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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Buza Caperuza o la necesidad de un final feliz

• Domingo 27 de mayo de 2018
Buza Caperuza o la necesidad de un final feliz, por Tania HernándezCaperucita Roja, por Frederic Theodore Lix (1830-1897)

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
Lee el libro completo aquí

I. La Caperuza y El Lobo

—Esto no es un cuento de hadas —dijo el Lobo Feroz.

Fui yo quien le puso ese nombre, Lobo Feroz, por esos ojos tan grandes que tiene, de pestañas dobladas, con los que él siempre presumía que me “podía ver mejor”. Sus homies creen que es un apodo que le viene de las patillas que se deja, parecidas a las de los hombres lobos que salen en las películas. Pero no, eso fue mucho antes de que le saliera la barba, mucho antes de que se metiera a la clica.

—Esto no es un cuento de uno de tus libros, Caperuza, un día de estos los compadres me lo van a pedir, , y no voy a poder decir que no.

Había todavía algo entre nosotros parecido a la amistad, aunque este Lobo no tuviera nada que ver con el Jairo que fue mi compañero de juegos cuando era niña, o tal vez no era amistad, sino sólo un eco de esa fuerte unión que alguna vez sentimos. El nombre Caperuza era también un resabio de esos años. Sólo me llamaba así cuando estábamos solos. Si iba con los otros, apenas me miraba.

Allí fue donde entendí lo que estaba pasando. El Lobo me mandaba con su abuela para protegerme de él mismo, pero al mismo tiempo para seguirme controlando. Ni loca.

—Ya arreglé todo con don Sebas. Te vas mañana mismo pa’l norte. No tengás miedo que con él se fueron mis carnalas y las dos llegaron vivitas y coleando. Eso sí, tenés que llevarte pastillas por si a él se le antoja cobrarte un poco más de lo que yo le voy a dar.

Me puse a llorar. No sé por qué, a pesar de todo, pensé que me iba a abrazar para consolarme. No lo hizo. “, no llorés. Ni que fueras virgen”. Intentó tocarme las nalgas, y yo, viéndolo a los ojos con rabia, le aparté la mano.

Va nel pues. No sólo que te estoy haciendo el favor. Mirá que si no fuera porque yo a vos te… —se mordió los labios para no dejar caer ni una gota de sentimiento, sacó un papel del bolsillo de su pantalón y me lo dio—. Tené, este es el teléfono de la ruca de mi vieja, en Los Ángeles. Yo viví con ella cuando anduve por allá. Decile que sos mi chava y te va a ir suave.

Lo abracé. Sentí que lo volvía a querer de sólo pensar que estaba dispuesto a arriesgarse rompiendo las reglas por mí. Me besó, nos besamos y lo hicimos allí, de pie, en la cocina de la casa de su mamá. No con la ternura con la que lo hacíamos hace dos años, sino con una combinación de angustia y deseo, una necesidad de agarrarnos a algo que nos diera, por un momento, la ilusión de eternidad.

Antes de despedirse, me besó de nuevo, luego me agarró fuerte el mentón y me dijo: “Cuidate mucho, Caperuza, y recordá que, pase lo que pase, seguís siendo mía”.

Allí fue donde entendí lo que estaba pasando. El Lobo me mandaba con su abuela para protegerme de él mismo, pero al mismo tiempo para seguirme controlando. Ni loca. Para eso no me voy con don Sebas. No sólo lo jodido del viaje, sino que después voy a andar vigilada por sus homies de allá. No. Ya me decidí. Hoy en la noche me escapo, le dejo una nota a mi mamá diciéndole que me fui para Los Estados, y me voy al refugio donde estuvo mi mejor amiga. Ella también tuvo que escapar. No sé dónde está ahora. Sólo sé que la mandaron al interior y que me llamó un día para decirme que estaba bien. Me dio la dirección de un refugio, por si algún día lo llegara a necesitar. Hoy llegó ese día. Empaco y me voy.

Y todos, lobos y coyotes, que se vayan mucho a la mierda.

 

II. Esto no es París

El refugio resultó ser un pequeño apartamento en el centro de la ciudad. Afuera no había ninguna plaqueta que lo identificara como tal y eso me asustó. Una que ha escuchado en los noticieros historias aterradoras de lo que les pasa a las mujeres en algunos hoteles y en las llamadas “casas cerradas”, no puede más que desconfiar. Pero no tenía otra salida. Era entrar o regresarme. Toqué el timbre que decía “Castillo”. Contestó en el interlocutor una voz de mujer. Respondí dando la contraseña que me había dado mi amiga. La puerta se abrió. Mientras iba subiendo las gradas imaginé los peores escenarios posibles. Pensaba, por ejemplo, en lo que haría si me abría la puerta un tipo sucio, orgulloso de mostrar su barriga peluda y una tanga abultada. ¿O sería la dueña, en persona, la que me diera la bienvenida, y me enseñara directamente la habitación donde debería “trabajar”? Pensé que eso no era París y que, por más que me gustara Buñuel, no aceptaría ser una Belle de Jour dispuesta a jugar con las “bolas” de algún chino gordo y libidinoso. Sólo eran dos pisos, pero al llegar a la puerta del apartamento mi corazón saltaba tanto que casi amenazaba con salir por mi boca. Cuando la Maga, la chava de rastas que me abrió la puerta, me preguntó cuál era mi nombre, yo ya no tenía voz para contestarle.

—Lo que pasa es que vos mirás muchas películas —me hubiera dicho el Jairo.

Finalmente pude decirle que me llamaba Caperuza. Ella asintió y me invitó a pasar. Agradecí que no me hiciera más preguntas.

 

III. Las Magas

El nombre de La Maga no tenía nada que ver con el personaje de Cortázar, como pensé al principio. Era porque en verdad hacía magia. Sabía muchos trucos de cartas, fichas y pañuelos. Era una de las dos encargadas del refugio. La otra era la Merlina. La Merlina no hacía magia. El nombre era por un amigo suyo que se llamaba Arturo, un chavo que les ayudaba con las cosas de la electricidad. Un día los dos llevaron al apartamento una mesa redonda que les regaló alguna doña por allí y fue entonces que una de las chavas, que estaba en el refugio ese día, le puso Merlina. Aunque, pensándolo bien, al final las dos sí que son magas, porque pueden ayudar a desaparecer a gente con problemas… como yo.

Lo bueno y lo malo del refugio era que sólo servía como estancia de paso. Si en un mes las Magas no conseguían algo para nosotras, tendríamos que ir por nuestra cuenta a buscar otro lugar.

Éramos tres las refugiadas. Vera, Paola y yo. Vera era delgada y le gustaba mucho reírse, Paola era más gordita y más seria, y tenía cara de desconfiada. Dormían en la cama matrimonial del dormitorio y yo en el sofá de la sala. El ambiente entre nosotras no era, lo que se dice, pura armonía. Me parecía conocerlas de algún lado, aunque no sabía de dónde. ¿Qué si conocían al Jairo o a alguno de la clica? ¿Qué si lo llamaban para contarle que yo estaba allí? Estaba tan asustada que ni los trucos de la Maga ni las lecturas de la Merlina lograban que yo pudiera sentirme segura y confiar plenamente en las personas que me rodeaban.

Dormí poco en las noches siguientes. Y cuando dormía, soñaba con Jairo haciendo el amor con Vera y Paola, con una primero y con la otra después, mientras que yo temblaba en la sala con la seguridad de que después del coito saldría a repetirme que yo le pertenecía y que no tenía ningún sentido escaparme. Sentía entonces la mordida del Lobo en mi cuello y me despertaba mojada y sudando.

—A saber con quién soñará la Caperucita —decía burlona Vera.

—Será que le falta su Lobo Feroz —le contestaba la otra.

¿Sabrían algo de mi historia y mi relación con Jairo? Nunca lo llegué a saber. Tampoco supe qué fue de ellas después de aquellos días.

Lo bueno y lo malo del refugio era que sólo servía como estancia de paso. Si en un mes las Magas no conseguían algo para nosotras, tendríamos que ir por nuestra cuenta a buscar otro lugar. En eso sí que tuve mucha suerte. Estábamos a principios de año y como era mi último año de bachillerato fue más fácil que me aceptaran en un internado en un municipio del occidente del país. Por seguridad de las que llegan cada año, no puedo revelar aquí sus nombres: ni del municipio ni del internado. Maga y Merlina me acompañaron casi de madrugada a la terminal de buses para que tomara el transporte que me llevaría hasta la cabecera, donde me iba a recoger una de las monjas. De Vera y Paola no me despedí. Al abrazar a mis benefactoras me sentí mareada. No creo que se debiera a lo poco que había comido en los últimos días. Más bien pienso que debe tener algo que ver con el extraño vértigo que han de sentir los suicidas antes de dejarse caer al vacío.

 

IV. El Internado

Al llegar al internado no creía mi suerte. Mi amiga, Rosario, la que me había recomendado el refugio, también estaba allí. Al reconocerme corrió a abrazarme. Estábamos muy felices.

Luego, cuando pudimos estar un momento a solas, aprovechamos para ponernos al día de todo lo que había sucedido desde nuestro último encuentro. Le conté de Jairo y por qué había tenido que huir, y Rosario, aparte de contarme la odisea que la había llevado allí, me contó algo que aún la tenía muy nerviosa. Hacía exactamente tres meses, una alumna del internado había perdido a una prima y a una tía muy queridas. Ellas vivían en la capital, aunque no en el mismo barrio en el que Rosario y yo habíamos crecido. Los miembros de una de las clicas del barrio habían tratado de convencer a Julián, el primo de la alumna, para que entrara a la mara. Él se había negado. Un día que lo fueron a buscar a su casa para vengar el desplante encontraron sólo a la mamá y a la hermana. Y ¿qué tenía que ver Rosario en todo eso? Antes de la tragedia, Julián había llegado a buscar a su prima para que lo ayudara. Entre la prima y Rosario habían logrado esconderlo por unos días, sin que se enteraran las monjas. Pero no podían tenerlo allí por mucho tiempo. Así que, después de enterarse de lo sucedido, y viendo que no podía volver a casa, decidió unirse a un grupo que tenía intención de irse de mojados al norte, con la idea de buscar algún trabajo en México.

—¿Te acostaste con él? —le pregunté de manera casi retórica.

Asintió con la cabeza.

—Ahh —le dije abrazándola—, no aprendemos, ¿verdad?

—No —me dijo sonriendo entre lágrimas—, no aprendemos.

Si bien Julián no había hablado nada de Jairo ni de su clica, no sabíamos con exactitud si él lo conocía o no, y si la mara que había matado a la familia de Julián era gente de la clica de Jairo.

Después de la muerte de las mujeres, Rosario y la prima de Julián pasaron largos días de tristeza y miedo. Temían que los asesinos llegaran allí a buscarlo y se vengaran de ambas o de todo el internado. No se atrevían a salir ni a la esquina. Luego vinieron las vacaciones y, con la excusa de ayudar a las monjas en los preparativos de Navidad, tuvieron la explicación perfecta para quedarse un mes entero sin tener que abandonar el lugar. Sólo respiraron tranquilas cuando se enteraron de que Julián había logrado escapar a Cuba y ahora vivía con un tío lejano.

Era una historia terrible, pero de repente, Rosario empezó a carcajearse. Al contármela se había imaginado a Julián, el adolescente macho, en Cuba, bailando en un salsódromo, vestido con un traje blanco y pegado como en los shows de baile de la televisión.

—Con lo mal que se movía en la cama… —dijo llorando, pero esta vez de la risa.

Yo no conocía a Julián, pero intenté imaginar a Jairo en esa situación y también me pareció ridículo. Las dos nos reímos un buen rato. Hasta que yo arruiné nuestras fantasías haciendo la pregunta que no debía.

—¿No será que Julián está en Cuba como nosotras en los Estados Unidos?

Rosario me miró decepcionada y sólo respondió: “Espero que no”.

Ese año no pudimos tranquilizarnos del todo. Si bien Julián no había hablado nada de Jairo ni de su clica, no sabíamos con exactitud si él lo conocía o no, y si la mara que había matado a la familia de Julián era gente de la clica de Jairo.

 

V. Mi madre, la cuentera

Yo llamaba a mi madre todas las semanas para decirle que estaba bien. Al principio le inventaba historias maravillosas de mi supuesta vida en los Estados Unidos: que había conocido la nieve, que había conocido personas muy buenas que querían ayudarme, que en cuanto consiguiera trabajo le iba a enviar dinero. Pero no pude mantener la mentira mucho tiempo. Mi madre me conoce demasiado bien para creerse mis cuentos. Cuando se convenció de que lo que sospechaba era cierto, fue ella la que siguió inventando las historias que hacía correr, luego, por el barrio, para que nadie sospechara de mi paradero. Se inventó hasta una redada, un tiempo en prisión y una escapatoria. Desde entonces he intentado convencer a mi mamá de que es ella la que debería escribir cuentos y no yo, pero sólo se ríe y no hace mucho caso.

Un día la llamé y me contó que habían matado a una de mis amigas. Todo llevaba a pensar que habían sido el Lobo y sus homies. Yo no lo podía creer. Mi amiga era la novia de uno de ellos y les había hecho alguno que otro trabajo. ¿Por qué habrían de matarla? Nadie en el barrio se lo explicaba. A partir de entonces mi madre ya no siguió inventando historias. Sólo le decía, al que preguntaba por mí, con toda la convicción que le daba el miedo, que no tenía idea de dónde estaba y que hacía rato que ya no sabía nada de mí.

 

VI. Al otro lado

Así pasó el año. Después de unos meses, Rosario y yo nos propusimos no pensar demasiado ni tristear por aquello que habíamos dejado atrás. Sólo así logramos sacar el bachillerato. Y de repente nos encontramos graduadas, satisfechas de nuestro esfuerzo, pero sin saber a dónde ir.

Teníamos dos opciones: quedarnos y seguir con miedo o irnos del país. Ambas opciones nos aterraban. Por una parte, queríamos quedarnos, para poder volver a nuestras casas, volver a ver a nuestras familias y seguir estudiando en la universidad. Pero quedarnos significaba seguir escondiéndonos. Buscar una ciudad con extensión universitaria en la que las grandes pandillas aún no tuvieran territorio. Tal vez hasta cambiarnos de nombre. Por otro lado, nuestras calificaciones no eran suficientemente buenas para pedir una beca de estudios en el extranjero.

Nos contaron de un señor italiano que andaba por el pueblo reclutando mujeres para ir a Italia a trabajar de sirvientas o para cuidar viejitos. Al final nunca lo localizamos. Menos mal. Después, ya del otro lado del océano, nos contaron que es así como suelen reclutar a la gente los tipos que se dedican a la trata.

La otra opción era irnos a Estados Unidos. Esta vez sí, de verdad.

En el parque del pueblo siempre se mantenían un montón de coyotes ofreciendo

—Viajes seguros pa’l norte.

—Viajes seguros pa’l norte.

—Haga realidad su american-drim.

Yo ya le había echado el ojo a uno que se miraba buena gente. Hasta medio aceptable, por aquello de que me “pidiera más”, como me había dicho el Jairo. Pero en eso los padrinos alemanes de Rosario, los que le donaron los estudios de bachillerato en el internado, le enviaron un correo electrónico diciéndole que acababan de ser papás por segunda vez y que necesitaban ayuda de alguien que llegara a Alemania a cuidar a sus hijos mayores. A cambio, ofrecían pagarle un estudio de alemán por un año. AuPair se llama ese tipo de programa de trabajo y de estudio.

Rosario al principio no quería ir, decía que el problema era que no le gustaban mucho los niños. Pero yo le insistí. Al fin aceptó con la condición de que encontraran otra familia para mí. Fue así que llegamos las dos a Frankfurt.

Dentro de unos meses tal vez veamos qué otra cosa podemos hacer para quedarnos, aparte de cuidar niños. Entre las legales, la más fácil es casarse.

Rosario tuvo suerte, porque su “familia”, es decir, sus padrinos alemanes, es bastante descomplicada. La que me tocó a mí está constituida por una cirujana de unos cuarenta años y su hija de tres. La niña no da mucho que hacer. Es traviesa, como todos los niños, pero la problemática es la mamá. Lo primero que me dijo, al verme, es que tenía que bañarme antes de tocar cualquier cosa de la casa y principalmente antes de tocar a la niña. Me hace lavarme las manos antes y después de jugar con la nena. A pesar de que el seguro no lo pagaba, me envió a hacerme un examen médico general con una amiga de ella. Y, desde que se enteró de que los viernes por la noche me voy a bailar salsa con Rosario, me obliga a hacerme un examen del sida cada mes. Tiene un tic raro con la limpieza, las bacterias, los virus y todo lo que, según ella, puede poner en peligro la salud de su niña. Si no fuera porque salgo a clases de alemán, mis escapadas a las discotecas de salsa y las idas los domingos a la iglesia latinoamericana, no podría soportar tanto tiempo a la loca esta.

Pero por ahora me quedo donde estoy. Rosario y yo ya nos cansamos de estar saltando de un lado para otro. Dentro de unos meses tal vez veamos qué otra cosa podemos hacer para quedarnos, aparte de cuidar niños. Entre las legales, la más fácil es casarse. Aunque tan fácil no es, porque a una le toca aguantar al susodicho por lo menos por tres años hasta que le den la visa. Una chava de la iglesia me contó que su marido la tenía casi de esclava en la casa porque la amenazaba con ir a migración, acusándola de haberse casado con él sólo por la visa. Aun así, Rosario está pensando muy seriamente en el matrimonio. Conoció a un chavo en la discoteca que dice estar dispuesto a casarse con ella y mantenerla a cambio de que ella se encargue de la casa, de la cocina y de cuidar a sus hijos, los dos que ya tiene y los que vayan a tener ellos, cuando estén juntos. A mí el tipo no me gusta para nada. Pero bueno, Rosario es libre de hacer lo que se le dé la gana.

Yo, por mi parte, no me quiero casar. No sé cómo le voy a hacer, pero mi intención es hacer todo lo posible para seguir mis estudios. Se lo prometí a mi mamá, un día que hablé con ella por teléfono. Además le dije que cuando ya tenga dinero, y los homies se hayan olvidado de mí, volveré a visitarla. Y es que, a pesar de todo, de la seguridad que tengo aquí, de lo tranquila que puedo andar por la calle sin volverme diez veces a ver si me persiguen, extraño mucho Guatemala: la comida, el sol, la gente… también a Jairo.

 

VII. La piel del Lobo

¿Qué pasó con Caperuza? Echarle la culpa a las redes sociales sería darles demasiada importancia. Estoy segura de que se habrían encontrado de cualquier manera. Aunque fuera en sueños. Se dicen cosas muy bonitas, palabras simples que en sus ojos y oídos se llenan de significado. No se cuentan la vida. Se cuentan historias, se cuentan fantasías, se cuentan los lunares y las veces que, sin querer, alguno suspira. La Caperuza le dice al Lobo que no quiere saber nada; no quiere saber si ha robado o matado o extorsionado. Él le dice que ya no anda en esas, que cambió, pero ella aún no confía. Mejor así, porque si no, lo otro tal vez no podría funcionar. Funcionar es quizás una palabra muy formal para describir lo que sucede en línea. La Caperuza le dice al Lobo que lo espera en la cabaña y él comprende que lo que quiere es que llegue al videochat y se la coma entera. Han pasado muchos años y ella aún le tiene miedo, y, sin embargo, se le entrega por completo. Se quita la ropa poquito a poquito y el Lobo aúlla de placer viéndola desnuda. Luego empieza él. Se saca la playera y ella le dice que se dé la vuelta, y él lo hace, y ella recorre, sobre la pantalla, cada línea de esa figura que hace honor a su sobrenombre, que le cubre de un lado a otro la espalda y que, ella teme, algún día puede llegar a costarle la vida. Ambos recuerdan a qué sabían, cómo se sentían al tacto, cómo era rozar una piel con la otra, un vientre contra el otro. Por eso la mano de él es la mano de ella y la de ella es la de él. Es ella quien lo acaricia cuando él se acaricia, es la boca del Lobo la que la humedece cuando ella se humedece. Llegan al orgasmo y sienten que todo se borra. Es allí cuando ella debería decir basta. Decir hasta aquí. Decidir darle fin a toda esta historia que ya no es historia, y que no, no puede ser amor. En lugar de eso, ella cierra los ojos e imagina que lo besa, y se vuelve a prometer que esta sí será la última vez, que no va a volver a buscarlo, porque esto no es lo que quiere, porque aún le tiene miedo y, sin embargo…

Pensé que habiendo llegado a este país podría olvidarlo todo, podía dejar de ser Caperuza e inventarme un nombre nuevo. Pero lo busqué, lo busqué en Facebook y allí estaba él y aquí estaba ella, Caperuza. Y yo desearía tanto que, algún día, ella volviera a armarse de valor, me ayudara a zafarme de la rienda, o, simplemente, dejara de ser yo.

 

VIII. Colorinas coloradas

Rosario me pegó la fiebre del Twitter. Estoy aprendiendo a comunicarme en 140 caracteres, aunque ya se puedan usar más.

K-Peruza

@Rosario_gata #FreeAgain. @K-Peruza graduada. #HappyAtLast. Vacaciones a #Cuba.

El Lobo ya es historia antigua. Ahora somos Rosario y Caperuza reloaded, chanananán. Vamos por nuevas historias. Siguiente estación: Cuba. ¿Encontraremos a Julián?

Tania Hernández

Tania Hernández

Escritora guatemalteca (Ciudad de Guatemala, 1968). Reside en Fráncfort, Alemania. Es ingeniera en sistemas e informática, con estudios de filología latinoamericana y análisis fílmico. Ha participado en la curaduría del Festival de Cine Latinoamericano de Fráncfort “Días de Cine”. Es coordinadora del grupo literario guatemalteco Literatas que dan Lata. Ha publicado los libros de cuentos Love Veinte Diez (Sin Tecomates Ediciones), Desnudar santos (edición conjunta de La Maleta Ilegal y Alas de Barrilete) y Cuentos para adultos fantásticos (Editorial Alambique). Además, textos suyos han sido recogidos en publicaciones antológicas como Cuerpos (F&G Editores), Paseo bajo la luna creciente (La Décima Letra), Lectures du Guatemala (Lectures d’Ailleurs / Tradabordo, Francia) y Leer es soñar (Casimiro Bigua Cartonera).

Sus textos publicados antes de 2015
250
Editorial Letralia: Poética del reflejo. 15 años de Letralia (coautora)
Editorial Letralia: Letras adolescentes. 16 años de Letralia (coautora)
Tania Hernández

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