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Poemas de Rolando Revagliatti

jueves 30 de mayo de 2024
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Poemas de Rolando Revagliatti
¡no me venga con andróminas!” / enfatiza muy suelto de cuerpo / el robot ensangrentado.
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Volar

Vuela al abrazo
a la sopa caliente
a la oscuridad perfecta
al estupor

Y ese es todo su volar

Al abrazo del robot
a la sopa caliente de la bruja
a la oscuridad de la boca del lobo
al estupor del borracho.

 

flor

con los senos desplazados
la violada por el hombre invisible
se reúne con su cuerpo líquido e ilusorio
bastante invisible también ahora
sin sus bordes completos

del tamaño de una reminiscencia
o de una condolida comezón sietemesina
ella expulsará una flor honda
que nos catapultará hacia una paternidad compartida

¿qué no ve y ve viendo que no ve, la flor?
estos y otros entenados
interrogantes machacones de evanescente capciosidad

 

estampa

“¡no me venga con andróminas!”
enfatiza muy suelto de cuerpo
el robot ensangrentado

sufría
y yo
irreparable humano (de humanitis, humanidad)
desanduve el desconcierto
testigo
de su soberbio buen humor

 

Que me tuvo no

En una sola ocasión soñé que yo no era
en una sola ocasión soñé que yo no era quien soy
que yo no era un animal fabuloso
un animal animado por la fábula
un animal con ánima en la fábula

En una sola ocasión me soñé careciendo
de mis tradicionales atributos
una sola vez me soñé intrascendente:
un sujeto cualquiera redactando
un simple texto referido
a un sueño que me tuvo no
como animal fabuloso.

 

Manos no tiene

Manos no tiene sino
grandes revólveres

Son para él
sus manos

No tiene manos que tienen
revólveres:
tiene revólveres

Ramplonamente iluminado el galpón
Sentado sobre un barril
habla por teléfono:

—Chí. Acribillado lo dejé. Muchos pum.
Después me dolían, me quedaron ardiendo.
Se me gastó
el frasquito de la crema.

 

Nunca soñé

Nunca soñé con tres ojos que me escrutaran desde un pescuezo de jirafa. Que me escrutaran no sin dejar de entornarse alguno, alternativamente. Tres ojos y no tres pares de ojos de diferentes tonalidades. Tres ojos oscuros idénticos. Y que se posaran sobre mí sin benevolencia ni animosidad. Desde un pescuezo inconfundible, irreprochable. Desde una jirafa de la que pudieran pender arañas plateadas, moribundas, o exhaustas. Pendiendo como sólo penden lo esencial y lo sutil. Lo sutil exhausto, lo esencial moribundo. No estaríamos ellas y yo en un zoológico o en un ambiente no trastornado por el hombre. Pero yo no distinguiría el sitio, y hasta ese momento sería únicamente mis cuatro pintorescas narices, olfateando en vano, desasidas de cabeza reconocible. Yo consistiría, hasta entonces, en una pura memoria guiñolesca, afanándose por recuperarme. Sería, claro, una sustancia en su propia procura.

Nunca soñé con algo rubio gelatinoso aposentado sobre un punto cardinal. Ni me soñé punto cardinal sobre el que se aposentara determinada o indeterminada gelatinosa rubiedad.

Nunca soñé con escaleras derritiéndose sobre un valle de incienso. Dos mil ochocientos peldaños, sumando las sesenta y seis escaleras de fibra. Incienso que cubre todo el valle al que pertenezco desde mi primer sueño anotado en un cuaderno infantil. No estaría allí como ninguna de mis presencias mensurables. Y, sin embargo, me brindaría a derretirme.

Nunca soñé con hexágonos de piel humana impidiéndome apoderarme de la gracia. Es poco no haber soñado nunca con la gracia apoderada impidiéndome la humana piel de los hexágonos.

Nunca soñé con el antojadizo poder de cristalizar, seccionar y envasar un crepúsculo. Y darlo a consumir sin reparos. Antojo de consumición.

Nunca soñé con un espejismo, ni cóncavo ni convexo. Espejismo con el que hubiera podido restituírseme la gobernabilidad de mis sueños.

Rolando Revagliatti

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