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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Edda Armas:
“Nada que nos importe debe postergarse”

viernes 6 de agosto de 2021
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Edda Armas
Edda Armas: “La escritura da pertenencia”.

Las pocas veces que pude hablar con Alfredo Armas Alfonzo (1921-1990) parecieron muchas, porque él estaba acostumbrado a ser padre y a decir, con su voz tranquila, aquellas cosas que lo ayudaban a uno, que lo orientaban a uno.

Cada encuentro con él era como estar en compañía de todo un pueblo; era como escuchar a la gente que sacaba sus sillas a la calle para conversar cuando el sol comenzaba a bajar y a zambullirse en el mar Caribe.

La última vez que nos vimos me dijo “vamos hasta la plaza Bolívar” y ahí nos sentamos a conversar, mientras observábamos el juego existencial de las ardillas oscuras, que corrían por las ramas y bajaban apuradas a comer pedacitos de pan que la gente regaba en aquel mármol.

Nunca imaginé que volvería a encontrarme con el maestro Armas Alfonzo, pero de manera tangencial.

Como a tantos otros, a mí me ayudaron mucho sus cuentos, sus palabras, sus consejos, y nunca me extrañó que cada uno de sus hijos fuera una sensibilidad creadora en sus respectivas vocaciones. Hace un tiempo entrevisté a Ricardo, por quien siento una admiración tan grande como la que me inspiró su padre. Y ahora he sentido una gran alegría entrevistando a Edda, cuya voz es distinta, por supuesto, a la de don Alfredo, y sin embargo te hace sentir que hay unos pueblos fundados por los sentimientos en cada uno de sus poemas, en cada uno de sus trayectos hablados y escritos.

En la plaza Bolívar, en ese diálogo donde yo apenas aportaba algún comentario de poca monta, nunca imaginé que volvería a encontrarme con el maestro Armas Alfonzo, pero de manera tangencial o de carambola, al descubrir un rastro de su voz, de su ternura, de su profundidad, en esos hijos que he ido conociendo.

Bueno, en aquella última ocasión, Alfredo Armas Alfonzo me dijo: “Busca tu verdad siempre en la familia, en los ancestros, en la gente que conociste, y cuando escribas no trates de alegrar o entristecer a los demás antes de hacerlo contigo”. Y eso me ha servido muchísimo.

 

Edda en un foro

La poeta Edda Armas dijo lo siguiente en un foro que organizó la Universidad Metropolitana en el año 2017:

Es imposible que nadie escriba desde el vacío total, que escriba sin las circunstancias que vive, que escriba atemporalmente. A menos que esa fuera la propuesta de ese autor, hacer una poesía que pudiera haber sido escrita en cualquier siglo. Porque realmente estamos ubicados en la creación frente a un universo ilimitado, y cada quien hace lo que cree que puede hacer. Cada quien lleva el registro de lo que le parece que debe dejar registrado, y en eso, entonces, entraría el saber que el abanico de temas es inmenso, tan inmenso como número de personas exista, porque cada quien, aun cuando ahorita mismo hiciéramos un ejercicio de escribir sobre un tema, cada quien lo abordaría desde su propio aspecto, desde sus propias preocupaciones, desde su propio epicentro de angustia existencial, o de angustia creativa.

 

“Fruta hendida”, de Edda Armas
Fruta hendida, de Edda Armas (Kalathos, 2019). Disponible en Amazon

Algunos datos sobre Edda

Edda Armas nació en Caracas, Venezuela, el 2 de junio de 1955. Estudió Psicología Social en la Universidad Central de Venezuela. Dicta talleres de creación poética. Creó en 2015 el sello de poesía venezolana Dcir Ediciones en alianza con Carlos Cruz-Diez y Annella Armas.

Ha publicado los poemarios Roto todo silencio (1975; reedición en 2016), Contra el aire (1976), Cuerdas de serpiente (1985), Rojo circular (1992), Sable (1995), El reino sin fin (1996), La otra orilla (1999), La mujer que nos mira (2000), En bicicleta (2003), Armadura de piedra (2005), Dagas y otras flores / Antología personal (2007), Casa y arcángel (2008), Toma lo simple por el tallo (2009), Corona mar (2011), Sin negativo ni estaciones (2012), Alas de navío (2016), A la hora del grillo (2016), Manos (2019), Fruta hendida (2019) e Íntimas estaciones (2020), así como los relatos Alguna vez el corazón aprendió de la rosa: relatos sobre mi padre (2005). En 2019 edita Nubes: poesía hispanoamericana, compilación suya con 291 autores (Pre-Textos, Madrid, España). Presidió el PEN Venezuela entre 2005 y 2009.

Su obra ha sido reconocida con el Premio Municipal de Poesía de Caracas, en 1995; el Premio Internacional de la Bienal de Poesía José Antonio Ramos Sucre, en 2002, y el Premio de Honor Naji Naaman’s Literary Prizes, en 2014. En 2013 recibió la Orden Alejo Zuloaga en su Tercera Clase de la Universidad de Carabobo, conferida por su obra poética y su aporte como gestora cultural.

 

Un poema antes de la entrevista

En 2009 Edda Armas leyó en Salamanca varios poemas. Me impresionó mucho la fuerza contenida en cada verso, la belleza interior. Pongo este poema como una muestra de lo que ella desplegó en el encuentro salmantino:

Cuenco sagrado

La madre hace con el arca de sus manos
un cuenco a lo sagrado
amasa agrias o dulces palabras
haciendo alto o bajo el barro bruñido
para el que lleva en el vientre
y para el que cría

ardiente brasa del destello y la mordida
donde también
la carne del ciervo
transforma en manjar compartido

la tribu no sabe del inquisitivo mirar
del dardo previamente envenenado
del nómada que arma la casa
con el tapiz en el que duerme

y el hijo siembra
piedra tras piedra, piedra
incandescente, orilla
en el resguardo del afecto

El manto del cielo nos hace familia.

 

Alfredo Armas Alfonzo
Alfredo Armas Alfonzo en 1990. “El mejor consejo que mi padre me dio fue su ejemplo de constancia en el oficio de escribir”, dice Edda Armas. Fotografía: Ricardo Armas

El misterio de su nombre

—¿Influyó tu padre en el deseo de escribir poesía?

—Influyó, sí, desde el deseo. Lo hizo al bautizarme Edda, que se interpreta arte poética en la literatura germánica medieval. Siendo un nombre con una carga trágica en su historia familiar, papá no dudó en desenterrarlo y devolverlo a la luz, poniéndoselo a su primera hija, o sea a mí. Edda había sido una hermanita suya que murió a los pocos días de nacer. Hace poco, hallamos en su estudio una cruz de metal con arabescos con una etiqueta donde leímos con perplejidad: “Cruz de la tumba de Edda, 29.8.1916”. Siendo como somos una sumatoria de deseos, llevamos marcas-influjos-huellas ancestrales, y en mi caso, el manto protector de Edda secretamente estimuló un andar literario, asumida la potencia del misterio de este nombre.

Las palabras son las piezas mágicas a mover en el rompecabezas infinito de la escritura.

—¿Qué consejos te dio?

—El mejor consejo que mi padre me dio fue su ejemplo de constancia en el oficio de escribir. Rigor y atención al lenguaje, al ritmo. Escuchar cuentos de la oralidad en su voz educó mi oído. Tal obsesivo narrador pobló de personajes y anécdotas insólitas las sobremesas los mediodías durante los primeros treinta años de mi vida. Papá estimulaba que uno se hiciese lector. Me inició temprano en la poesía de Juan Ramón Jiménez, Vicente Huidobro y Ramos Sucre. Siento que se nos fue pronto, con 69 años, activo como estaba en la escritura de sus historias de amor y una novela (que dejó inéditas). Lo extraño. Se nos quedó tanto sin conversar. Me pesco hablándole, pidiéndole que me responda en sueños. Después de su muerte mi escritura se detuvo. Se reanudó pasado más de un año, con Sable, un poemario que incursiona con otro lenguaje en temas de la infancia y la memoria convertida en grillo. Intuyo que a él le habría gustado este libro. Este año se cumplen cien años de su nacimiento, y estoy abocada a algunos proyectos en su homenaje.

—¿De cuáles palabras te alejas?

—Las palabras son las piezas mágicas a mover en el rompecabezas infinito de la escritura. Cada una tiene su sino. Si la palabra calza en la oración —en función de lo que quieres expresar— se justifica su inclusión, sea dulce, ácida, amarga o picante… Respondiéndote, apunto aquí que solamente “me alejo” de la violencia de las palabras usadas como látigo pernicioso.

 

“El mar me hablaba”

—¿Qué determinó en tu infancia el camino que seguirías, esa escritura?

—El mar y la cercanía a su rumor incesante. Cuando todo era silenciosa oscuridad y de golpe me despertaba, a sabiendas de que en casa todos dormían, el mar me hablaba y revolvía en mí la arena en los sueños, y al día siguiente necesitaba hacer anotaciones de las palabras e imágenes que brotaban en cascada desde muy adentro, se me imponían rítmicamente sin contención, y yo juntaba oraciones como quien construye un altar. Y así he seguido atravesando los tiempos de cualquier tempestad: caracol al oído.

—¿Cuál es tu sueño más preciado en este tiempo?

—Son tres sueños preciados los recurrentes (dormida o despierta): uno, volver a vivir cerca de mis hijas; dos, ver a mi país salir de esta pesadilla aniquilante, y tres, reencontrarme para un café o una copa de abrazos dialogantes, con familiares y amigos queridos, dispersos por el mundo…

—¿Cuándo sentiste que eras poeta?

—Viví con los lentes del mirar poético puestos desde niña sin saber que se llamaba así. Me dicen que de niña era sensible y curiosa, y que ponía especial interés en cómo se nombraba todo. Supe formalmente de poetas y posturas poéticas, al formar parte en 1975 del primer taller de poesía en la Casa de Rómulo Gallegos, en la séptima avenida de Altamira, al obtener (con una muestra de lo que escribía) una beca de creación por un año, bajo la guiatura de Ludovico Silva, Gonzalo Rojas y Guillermo Sucre. Escuchar sus charlas magistrales, leer en voz alta en grupo nuestros textos y oír sus comentarios, leer la obra de cuanto poeta era nombrado cada semana, entrar en ese cono fecundo de voces, hallar correspondencias, hacernos preguntas, nos inició. Encontrar el néctar del enjambre poético entre las páginas de las afiebradas lecturas me hizo entender que lo que realmente me estremecía era la experiencia de vivir poéticamente: viendo y percibiendo el mundo a través de esa óptica, exprimir y asimilar la naturaleza poética subyacente, en fin, pedalear en clave poética. Y, a mi edad, doy fe de haber experimentado el crisol de sus texturas e intensidades, invariable y cotidianamente, a lo largo de mi vida.

—¿Cómo te ha ayudado la escritura?

—La escritura da pertenencia. Te sabes parte de un clan que, de alguna manera, imanta el mundo.

—¿Qué parte de la vida no puedes explicar, qué se te escapa?

—La tristeza o nostalgia extrema. La pérdida de la razón. El egoísmo y sobre todo la maldad y la perversión humana.

—¿Cuál es tu gran pasión?

—Razonar. Entender. Buscarle la vuelta de tuerca a todo. Saltar obstáculos y confirmar que casi todo es posible. Asimilar secuencias y secuelas en los ciclos de la vida. Observar la movilidad de las nubes como espectáculo que nunca se agota y dejarme sorprender con la extrema belleza de los cambios. Mantenerme en estado exaltado, vigilante, tomada por la sorpresa, con y por ello.

—¿Estás muy cerca de ti o te mueves como si estuvieras en un lugar que no te corresponde?

—Desde hace mucho tiempo me siento en el lugar que me corresponde, o mejor dicho en el lugar en que busqué estar. No así de joven. Braceé la travesía. Aprendí a respirar. A tener paciencia, a sembrar, mecer y cuidar. Navegué interiormente para llegar a esta isla poblada que hoy habito.

 

Edda Armas
Edda Armas: “Vivo las semanas sin reconocer el perfil de cada día, atenta a las noticias de dentro y fuera del país”. Dibujo: Oscar Sjöstrand

“Vivo en un país que cada vez reconozco menos”

—¿Qué lugar ocupa la religión en tu vida?

—Nací en un hogar donde mi abuela materna, Amanda, era muy creyente. Con fervor, le encendía velas a la Santísima Trinidad para que nos cuidara a todos y los planes se hicieran realidad. Me bauticé católica a los ocho años —con plena conciencia de la responsabilidad de creer en Dios y atender los diez mandamientos—, justo antes de irnos a vivir a Cumaná por el trabajo de mi padre. En esa ciudad, a los once años hice la Primera Comunión en la iglesia de Santa Inés, en la misma cuadra de las casas natales de Ramos Sucre y Andrés Eloy Blanco. Para ese tiempo, y en esa ciudad de cielos espectacularmente azules, yo asistía a misa y comulgaba todos los domingos, y ya de adulta sigo creyente aunque vaya menos a misa. Me casé por la religión católica en la Capilla de Piedra que Juan Félix Sánchez le erigió a la Virgen de la Coromoto, en San Rafael de Mucuchíes. Bauticé a mis dos hijas. Rezo, prendo velas a los santos con la misma devoción de mi abuela, creyente en el poder movilizador de la fe y la oración.

Me convertí en editora de poesía, y dedico mucho tiempo a la lectura de manuscritos y a su conversión en libros magnífica y bellamente publicados en la colección de poesía venezolana Dcir Ediciones.

—¿Dónde vives?

—Vivo encerrada, en una ciudad destartalada, en un país que cada vez reconozco menos. Vivo en una casa afortunadamente con jardín donde llevo un pequeño huerto y disfruto del espectáculo del aroma y sus exóticas flores nocturnas: un Cestrum nocturnum y una dama de noche. Vivo agradeciendo tener vista a la montaña Ávila, y al espectáculo constante de las nubes. Vivo las semanas sin reconocer el perfil de cada día, atenta a las noticias de dentro y fuera del país, angustiada por los presos políticos, la censura a la libertad de expresión y al derecho a disentir. Vivo procurando dar ayuda a los demás, pendiente de mis hijas, mis hermanos, sobrinos y amigos que viven lejos, y por supuesto, de mil formas, de los que aún viven en el país.

—¿Qué haces?

—Atiendo emocionalmente a los míos, cocino para animarlos. Expando mi radio de acción hacia otros en la permanente maniobra de sobrevivir y hacer más llevadero el agobio general que nos asfixia. Acopio y transmito información. Asesoro proyectos; procuro enlazar. Me convertí en editora de poesía, y dedico mucho tiempo a la lectura de manuscritos y a su conversión en libros magnífica y bellamente publicados en la colección de poesía venezolana Dcir Ediciones, experiencia compartida con María Clara Salas, Annella Armas y Maribel Espinoza. Mantengo cercanía con la naturaleza (pájaros, plantas, nubes, tierra). Aprendí a vigilar mi tensión. Procuro caminar tres kilómetros diarios y cumplir dietas saludables. No renuncio al café. Retomé lecturas postergadas. Y, tal como leí en Borges, hago de la literatura un espacio lleno de vida: amo, escribo, intercambio, leo, edito, gestiono, comparto, pienso, respiro, medito, alzo y bifurco la vista.

—¿Hacia dónde conduces tu escritura?

—Ella me conduce a mí. Y cada vez le doy más rienda suelta, no-creyente en las casillas. Exploramos juntas. Volvemos a la ola. Oímos. Dudamos. Hacemos y deshacemos, siguiendo el credo de Soledad Puértolas cuando afirma que “escribir te amplía la vida”.

—¿Cómo ha cambiado dentro de ti la ciudadanía, en un país que ha cambiado tanto?

—Sentirme extraña en mi país va en aumento. Demasiados lugares que solía frecuentar en la ciudad donde nací y aún vivo ya no existen, o no me resultan amables, entonces la relación cambia. Hay nostalgias y encerramiento. El radio de movilidad se reduce; en unos nos autoexcluimos, en otros nos excluyen. La ciudadanía es un oficio irrenunciable, soy lectora, rescato valores y memorias, inflamo la palabra para expresarme. No concibo la poesía sin que al unísono haya germinado en mí un alma civil que se opone a toda arbitrariedad que sea causa de sufrimiento.

—¿Qué crees que pasará con el país?

—El país es una angustia que no cesa. Un dolor acumulado. Una historia de pérdida de valores y destrucción por doquier. Es muy complejo. No visualizo una solución a corto plazo al conflicto. No pareciera que vamos en el camino de encontrar luz al final del túnel. Nunca me he querido ir del país. Tengo anclas en mis raíces y el legado familiar. He creado proyectos para permanecer; Dcir Ediciones es el más reciente, concebido como una colección de poesía venezolana, en la que editamos manuscritos inéditos escritos en estos tiempos de zozobra en el país, pensado como un registro. Pero confieso que recién empiezo a pensar que, tal vez, deba permitirme visualizar qué país me daría cobijo, pues la complejidad o imposibilidad de actuar, de moverte, en nuestro país, va estrangulando, la impotencia desespera, y es un sentimiento contrario a la vida.

 

Brincan al tablero diario otras variables: desapego, ayudar al otro (conocido o no), aceptación de la realidad, cuidar-nos, vivir el duelo.

“Se agudizó la necesidad de agradecer”

—¿Se ha dispersado tu familia?

—Dolorosamente sí. Acostumbrados a ser una familia numerosa y superunida, que nos reuníamos en la Lejarazú —el hogar de nuestros padres—, en este tiempo del país, y con la dispersión de la familia, se nos imponen muchas horas de contacto digital. El WhatsApp se nos convirtió en el instrumento más preciado para mantenernos en comunicación constante con hijas, sobrinos, hermanos, amigos, mundo literario. La cuenta va así: de mis siete hermanos, tres emigraron, nueve de mis quince sobrinos, también mis dos hijas, y ni siquiera viven algunos en el mismo país. Además, en abril de 2021 sufrimos la dolorosa pérdida de nuestra amada hermana menor —Patricia— a consecuencia del Covid-19, en Lima, donde se había establecido hace siete años, junto a su esposo y sus tres hijos, por oportunidades laborales que aquí, como a tantos, se les habían cerrado.

—¿Qué te ha hecho sentir la cuarentena?

—Desconcierto (aturdimiento), con la sensación de que por ella habitamos en la boca del lobo. Entramos en otra etapa de la humanidad. Una con mayor conciencia de nuestra fragilidad y de cómo pende la vida de un delgado hilo. Nos impuso procurarnos más instantes para la vida y el compartir. Nada que nos importe debe postergarse. La vida es aquí y ahora. Y brincan al tablero diario otras variables: desapego, ayudar al otro (conocido o no), aceptación de la realidad, cuidar-nos, vivir el duelo, y emprender más acciones para tender puentes. Siento que se agudizó la necesidad de agradecer, valorar y honrar a los otros, reconociendo la tradición y las raíces que nos dan identidad. También me ha hecho sentir urgencias de contribuir más con algunos proyectos que producen bienestar cultural, aquí o allá, y con renovado ánimo seguir aportando y conectando energías para la proyección de la literatura venezolana en el mundo.

José Pulido