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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

De cara al exilio ancestral

• Lunes 28 de mayo de 2018
De cara al exilio ancestral, por María MolinaHuida a Egipto (1712-1714), por Acisclo Antonio Palomino

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
Lee el libro completo aquí

Por cuenta de mis innumerables estudios online y de un programa ancestral que me amarra a mis deberes de ama de casa, salgo poco. Limito mis salidas al supermercado para comprar los víveres de la semana, a la peluquería, al centro de la ciudad para hacer mis vueltas personales, y a cumplir algunos actos sociales donde me sienta feliz. Hace unos días una amiga escritora me contó sobre su experiencia en una heladería donde trabajó con una pareja de venezolanos.

—¿Y es que hay venezolanos en Buga? —pregunté escéptica.

—Sí, han llegado muchos en estos meses —recalcó—. Incluso les regalé mi cama, porque tenían un niño, y me daba pesar que durmiera en el piso como ellos.

Me sentí feliz de sus competencias ciudadanas. Personas como ella son las que hacen la diferencia en el mundo. Desde ese día empecé a toparme con venezolanos en el supermercado. Bellas mujeres y hombres bien plantados, como decimos acá, y un acento que delata sus orígenes. Yo me pregunté alrededor de esta situación, ¿por qué uno tiene que huir de su país? ¿Acaso es un programa establecido que trae nuestra raza humana ancestralmente?

Cuando llega a otro país un exiliado se convierte en un inquilino desagradable, en un huésped maldito al que la nueva sociedad mira con desdén.

Parece que sí; hemos deambulado desde el origen de la humanidad en la Tierra. El hombre de las cavernas fue un exiliado por su libre albedrío, pero no estaba sometido por un gobierno, una dictadura, un régimen militar o una tiranía, esa es la diferencia. Vivía así porque le daba la gana, porque quería explorar su hábitat.

Sin embargo, esta libertad de vagar a sus anchas cambió con las tendencias que el mismo hombre se inventó, y con estas invenciones llegaron las represiones, las tiranías y los gobiernos injustos que generan guerras, hambrunas, diferencias sociales, violencia ideológica, física, etc. Al paso de los siglos hemos contemplado el exilio forzoso de generaciones por estas razones. Los que sobreviven estas travesías han llegado por agua, por aire, han pasado el desierto, las selvas, han traspasado fronteras y han sorteado mil aventuras para encontrar su bienestar —salud mental y emocional—, puesto que sus gobiernos les han vulnerado sus derechos. En medio del dolor han aprendido a fortalecer sus dones reciclados, los que nacen de sus tragedias y los convierten en ejemplo de superación para su generación y las siguientes.

Y, ¿qué son los gobiernos? Son el sistema que elegimos los seres humanos para vivir supuestamente en orden dentro de un territorio; sin embargo, cuando este orden se convierte en dictadura para un pueblo, éste huye despavorido, como si un enjambre de abejas o una embestida de toros lo persiguiera. Busca refugio en cualquier rincón donde no se sienta amenazado. Los pueblos huyen de esas prisiones gubernamentales donde su retórica es encadenada y sus ojos vendados, dejando un pasado contenido de anécdotas, ilusiones, sueños, compartires, personas, emociones; cambiando las fotografías a color de una vida que pudo ser y no ha sido, para conformarse con las instantáneas de su nueva vida en blanco y negro, o en sepia. Entre lágrimas copiosas resuelven la maleta, llevando como único equipaje un corazón roto y su fe como flecha certera para lograr un futuro diferente en tierras extrañas.

Es que el exilio es la muerte lenta más aberrante que puede sufrir un ser humano, es una pena de muerte con inyección letal impuesta al pueblo, cuyo único crimen es oponerse a un gobierno injusto. “¿De dónde venís?” se les pregunta a menudo a los venezolanos que se han asentado en mi pueblo. Ni siquiera “¿qué necesitas?”. Entre seres humanos siempre nos discriminamos apenas oímos un acento nuevo. Y, ¿qué importa el origen del otro?, ¿acaso no habitamos el mismo planeta? ¿Acaso un exiliado no es una persona con las mismas necesidades biológicas de un residente?

Cuando llega a otro país un exiliado se convierte en un inquilino desagradable, en un huésped maldito al que la nueva sociedad mira con desdén. Los residentes los reconocen, porque llevan un inri, el mismo que puso sus gobiernos desalmados sobre sus frentes, el inri de la huida, del dolor, de la separación forzosa de sus familias, costumbres y tradiciones. El exiliado es la cuota triste de un mal gobierno, su alma grita en silencio, su voz se ahoga con la sangre de sus coterráneos. Los poderes mal establecidos los obligaron a tomar otros caminos. Son como los gitanos. Sí, los gitanos siempre han sido exiliados, en un mundo que los ha discriminado por bailaores, por fiesteros, por sus costumbres, como si no existieran costumbres raras, bailaores y fiesteros en todos los pueblos.

Un exiliado recorre un camino tortuoso con la mirada gacha para huir de la tierra que lo parió y que ahora lo escupe para salvarle la vida. Esa tierra que un día fue su cobijo y ahora es su condena por cuenta de un mal gobierno. Mientras existan gobiernos que vulneren los derechos de su pueblo, existirán los miles y millones de exiliados que recorren el planeta buscando refugio. Los seguiremos contemplando en los medios de comunicación desde la comodidad de nuestra zona VIP, porque la tecnología actual lo permite, la misma que expone la injusticia de un pueblo sometido, como si esto sirviera para cortar el mal de raíz.

Tal vez todos los seres humanos somos exiliados por diversas razones: por nuestros pensamientos conscientes, por nuestras costumbres, por nuestras creencias, por nuestra libre expresión, por nuestra orientación sexual, y, sobre todo, por nuestras ideologías, si éstas se oponen a un gobierno tirano. Podemos ser exiliados en una misma patria si nos sentimos amenazados. En un país violento como Colombia, se respiran aires de exilio en ciertas zonas del país donde no se puede vivir, porque sus dueños son los grupos al margen de la ley que se apoderan de la inocencia, las tierras y los frutos de los campesinos. Ningún país es más seguro que otro, ninguna ruta es mejor que otra. Sólo hay países y rutas por donde nuestra raza humana debería transitar libre. También podemos ser exiliados en nuestra propia casa, si nuestra mente se adaptó a otras ideas o incursionó en otras disciplinas. Automáticamente se iniciarán las confrontaciones y tendremos que desprendernos de nuestro clan para reinventarnos en otro lugar. Un exiliado es la triste realidad de un pueblo sometido a la mala voluntad de unos cuantos.

Esta chica, más que una exiliada, es una mujer que llegó a estas tierras con el corazón destrozado y una maleta con muy pocas pertenencias.

Los exiliadores, por decir un término, masacran la voluntad de un pueblo, el descanso de los viejos, el futuro de los jóvenes y la paz de una tierra. En el siglo actual, somos exiliados de los sistemas, de los poderes, de la problemática del mundo. Nadie está salvo en una tierra donde el poder y la tiranía son los valores de los gobernantes por encima de la libertad y la democracia de sus pueblos. Nadie está a salvo en una tierra donde la maldad se ensaña contra los más débiles, y baña con la sangre de inocentes los mares y la tierra. Nadie está a salvo en un mundo armado hasta los dientes para autodestruirse. ¿Dónde nos exiliaríamos en caso de una guerra mundial?

Los exiliados nos contagian a todos con sus lágrimas, su hambre, su huida, con sus testimonios desgarradores, auténticos. Si accionamos nuestra empatía notaremos que sus historias son espejo de todas las historias de exiliados en el mundo, contadas en diversos idiomas y de diversas maneras. Es con ellos que debemos confabularnos para construir un mundo donde se supere el dolor y se tome conciencia para elegir gobernantes merecedores y dignos de ser representantes de nuestros pueblos. No entiendo cómo seguimos envueltos en gobiernos que ponen en peligro nuestras vidas. Y menos, cómo dejamos el poder a gobernantes avasalladores que olvidan su esencia de carne y hueso para convertirse en robots con inteligencia artificial capaces de destruir a quien sea con tal de disfrutar su poder caníbal, un poder que devora a sus pueblos.

Sí, ancestralmente estamos programados para el exilio, listos para huir de la opresión, de la crueldad, de las masacres, de la violencia que nos genera un mal gobierno. En tanto, sigo encontrándome venezolanos. Justo el fin de semana anterior, vi a una chica venezolana en el supermercado, la delataron su acento y las mínimas compras que llevaba en la mano. Contaba moneditas para comprar algo más. Busqué en mi bolso para colaborarle, pero al volver la vista ya no estaba. Di una ojeada por el lugar, pero no la encontré. De todas formas, la ayuda está ahí en mi corazón. Para mí, esta chica, más que una exiliada, es una mujer que llegó a estas tierras con el corazón destrozado y una maleta con muy pocas pertenencias. Es una mujer que dejó su tierra en contra de su voluntad para darle chance a las nuevas generaciones de su clan con su exilio.

María Molina

María Molina

Escritora colombiana (Buga, Valle del Cauca, 1967). Estudió locución profesional. Tiene varias certificaciones del Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena) en áreas como Contabilidad y Finanzas, Gestión Administrativa, Gestión Empresarial, Salud, Pedagogía y Pruebas Saber Pro, entre otras. Representa a la Red de Narrativa Latinoamericana, cuyo director es el escritor Sergio Gelista.
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