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Íntimas estaciones, de Edda Armas

lunes 8 de marzo de 2021
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“Íntimas estaciones”, de Edda Armas
Íntimas estaciones, de Edda Armas (Malpaso Ediciones, 2020). Disponible en la web de los editores

1

Placas tectónicas, plaquetas de voces, plaquette, poemas. Voces traídas en pocos textos que abundan en imágenes y, entonces, Edda Armas con Íntimas estaciones, poesía publicada por Malpaso Ediciones, en colaboración con Casasola, Editorial UNAH, el diario El Heraldo e Inversiones Culturales Honduras, a la sombra benéfica del IV Festival de los Confines, en noviembre de 2020.

El lector que soy, el que escribe crónicas y que se desliza por despeñaderos, ingresa con alegría a estos textos de Edda Armas, en una suerte de retiro espiritual en el que la poesía posee la tesitura de la embriaguez de la soledad.

El tiempo actualizado en los huesos, en lo que quedará de nosotros o los árboles, de las piedras, testigos permanentes de nuestra presencia y ausencia terrenal. Mientras el cielo, también, nos vigila.

Esa cronología ósea que comprime el espíritu supuesta en el poema, en la gratitud de las palabras.

Esqueletos

Quizás ningún momento se repita.
El presente es lo único que tengo, dice la canción.
La fugacidad de lo irrepetible es otra marejada.
La línea que nos separa del cielo nos hace tangibles,
ocupados como estamos de calibrar los pasos
trasiegos, acertamos o erramos, desarropados.
La noche huele a un olor distinto. Las dudas flotan.
Salobres lamemos el cuerpo de ese otro que llega.
Punta de luz que sobrevive por encima de olvidos:
esqueletos ¡levantaos! para hacer por ellos el mañana.

El poema —emblema poderoso— reencarna el cuerpo, lo desviste de músculos, le añade el alma: desde el silencio que procura la muerte la memoria continúa su curso.

 

2

Hay un temor asomado. Hay como una sombra que transpira: el relato del texto, en verso, no transige. La metodología del que lee es sólo un remedo. Aparece un sonido en el poema y el lector lo copia como aviso:

…la jauría llega porque hay una casa
donde siempre se les espera

y los perros, lobos o bestias de humana carne destrozan el hogar, los ojos muy abiertos de los habitantes. Y así, víctimas de los ladridos, “El manto / del cielo nos hace familia”. Dispersa, regada por el mundo, tocada por la saliva de los invasores de esa jauría.

En cada intento, en cada poema que se habrá de escribir, se nota la herida, el rasguño, la cicatriz o el recuerdo, las ganas de deshacer el juego y tratar de recomponer el mundo, de hacerlo de nuevo desde otra mirada:

El hábito de armar
rompecabezas con lo simple…

Porque la existencia, el élan vital del ahogo es también una manera de silenciar el tiempo, ese hábito de respirar.

 

3

Hoy, cuando hay tantos caminos cerrados, trochas quemadas, ríos derrotados, amanece sobre los pies de los andantes, de los que se fueron y se quedaron en una fosa común, o fueron despojados de su pellejo, mandados a someter por el clima.

Y así, “a campo travieso andarán / expuestos / quemados / a la deriva…”, como el país, como la casa sola, como el delirio, como la rabia, como el amor, como el odio, como la locura… la poesía no se permite balbuceos. Dice y dice, canta.

Y para destacar que se vive, se habla del haber nacido con papeles, documentos, apostillados o no, hecho trizas por quienes iguanados provocan el cambio de piel. Provocan la desvida, la muerte de quien viaja descalzo o desnudo hacia el otro nacimiento, el que no tiene regreso:

Mudas de piel.

Un texto de prosa, porque no es prosa, un texto que prosa el poema y lo mantiene vivo, activo desde la mirada ajena, la que no parpadea, la que sabe que volver a nacer es casi imposible.

La poesía no se limita. Es también un imposible que se alimenta de sus propias vísceras, sus palabras.

¿Cuántas estaciones andan por estos poemas de Edda Armas? ¿Cuánta intimidad no dejamos de conocer?

A lo lejos, casi sordo, oímos las cuatro de Vivaldi y el ronroneo de una despedida. Pero también la posibilidad de que haya retorno a la casa. El poema lo sabe.

Alberto Hernández
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