes y prohibidos. Felizmente, los superiores de su congregación lograron liberarlo de culpa y lo enviaron a Quito, donde su natural talento salvó a su orden de una crisis financiera que amenazaba con hacerla desaparecer de tierras americanas. Al enterarse de lo ocurrido en su patria, la proclamación de la primera Junta Nacional de Gobierno, en septiembre de 1810, lleno de júbilo vuelve a Chile y conforma, junto a José Miguel Infante, José Gregorio Argomedo, Manuel José Gandarillas y el “taita” Manuel de Salas, el grupo de intelectuales que serían la cabeza pensante de la lucha por la independencia.
Al poco tiempo, este insigne sacerdote de frágil figura, no contento con anunciar sus ideas de libertad desde el púlpito, empezó a escribir proclamas que firmaba con el pseudónimo de Quirino Lemáchez, anagrama de su nombre. Por eso no le extrañó a nadie que el general José Miguel Carrera, a la sazón director supremo de Chile, lo designara al frente de nuestro primer periódico. El hermoso y alegórico nombre de La Aurora de Chile es otra muestra del ingenio de fray Camilo. A La Aurora le siguieron El Monitor Araucano (1813), La Gazeta de Buenos Aires (1815, en el exilio) y El Censor (1817, también en Argentina).
Por aquellos años escribía también con regularidad en la prensa venezolana que, junto a la argentina, eran las únicas que se encontraban libres del dominio español. Una vez consolidada la independencia, el general Bernardo O’Higgins, director supremo de la nación, lo manda a buscar a Buenos Aires para que se incorpore a la tarea de construir la nueva república. Una vez de regreso, asume como capellán general del Ejército y director de la Biblioteca Nacional.
En 1822 llega al Parlamento en representación de Valdivia, su ciudad natal, convirtiéndose en uno de los más eficientes diputados de la época. A la renuncia de O’Higgins en 1823, el nuevo director supremo, general Ramón Freire, lo confirma en sus cargos y le pide que siga sirviendo a la patria. No obstante, su frágil salud —muy quebrantada—, la pobreza financiera que siempre lo acompañó y los ataques malintencionados de un puñado de detractores, minaron su fortaleza; se lo acusó de traicionar a Carrera al colaborar con O’Higgins y luego a éste, al quedarse junto a Freire. Se inventó que había abandonado el sacerdocio —ya no usaba hábito, pero llevaba el uniforme y las insignias de capellán general— (aún quedan historiadores que repiten ese error), se lo quiso vincular afectivamente con doña Trinidad Gana, en cuya casa murió y, en fin, fue blanco de todo tipo de arteros ataques. Jamás recibió el homenaje de sus conciudadanos y aún hoy su producción poética es descalificada por los críticos. Como dramaturgo, tampoco se le reconocen mayores méritos en los círculos académicos actuales. Escribió La inocencia en el asilo de las virtudes y Camila, o la patriota de América. Muy pocos se han detenido a pensar que, entre tantos sacrificios que hizo por la patria, escaso tiempo tuvo para sus propias inquietudes intelectuales; no obstante, aún resuenan sus emotivos versos: “La libertad augusta hoy desciende del cielo, de los hombres consuelo, fomento del valor. ¡Cuán varonil se muestra! ¡Cuán robusta y gloriosa enarbola gozosa el patrio pabellón!”.
Camilo Henríquez González, sacerdote de la Buena Muerte, padre del periodismo chileno, murió pobre y olvidado en Santiago el 16 de marzo de 1825. Ningún periódico dio la noticia o publicó siquiera una oración por su alma. Sólo las campanas de la iglesia de San Francisco lo despidieron. Días después el gobierno ordenó disparar veintiún cañonazos en su honor...
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