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El desamparo del tabú en flor es su sexto poemario:
José Siles quiere contarnos cómo las tendencias pueden volverse prohibidas

miércoles 7 de diciembre de 2022
José Siles
José Siles: “Cuando siento cierta tensión, cierta saturación estética, entonces es el momento de escribir poesía”.

El escritor español José Siles (Cartagena, Murcia, 1957) ha recorrido a partes iguales los mares de la narrativa y la poesía. Confiesa que hasta cierto momento en su trayectoria vital desdeñó la palabra poética, pero que luego terminó convirtiéndose en el género al que más respeto le tiene. Hoy hablamos con él precisamente por su más reciente incursión en este género: El desamparo del tabú en flor (Verbum, 2022), libro que él califica como “el cuerpo del delito”.

Este catedrático de la Universidad de Alicante ha publicado varios libros de relatos y novelas, como La última noche de Erik Bicarbonato (Aguaclara, 1991), El hermeneuta insepulto (1991), La delirante travesía del soldador borracho (1995), El latigazo (Huerga y Fierro, 1997), La Venus de Donegal (Libertarias, 2012), La utopía reptante y otros relatos (Verbum, 2015) y Kartápolis (Amarante, 2017), entre otros

En poesía, antes del que nos ocupa, ha publicado los poemarios Protocolo del hastío (Vitruvio, 1996), El sentido del navegante (Instituto de Estudios Modernistas, 2000), La sal del tiempo (Huerga y Fierro, 2006), Los tripulantes del Líricus (Devenir, 2014) y La estructura del aire (Verbum, 2019). Además, textos suyos han sido incluidos en diversas antologías y han sido publicados por revistas como Perito en Lunas, Arquitrave o Baquiana.

 

Lee también en Letralia: reseña de El desamparo del tabú en flor, de José Siles, por Alberto Hernández.

José Siles y lo que no se puede tocar

“El tabú es el arte de hornear hordas / a un fuego lento y purificador”, escribes en uno de los poemas de El desamparo del tabú en flor. Este es el sexto poemario que publicas. ¿Qué hay detrás de este libro? ¿Cómo te sientas a escribirlo?

Pienso que cada lector lo interpretará según su visión de la vida y del papel que pueda tener el tabú en su regulación, siendo especialmente influenciable la sociedad en la que se viva y la presión cultural ejercida por la sociedad, que, siguiendo a Popper, será mayor cuanto más cerrada sea (esto es así en todos los temas, pero especialmente en los que denotan mayor complejidad). Ahora, desde mi perspectiva, desde la trastienda donde surge la motivación de El desamparo del tabú en flor, pues creo que hay un momento en el que emerge la necesidad de escribir un poemario para plasmar los sentimientos que, a lo largo de mi vida, han ido surgiendo conforme iba siendo consciente de las cadenas que me impedían realizar tales o cuales deseos (dado que en algunos casos no llegaba a entender la utilidad del tabú). Y conforme iba escribiendo el poemario, iba constatando la complejidad del asunto, pues responde a esa pura dialéctica donde nada es para siempre ni tampoco responde claramente a bondades o maldades sino todo lo contrario; es decir, el carácter positivo o negativo del tabú va a depender del momento personal e histórico y de la cultura en la que se viva.

Esta revelación durante la escritura del poemario me produjo una gran curiosidad y empecé a indagar en la historia. Especialmente en los tabúes de los momentos de auge y declive de civilizaciones como la griega o la romana. Me sorprendió el paralelismo entre la trascendencia de los tabúes en los momentos cumbre de estas civilizaciones (trascendencia en cuanto a su utilidad para el desarrollo y mantenimiento de su estilo de vida) y la impactante trivialidad de sus equivalentes en las mismas sociedades cuando éstas entraban en decadencia (cualquier cosa podía ser tabú porque la trascendencia del tabú se había ido al garete).

Me siento a escribirlo ante la necesidad de hacerlo, ante la urgencia de drenar los sentimientos que me acucian, pero una necesidad tan espontánea como sorprendente para mí mismo y que no tiene nada que ver con marcarse el objetivo de escribir un poemario. Siempre, o casi siempre, funciono de esa manera… Una especie de caos que se organiza solo y que me llama a su vera para que me explique un poco su razón de ser.

Al fin lo escribo y constato el crimen literario. Aquí está el cuerpo del delito: un poemario colmado de sentimientos sin estar a favor o en contra de la coerción del deseo, dado que, simultáneamente, constituye un canto que proclama tanto las excelencias de las prohibiciones para la evolución del ser humano (incesto, canibalismo, parricidio) como las secuelas producidas por la mutilación de las libertades que se derivan de la aceptación del tabú que tan bien describe Freud en El malestar en la cultura.

 

“El desamparo del tabú en flor”, de José Siles
El desamparo del tabú en flor, de José Siles (Verbum, 2022). Disponible en la web de la editorial

En otro poema hablas de la ley seca, la prohibición, “el auxilio de una vigilancia impuesta / por mi sagrado bien”. ¿Cómo abordas el tema de lo prohibido en este libro?

Las sociedades vigiladas donde imperan las prohibiciones emergentes no son un mito, sino una realidad donde se revela el carácter dinámico del tabú: lo que ayer era tendencia, moda, estiloso y hasta tótem (Lauren Bacall fumando un cigarrillo mientras acerca sus labios a Humphrey Bogart), ahora está prohibido. Enlazando con lo que he escrito anteriormente, el tabú pierde su carácter trascendente y se convierte en un instrumento en manos de autócratas, funcionarios y tecnócratas. En definitiva, se trata de provocar un cambio de estilo de vida dirigido por criterios en parte científicos, en parte políticos y en parte sumisos al paternalismo ilustrado: todo para el ciudadano, pero sin el ciudadano (el ciudadano debe adoptar un rol de pasividad y aceptación sumisa de todas y cada una de las consignas emitidas por el papá Estado). Esto aparece claramente en 1984 de Orwell, donde la vigilancia total del ciudadano es asumida con total naturalidad y donde está prohibido todo lo que no esté previsto por el Estado: desde las lecturas y la música hasta las relaciones personales. Ser conscientes de la trascendencia o no del tabú equivale a ser conscientes de vivir en una distopía o en otro tipo de sociedad menos alejada del humanismo.

 

En definitiva, ¿qué es el tabú para José Siles?

Creo que está meridianamente descrito por los antropólogos, pero podría decir que, en todo caso, es una forma de regular la vida cotidiana de un grupo humano de acuerdo a unas reglas en las que el tabú simboliza lo que no se puede tocar. Sin embargo, debido al carácter dinámico de las sociedades, tanto el tabú como el tótem han experimentado cambios que siempre han estado vinculados al nivel cultural e intelectual de la cultura en cuestión. A menor desarrollo y complejidad cultural, mayor simplificación y descualificación de unos tabúes que siempre están presentes, simplemente se sustituyen por otros. T. S. Eliot nos habla en Cuatro cuartetos sobre la incapacidad del ser humano para afrontar la realidad en toda su complejidad, y lo hace tras dos guerras mundiales en las que, especialmente en la última confrontación, se habían transmutado casi todos los tabúes de la noche a la mañana y se habían instaurado nuevos tótems. La subversión del desequilibrio social favorece la instauración de nuevos tabúes… muchas veces de forma ocasional, infundamentada y efímera. Siguiendo a Eliot, diría que el tabú, en sí mismo, constituye una realidad tan compleja como difícil de asimilar y sobre la que no se suele reflexionar demasiado.

 

El desamparo del tabú en flor y la poesía sin límites

En tu libro es frecuente encontrarse con que la voz poética se exprese en segunda persona. Hay un tú del otro lado que a veces es el lector, pero que también puede encarnar otros destinatarios. ¿A quién le habla la poesía de José Siles?

Ahí es donde mejor funciona el autodiálogo, hablar con uno mismo y hasta discutir si es preciso. Cuesta entender el misterio, pero en poesía hasta la tercera persona puede integrarse en un debate interno sin gran esfuerzo. Lógicamente la segunda persona se distancia un poco de la primera y la tercera tiene aún que levantar la voz porque se aleja aún más. Es como cualquiera sin demasiados problemas de dogma podría entender la Santísima Trinidad. Esto nunca constituyó una gran complicación para los esquizofrénicos… ni para sus acólitos.

 

En su reseña sobre El desamparo del tabú en flor, el escritor venezolano Alberto Hernández dice: “Al leer todo el libro entendemos que se trata de una suerte de despojamiento, de dislocamiento”. Se refiere a tu relación con la poesía, o al menos la relación que uno puede intuir al leer tus versos. ¿Sientes que existe ese “despojamiento”? ¿Hay una declaración de intenciones en tu poesía, una suerte de respuesta a lo que el común de los autores considera poesía?

Bueno, depende lo que se interprete como despojamiento: poesía esencialista y desnuda de convenciones, retóricas o modas, cierto ascetismo o desnudez del alma poética… puede ser que sea eso (pero no estoy seguro de que Alberto se refiriera a esto). Respeto todas las interpretaciones de los hermeneutas que se dedican a la crítica literaria, pero todos los que hacemos crítica literaria —incluido yo mismo— solemos analizar los poemarios y novelas en función de nuestras propias experiencias, gustos, derivas, etc. De todas formas, luego Alberto señala el carácter rompedor del poemario y expresa su convencimiento sobre la existencia de una poesía sin límites. Estoy de acuerdo con la idea de que la poesía no tiene límites —o no debería tenerlos—, pero los poetas somos limitados y nuestra poesía hereda nuestros genes, nuestros colores, nuestros gustos, nuestras taras, nuestras preferencias, amores y odios. El despojamiento debería ser, en primera instancia, interior, la lucha del poeta contra sus ortopedias. Eso sí que puede estar relacionado con el despojamiento como búsqueda de autenticidad por sí misma. En definitiva, despojamiento como poesía sin dogmas, moldes o capaz de liberarse de una predeterminada ideología poética, política o mediopensionista.

También señala que el título le parece “retrógrado” y aquí sí que observo cierta precipitación. Luego parece que empieza a advertir el carácter vitriólico de un título que reniega de los nuevos tabúes por la imposición de prohibiciones tan superfluas como inconsistentes y que lo único que persiguen es la domesticación del ser humano de la manera más “técnica” posible a base de ir incrementando la regulación de las vidas de la gente mediante prohibiciones cada vez más intrascendentes y sin utilidad (la prohibición por la prohibición) que incluso nos pueden aparecer inocentes. Aquí me quedo con Orwell, su 1984 y el concepto de “vigilante” omnipresente encargado de decidir por nosotros lo que se puede hacer y lo que está absolutamente prohibido. En fin, lo que quiero decir es que, sea cual sea el tabú, es preciso que su aceptación o rechazo sea la consecuencia de una reflexión sustentada en el pensamiento crítico, la libertad de las personas y el bien común.

 

Hay un elemento que atraviesa buena parte del libro y es el manejo inteligente del humor, que por lo general se presenta en la forma de frases que bien pueden estar cargadas de pesimismo o bien de un espíritu sardónico. ¿Puedes hablarnos de este tema?

Yo diría que demasiadas veces sólo vemos el blanco o el negro, el optimismo (todo se va a arreglar fácilmente), o el pesimismo (esto es un disparate y no merece la pena intentar solucionar nada porque no hay solución). Entre medias hay otras opciones vitales que se pueden expresar mediante la voz poética. Por ejemplo, el irónico, que no piensa que la situación se vaya a solucionar de aquí a mañana, sino que requerirá su tiempo y adopta una postura estética de distancia, donde aún anida la esperanza, permaneciendo avizorante al movimiento de la marea y a la alternancia de las siluetas de Selene; creciente, menguante, llena, etcétera.

Me cuesta mucho no mostrarme como soy y no me apetece hacer ese esfuerzo, ni creo que me compense para nada. Tanto en narrativa como en poesía siempre me sale la vena de un humor ácido que rima en asonante y en consonante con el enfoque irónico con el que me enfrento a la existencia. Es un humor algo vitriólico que, sin embargo, no pretende ofender ni despreciar nada de nadie porque, en el fondo, tal como decía Terencio, un comediógrafo romano de origen africano del siglo II antes de Cristo: “Nada de lo humano me es ajeno”. Es decir, me veo como compañero de especie —una especie de miles de años de evolución— en un viaje efímero y cargado de misterio que es la vida y en la que todos estamos a punto de algo que nos puede sorprender para bien o para mal.

 

Cuando siento cierta tensión, cierta saturación estética, entonces es el momento de escribir poesía.

La poesía y el autoconocimiento

Tienes una obra extensa en narrativa, incluso con novelas que han recibido importantes premios. ¿En qué género te sientes más a gusto? ¿Narrativa o poesía?

Depende del momento siento la necesidad de expresarme en prosa y construir relatos que pueden acabar siendo novelas o, por el contrario, buscarme mediante la poesía indagando en los sentimientos que permanecen aletargados en mi subjetividad. Cuando siento cierta tensión, cierta saturación estética, entonces es el momento de escribir poesía. Por el contrario, la narrativa surge de ideas que voy madurando con el tiempo y que, llegado el momento, considero inevitable tener que escribir.

De joven me sentía mejor con la narrativa y no le hacía mucho caso a la poesía. Sí era un tanto desdeñoso con la poesía, pero con el tiempo me he percatado de la importancia que tiene la creación poética y dejar que fluyan los sentimientos que se van acumulando a través de las experiencias.

 

Ese aliento narrativo de los textos que conforman El desamparo del tabú en flor, esa estructura conversacional en los versos, ¿de dónde viene? Específicamente en el género poético, ¿cuáles son tus lecturas y cuáles tus influencias?

No lo tengo demasiado claro, pero estas preguntas ayudan a indagar en nuestro propio autoconocimiento. En primer lugar, ese es el principio y fin de mi pulsión poética: el autoconocimiento. Preguntándome por mis influencias, pues, está claro que tengo un flujo doble de experiencias que me alimentan vivencial y poéticamente: el flujo experiencial de la vida cotidiana o experiencia directa, y la oleada de experiencias secundarias que me fluyen a través del arte en general y la lectura en particular. Esto podría entenderse como una variedad de culturalismo. Para Carnero el “culturalismo puro” se caracteriza por la sustitución analógica en la construcción del poema: Por ejemplo, la primera persona se transforma en tercera, o en algunos casos —como en el de mi poemario— en segunda persona.

Pero evidentemente ni este poemario ni los anteriores responden a los criterios de ningún ismo de una forma que podamos denominar “pura”. Mis lecturas van desde los clásicos del Renacimiento como Shakespeare hasta románticos ingleses como Samuel Taylor Coleridge (que incidió significativamente en otro de mis poemas: Los tripulantes del Líricus), pero para no hacer un exhaustivo y cansino listado de autores, me quedaré con tres:

  • T. S. Eliot, que en La tierra baldía concita de forma polifónica una mascletá de referencias sobre mitos, fábulas y leyendas esenciales para la literatura literaria occidental (que de alguna forma es un precedente del culturalismo). Eliot, en “Abril el mes más cruel” —integrado en el mismo poemario— es etiquetado de pesimista por los exégetas de turno, aduciendo que esa melancolía era la representación de la desilusión de toda una generación; para otros críticos, empero, ese mismo poema era la expresión vehemente de un deseo: la regeneración global que la sociedad necesitaba urgentemente.
  • Otro de los poetas que pienso me han influido es Vicente Huidobro, particularmente por su rabioso e incandescente anhelo de libertad. Mediante el creacionismo sostenía la necesidad de una poesía independiente incluso de la naturaleza, pretendía transformar la poesía en una herramienta divina y al poeta en un dios. Esto implica un listón muy alto y, aunque me tienta, no considero la poesía como un instrumento de creación absoluta, en todo caso de recreación, y al poeta tampoco lo veo muy divino del todo, no, sobre todo cuando precisa de retorcer el léxico para plasmar dosis ajustadas de innovación poética; pero de aquella parte rebelde del creacionismo hubo una época que me influyó.
  • He dejado en último lugar al poeta que más me ha influido: José María Álvarez, cartagenero como yo, historiador y gran amante del arte y la vida. Además del collage referencial que Álvarez construye en sus poemarios, como Museo de cera, o todavía en mayor grado en La Edad de Oro (donde pone voz poética a exiliados durante la Antigüedad en su ciudad natal); el cartagenero adopta los usos y costumbres del intimismo (aconfesional) para lubricar sus diferentes referencias con una reflexión antropológica sobre lo sagrado, lo profano, los mitos, los tabúes, las costumbres y, en fin, sobre la condición humana. En este rincón de la poesía sin fronteras demasiado claras, pienso, es donde más a gusto me encuentro y donde tal vez se pueda interpretar mejor la razón de ser de El desamparo del tabú en flor.

 

Eres catedrático de la Universidad de Alicante. ¿Sientes que tu actividad profesional enriquece de alguna manera tu trabajo literario?

La interacción con los estudiantes es una fuente inagotable de combustible para el alma y la mente, pero tal vez me he nutrido aún más con el ejercicio de mi profesión como enfermero, pues trabajando en diferentes hospitales tuve el privilegio de empaparme de un enorme caudal de conocimiento sobre el ser humano de la forma más plural (interactuando con personas de diferentes condiciones sociales, económicas, culturales y problemas de salud) y directa.

 

Con una obra que abreva de más de un género, es natural preguntarse hacia dónde dirige su mirada actualmente José Siles. ¿En qué proyecto te ocupas en este momento?

Estoy con un principio de novela, pero no acaba de encauzarse la cosa. Ya veremos, pero sí ando liado con un embrión de novela.

Jorge Gómez Jiménez