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El libro de su hora

martes 25 de mayo de 2021
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El libro de su hora, por Mercedes Gutiérrez García
En mi largo romance con los libros, nunca había visto unión tan feliz. La Gutenberg y usted están hechas la una para la otra.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

—Métanla por la puerta trasera, rápido. Con cuidado, eso es, no se les vaya a caer. En el sofá, pónganla en el sofá. Eso es. Así, muy bien. Despacio, despacio —les dijo la dueña de la mansión a los dos hombres mientras buscaban acomodo para el pesado bulto embalado en grandes lienzos de papel de estraza.

En cuanto los transportistas la dejaron sola comenzó su calvario. Para empezar, mes de agosto en Los Ángeles, y sin aire acondicionado. Le habían dicho que renovar la instalación les llevaría al menos dos semanas. Ya tiritaba pensando en el polvo y en el humo de los cigarrillos de los operarios. Dañarían de muerte su precioso incunable, la ansiada Gutenberg. También la cuestión de la seguridad le tenía la cabeza patas arriba, y, aunque contaba con personal de vigilancia, toda precaución era poca. Y luego estaban los estragos de la inclemente temperatura. A más de veinte grados centígrados, y el lomo de la luz de sus ojos se le erizaría como el espinazo de un gato. A menos de doce, y el frío la cuartearía. Y luego estaba la humedad. No quería ni pensarlo. Su acidez se comería las letras.

La dueña de la casa se llevó la mano a la boca presa del horror. ¿Y cómo no había reparado en el Liposcelis divinatorious, esa pequeña bestia devoralibros? Su predilección por los incunables era de sobra conocida.

¿Ha pensado en las desgracias que la acechan? No me atrevo ni a desenvolverla.

La mujer se desplomó en la butaca frente al sillón. Una ardiente ola le tomó la garganta y sintió unas ganas terribles de llamar a su doncella para que le trajera un vaso de agua, pero luego cayó en la cuenta de que, en su confusión, una torpeza suya y podría derramar el agua sobre su Biblia, arruinando así el noble espectáculo que sólo a ella le estaba destinado. Intentó calmarse pensando en la exaltación que, una vez sorteadas las barreras, le produciría tan alta visión. Un cosquilleo en la frente hizo que se llevara la mano hasta allí. Cuando la retiró se dio cuenta de que estaba mojada. Sudor. Era sudor. Y el sudor, por poco que fuera, ya se sabía que era una bomba que venía cargada con la horrible H. H de Humedad.

A pesar de su avanzada edad, pasaba de los ochenta, se levantó del asiento sin dificultad. Su cuerpo aún guardaba la agilidad reservada a los que habían llevado una vida de tenis y sin grandes preocupaciones. Apretó el timbre sobre la chimenea. Enseguida apareció una mujer de unos cuarenta años, de pelo muy corto y en uniforme. Le pidió un vaso de agua y le dijo que hiciera llamar a la bibliotecaria.

—Me ha dicho Esther que quería verme —dijo una mujer de gafas grandes y sonrisa bondadosa mientras la doncella dejaba el vaso sobre una mesita a la izquierda de la chimenea.

Miss Carthun. ¿Qué vamos a hacer? ¿No se da cuenta? —dijo la mujer apuntando hacia el sofá—. Esto es terrible. ¿Ha pensado en las desgracias que la acechan? No me atrevo ni a desenvolverla. Pero quizás aún nos quede tiempo, miss Carthun. Quizás aún pueda devolverla —dijo la mujer tomando unos sorbos del vaso—. Como comprenderá, miss Carthun, no quiero desprenderme de ella, pero quizás fuera lo mejor para las dos. Sí, tal vez sea lo mejor, sí —dijo extendiendo la mano hacia el vaso.

La bibliotecaria la miró espantada.

—Ni se le ocurra pensar eso. La Biblia se queda aquí. Después de lo que le ha costado. Ya verá cómo se nos ocurre algo. Permita que le diga que, en mi largo romance con los libros, nunca había visto unión tan feliz. La Gutenberg y usted están hechas la una para la otra.

—A veces es necesario sacrificarse, miss Carthun —dijo la mujer devolviendo el vaso a la mesa para sacarse un pañuelo blanco del bolsillo del vestido.

Miss Carthun miraba a la señora que, con el pañuelo, intentaba retirarse el azoramiento de la cara, y sintió pena. Aquella viuda, enriquecida con el oro negro que le dejara el marido, había pasado más de sesenta años buscando su media naranja, el libro de su hora, el amante que atemperara sus desvelos. Y ahora, tras incansables persecuciones alrededor del orbe, se debatía entre conservarlo y ver cómo se le moría en las manos o devolverlo.

—Mr. Pikett. Quizás él pueda ayudarnos.

—Mr. Pikett —repitió la dueña de la mansión retirándose de golpe el pañuelo de la cara—. Sí, quizás él pueda.

Entonces usted cree que no le pasará nada siempre y cuando la mantengamos en un alto de la bóveda, hasta que pase la ola de calor. Y que, una vez se disipe, dice que la oreemos y que, de vez en cuando, le pasemos las hojas. No debe preocuparse por eso, Mr. Pikett. Se lo agradezco mucho. No, no lo olvidaré.

—Ya lo ha oído, miss Carthun —dijo la dueña relajando el rostro, todavía con el miedo culebreándole en sus ojos gastados—. No se lo diremos a nadie. Ni siquiera al servicio. Podría irse de la lengua y traernos a esos fisgones de la prensa.

—Quizás podamos mantenerlo en secreto durante algún tiempo, hasta que el aire acondicionado esté arreglado —dijo la bibliotecaria que, desde que entrara, había permanecido de pie tras el sofá—. Pero me temo que su presencia se hará inevitable. Además, siempre es mejor estar a buenas con ellos y darles la noticia que dejar que se enteren por terceros. Creo que si usted los llamara le daría más prestigio y la haría más humana, ¿no está de acuerdo?

—¿Humana? ¿Qué quiere decir con humana? ¿Acaso no le parezco lo suficientemente humana? ¿Es eso lo que ha querido decir, miss Carthun? —dijo la dueña con la incredulidad de la ofensa tiritándole en la voz.

—Por favor, señora Ranson. No me malinterprete —dijo la empleada con recogido fervor—. El público la vería como a una especie de reina madre. Para ellos sería, cómo le diría yo, su guardiana. Eso es. Usted sería la gran depositaria de un bien común. ¿No le gustaría ser nuestra salvadora, señora Ranson? ¿Querrá ser usted nuestra gran depositaria?

—¿Está insinuando que comparta la Gutenberg?, ¿es eso lo que ha querido decir, miss Carthun?

Lo que estoy a punto de decirle quizás le parezca absurdo, pero es como si la Biblia hubiera sabido que iba a ser suya y se estuviera reservando.

— ¿No ha pensado en abrirle un museo?

— Un museo —djo la mujer con la voz encogida por la sorpresa—. Ya veo. Seguramente hasta tendrá escogido el emplazamiento. ¿Es que ha perdido la razón?

—Es más fácil de lo que usted se imagina, señora Ranson. Si es dinero lo que le preocupa lo recuperará con creces. Entre el pago de la entrada y los objetos de la tienda…

—¿Tienda? ¿Es que quiere hacer de mi casa una romería? Por supuesto que no es el dinero lo que me preocupa, miss Carthun —dijo levantando la ofensa de sus ojos velados y clavándola en la mujer.

—Señora Ranson, por favor, no se engañe. De sobra lo sabe. Sólo tiene al sobrino de su esposo y siempre se está quejando de su corazón de paja. ¿No preferiría levantar ese templo? Si usted no lo hace, quizás California se encargue.

—Siempre puedo dejársela a los gatos… —dijo la propietaria levantándose de la butaca y acoplándose junto a la Biblia.

—Puede, por supuesto que puede. ¿Pero no es mejor lo que le propongo, señora Ranson? —dijo con blandura la bibliotecaria intentando raspar la testarudez de la patrona—. Señora Ranson. Nadie la merece más que usted. Lo que estoy a punto de decirle quizás le parezca absurdo, pero es como si la Biblia hubiera sabido que iba a ser suya y se estuviera reservando, íntegra y brillante, para que la librara de nuevas amenazas. La ha elegido a usted, señora Ranson.

La señora Ranson seguía el alcance de sus dedos, ávidos por tantear el cuerpo oculto de la amada. Lentamente comenzó a recorrerle el espinazo. Allí se estuvo un buen rato, recelosa y cautivada con las ansiosas manos que la habrían tocado, saboreando el roce de sus sayas, respirando el milagro de su supervivencia, imaginándose las iluminadas letras, brillantes como faros, en sus páginas encantadas. Rebasada por el goce, la señora Ranson se movió hacia el centro, justo en el cruce de caminos que le ceñía el tiro, dispuesta a deshacerlo. Fue entonces cuando volvió a oírla. ¿Señora Ranson? La voz de miss Carthun rompiéndole el ensueño y trayéndole vergüenza.

Mientras retiraba con penoso esfuerzo las manos de la Biblia, la señora Ranson intentaba calmarse la opresión de desagrado y angustia que le vibraba en el pecho.

—No sé lo que se propone, miss Carthun, pero le advierto que nadie, ni siquiera usted, podrán interponerse entre nosotras. Las tijeras. Tráigame las tijeras.

La bibliotecaria quiso explicarse, decirle que podía confiar en ella, que no se proponía nada como no fuera la protección y salvación de su preciado animal, pero estaba segura de que no la oiría. Las encontró donde siempre, en el cajón central de la mesa de trabajo de la señora, su domicilio habitual desde que, en 1938, entrara a su servicio.

—Señora —dijo tendiéndoselas.

Las manos de la patrona temblaban, pesadas con la ingravidez de la esperanza y el temor.

—¿Quiere que la ayude?

Esta vez la dueña no le prestó atención pues no podía oírla, ensordecida con el nervioso galopar de su corazón. El sudor le cubrió la frente y ella lo empapó en la muselina azulada del antebrazo izquierdo. Su vida le cruzó la mente con el calor electrizante del predicador. Había esperado tanto: desde que se convirtiera en esposa trofeo, compañera de exhibición a la que no se le debía negar nada para que la envidia y la admiración no flaqueara en los rostros de los otros. Desde entonces. Pídeme lo que quieras, le decía el esposo. Y te pidió a ti, a la eternamente huidiza. Y ahora que por fin te tenía, los ojos agotados y resecos de tanto buscarte, su propia bibliotecaria proponía que otros ojos, sin duda más indignos, dejaran su deseo escrito sobre ti.

Es cierto que, al principio, su difunto esposo casi que la convenció para que no te persiguiera. ¿No preferirías el Pink Legacy, tal vez el Cullinan Diamond? Por aquel entonces logró justificarte diciendo que preferías el trabajo detectivesco de tener que seguirle las pistas a un libro. Además, los diamantes siempre daban más quebraderos de cabeza y el crimen organizado estaba a la orden del día. En cambio, una vieja Biblia, ¿quién la querría?

Descorría la cortina de papel que la ensombrecía cuando un toque en la puerta las alarmó.

—Señora, dos caballeros quieren verla —dijo el mayordomo—. Dicen que son de la prensa.

—Dígales que no me encuentro bien. Que vengan en otro momento —dijo ahogándose de rabia y ansiedad.

—Sí, señora.

—¿Cómo ha podido?

—Pensé que sería lo mejor para las dos. Y aún lo creo, señora Ranson —dijo apoyando con fuerza las dos manos en el respaldo del sofá.

—Sin consultarlo. Ni siquiera nos ha dado tiempo…

—Les pedí que vinieran en unos días pero veo que se han adelantado. Lo siento mucho —dijo retirando las manos.

—Sus disculpas no valen nada, miss Carthun. El daño ya está hecho. La prensa nunca espera, ¿es que no lo sabe? ¿O es que acaso pensaba que, con usted, por el mero hecho de pedírselo, harían una excepción, miss Carthun? ¿Por qué me insulta así?

No quiero pensar a manos de quién irá a parar. Quizás a las de cualquier desaprensivo. El pensamiento me da escalofríos.

La señora Ranson la miró con una mezcla de odio e indignación. En el silencio se alzó el sollozo callado de la bibliotecaria.

La señora Ranson iba a decirle que no entendía por qué lloraba, que la engañada había sido ella y que, aunque de ninguna manera le daría buenas referencias con la carta de despido, que no se preocupara, que de seguro encontraría otra casa en la que podría continuar rompiendo ilusiones, pero fue en ese instante cuando le pareció que le despertaba la razón.

—Los celos. Los celos le han jugado una mala pasada, ¿no es así, miss Carthun?

El llanto enmudecido de la bibliotecaria rompió en la sala.

—Señora Ranson —dijo recomponiéndose mientras se prensaba las lágrimas con las manos—. Quizás esté en las estrellas que yo me tenga que ir antes que usted, pero según la ley de vida que trazara el Bardo de Avon, aún me queda sabiduría de juez. Cuando usted ya no esté, Dios la guarde muchos años, su Biblia, su posesión más preciada, será la primera en la subasta. No quiero pensar a manos de quién irá a parar. Quizás a las de cualquier desaprensivo. El pensamiento me da escalofríos. No podría soportarlo, señora Ranson. No podría —dijo llevándose un pañuelo a los ojos—. Perdóneme, señora. Ha sido un acto egoísta por mi parte. La posibilidad de no volver a verla nunca me trastornó. La Biblia es suya y sólo suya, señora Ranson.

No, no habían sido los celos, sino el amor retraído al que había condenado a su bibliotecaria el que la empujó, ahora se daba cuenta la señora Ranson.

—La mano, miss Carthun. Deme la mano —dijo la propietaria extendiéndole la suya.

Y a ella se aferró.

Mercedes Gutiérrez García
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