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Rumbo a la “tierra prometida”

sábado 26 de mayo de 2018
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Rumbo a la “tierra prometida”, por Washington Daniel Gorosito Pérez
Migrantes en Irapuato. Fotografía: Instituto Irapuato

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
Lee el libro completo aquí

Amanece lentamente en Irapuato y diviso a lo lejos cómo empieza a presentarse el cerro del Piloncillo. Camino rápido y paro al llegar al cruce de las vías del tren, los veo correr y ponerse en las esquinas del cruce de avenidas, emergieron como “topos” quién sabe de dónde, pero ahí están solicitando la solidaridad de los irapuatenses, extendiendo su mano por una moneda o un alimento, tocándose el corazón.

Son los llamados migrantes “de paso”. Huyen de la violencia, de la pobreza, del hambre, de la falta de oportunidades, miles de centroamericanos, prefieren en algunos casos incluso pedir refugio en México antes de enfrentar las políticas antiinmigrantes del presidente estadounidense Donald Trump.

Irapuato históricamente es una tierra de migrantes, rara es la familia que no cuente con algún integrante que esté “del otro lado”.

Voy cruzando por debajo del puente Siglo XXI y escucho a uno de ellos que asiente con su cabeza a participar en una entrevista que le solicitan alumnos de una universidad que están realizando una tarea para sociología sobre los migrantes “de paso” por Irapuato. Me detengo y a una distancia prudencial escucho la historia de este hombre, mientras una pintura de las varias ejecutadas por jóvenes artistas irapuatenses, que hacen de las paredes inferiores del puente una galería de arte contemporáneo al aire libre, justamente muestra a un migrante de aspecto campesino que entre sus brazos tiene la leyenda “American Dream”.

“Trump dice que no va a correr (deportar) a todos, únicamente a las personas malas, pero no es cierto porque la policía va a buscar una persona y detiene a todos los que estén en el lugar”, reflexiona ante la cámara este salvadoreño de 44 años, que ha dedicado su vida a trabajar la tierra. La razón que lo obligó a abandonar su país y su granero, las pandillas: éstas empezaron a llegar a su casa para exigirle que les hiciera de comer, enemistándolo con una de las maras más violentas del país que estaba en la zona, la Salvatrucha.

Vivía “con gran miedo todo el tiempo” y aunque México “es peligroso, aquí puedes salir a caminar y hacer amistades”. Ante esa respuesta me empecé a cuestionar si el otrora “sueño americano”, la ayer “tierra prometida” del norte, no estaría mutando en una ilusión mexicana. El “salva”, al igual que otros que lo acompañan en la travesía, dice estar alojado en la Casa del Migrante, la que fuera abierta justamente como una respuesta a la gran cantidad de centroamericanos que hacen su arribo a la denominada “capital mundial de las fresas”.

Irapuato históricamente es una tierra de migrantes, rara es la familia que no cuente con algún integrante que esté “del otro lado”; es que México según la Organización de las Naciones Unidas se ha transformado en el mayor expulsor de migrantes del mundo. Mientras que el estado de Guanajuato, al que pertenece el municipio de Irapuato, es el de mayor emigración y por ende su gran dependencia de las remesas que envían estos paisanos que trabajan arduamente en la Unión Americana.

Mi atención regresa, es captada por una voz más ronca y carrasposa que ante la cámara dice: “Allá es un país lleno de delincuentes” (se refiere a Honduras). “Allá el único trabajo que te pueden ofrecer es el sicariato, es que allá abunda y crece cada día más el narcotráfico. Y en las ciudades no puedes ir porque en las ciudades los que mandan son los mareros”.

“Nosotros estamos charoleando” (pedir dinero). “Esta es una actividad que nos permite obtener recursos para la subsistencia diaria”, ya que cuenta que la mayoría de ellos viajan sin recursos. Ante el micrófono muy serio externa: “Les dice uno, oiga disculpe, soy inmigrante, soy de Honduras, si me regala algo, lo que tenga voluntad. Hay gente que sí es bien buena”.

Ante el cuestionamiento de cómo se siente por andar pidiendo ayuda en la vía pública a desconocidos, externa: “Sí, le da vergüenza a uno, pero como realmente aquí nadie lo conoce a uno, a uno le vale todo, ya que no está en la tierra de uno. No le importa a uno que le digan no, sólo pido una moneda y si me dan, gracias, y si no también”.

Ante la pregunta de los estudiantes sobre en qué medio de transporte se habían desplazado hasta Irapuato, la respuesta unánime fue “en tren”. Uno de ellos dijo que “al principio sentía temor, es que yo jamás, jamás había subido a un tren, ni siquiera había visto un tren, no sabía ni qué era ni cómo era, yo sentía temor, pucha. Así que pregunté cómo subir al tren y me enseñaron diciendo, no debes correr al lado de él, calcular, agarrarte y no zafarte, ya que si uno se suelta, puede morir o quedar inválido… Entonces pensé bien las cosas, hice un plan, cómo lo iba a tomar, con mucho temor. Pero pude abordarlo, lo hice y me llevó hasta Palenque, ahí me bajé”.

“Ahí estaba otro tren, veníamos en el techo como unos cincuenta por vagón, ahí arriba del tren. Sólo fue unas horas, como estaban los retenes de migración, entonces todos los que veníamos nos metimos para el monte. Y la mayoría se quedó, se quedó en el monte. Salimos luego de pasar días sin comer buscando nuevamente agarrar el tren, el pata de fierro como le decía un ex kaibil guatemalteco que se nos unió en la travesía”.

“No hay vuelta de hoja, uno tiene que montar en tren, es que no hay mucho dinero, además si viajas en bus, es más posible que te agarren los de migración, por eso, mejor el tren. Aunque llegando a Querétaro nos agarraron los vigilantes del tren, vestidos de negro como la muerte misma: ‘Bájense, hijos de la chingada, bájense, putos cabrones, de rodillas, perros”. Un señor nos dijo: “Si yo mato a uno de ustedes, nada más me doy una vueltecita y regreso. Si me preguntan por qué lo matamos, no pasa nada, es un indocumentado, no anda cargando papeles, no es de aquí”.

Al narrarlo sus ojos levemente se fueron poniendo vidriosos. Pensé para mis adentros, es que los migrantes atraviesan por procesos psicológicos que desequilibran su bienestar y salud mental, sufren el duelo de dejar atrás a su familia, pierden su hogar, ansiedad y estrés de un futuro incierto y en algunos casos como éste lo cuenta, sufren actitudes discriminadoras.

La ciudad pasa por su lento proceso de despertar y yo lentamente digiriendo emociones encontradas, elucubrando un poema, mientras oigo silbar el tren de la esperanza.

 “Ese racismo digo yo que es porque somos muchos de diferentes países, que no saben que, como yo les digo, hermanos somos todos, si uno viene migrando es por la pinche situación que vive su país, ellos sabrán, Dios como les digo, Dios mira todo. Así es la vida del emigrante”.

“Nuestro camino está lleno de gente buena y gente mala”. “México está bendecido por la Santísima Virgen de Guadalupe, porque la gente en su mayoría es de buen corazón. No es como en Honduras, el país de la mayoría de nosotros, allá nadie le va a dar algo, un pantalón, una camisa, dinero, un plato de comida, nada”.

“Yo desde que salí de casa en Honduras me encomendé con Dios. Salí solo de mi casa, pero le dije a Diosito que me pusiera personas, así como ellos (mira a su alrededor a sus compañeros de travesía), gente que no tiene vicios. Yo admiro a las gentes que me han ayudado, gente que cree en Dios. Como me decía mi hermana, entre más regalas, más Dios te bendice. Me han dado dinero, ropa, comida. Yo vengo positivo, creyendo que Dios me va siempre a socorrer. Eso es lo que me mantiene, la fe, creer en algo; yo me he sentido bien gracias a que confío mucho que Diosito me ayudará. Él lo cuida a uno, él le echa la mano”.

Ante esa maravillosa prueba de fe, lentamente me fui saliendo como llegué, casi sin ser notado; la ciudad pasa por su lento proceso de despertar y yo lentamente digiriendo emociones encontradas, elucubrando un poema, mientras oigo silbar el tren de la esperanza, que una vez más corta la ciudad y algún día llevará a los “de paso” rumbo a la “tierra prometida”.

Tierra prometida

A los migrantes que cruzan la frontera de nopal…

El sol quedó en mi mano,
pronóstico agorero
alimenta el fuego eterno
de la vida.

Las rosas se despiertan,
el viento traslada su perfume.

Un tren se pierde en la distancia
de la imperfecta geografía.

Los migrantes
sobre el techo de los vagones
cual cortejo de alebrijes.

Pasajeros de palabras fugaces
domesticando los monstruos internos.

Rumbo a la tierra prometida,
donde el dolor,
la pobreza
y
la tristeza
se olvidan.

Donde amasarán pan
con sus lágrimas.

Washington Daniel Gorosito Pérez
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