Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo
Saltar al contenido

Rodolfo Izaguirre:
“Con el cine me convertí en escritor”

domingo 8 de noviembre de 2020
¡Compártelo en tus redes!
Rodolfo Izaguirre
Rodolfo Izaguirre: “Vivo sumergido en la poesía, es decir, en la música, el cine, las artes plásticas, la literatura”. Fotografía: Jesús Peñalver

Conversar con Rodolfo siempre ha sido y será interesante, enriquecedor, sublime y, desde luego, placentero al oído y a la imaginación. Porque bien lo dice: “Soy un hombre de imágenes, así me expreso, con imágenes”. Yo que he tenido el privilegio de conocerlo desde los años ochenta, puedo gloriarme de contar con su amistad, de su afable trato, de su afecto y también de su sabiduría cuando me ha señalado el camino a la hora de asumir un tema para mi labor de opinador. Él, el maestro Izaguirre, ha tenido la gentileza de honrarme prologando un poemario mío, incluso más, el privilegio tengo de que haya sido él quien le puso título, cambiando entonces aquel que había pensado yo originalmente. Evidentemente, mi gratitud será infinita.

Hoy, ya juvenilmente nonagenario, Rodolfo ha accedido a contestar algunas preguntas que se me ha ocurrido hacerle, en el entendido de que han sido muchas las entrevistas que ha dado. Pero él es una caja de sorpresas (frase nada nueva), de modo que algo tendrá que decirnos para beneplácito de los lectores, para la esperanza del país que queremos andar junto a él, como queriendo alcanzar el sol.

 

Rodolfo, ¿algún secreto para acumular tanta juventud, tanta brillantez… esa lucidez que nos arropa, enternece y también nos tambalea la conciencia de país?

Hace al menos más de setenta años, le di una bofetada a un compañero de liceo y todavía hoy me arrepiento. Entendí que en lugar de la violencia navega por mis venas una sorprendente sensibilidad que acaricia las artes. Desde entonces vivo sumergido en la poesía, es decir, en la música, el cine, las artes plásticas, la literatura. Al hacerlo, fui acumulando conciencia del país que me vio nacer (1931) cuando acababa de morir Juan Vicente Gómez y de crecer noventa años a la sombra de dos tiranías militares: la de Marcos Pérez Jiménez y la de la actual pandilla de delincuentes bolivarianos, y entre ambas, cuarenta años de vacilante alternabilidad democrática. Confirmé que soy una flor de loto porque al igual que ella nací en el pantano de un país esencialmente violento. No solamente yo. ¡Todos nosotros! Si hay un secreto que explique mi atolondrada “juventud” sería la de no tomar nada en serio.

 

Me vi obligado a aprender y dominar mi idioma, pulirlo, afinarlo, y me fui convirtiendo en escritor.

Dirigiste en televisión un programa referido al cine; has colaborado mucho para revistas vinculadas al séptimo arte, y tus testimonios forman parte de mucha literatura cinematográfica. Sin olvidar, por supuesto, que fuiste director de la Cinemateca Nacional durante muchos años. Dime algo, ¿crees que has sido lo suficientemente reconocido por tu gestión en la hoy Fundación Cinemateca Nacional?

¡Lamento decir que no lo he sido! Vivimos bajo un régimen excluyente que aborrece al ser sensible que soy. La Cinemateca bajó la cabeza y también gritó: “¡Ordene, comandante!”, y torció el rumbo y se convirtió en una institución mediocre, deprimida, burocrática y de vergonzoso andar patizambo y oficialista. No guarda ninguna semejanza con aquella Cinemateca que conocí y que se iluminaba con las más gloriosas obras del cine mundial.

                                                                                                                             

Crítico, escritor, gerente, docente, conferencista de cine, entre otros desempeños vinculados al área cinematográfica. ¿Te hubiera gustado ser actor, director, productor? ¿Te han pedido alguna vez colaboración para realizar un guion de cine, te ha tocado revisar alguno?

Con el cine me ocurrió algo inesperado: ¡me hice escritor! Para expresar con palabras a los lectores mi júbilo por la gloria visual de las películas de Akira Kurosawa, para poner un ejemplo, me vi obligado a aprender y dominar mi idioma, pulirlo, afinarlo, y me fui convirtiendo en escritor. Supe que finalmente lo era cuando descubrí la misteriosa música que se oculta detrás de las palabras.

¡Pero sí! Recibo guiones para que opine sobre ellos; invitaciones para el estreno de alguna película. Una vez, un muchacho me abordó en Sabana Grande: Maestro, ¿no tiene alguna ideíta como para hacer un guion?

 

El 30 de agosto de este año escribiste en El Nacional: “La patria en mi propia sombra”. ¿Cuánto hay de oscuridad en esa frase?

No hay oscuridad. La sombra es nuestra propia alma, una parte vital de uno mismo, nuestro alter ego. Una extensión de nuestro cuerpo. Allí donde vayamos ella va; y con ella, el país que también somos. Y nosotros, los afligidos, los perseguidos por los desafueros militares, somos la luz que ofrece claridad cada vez que el país se hunde en la oscuridad, y es entonces cuando la sombra reina iluminando mi espíritu y el tuyo.

 

La soledad se llena de rumores, cantos y voces que no parecen ser de este mundo.

Últimamente has escrito —eso creo— verdaderos poemas largos, tratados sociopolíticos, teñidos de historia, del consabido dominio del idioma, de imágenes impactantes pero, sobre todo, de un dolor de país, sin abandonar la esperanza. ¿Sabes bien que nos hace falta, nos hace bien ese estremecimiento dominical de tus letras?

Lo que apenas alcanzo a entender es que mis artículos son la expresión política de un hombre de la cultura y no necesariamente de un político de profesión y mucho menos de un aprendiz. Al mismo tiempo, me esfuerzo por mejorar cada vez más mi escritura, mi manera de decir con elegante mordacidad cosas que desagradan. Quiero que no sean ellas las que estremezcan a los lectores dominicales sino la manera de decirlas. Vislumbré que la manera más eficaz de opinar políticamente es refiriendo pequeñas historias personales llenas de vida porque en ellas persiste algo del país que somos.

 

De Belén, el amor de tu vida (nuestra recordada y siempre querida Belén), has dicho que hoy la soledad, tu soledad, se llama Belén. Y que por esa magia no estás solo. ¿De qué hablas con tu soledad?

Un tema se hace recurrente en mis frecuentes y mudas conversaciones con Soledad: el edénico y maravillado estupor del pas de deux. [No olvidemos que Belén Lobo fue bailarina clásica y luego abrazó la Danza Moderna o Contemporánea liberándose del rigor académico del Ballet; n. del r.]. El pas de deux nos acerca, enlaza nuestros cuerpos, susurra palabras de amor. Y la soledad se llena de rumores, cantos y voces que no parecen ser de este mundo. Y Belén vuelve a decir lo que me dijo dos días antes de morir: “¡No olvides que hice de ti un águila y un relámpago! ¡No permitas que estos chavistas acaben con el país!”.

De eso hablamos. De la danza y del país. Y me pregunta por los hijos. Y cuando soy yo el que le pregunto cómo es el lugar donde ahora vive, me contesta diciendo que, justamente, es más bello que el águila y el relámpago que soy.

Rodolfo Izaguirre
Rodolfo Izaguirre: “Vivimos bajo un régimen excluyente que aborrece al ser sensible que soy”. Fotografía: Jesús Peñalver

En tiempos de pandemia, de Covid-19 o de virus chino (aunque hay cierta reticencia a llamarlo así), ¿te imaginas una conversación con Salvador Garmendia, Adriano González León, Perán Erminy, Caupolicán Ovalles, entre otros tantos intelectuales con quienes compartiste en El Techo de la Ballena o los del Grupo Sardio?

Dejaron de ser nombres privilegiados para convertirse en los mejores apoyos de mi propia vida y son ellos los que lograron que yo fuese un tanto díscolo y encontrara fuerzas para decir lo que tuviese que decir. Oírlos discurrir sobre la pandemia que nos agobia sería como escalar una alta montaña de historias que convocarían a Bocaccio y su Decamerón y a pestes y agonías pero también a graciosos e inteligentes desafueros literarios y humanos.

 

Soy de naturaleza muy humilde y le caigo a correazos a mi ego cuando trata de alzarse o envanecerse.

¿Qué estás leyendo ahora mismo? Tú que has dicho y has hablado tanto —con sobrada razón— acerca de la necesidad de leer para poder escribir. Y al propio tiempo pregunto: ¿estás escribiendo algún libro ahora mismo?

Más que lector soy relector, y me cautiva hoy la lectura de los clásicos que me obligaron a leer cuando no tenía edad ni suficiencia. Libros de Homero, Horacio, Dante, Balzac, Stendhal y tantos otros.

Pero acabo de terminar el libro que le prometí a Belén. Un libro sobre ella. No sobre el ballet sino sobre Belén. Mi hija Valentina desde Los Ángeles me ayudó a estructurarlo. Dice que merece ser publicado por una editorial de prestigio. El libro se titula Lo que queda en el aire. Es una frase tomada de una bella definición del ballet: “Es lo que queda en el aire después que el bailarín pasó por él”.

Tomaré un tiempo y luego me pondré a escribir uno sobre mi propia vida. Noventa años pueden significar todo un siglo en la riesgosa aventura de vivir en un país como el venezolano.

 

Te has convertido en un termómetro de la opinión pública, con tus acertadísimos y muy leídos artículos dominicales. Lo sé porque me lo comentan, porque te leo con asiduidad y en las redes sociales se replican religiosamente. ¿Sabías eso?

La verdad es que nunca imaginé que esos artículos iban a suscitar tanta atención. Soy de naturaleza muy humilde y le caigo a correazos a mi ego cuando trata de alzarse o envanecerse. ¡Con estos frecuentes elogios que recibo termino agotado con la correa en la mano!

                                              

También se observa tu chispa humorística. Tienes buen humor y en eso coinciden prestigiosos y muy experimentados humoristas venezolanos. Según Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, “hay muchos motivos para reírse, hay muchos motivos para temer la zafiedad de un humor barato y hay muchos motivos para celebrar la inteligencia, la sonrisa, la imaginación y la sutileza de nuestras palabras”. Rodolfo, ¿qué es para ti el humor?

Salté de alegría cuando alguien me dijo que yo era un humorista. Sí, de alegría, porque era como si me hubiera dicho que soy un ser inteligente. El humorista, no me refiero al chistoso que se enorgullece cuando se le aplaude con risotadas, es aquel capaz de expresar algo terriblemente grave pero provocando sonrisas en lugar de lágrimas de desconsuelo. El humor grueso, la astracanada brutal, ocupa lugar sólo en las mesas del bar de mala muerte. El verdadero humor apenas si logra producir sonrisas. El humor sería lo que se desvanece en la profundidad de su intención. ¡Además, tiende a ser subversivo! Lo dijo Chaplin: “No reímos cuando vemos caer a un niño o a un anciano. Pero sí cuando alguien imbuido de autoridad resbala y cae”. Es una manera de vengarnos porque los pobres somos más numerosos que los ricos.

 

Finalmente, ¿crees que he dejado de preguntar algo en especial? ¿Esperabas alguna pregunta que no he formulado y que quieras responder ahora?

Me alivia saber que no me has preguntado quién soy, realmente, porque aún no lo sé.

Jesús Peñalver

Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo