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La infinita intrascendencia del ser

viernes 28 de mayo de 2021
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La infinita intrascendencia del ser, por Alberto Pocasangre
Su delito era haber nacido lector elegante en un país pobre.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Ahí estaba, exactamente al lado de El último salto del pez, de Johannes Lazarus, y después de Boleto a Rôndonia, de Ignacio da Fonseca.

Todas las tardes, camino al parque para alimentar palomas, pasaba frente a la vitrina y quedaba extasiado mirando el aparador colmado de libros, saboreándose como niño ante una pastelería. Ahí residía el tesoro que anhelaba, ahí lo que perturbaba sus sueños y le granjeaba tantas alegrías y tristezas bajo los enormes tomos de la Enciclopedia Británica y sobre unos Atlas universal de Océano.

A veces entraba a la formidable y desordenada librería La Otra Lectura, de don Jacinto Espinel, sólo para apreciar de cerca el maravilloso y gordo volumen de pastas duras y letras doradas en el lomo: La infinita intrascendencia del ser, de Aln Jansens Flogstad, el más importante filósofo y escritor sueco del siglo. Don Jacinto Espinel miraba de reojo cómo el visitante examinaba el libro por cada ángulo, por cada tapa, por cada lado. Y lo dejaba hacer. De todos modos no podría ni ensuciarlo ni abrirlo por el fino envoltorio plástico con el sello original con el que don Jacinto Espinel lo había comprado en España, más como pieza de colección —manías de librero— que con intenciones comerciales. Además, Pedro era un fiel cliente de la librería y aunque solo compraba libros usados, don Jacinto podía permitirle andar por ahí manoseando alguno que otro libro nuevo, siempre y cuando no rompiera el envoltorio para tratar de curiosear el interior. Don Jacinto Espinel era muy confiado con su clientela.

Revisaba y revisaba el único ejemplar de La infinita intrascendencia del ser, leía la portada con el título, leía la contraportada con las opiniones.

“Nadie que tenga la mente en orden es capaz de robar libros”, pensaba, sujetándose a aquella vieja creencia oriental de que “los lectores no roban y los ladrones no leen”.

Mientras, a Pedro le brillaban los ojos tras las lentes, como los de un enamorado. Revisaba y revisaba el único ejemplar de La infinita intrascendencia del ser, leía la portada con el título, leía la contraportada con las opiniones, en la que renombrados y profundos críticos elevaban el contenido del libro hasta los cielos asegurando que era la “…quintaesencia del análisis filosófico sobre el porqué y el para qué de la existencia humana…”, leía el lomo y volvía a empezar, de modo que cada lectura le parecía nueva. Abrazaba el volumen con religiosa pasión y le susurraba al oído (dado el caso de que lo tuviera):

—Serás para mí. Sólo mío, querido Infinito.

No recordaba en qué momento le había puesto apodo al libro, pero le parecía exacto, así que para referirse a él usaba el término como si de imprenta lo trajera. Se le iba el tiempo contemplándolo hasta que decidía dejarlo en el mostrador después de leer —por enésima vez— el precio original: ciento diez euros, y que don Jacinto Espinel —como buen negociante— tradujera a ciento treinta y dos dólares. Al chocar los ojos cansados con el precio, a Pedro le entraba una angustia fofa, ahogante, como deben sentir los muertos recién enterrados, y con desesperación hurgaba los anaqueles, sus bolsillos y sus pensamientos buscando alguna respuesta al enigma. Después tragaba con fuerza ese mismo sabor acre que sintiera hacía cinco años cuando enterró a Elena, luego de una larga enfermedad. Se rascaba la cabeza, se quitaba los anteojos de aros de oro que le regaló Elena para un cumpleaños cuando la vida era más próspera, y mientras limpiaba con el pañuelo los cristales, el mundo se le volvía un mar de niebla borroso y profundo en el que apenas podía distinguir a las personas por los movimientos. Quedábase pensativo como buscando algo, un no sabía qué en el aire; haciendo cuentas mentales de los días que le faltaban para recibir su pensión de ciento cincuenta y ocho dólares con cuarenta centavos, que de pura casualidad irónica era el mínimo que un obrero ganaba en el país, a pesar de que Pedro fue maestro de primaria por casi cuarenta años. Su delito era haber nacido lector elegante en un país pobre. Pero no era sólo eso. Era también que Elena hubiera querido leerlo. Estaba seguro. Pero ella se había ido. Nunca lo leerían juntos. Comprarlo y leerlo por ambos era como evitar que ella se fuera de nuevo.

Sumido en las tinieblas se decía:

—Guardaré diez dólares este mes, diez el siguiente y así, dentro de trece o catorce meses podré comprarlo. No importa el tiempo, nadie en este pueblito querrá leer un libro de Filosofía. Sólo yo; ergo es lógico que sea yo quien lo compre… algún día… algún día serás mío, querido Infinito

Se ponía los lentes de aros dorados y cuando el mundo se hacía más nítido, salía de la librería buscando el camino que lo llevaba al parque.

 

Varias veces, desde que don Jacinto Espinel trajera el Infinito, Pedro se había dicho lo mismo y el fondo para comprar el libro seguía ahí, en el fondo. Cuando llegaba el cheque de la asociación de pensiones a su pequeña casa —repleta de folletos, apuntes en cuadernos, trabajos de niños con fechas remotas y libros viejos y deteriorados—, los gastos cotidianos lo absorbían de inmediato como agua en esponja y tenía que reorganizar de nuevo sus finanzas para los próximos quince o dieciséis meses.

En el parque se pasaba soñando con el Infinito. Sentado en la banca, en solitario —como lo son todos los lectores— lanzaba alpiste a las palomas. Después sacaba del carterón algún libro de sus preferidos como Entre visillos o El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite, o leía cualquier cosa de Shakespeare, preferente algo de reyes traidores o traicionados como El rey Lear o Macbeth, pero siempre la imaginación lo arrastraba sin misericordia al recuerdo del libro deseado y se sentía triste por Infinito y se sentía estúpido por estar triste.

—Podría robármelo… —dijo un día a las palomas.

Pero la idea era mala desde cualquier punto de vista. Se rio de sí mismo.

—Podría pedírselo por cuotas a don Jacinto…

Pero don Jacinto era tan caritativo como un puño cerrado.

La niebla lo envolvía. La niebla de una profunda miopía y cuarenta años de leer y revisar exámenes y trabajos a la luz de una vela.

—Podría vender algo de la casa… —mas sólo tenía lo indispensable y menos: un plato, un vaso, la cocina y la cama—. Tal vez… si duermo en el suelo… —pero ya los huesos artríticos no aguantarían el frío de las baldosas. Se le atrofiarían antes de terminar de leer el Infinito, ¡ah, el Infinito! ¡Hace tanto que deseaba leerlo! ¡Y he aquí su oportunidad en la nariz, el único ejemplar en ese pueblucho olvidado y él, el único con interés en leerlo! ¡Y no tener ni un amigo, ni un familiar a quien pedirle prestado! ¡Si lo conseguía, al fin tendría un libro nuevo! Él, que jamás tuvo uno. Aun los que el Ministerio de Educación enviaba a su escuela habían sido ya usados por otros docentes, por siglos de siglos…—. Quizás… si ocupo la pensión para comprarlo… y aprendo a vivir un mes sin comida y agua… o… ¿si vendo la casita? —pero ¿adónde iba a vivir? Se imaginaba durmiendo en las calles abrazado de su libro, con una sonrisa enorme en los labios—. ¿O… si vendo todos mis libros…? —sin embargo, sabía muy bien que nadie le daría gran cosa por un lote de libros viejos y apolillados. Además, aparte de los anteojos, era lo único que le quedaba de Elena, quien también fue una gran lectora.

Al terminarse las alternativas volvía a su boca el sabor acre del recuerdo y Pedro no podía más que sacar su pañuelo y quitarse las lentes para limpiarlas. El parque de inmediato se volvía una mancha blancuzca de objetos indefinidos y las palomas eran extraños seres deformes que se movían tontamente en el suelo. Sólo distinguía de manera vaga algunos objetos de gran tamaño como los edificios, los árboles y la vieja fuente que quedaba frente a su casita en las afueras. La niebla lo envolvía. La niebla de una profunda miopía y cuarenta años de leer y revisar exámenes y trabajos a la luz de una vela. Despacio, se ponía los lentes y regresaba cabizbajo a su cuarto.

 

A veces despertaba de madrugada —cuando el silencio es doloroso— y la primera imagen que asaltaba su memoria era la del Infinito. Se quedaba mirando a su alrededor, entre las brumas grisáceas, los cientos de folletos, libros y cuadernos amontonados en toda la habitación, y pensaba en Elena. Y en la falta que le hacía. Pero su recuerdo pasaba pronto de nuevo hacia el Infinito. ¡Condenado libro que le desgastaba los sueños! y como ya no podía dormir, practicaba lo que le diría al tenerlo al fin en casa:

Infinito, ¡cuánto he esperado este momento! ¿Me revelarás tus secretos?

El sol lo sorprendía hablando en voz alta con un libro imaginario que sostenía en los brazos, como quien sostiene a un bebé.

Una noche conversó con Elena. Hacía mucho que no platicaban. Y ella le dijo algo extraño. Extraño y revelador. Se levantó temprano, tomó un café y salió sonriente de la casa.

 

***

 

Don Jacinto Espinel limpiaba el polvo de los libros del último estante y se detuvo a ver un rato uno de sus preferidos: Historia de los griegos, de Indro Montanelli. Siempre le gustó mucho, pero no tanto como Constantinopla: el imperio olvidado, de Isaac Asimov, y se arrepintió una vez más de haberlo vendido a Pedro, un profesor jubilado que a diario pasaba por la librería. Las cavilaciones de don Jacinto se vieron rotas por la entrada del mismo Pedro en el local.

—¡Qué cosas! —se dijo don Jacinto—, yo que pienso en él y el viejo que se aparece… no se va a morir luego…

Pedro iba más que contento y nervioso, tropezaba con las cosas. Al dar con una silla por poco cae al suelo.

—¡Rápido, rápido, el Infinito!

—¿El qué?

—Perdón… La infinita intrascendencia del ser.

—¡Ah!

—¡Ya, don Jacinto, aquí están los ciento treinta y dos dólares exactos!

—Bueno… —dijo don Jacinto—, yo no pensaba venderlo…

Pedro frunció el ceño, angustiado. Los labios le temblaron y sintió el deseo terrible de llorar.

—Pero… —don Jacinto cambió de tono al ver la expresión de Pedro—, por ser tú un cliente fiel, sí te lo vendo.

Y dicho esto, don Jacinto Espinel fue hacia el mostrador, cogió el dichoso libro y lo extendió a Pedro, quien ni siquiera atinaba a agarrarlo, hasta que don Jacinto se lo puso en las manos. Pedro, con las lágrimas a punto de brotar, balbuceó:

—Gracias… gracias, don Jacinto.

Y salió tan veloz como había entrado. Don Jacinto se quedó pensando que el bueno de Pedro tenía algo raro en la cara, se miraba diferente… como si le sobrara algo… pero ¿qué importaba? el negocio ya estaba hecho y se dedicó a contar una y otra vez sus ciento treinta y dos dólares.

 

***

 

Iba a romper el fino envoltorio con amor, con ternura. Con la delicadeza del que idolatra, del novio que conoce por vez primera a su novia.

La primera intención de Pedro fue ir al parque a mostrar su libro a las palomas, pero el placer de ser el único dueño del Infinito lo empujó hacia su casa. Así que fue corriendo, chocando contra los árboles y con alguna que otra persona que osaba atravesarse en su camino feliz. Llegó a la fuente que estaba frente a su casucha y, después de respirar profundo, entró a la pieza. Se encerró con llave y acarició por largo rato —enamorado— su libro. Era como una luna de miel. Como tener a Elena en casa otra vez. Sólo que esta vez no se iría. Ya no.

Iba a romper el fino envoltorio con amor, con ternura. Con la delicadeza del que idolatra, del novio que conoce por vez primera a su novia. Tenía entre las manos el enorme volumen que era como una mancha cuadrada azul, como un pedazo cuadrado de niebla azul, de cielo azul, pesado y real.

—No —dijo en voz alta y rio dichoso—. No lo abriré aún.

Y puso el Infinito, tal como lo compró, en un lugar especial, al lado de un descolorido retrato de Elena y de cientos de libros usados y rotos.

 

Privilegiado entre sus hermanos se quedó el Infinito, esperando paciente a que Pedro ahorrara de tres en tres dólares, por los próximos sesenta o setenta meses, la cantidad necesaria para recuperar sus lentes de aros de oro de la casa de empeño de la calle cuatro.

Alberto Pocasangre
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