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Juguetes rotos

martes 25 de mayo de 2021
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Juguetes rotos, por Javier Guédez
Era capaz de llevarlos a su extremo más hostil o productivo; mis profesionales eran extraños, feos, raros, pero míos, y duraban lo que yo quisiera.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

—¿Por qué tienes guardada toda esta basura?
—¿Cómo basura, señor Ramani?, son recuerdos.
Majid Majidi. El color del paraíso.

1

Para esa fecha todavía no sabía hablar por teléfono, tomar pastillas ni acercarme a los vendedores detrás de las vitrinas, por un temor desconocido que duró mucho tiempo asentado en mí, como si se gestara un demonio interior al que casi nadie lograba verle sus ademanes callados. ¿Cuántas personas eran conscientes entonces de lo que se avecinaba?

No recuerdo exactamente la fuerza que me detenía. Creía que el mundo era de los adultos, ellos podían fumar, tener ataques de nervios, ir a los burdeles, emborracharse y aplastarnos con todo su poder. Pero también sentían miedo de todo, obedecían a alguien que los mandaba, lloraban por cualquier motivo, no podían disponer de su vida con naturalidad, deseaban lo que no tenían, se les hacía realmente imposible ser valientes como lo fueron a los nueve años.

Mi madre sentía miedo, ese miedo de las madres buenas y amorosas. Se quedaba muda cada vez que yo salía corriendo desnudo de la ducha con un susto en el pecho y un dolor de cabeza insoportable, para tenderme en sus brazos y estrellar mi llanto contra sus senos. Mi madre, sin tener con quién aconsejarse, vivía en un continuo sobresalto, en el convencimiento de que en cualquier momento se desmoronaría aquel hogar lleno de virtudes y prejuicios arcaicos. Era un horror que me vieran tirado en el piso con las manos apretando duramente mis testículos, negándome a llamar a Rodolfo por teléfono para que me actualizara con las tareas del colegio, o aferrado al asiento de atrás del LTD, apretando los dientes, para que no me obligaran a comprar una caja de tizas en la papelería.

Las personas me producían desconfianza. Fue una ingenuidad honrosa, era un niño que no sabía nada pero me daba cuenta de todo, no hay por qué avergonzarse de todo aquello. ¿Qué sentiría un gato si lo obligaran a vivir en un cuarto tapizado de peces? Enloquecería.

 

Al poco tiempo, aquel libro se convirtió en una suerte de cápsula protectora. Acudía a su lectura como si el futuro fuera nuestro sueño más antiguo.

2

Una tarde encontré el libro de la OPSU debajo de varias bolsas llenas de comida, que estaban sobre la mesa del comedor de la casa de Los Olivos. Fue una intromisión poco delicada, en un espacio donde todo era particularmente frágil. Trescientas páginas de un corte alargado, refilado por alguna cuchilla amellada, con un diseño sencillo en la portada, donde se veían las fotos de varios edificios de concreto, una diagramación tirada a la deriva, tapa blanda, impreso en un papel de muy mala calidad que le brindaba una opacidad como la de un bien antiguo, de donde se desprendía un olor húmedo. Pero yo no identificaba nada de eso en aquel momento, no podía saber si era un buen libro, no podía categorizarlo en ningún renglón porque apenas lo estaba nombrando por primera vez; lo único que parecía estar claro era mi derecho a la apropiación, a la construcción o a la apertura hacia el otro, al ejercicio de la fantasía. Era un libro raro, sin dibujos, no estaba envestido de poder. No me daba miedo.

Al principio me sentía culpable por leer, ya que constituía una actividad cuya utilidad no estaba bien definida; me sentía culpable porque leer aísla, me perdía de muchos momentos felices con mi familia por el hecho de estar leyendo. A pesar de que todavía era un niño, las páginas del libro me descubrieron que había un mundo. Mis hermanos mayores se dedicaban a revisar en el libro de la OPSU de vez en cuando, porque allí aparecían las carreras universitarias ofertadas en las diferentes universidades del país. Los jóvenes tenían que leerlo con carácter obligatorio para saber qué hacer con el futuro cuando llegara.

Al poco tiempo, aquel libro se convirtió en una suerte de cápsula protectora. Acudía a su lectura como si el futuro fuera nuestro sueño más antiguo, creía en su poder para neutralizar cualquier tipo de aburrimiento. Cerraba los ojos, abría al azar cualquiera de sus páginas y la aventura de un dios novato y entusiasta comenzaba. Cada carrera universitaria representaba la semilla de un universo al cual debían crecerle raíces, ramas, follaje, flores y frutos redondos que alimentarían a toda la humanidad que yo fuera capaz de simular, como si fuera una computadora desde una civilización hiperinteligente e hiperdesarrollada en el futuro. La imaginación era lo que adelantaba la vida, o quizás intentara demostrar inconscientemente que lo que vivíamos ya estaba en la imaginación, no hacía falta más; probablemente, por esa razón, después de cada lectura, dejara de interesarme todo lo que había acontecido.

Logré reconocer cuándo podían romperse sus leyes sin afectar los marcos que las conformaban; me pasaba que quería convertirme en un héroe real, con el mínimo esfuerzo de la diversión y el teatro espontáneo, sin demasiadas expectaciones ni encuadres, como si se tratara de mantener con vida aquella deducción mística de que hemos nacido con todo aprendido, con la información que contiene el universo en cada una de sus geometrías, y la tarea del tiempo es que lo olvidemos rápidamente, quizás un poco después de la infancia, para que puedan funcionar los sistemas económicos, culturales y religiosos que se han encargado de inventar como ficciones utilitarias y destructivas.

Las sesiones secretas con el libro de la OPSU se desarrollaban en la oscuridad de mi habitación, donde los retratos de varios empresarios exitosos que colgaban de las paredes contemplaban, sordos y mudos, mi descarnada figura. En mi cautiverio, hasta la dura austeridad del viejo caserón se suavizaba a la claridad interior en que mi pensamiento los hacía surgir, en la más pura gracia. Tal vez no tuviera nada que ver con la felicidad, pero siempre sentía que debía estar en otro lado, haciendo otra cosa, siendo alguien más.

Me concentraba en leer de forma susurrada cada profesión. A través de las palabras se iba formando una bola de humo, que se mantenía flotando frente a mí. Los moldeaba a mi antojo, les quitaba, les ponía, los matizaba entre conductas, costumbres y prácticas domésticas, hasta que terminaba por meterme debajo de un aire espeso como un fantasma, otorgándole forma física y un latido verdadero. Era capaz de llevarlos a su extremo más hostil o productivo; mis profesionales eran extraños, feos, raros, pero míos, y duraban lo que yo quisiera. Seguidamente me preparaba para crear las atmósferas donde se desenvolvía ese yo de la invención; esa ilusión me ayudaba a que el juego tuviera varios ambientes sucesivos, un lugar de trabajo, un lugar de descanso, una cama donde dormir, una familia, un carro que conducir. La interpretación de cada personaje duraba unos quince o veinte minutos. Se me dificultaba pedirle a mis propias interpretaciones que se fueran. Había algo tan directo en cada uno, tan lúcido, tan carente de artificio, que me agradaba seguir mirando su reflejo y asimilar plenamente el impacto de su presencia: que resultaba fascinante, precisamente porque nadie era consciente de ello, por la absoluta indiferencia del efecto que producía en los demás. Fue como caminar dentro de un car wash, en una marea de sentidos materiales y psicológicos; como estar frente a la boca abierta de una ballena en una pequeña embarcación.

Subía en un carro y manejaba en dirección a un incendio forestal para detener su marcha vestido de ingeniero, acometía largas operaciones a personas con deformaciones en el rostro y el páncreas inservible.

Con sólo abrir el libro ya el juego tenía la mitad del terreno dibujado. Había otras decisiones que tomar, desde luego, una multitud de detalles importantes que imaginar e incorporar a la escena, para darle plenitud y autenticidad, por contrapeso narrativo. ¿Es importante para él esa ocupación o simplemente un medio de ganar lo suficiente para pagar el alquiler? Por ejemplo. Las instrucciones estaban claras, cada carrera anunciaba en pocas palabras para qué servía, a dónde debías mudarte para cursarla en una universidad, y a qué tipo de mercado laboral tendrías que enfrentarte una vez que te graduaras. No había que acudir a ningún otro rigor mágico que ayudara a completar un camino oscuro donde tiende a nacer la imaginación, era un juego más bien maduro y de sobrevivencia infantil.

Al comenzar a improvisar, me permitía romper el cascarón del mundo. Subía en un carro y manejaba en dirección a un incendio forestal para detener su marcha vestido de ingeniero, acometía largas operaciones a personas con deformaciones en el rostro y el páncreas inservible, concretaba negocios millonarios con agencias de seguros, recién graduado en ciencias actuariales en la UCV.

 

3

Ahora, después de treinta años, es como si un payaso sagrado hubiera tocado a mi puerta para devolverme un balón espichado con la marca de dos colmillos. Ver pasar con tanto detalle los episodios más importantes en la vida de los trabajadores que fui desde niño, me encubrió de una alegría que medianamente iba siendo interrumpida por la nostalgia; después derivaría en la sospecha de no saber si, al terminar de escribir este informe sobre sus destinos, me tocaría proceder a enterrarlos a todos en la fosa común del pasado, para seguir en paz entre mis ruinas. Aunque lo que en realidad quisiera sería meterlos como muñecos articulados en varios estuches donde se distribuyen especies de ataúdes etiquetados con el nombre de cada personaje. Guardar sus lamentos y conquistas como armas en dos compartimientos laterales, y entregárselos a mis hijos en alguno de sus cumpleaños.

Jugar tenía algo que ver con la idea de aprender a usar el fuego, calentarse las manos sobre el humo, bailar alrededor levantando bien los pies, como si al final nada importara más que desaparecer. Para eso sirve el juego, para irse de este mundo. Nadie ha desestimado la oportunidad del juego, incluso hasta los peores asesinos tuvieron grandes ideas para jugar cuando fueron niños. El juego en definitiva también tiene que ver con la forma de cimentar un mundo en el menor tiempo posible y valiéndose de cualquier cosa, creo que a ningún jugador le importa que el mundo se caiga después de haberlo creado. Si ustedes me lo permiten, jugaría otra vez, quizás esta sería la última ronda; estoy seguro de que puedo hacerlo, conozco bien el camino.

 

4

Delante de cuarenta pares de ojos y de una gran variedad de rostros profesionales que giraban en mi mente como meteoritos, mi corazón enloquecía, mi voz se extinguía, y ya me dirigía hacia la puerta de la oficina cuando en el último instante (¡y bendigo ese instante!) algo se desató dentro de mí y volví sobre mis pasos. Me coloqué en la silla frente al escritorio y pude oír las primeras notas; mi alma se volvió a entregar, como siempre sucedía, al espectáculo.

Como verán, hay algo que no han podido vencer los años.

A uno de los malos abogados que fui lo asesinaron durante un juicio en los tribunales. El hijo menor del acusado, al ver cómo se desenvolvía inútilmente la defensa, atravesó las sillas donde permanecía una audiencia de rostros blancos como huevos, y le enterró un cuchillo en la yugular. La sangre brotó dócilmente, no era una película, tampoco era un cuerpo. Los alguaciles uniformados con chaquetas negras abombadas tuvieron que acudir de inmediato a socorrerlo. Fueron víctimas de una reacción alarmante cuando vieron que el cuerpo del abogado se había desintegrado, dejando su traje gris sobre el escritorio; quizás era uno de los once casos anuales de desaparición inexplicable que ocurren en el planeta. Había sido su caso más difícil, recuerdo haberle puesto una familia numerosa, catorce hijos encadenados a una madre grande y flácida como Jabba the Hutt, siempre dispuesta y muy bien maquillada, pero negada a probar los aceites de serpiente que le servían en cucharadas todas las mañanas para mejorar sus insuficiencias respiratorias.

Todo esto trataba de la devolución por defectos de mis juguetes rotos, los cuales se habían encargado de seguir el curso de sus propias vidas sin tener que preguntar por mí, sin perseguirme para pedir que les devolviera algo ni reclamar deudas incumplidas.

Roberto fue uno de los primeros profesionales que produje; después de leer la página 222, quise graduarlo de economista a los veintidós años en la Católica.

Juan Sebastián no pudo terminar sus estudios de posgrado en Nueva Jersey, donde vivía con los tres hijos que tuvo con Wei Hui. Después de que ella acometiera lo del plagio de un programa de televisión que explicaba con detalles cómo doblar la ropa limpia, ya nada fue igual: las cartas amenazadoras por debajo de la puerta, los señalamientos en la prensa, las citas a la fiscalía encargada de atender los casos de propiedad intelectual, fue verdaderamente desgastante. Se divorciaron. Wei en medio del despecho se envició con los juegos de maquinitas de Snow Bros, Street Fighter, Metal Slug, hasta perder el control. La última vez la vieron sometida a la tristeza sobre todas las tipologías de las máquinas tragamonedas en los salones de juego y casinos del barrio chino. Una noche de esas fue absorbida por una de las maquinitas. Juan Sebastián, cuando necesita limpiarse de una neurosis, va y juega en la máquina, pero nunca gana. Sus hijos Bruce y Carmela decidieron ir por caminos distintos en una suerte de renacimiento que se plantearon después de la muerte de su madre; apenas lograron durante un tiempo hacerse una llamada telefónica para Navidad. Si no hubiera sido por la guerra que estalló en 2015 en Europa, Carmela hubiera sido presidenta en 2021 de algún país. Pero no fue así, aquí tengo la placa de su lápida, tristemente.

Roberto fue uno de los primeros profesionales que produje; después de leer la página 222, quise graduarlo de economista a los veintidós años en la Católica, su carrera fue ejemplar y bien retribuida, nunca renunció a su futuro. Se divorció, desistió del trabajo con los seguros, sus herederos ahora tienen un spa de uñas donde también se dan masajes a partir de un tutorial que comenzaron a estudiar con YouTube, y venden harinas de maíz y de trigo y chocolates importados. Cuando Roberto envejeció se convirtió en un padre discapacitado a causa de la enfermedad del Parkinson. El mal transformó los rituales sencillos y privados, como rasurarse o lavarse los dientes. Necesitaba asistencia casi todo el tiempo, para vestirse, comer, bañarse, levantarse o tomar sus medicamentos, y más allá de su sobrina Claudia nadie tenía el valor para atenderlo. No había un minuto en el que no necesitara algo. El negocio quedó en manos de su esposa y quebró al poco tiempo. Se fue sumergiendo cada día más en un sueño profundo al lado de un gato, con quien compartía el mismo mueble para la siesta todas las tardes. Se conservó así incluso cuando empeoró; a su hija le preocupaba que los niños fueran a crecer con miedo al futuro, pensando que envejecer tiene que ser así. Tienes que abordar el cuidado de otra persona como si se tratara de un maratón, no como una carrera de velocidad.

Marcos es el mejor cirujano de tórax del país; le diagnosticaron un cáncer en el pulmón que no ha querido manifestarle a nadie para no generar más ilusiones de muerte de las que ya tenían en la familia; decidió no aplicarse ningún tipo de tratamiento, vivirá hasta que le alcance el aire. No necesita ninguna ayuda humanitaria. El loco Charly le propuso una migración escalonada a su familia, pero no aceptaron. Se encuentra residenciado en un pueblo cerca de Bogotá, pasando frío y vendiendo bombas en una cava de anime. No le fue bien con los caramelos de menta ni las chupetas Bon Bon Bum, ni porque se pusiera cien billetes en la mano como un abanico para demostrar la debacle económica del país de donde había huido. Marcelo logró saborear el índice bursátil en la Bolsa de Caracas durante un tiempo, luego en agencias consultoras de inversiones extranjeras, después en las casas de cambio y finalmente con las blockchains. Es un gurú de las criptomonedas, lo sabía desde mucho antes de que se pusieran de moda. Sigue aquí. Llena cuatro taxis de comida, medicinas y ropa en dos viajes al mes que hace a Cúcuta con sus asistentes. No tiene miras de moverse mucho de su cuadrante, aquí se siente bien, juega softbol, toma todos los domingos cervezas de lata: Stella Artois, Lindongjiangzhi Weizenbock, Guinness, Mira Brune Nº 6, mientras se asan varios kilos de costillas a las brasas en la terraza del edificio donde pasa los fines de semana.

Omar pactó con la vida y no quiso seguir declarándole la guerra. Dejó de ser secretario de comerciantes mafiosos, todavía tiene los labios atractivos porque sigue pronunciando palabras que inspiran bondad y sosiego, dirige una ONG que recibe cooperación internacional para ayudar en asuntos alimenticios a las colonias de ancianos moribundos. Cada vez que tiene la oportunidad de comentarlo en un programa de radio lo hace: “Sólo se muere una vez y se vive todos los días y es mejor apostarle a esa parte, donde estamos vivos”. Lleva registro de todas estas frases, proverbios y sentencias populares en su teléfono, con ellas construye discursos de un alcance viral en cualquier red social. Camilo aprendió a tocar trompeta con Deiff porque nunca pudo ejercer como periodista en Perú ni en Panamá; ahora forma parte de la directiva de una agencia de mariachis con influencia de cumbia psicodélica. Junior conduce un montacargas en un galpón en Houston donde despachan pelucas para mujeres afrodescendientes en California. Mario, el sobrino perdido de Víctor Cuica, después de haber comulgado con el humo de la delincuencia dejó los estudios de agronomía para convertirse en la gran promesa de la orquesta 33 de Medellín.

Al concluir mi última ronda de creaciones, me levanté de la silla y crucé el humo de mi infancia sin alterar su forma.

Noel se regresó de Ecuador, prefirió estar al lado de su única abuela viva que persiste sobre una silla de ruedas, acariciando con sus dedos flacos el lomo de un chihuahua. Luifer llevó la arquitectura a riesgos técnicos de mucha trascendencia, diseñó salas velatorias ultramodernas donde los muertos se convierten en semillas de árboles frutales; también se esmeró diseñando los estudios de porno web cam two cam y cafetines con dietas moleculares. Joan es informático, maneja un taxi con una placa falsa, lleva y trae encomiendas de dudosa procedencia a los pueblos fronterizos. Se hizo cristiano evangélico y obligó a toda su familia a hacerlo. Argenis fue nombrado gerente del Instituto de Aeronáutica Civil, es auxiliar de farmacia, el sueldo es un destello, su gestión se resume en dos días que va a firmar puntos de cuenta, permisos y reposos médicos. Se ha visto obligado a bailar sobre las mesas en un bar de ambiente en La Guaira, donde recoge propinas en dólares, que nobles figuras de la política le cuelgan entre las ligas de su traje de baño, como si fueran pantalones miniaturas.

 

5

Al concluir mi última ronda de creaciones, me levanté de la silla y crucé el humo de mi infancia sin alterar su forma, dejé la computadora encendida y bajé rápidamente por las escaleras del edificio. Me dirigí a la esquina de Villa Alianza, cerca del colegio Los Próceres, donde había estudiado la primaria. Me acerqué a una papelería y me miré en el vidrio de uno de los escaparates. Me hubiera gustado encontrar en mi rostro la impenetrabilidad que tanto admiraba de mis juguetes rotos. Pero el cristal no me devolvió más que una carita agraciada a la que un gesto obstinado no lograba todavía darle un aspecto suficientemente terrible. “Voy a dejarme crecer un bigotico”, pensé.

Javier Guédez
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