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Cómo me hice lector

domingo 30 de mayo de 2021
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Cómo me hice lector, por Armando José Sequera
En la mayoría de los libros que leo encuentro una o varias maravillas que, a partir de su conocimiento, pasan a formar parte de mi existencia, como si las hubiera hallado en un viaje o en un sueño.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Por ahora soy autor de más de mil doscientos minicuentos, microficciones o minificciones, como también se les llama, y tal vez por eso estoy habituado a la brevedad, al texto lacónico.

Si en este momento estuviese elaborando uno de tales textos, a la pregunta ¿cómo me hice lector?, que propone la mesa, simplemente habría contestado La curiosidad y, dentro de cinco segundos, estaría abandonando este panel.1

Si me abandonara a mi inclinación a escribir sucintamente, debido —supongo— a una pereza congénita que creo viene desde mis antepasados prehistóricos, dejaría las cosas hasta ahí y ya.

Pero no.

Hasta donde he podido averiguar, existen cuatro tipos de curiosidad a los que podríamos bautizar como interesada, intrascendente, sana e insana.

Con tan sólo enunciar que lo que me hizo lector fue la curiosidad, estoy contagiando de curiosidad a cuando menos una parte del auditorio. Y la curiosidad, si bien no es un padecimiento letal, en ciertos casos puede generar consecuencias nocivas e incluso mortales.

Pensemos en el felino del refrán La curiosidad mató al gato. El pobre minino perdió la vida por fisgón, lo cual nos hace ver que el curioso corre riesgos inmensos, cuando se entrega a su afición.

Llegados a este punto, debo indicar que, hasta donde he podido averiguar, existen cuatro tipos de curiosidad a los que podríamos bautizar como interesada, intrascendente, sana e insana.

La curiosidad interesada es aquella que sentimos por cierto tipo de información y de cuya obtención esperamos recibir algún beneficio. Dicha curiosidad se manifiesta, entre otras formas, en los llamados espionaje industrial y espionaje laboral —con miras a ascender de cargo, a costa de los errores ajenos—, o en el espionaje político, hecho en función de sacar provecho de las debilidades del rival electoral o partidista.

Un segundo tipo de curiosidad es el intrascendente. Éste es estimulado por los medios de comunicación masiva y su objetivo es desviar nuestra atención de los problemas verdaderos y graves del mundo, para que la centremos en temas de escasa importancia para nuestra existencia y la de quienes nos rodean, como la vida de los ricos y famosos, el cambio cada vez más frecuente de la moda en el vestir y el mobiliario.

Hay personas que saben de qué color es la cerámica del baño de determinada modelo o cantante; qué tipo de lápiz labial o base para maquillaje utiliza cierta actriz de Hollywood y qué tipo de ropa interior usa un futbolista famoso. Al mismo tiempo, ignoran que un vecino de piso o de calle agoniza por una enfermedad incurable o que, al otro lado de la ciudad, una prima hermana suya está a punto de que la echen a la calle por no poder pagar el alquiler de su vivienda.

Este segundo tipo de curiosidad es producida por una hipervaloración del tipo de información llamada de moda y de farándula, hecha con la finalidad de distraer a las personas hasta tal punto que prácticamente renuncien al derecho que tienen de obtener un conocimiento que verdaderamente les sirva a ellas y a su comunidad. Y, lo que es peor, que hasta se sientan orgullosas de su ignorancia en materia de cultura, historia, política y economía.

Claro está que quien renuncia a informarse acerca de lo que afecta su vida queda a merced no sólo de quienes sí se informan sino de aquellas y aquellos que inciden en tales aspectos de la existencia.

Si a mí no me interesa la economía, debo tener por seguro que hay quienes sí se interesan y se van a aprovechar de mi desidia.

El tercer tipo de curiosidad a la que hago referencia es la curiosidad insana. Se parece un poco y tiene de las dos anteriores, aunque a diferencia de la segunda no es inducida.

La curiosidad insana es aquella que mucha gente tiene y la lleva a averiguar e investigar cosas que ni le van ni le vienen, como no sea para hacer daño a otras personas.

Ella sirve de punto de partida para generar rumores, calumnias y chismes en torno a alguien que se detesta, entremezclando medias verdades con mentiras o construyendo mentiras con datos verdaderos pero circunstanciales.

Por último, hablaré de la curiosidad sana. Es la que posee la persona que no se conforma con lo que le dicen y trata siempre de averiguar más sobre aquellos temas que llaman su atención.

La curiosidad sana mueve a saber un poco de todo o todo de un poco; en este segundo caso, con miras a conocer hasta sus últimas consecuencias un tema que nos fascina.

La curiosidad que me ha embargado desde niño ha sido de este último tipo. Y siempre me ha llevado a hacerme preguntas. Preguntas cuyas respuestas me han conducido a nuevas preguntas y nuevas respuestas, en un proceso casi infinito parecido a correr tras ilusiones ópticas como el inicio de un arco iris o la línea del horizonte.

La imagen que me viene a la mente para describir este universo de interrogantes y contestaciones es el título de un cuento de Jorge Luis Borges: “El jardín de senderos que se bifurcan”. Cada pregunta me lleva a dos o más respuestas y cada respuesta suscita en mí otro ramillete de interrogantes.

Siendo niño empecé a hacerme preguntas en torno a la vida física y espiritual, pues desde que tengo memoria me ha intrigado dónde estuve antes de nacer, dónde iré cuando se venza la garantía de mi cuerpo, qué papel cumple mi espíritu en mi vida, qué debo hacer para ser cada vez mejor persona o por qué soy quien soy y no otro individuo.

He leído los libros sagrados de casi todas las religiones que existen, he buceado en bibliotecas y hemerotecas en procura de un dato que confirme o niegue algo que creo saber.

También he querido saber cómo y cuándo un hilo de agua en una montaña se transforma en un río caudaloso que corre por la llanura; cuántos peces constituyen un cardumen y por qué éste se mueve como un solo organismo; qué transforma a una niña maravillosa en una mujer adulta insoportable y maligna, o a un joven con grandes dotes de deportista en un enfermo de alcoholismo; además he querido saber dónde duerme el silencio mientras el ruido nos atormenta o qué sustancias nos impulsan a amar a algunas personas y rechazar a otras.

A la par, he deseado conocer la historia del lugar donde nací —Caracas—, del país cuya nacionalidad ostento y del planeta donde, junto a más de siete mil millones de personas, viajo por el espacio a 108.000 kilómetros por hora.

Con los años, me ha dado por conocer la psiquis humana y el interior de nuestro cuerpo; por saber no nada más de literatura, sino también de música, artes plásticas, cine y otras manifestaciones artísticas, como un modo de comprender mi época y las que me antecedieron. También como una manera de apreciar estéticamente el mundo del que formo parte.

He leído los libros sagrados de casi todas las religiones que existen, he buceado en bibliotecas y hemerotecas en procura de un dato que confirme o niegue algo que creo saber; he observado el vuelo de las aves con miras a descubrir por qué no me fue dado el don de volar con alas y sí el de surcar el cielo con la imaginación, y he querido conocer de cerca las infinitas posibilidades que mi capacidad de soñar y crear me proporcionan.

¿Qué he ganado con ello?

Al parecer, no mucho, dado que cada vez que creo estar seguro de algo, no pasa mucho tiempo cuando surge una duda nuevecita y me veo obligado a buscar información otra vez, como un detective clásico, armado con una lupa y mi determinación, en procura de esa medusa elusiva que llamamos verdad.

Sin embargo, debo confesar que he ganado bastante, ya que he descubierto el enorme placer que proporcionan las investigaciones. Hay una satisfacción de tamaño incalculable en la búsqueda de un tesoro y, la mayoría de las veces, dicha búsqueda es el verdadero tesoro.

En esta siempre sorprendente afición, el único instrumento que me ha permitido conseguir lo que busco es el libro.

Ningún otro medio de comunicación se le compara, ya que es el único que nos da espacio para la reflexión y para que tratemos de llegar a conclusiones por nosotros mismos.

La televisión y el cine son poderosísimos, pero reducen todo a su tiempo de exhibición. Concluye un programa y viene otro, sobre un tema totalmente distinto, y no se nos da la posibilidad de pensar y asimilar lo presenciado, a menos que apaguemos el aparato receptor.

No pido que dejemos tales medios a un lado, pero sí que les dediquemos menos tiempo a ellos y más a la lectura. De otro modo y sometidos a la hipnosis de los medios masivos de comunicación, nuestra mente pasará de un asunto a otro, sin oportunidad para ejercer nuestro pensamiento.

Cuando navegamos por la red ocurre algo parecido, aunque allí tengamos que leer. Ello se debe a que la mayoría de los textos que encontramos en Internet —a menos que se trate de libros completos—, son resúmenes o informaciones escuetas, del tipo que aparece en los diarios en formato tabloide.

El deseo de obtener conocimiento; de conocer historias que me hablen de cómo son otras personas, otros espacios geográficos, otros tiempos; de descubrir nuevas y asombrosas formas de la belleza, se transformó para mí en una inefable y adorable pasión que me convirtió en lector.

No un lector metódico, como un bibliotecario inglés, sino un lector que, una vez en el Paraíso, prueba todos los frutos que penden de los árboles buscando obtener de nuevo ese intransferible gusto que deja el saber algo que ignorábamos y hasta algo que no sabíamos que ignorábamos.

El viaje inmóvil que nos propone la lectura sólo tiene parangón con un traslado a tierras desconocidas, a espacios que nuestra imaginación ha tratado de reconstruir a partir de fotos, películas o videos.

Leo de todo, especialmente narrativa, porque necesito, como el sultán Shahriar de Las mil y una noches, alimentar mi imaginación con historias que, fundiendo la realidad y la ficción, construyan una realidad paralela finita cuyo término lo imponga el sencillo acto de cerrar el libro.

La existencia que llevamos es tan compleja y tan inasible que, sin el sustento que me proporciona la lectura, sería tan infeliz como esas personas cuyos rostros entrevemos en sus automóviles, rodeadas de aire acondicionado y soledad, en las largas colas del tránsito matutino o vespertino.

En la mayoría de los libros que leo encuentro una o varias maravillas que, a partir de su conocimiento, pasan a formar parte de mi existencia, como si las hubiera hallado en un viaje o en un sueño.

Y es que el viaje inmóvil que nos propone la lectura sólo tiene parangón con un traslado a tierras desconocidas, a espacios que nuestra imaginación ha tratado de reconstruir a partir de fotos, películas o videos, pero cuya riqueza sólo puede percibirse íntegramente al estar en ellos.

Antes de clausurar mis palabras, es decir, de bajar la puerta santamaría de esta ponencia, quiero señalar quién me estimuló a convertirme en lector y de qué modo y en qué momento inicié la que considero es la mayor de mis aventuras.

A los tres años, mi madre comenzó a leerme revistas de cómics. Como si usara una aguja de tocadiscos, al pasar su dedo índice sobre los balones de diálogos, ella reproducía con su voz lo que decían los narradores y los personajes.

Durante meses asistí a este acto de amor hasta que sucedió un milagro: de un maravilloso momento al siguiente asocié las palabras que mi madre repetía en voz alta con las que se deslizaban bajo su dedo.

Jamás olvidaré que ocurrió con el vocablo mañana. Ella me había enseñado las letras, indicando sus sonidos y la diferencia entre vocales y consonantes. Hasta ese instante tal información me resultaba inútil.

Pero entonces, en esa portentosa bandada de segundos advertí que la A hacía sonar de modo distinto la M, la Ñ y la N y comprendí su rol en las palabras: prestar su resonancia a otras letras.

Es muy curioso que mi entendimiento se haya abierto ante semejante vocablo, justamente el que da nombre al tiempo que aún no ha llegado, el tiempo en el que todo nuestro acontecer está por escribirse. Por escribirse y, además, leerse, habida cuenta de que si alguien lo escribe, otro u otra lo leerá o vivirá, que es lo mismo aunque aparente ser distinto.

Al siguiente día de mi hallazgo en torno a los sonidos y sentidos de las palabras, me asomé a otras revistas de cómics y comprobé, sonriente, que ya sabía leer.

Bueno, se terminó el tiempo que me habían asignado. Hasta aquí llegó este breve texto.

Con su permiso, me voy a leer.

Armando José Sequera
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Notas

  1. El texto de este ensayo breve tuvo como inicio la ponencia titulada “Qué me hizo lector”, presentada el 14 de noviembre de 2009 en el 4º Encuentro con la Literatura Infantil y Juvenil en Venezuela, organizado en Valencia por la escritora Laura Antillano.