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Las brujas no existen

sábado 24 de mayo de 2025
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Las brujas no existen, por Felipe Fernández Sánchez
Desde que recuerdo, eran viejas. Digamos, para ser benevolentes, que eran mayores. Algunas de ellas habían sufrido ataques airados de arrugas. También riñen las viejas (1819-23) • Francisco de Goya • Biblioteca Nacional de España
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Hay consenso generalizado, las brujas no existen. Lo que hay son comportamientos malignos y viejas con verrugas.

Las viejas hacen caldos; para ello no utilizan críos, ni los consumen. Para sustanciar la sopa, según informaciones fidedignas, hablan de gallinas a la hora de preparar un consomé. Incluso del asa de una marmita he visto pender un pernil hasta disolverse en el perolo.

Cabría imaginar... un niño colgado de un pie y el cuerpo inmerso en el pote. Cabría imaginar... un niño colgado de una mano y el cuerpo inmerso en el pote. Entonces, desperdiciamos la imagen de una vieja revolviendo un perolo con un cucharón manos y piernas, debajo, un fuego candente, crepitando; llamas prendidas en astillas ardientes, en ascuas fulgentes.

¡Toma ya!

Algunas meigas disponen de dentaduras postizas, y a veces se caen en la sopa, salpicando.

Mis tías tenían jaculatorias para molestar trasnus.

Desde que recuerdo, eran viejas. Digamos, para ser benevolentes, que eran mayores. Algunas de ellas habían sufrido ataques airados de arrugas; pensé... que entre las arrugas se podían sujetar monedas o agujas de coser, nunca llegué a explicitarlo dado mi punto miedoso.

Para llegar a su casa, había que seguir un rastro. La senda a seguir llevaba a una cabaña en medio de la ladera de una montaña cierta, cubierta de árboles y otros restos de vegetación, de los que suele ocupar la naturaleza cuando la dejas campar a sus anchas.

Las brujas no existen. Debo reconocer que no sólo de tías mayores vive el hombre, también de abuelas, algunas mentes poco fidedignas pueden transformarlas en gentes proclives a la malignidad. Su escasa visión las confunde con mujeres viejas, cuando es evidente que también había hombres arrugados, e incluso he visto niños que son caducos desde su nacimiento.

¡Vamos a ver! En las profundidades del monte se encuentran lobos e individuos con escobas barriendo, con escobas, el frente de su casa, pues les molesta que entren hojas, ramitas, etc.; celosos de su intimidad te corrían a escobazos o te tomaban prisionero, te metían en una cerca y te ponían a trabajar ordeñando cabras. A menos que tuvieras padres que subieran airados a abroncar al viejo, o vieja, por asustar a su niño.

Lo peor era la vuelta, cogidos de la firme mano de los progenitores, arrastrado al tiempo que se sufría de los reproches por desobedecer a los mayores.

Las ancianas tienen como peculiaridad el hecho de ser abuelas, y por muy arrugadas que se vean, les gusta acunar y que duermas en sus brazos. Lo sé por propia experiencia, se descansa bien, son acogedoras. En contrapartida están ajadas, y con toda clase de pliegues en la piel. Además, babean. Eso es lo peor, cuando cae en los mofletes.

Los abuelos pringan la cara, pero si te limpias con el dorso de la mano, se sobrelleva.

A cambio consigues chuches y refugio contra padres pesados. Sus brazos acogen y alejan los gritos de padres molestos y los inconvenientes de los monstruos imaginados.

Lo que existen son los niños traviesos.

Felipe Fernández Sánchez
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