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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Poema sinfónico para celebrar al exilado que soñaba trasatlánticos

• Jueves 31 de mayo de 2018

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
Lee el libro completo aquí

Como en un déjà vu o en un juego de planos de realidad en donde hoy es el mañana que regresa de forma recurrente, estoy viviendo ahora los sucesos del 17 de abril del 2024; ese día los habitantes del planeta escuchamos en diferentes latitudes (Moscú, Bogotá, Caracas, México, París, Aracataca, Urrao, Calarcá) el poema sinfónico que celebra la imaginación portentosa de uno de los trece hijos del telegrafista de Aracataca.

Venezuela fue uno de los países en donde el escritor vivió uno de sus múltiples exilios. Y Caracas, su capital, una ciudad que dejó huellas profundas en su espíritu de narrador.

Con un sonido sostenido que recuerda un buque alejándose de puerto, la tuba de la Orquesta Filarmónica de Colombia da paso a un diálogo entre los vientos y los metales de la orquesta, mientras los címbalos con baquetas de lágrima inician y sostienen una nueva frase que suscita en la memoria del espectador el sonido de las olas estrellándose contra las rocas.

El poema sinfónico, es necesario recordarlo, constituye una pieza orquestal de música programática en un solo movimiento, estructura musical creada por el músico húngaro Frank Liszt. El programa en el que se basa la música del poema sinfónico puede ser narrativo (por ejemplo, una leyenda o un episodio histórico, una historia, un drama) o un poema que haya inspirado la imaginación del compositor. En consecuencia, el poema sinfónico que escuchamos este fáustico 17 de abril de 2024 está basado en “El último viaje del buque fantasma”, cuento que escribiera y publicara el soñador de trasatlánticos en el libro La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada.

Venezuela fue uno de los países en donde el escritor vivió uno de sus múltiples exilios. Y Caracas, su capital, una ciudad que dejó huellas profundas en su espíritu de narrador y le brindó maravillosas oportunidades a su oficio de periodista.

Venezuela fue por poco tiempo, pero de un modo inolvidable en mi vida, el país más libre del mundo. Y yo fui un hombre feliz, tal vez porque nunca más desde entonces me volvieron a ocurrir tantas cosas definitivas por primera vez en un solo año: me casé para siempre, viví una revolución de carne y hueso, tuve una dirección fija, me quedé tres horas encerrado en un ascensor con una mujer bella, escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané, definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo, manejé el primer automóvil y sufrí un accidente dos minutos después, y adquirí una claridad política que habría de llevarme doce años más tarde a ingresar en un partido de Venezuela.

Tal vez por eso, una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Ávila al atardecer. Pero el prodigio mayor de Caracas es que en medio del hierro y el asfalto y los embotellamientos de tránsito que siguen siendo uno solo y siempre el mismo desde hace veinte años, la ciudad conserva todavía en su corazón la nostalgia del campo. Hay tardes de sol primaveral en que se oyen más las chicharras que los carros, y uno duerme en el piso número quince de un rascacielos de vidrio soñando con el canto de las ranas y el pistón de los grillos, y se despierta en unas albas atronadoras, pero todavía purificadas por los cobres de un gallo. Es el revés de los cuentos de hadas: la feliz Caracas.

Los violines dan paso a un progresivo y nostálgico diálogo con el arpa para recrear las sensaciones de libertad extrema del protagonista cuando su madre lo dejaba escuchar hasta muy tarde en la noche las arpas nocturnas del viento.

El diálogo de los vientos y los metales se convierte en un leitmotiv progresivo con transformación temática a medida que avanza, la estructura espiral del poema sinfónico refleja la forma particular del cuento, varía la expresión del protagonista: “Ahora van a saber quién soy yo”, mientras la música desarrolla las diversas situaciones de su crescendo narrativo.

Ahora van a ver quién soy yo, se dijo, con su nuevo vozarrón de hombre, muchos años después de que viera por primera vez el trasatlántico inmenso, sin luces y sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía, buscando con tanteos de sonámbulo las boyas que señalaban el canal del puerto (…).

Invitado por su solidario amigo Plinio Apuleyo Mendoza, Gabriel García Márquez llegó a Venezuela desde Francia y entre 1957 y 1959 vivió intermitentemente en la ciudad de Caracas. En París, había sido corresponsal del diario El Espectador, de Colombia, periódico que debió cerrar por motivos políticos, después de que ascendiera al poder, por medio de un golpe de Estado, el general Gustavo Rojas Pinilla.

En 1958 Gabo fue testigo de la caída del dictador Pérez Jiménez. El día 23 de enero, desde el balcón en la casa de su amigo Plinio Apuleyo, vieron partir el avión llamado la Vaca Sagrada que llevaba al dictador a su exilio de Santo Domingo.

Es bien sabido que en la Ciudad Luz, su primer gran exilio, sin dinero y sin trabajo, García Márquez tuvo que oficiar de cantante en un bar para poder pagar el hotelucho donde vivía y para mal comer.

Es entonces cuando su entrañable amigo Plinio Apuleyo Mendoza, enterado de sus dificultades. le propone viajar a Caracas, para trabajar en la revista Venezuela Gráfica. En Caracas Plinio era el director de la revista Momento. Venezuela era próspera y recibía un gran flujo de emigrantes europeos y latinoamericanos en busca de todo tipo de trabajo. García Márquez se hospeda en 1957 en una pensión de San Bernardino y, como lo recordará en Cuando era feliz e indocumentado, aunque echa de menos a Mercedes, su eterna novia colombiana, sale, pasea y se divierte.

Así recuerda Gabo, en el artículo “La infeliz Caracas”, su arribo a la capital de Venezuela:

Caracas fue desde entonces para mí la ciudad fugitiva de la imaginación, con castillos de gigantes, con genios escondidos en las botellas, con árboles que cantaban y fuentes que convertían en sapos el corazón, y muchachas de prodigio que vivían en el mundo al revés dentro de los espejos. Por desgracia, nada es más atroz ni suscita tantas desdichas juntas como la maravilla de los cuentos de hadas, de modo que mi recuerdo anticipado de Caracas siguió siendo el de siempre: la infeliz Caracas.

Todo esto lo pensaba el 28 de diciembre de 1957 —día de los Santos Inocentes además- mientras volaba desde París hacia Caracas en los aviones de cuerda de aquella época, que tanto tiempo daban para pensar.

A pesar del calor, del fragor del tránsito en las autopistas de vértigo, de las distancias cortas más largas del mundo, yo iba reconociendo a cada vuelta de rueda los sitios familiares de mi infancia desde que atravesé la ciudad por primera vez.

En 1958 Gabo fue testigo de la caída del dictador Pérez Jiménez. El día 23 de enero, desde el balcón en la casa de su amigo Plinio Apuleyo, vieron partir el avión llamado la Vaca Sagrada que llevaba al dictador a su exilio de Santo Domingo.

Es precisamente Plinio Apuleyo quien en una entrevista para El Nacional de Caracas (30 de julio de 1972, Papel Literario, Séptimo Día, pp. 7 y 10) deja testimonio de la impresión que le producen al gran exilado la presencia de los trasatlánticos:

—¿Cómo te pareció Curazao?

—Es una bella locura de los holandeses, lo único distinto en las Antillas. La ciudad es una miniatura de Ámsterdam, con canales interiores de puentes levadizos, y tulipanes en las refinerías de petróleo, y casas de madera de colores muy vivos con techos para la nieve en un trópico de treinta grados. Yo llegué un martes cualquiera, pero el comercio estaba cerrado y había banderas en los balcones y música en la calle, porque era el cumpleaños de la reina de Holanda a 10.000 kilómetros a través del océano. No logré convencer a nadie de que aquello no tenía sentido porque en Ámsterdam ya era miércoles y el cumpleaños de la reina había sido ayer. Todo es posible en Curazao: tú te sientas a tomarte una cerveza en la terraza de un café, y de pronto te quitan la mesa, y te dicen que te apartes, y es que un trasatlántico blanco está cruzando el centro de la ciudad por entre las vitrinas de las tiendas y las cocinas de los hoteles.

Otro testimonio del impacto que causan en su espíritu los trasatlánticos lo deja el propio Gabo en el magistral reportaje “Caracas sin agua”:

En el silencio mortal de las 9 de la noche, el calor subió a un grado insoportable, Burkart abrió puertas y ventanas pero se sintió asfixiado por la sequedad de la atmósfera y por el olor, cada vez más penetrante. Calculó minuciosamente su litro de agua y reservó cinco centímetros cúbicos para afeitarse el día siguiente. Para él, ese era el problema más importante: la afeitada diaria. La sed producida por los alimentos secos empezaba a hacer estragos en su organismo. Había prescindido, por recomendación de la Radio Nacional, de los alimentos salados. Pero estaba seguro de que el día siguiente su organismo empezaría a dar síntomas de desfallecimiento. Se desnudó por completo, tomó un sorbo de agua y se acostó boca abajo en la cama ardiente, sintiendo en los oídos la profunda palpitación del silencio. A veces, muy remota, la sirena de una ambulancia rasgaba el sopor del toque de queda. Burkart cerró los ojos y soñó que entraba en el puerto de Hamburgo, en un barco negro, con una franja blanca pintada en la borda, con pintura luminosa. Cuando el barco atracaba, oyó, lejana, la gritería de los muelles. Entonces despertó sobresaltado. Sintió, en todos los pisos del edificio, un tropel humano que se precipitaba hacia la calle. Una ráfaga cargada de agua tibia y pura penetró por su ventana. Necesitó varios segundos para darse cuenta de lo que pasaba: llovía a chorros.

El diálogo de los vientos de metal de la orquesta desarrolla su fraseo en un tempo de quince por dos segundos para suscitar la imagen del faro cuyas lúgubres aspas de luz cada quince segundos transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes de calles y desiertos volcánicos; imagen reforzada por un contrapunto molto espressivo entre los cellos y los contrabajos, matizados por los lamentos de fagotes y saxofones que recrean los amores de las mantarrayas en primaveras de esponjas, los pargos rosados y las corvinas azules zambulléndose en los pozos de aguas más tiernas que había dentro de las aguas, y hasta las cabelleras errantes de los ahogados de algún naufragio colonial, pero ni rastros de trasatlánticos hundidos ni qué niño muerto, y sin embargo, él siguió tan emperrado que su madre prometió acompañarlo en la vigilia del marzo próximo..

Este 17 de abril del 2024 es un día maravilloso, tanto como aquellos días cuando se celebraron, en Macondo, los funerales de la Mama Grande.

Un lento majestuoso entre los violines y los contrabajos describe el encuentro del protagonista con el trasatlántico de sus desvelos, un trasatlántico “con todo su tamaño inconcebible, madre, más grande que cualquier otra cosa grande en el mundo y más oscuro que cualquier otra cosa oscura de la tierra o del agua, trescientas mil toneladas de olor de tiburón que dejaban ver las costuras del precipicio de acero, sin una sola luz en los infinitos ojos de buey, sin un suspiro en las máquinas, sin un alma, y llevando consigo su propio ámbito de silencio, su propio cielo vacío, su propio aire muerto, su tiempo parado, su mar errante en el que flotaba un mundo entero de animales ahogados (…)”.

Un crescendo jubiloso con el tuti de la Orquesta Filarmónica de Colombia retrata los momentos finales del cuento “El último viaje del buque fantasma” y recrea el paroxismo del protagonista cuando hace encallar el trasatlántico en el pueblo:

Pero ya era demasiado tarde, porque ahí estaban los caracoles de la orilla, las piedras de la calle, las puertas de los incrédulos, el pueblo entero iluminado por las mismas luces del trasatlántico despavorido, y él apenas tuvo tiempo de apartarse para darle paso al cataclismo, gritando en medio de la conmoción, ahí lo tienen, cabrones, un segundo antes de que el tremendo casco de acero descuartizara la tierra y se oyera el estropicio nítido de las noventa mil quinientas copas de champaña que se rompieron una tras otra desde la proa hasta la popa, y entonces se hizo la luz, y ya no fue más la madrugada de marzo sino el mediodía de un miércoles radiante, y él pudo darse el gusto de ver a los incrédulos contemplando con la boca abierta el trasatlántico más grande de este mundo y del otro encallado frente a la iglesia, más blanco que todo, veinte veces más alto que la torre y como noventa y siete veces más largo que el pueblo, con el nombre grabado en letras de hierro, halál-csillag, y todavía chorreando por sus flancos las aguas antiguas y lánguidas de los mares de la muerte.

Este 17 de abril del 2024 es un día maravilloso, tanto como aquellos días cuando se celebraron, en Macondo, los funerales de la Mama Grande, y constituye el triunfo de inenarrables y épicas jornadas de un numeroso grupo de instituciones y personas quienes reconocemos en Gabriel García Márquez a uno de los más grandes escritores de la literatura universal, cuyos pasos dieron lustre a aquellos países y ciudades que lo acogieron en su largo y maravilloso periplo de exilado y literato.

 

Referencias

Carlos Alberto Villegas Uribe

Carlos Alberto Villegas Uribe

Escritor y artista colombiano (Calarcá, Quindío, 1961). Ph.D. en lengua, literatura y medios de comunicación por la Universidad Complutense de Madrid, UCM (España). Tiene estudios de Maestría en Escritura Creativa en University of Texas at El Pas, Utep (Estados Unidos). Fue profesor universitario. Creó la cátedra Psicogénesis de la Risa en la Facultad de Psicología de la Universidad Javeriana. Director de la revista Termita Caribe y del Boletín de la Red de Estudios Interdisciplinarios sobre la Risa —Reir—, T.A. en la Revista de Literatura Mexicana Contemporánea en la Utep. Ha publicado los poemarios Bitácora de Ulises, Cartas a Pandora y Desde Ítaca; el poemario para niños Cantos y cuentos de Kantú Konto; los ensayos La caricatografía en Colombia: propuesta teórica y taxonómica y Caricatografía y periodismo, y el libro de relatos Cuento contigo. Ha publicado en revistas de Colombia e internacionales. Fue becario del programa Becas de Alto Nivel para Profesionales de América Latina (Alban) de la Unión Europea. Como artista plástico ha recibido premios y menciones en los salones regionales del Quindío. Además, fue distinguido con la Orden al Mérito Literario Ciudad de Calarcá 128 años, con el Escudo del Departamento del Quindío y con el Premio Will Eisner (2017) en la modalidad Vida y Obra del Colectivo Cultural Comic Sin Fronteras (Pereira, Colombia).
Carlos Alberto Villegas Uribe

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