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Su poemario Bajamar es una reflexión sobre la ausencia
Christian Díaz Yepes trata de vivir la poesía como mística

jueves 14 de diciembre de 2023
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Christian Díaz Yepes
“Entiendo la poesía del mismo modo que la búsqueda cristiana”, dice el poeta y sacerdote venezolano Christian Díaz Yepes, en la gráfica durante la presentación de su cuarto poemario, Bajamar. Web del autor: diazyepes.com

La poesía, como vehículo de expresión artística, y la mística, como sendero hacia la comprensión íntima del mundo, convergen en un diálogo que desafía las fronteras del lenguaje y el sentido de lo humano. En esta exploración de lo inefable y lo trascendental, nos adentramos en la obra del poeta y sacerdote venezolano Christian Díaz Yepes (Caracas, 1980), cuyo libro Bajamar propone una reflexión sobre la ausencia, la complejidad del alma humana y su relación con lo divino.

Autor de una densa profundidad filosófica y de un fino hacer poético, Díaz Yepes podría enmarcarse en la tradición de poetas que escriben desde el seno de la experiencia religiosa —como sor Juana Inés de la Cruz o fray Luis de León—, pero nos quedaríamos cortos en la descripción. Este discípulo de la poeta Elizabeth Schön escogió la poesía como territorio para la búsqueda de respuestas ante el gran enigma que encierra nuestro devenir.

Su carrera lo ha llevado a Madrid, en cuya Archidiócesis ejerce el sacerdocio. También es capellán de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense y profesor de Teología en su ciudad natal, en la Universidad Católica Andrés Bello. Antes de Bajamar publicó los poemarios Las ruedas (1999), Una barca (2004) y Aquedah (2014) —de los que nos habla hoy— y varios títulos relacionados con temas de espiritualidad y reflexión cristiana. Muestras de su trabajo poético, pero también de su apostolado, pueden verse en su web, diazyepes.com.

 

Lee también en Letralia: reseña de Bajamar, de Christian Díaz Yepes, por Alberto Hernández.

Christian Díaz Yepes y la ausencia como tema de la poesía

En Bajamar hay todo un entramado semántico alrededor de la imagen del mar. Es una imagen muy poderosa que nos habla de hondura, de travesía y vastedad, pero también de muerte (no dejamos de recordar los versos de Jorge Manrique). ¿Qué significado tiene este símbolo en tu libro y en tu poesía?

Yo no soy un hombre de mares, sino de montañas. De hecho, en gran medida debo reconocer que el mar me abure, mientras que me fascinan lo escarpado y agreste de las montañas. Efectivamente, en Caracas escribí mucha más poesía en mis subidas al Ávila que en el litoral o en Margarita. Sin embargo, al poetizar, el mar vuelve a mí una y otra vez, con la persistencia de sus olas que pueden modelar las rocas más duras. El porqué de esto sigue siendo para mí un misterio, así que me dejo llevar y los versos fluyen.

En Bajamar, paradójicamente, el mar aparece en su no estar, en el descenso de su nivel hasta la desaparición. Cuando conocí esto por primera vez en Galicia, en 2010, experimenté un asombro que sólo podía tratar de expresar en poesía. En Venezuela estamos familiarizados con el Caribe, que es exuberantemente recio y abundante. Nunca se nos ocurriría pensar que el mar puede retirarse varios kilómetros más allá de su orilla y dejarnos andar por su lecho a pie enjuto, como en una tierra arrasada. Esa impresión coincidió con mi partida de Venezuela, ya inminente entonces, y con un experimentar todas las pérdidas afectivas, vocacionales y espirituales que a tantos nos ha tocado pasar al dejar nuestra patria. Por eso Bajamar resultó ser un poemario tan referido a la pérdida, las ausencias, ese algo que se nos ha arrancado. Sin embargo, como pasa al andar sobre la bajamar, es una impresión acompañada por la esperanza cierta de que la vida volverá y que merecemos esperar ese advenimiento con el alma purificada.

 

“Bajamar”, de Christian Díaz Yepes
Bajamar, de Christian Díaz Yepes (Avant, 2023). Disponible en la web de la editorial

Tus poemas exploran temas como la ausencia, la esperanza, el olvido y la soledad. ¿Cómo abordas estos temas en el contexto de la profundidad del ser y del existir?

Una experiencia que ha marcado mi vida como sacerdote y como buscador de la eternidad fue haber trabajado en mi adolescencia con Elizabeth Schön, transcribiendo sus poemas. Como se sabe, ella era una poeta metafísica. En el sentido heiddeggeriano, se puede decir que era una apasionada por la búsqueda del ser y el fluir del existir (sein / dasein), aunque ella solía referirlo siempre a la polaridad entre Parménides y Heráclito (el Ser es / el Ser fluye), a quienes llamaba “sus grandes amigos”. En esa tensión entre la permanencia y el devenir, entre lo que está y lo que adviene, toca y pasa, entre los temas de la ausencia, la soledad, el encuentro y la esperanza. Trato de reflejar en mi poética este itinerario vital y también ontológico.

 

Uno de tus poemas propone que una de las formas del heroísmo sea “saberte totalmente indefenso / y confiar”. ¿Puedes hablarnos un poco más de esto?

Entiendo la poesía del mismo modo que la búsqueda cristiana. Ésta supone un desarmarnos, un soltar toda seguridad y asidero para entrar en esa marea de las preguntas e inquietudes más acuciantes, que afortunadamente no suelen ser respondidas de manera conceptual, sino que fluyen como aproximaciones, parábolas, tanteos que envuelven nuestra persona, pero a la vez nos dejan en libertad, como la llama en la que ardía la zarza de Moisés, haciéndola tremenda y fascinante, pero sin consumirla.

 

Bajamar, la obra de un hombre que poetiza como sacerdote

Hay un profundo tono místico en tus poemas, en especial los que tienen a Dios como interlocutor explícito o implícito. En el mundo contemporáneo, violento y no pocas veces inhumano, ¿qué tiene que decirle tu poesía a ese “hombre que cree estar vivo”, como dices en otro poema?

Tan sencillo y tan comprometedor como que hay que buscar estar auténticamente vivos. No somos sólo quienes han de producir (homo faber), quienes conocen algo (homo sapiens) o, peor aún, quienes consumen. Somos porque amamos, porque podemos apasionarnos, sacrificarnos y trascender para generar vida más allá de nosotros (homo amatus, patientis et amantis). En otro poemario trato de expresar esto mismo con un verso muy claro: “Si no amo, ¿de qué sirve estar vivo, mientras la tarde se acerca?”.

 

Como sacerdote y escritor, ¿cómo se entrelazan tu espiritualidad y tu creación poética? ¿Existe una influencia directa de tu fe en tu escritura?

Más que una influencia, hay una relación inseparable. Pero, también sin confusión. No hay dicotomía ni competición entre ambos matices de mi persona. Soy servidor del Lógos de Dios, es decir, de la Palabra creadora, que es la verdad y el sentido de todo lo que existe, y que ha acampado entre nosotros, como lo reconoce por siempre el evangelio de san Juan. Por eso, todo lo que me permite vivir en esta relación humana y divina me hace realizarme más plenamente. He de decir que poetizo como sacerdote. Ambas dimensiones de mi servicio al Verbo encarnado requieren una buena dosis de soledad y meditación, que no son aislamiento ni ruptura con los demás, porque el Verbo exige ante todo una escucha y luego atención para comunicarlo oportunamente. Se trata de una dinámica de contemplari et contemplata aliis tradere, “contemplar y transmitir a otros lo contemplado”, como lo asumía santo Tomás de Aquino. Mi labor como sacerdote me ayuda a estar a la escucha de la Palabra de Dios, de la historia y de cada persona en particular. Con mi poesía trato de prolongar, y de cierta manera “interpretar”, esta escucha a través de nuevas formas. Pero todo brota del Evangelio, que es esa paleta donde artistas de todos los tiempos han mojado su pincel, como decía Chagall.

También debo acotar que, como trato de vivir la poesía como mística, ésta conlleva una ascética. Esto se refiere al esfuerzo personal, una cierta disciplina y constancia que muchas veces exigen renuncias y sacrificios. Trato de mirarme mucho en el espejo de los músicos que, si bien pueden sorprender con improvisaciones muy llamativas, para alcanzar la maestría tienen que dedicar muchas horas a ensayar y afinar la voz o los instrumentos. Como decía otro pintor: “La inspiración es esa musa que nos pilla con los pinceles en la mano”. Por eso mismo no me gusta publicar los poemarios con mucha proximidad en el tiempo, sino que dedico horas y horas a releer, recitar, pulir y reconsiderar cada poema. Luego los dejo macerar en el archivo de manuscritos para reencontrarlos con un nuevo sabor más adelante en el tiempo. Es también una labor de destilería.

 

Bajamar es tu cuarto poemario. ¿Cómo sientes que tu voz poética ha evolucionado a lo largo de tu carrera literaria?

Mi itinerario poético se inició muy pronto. Recibí los premios nacionales de la Casa de la Poesía de Venezuela y del Ateneo de Caracas a los quince y dieciséis años, respectivamente. Luego mi primer poemario ganó el Concurso de Nuevos Autores de Monte Ávila Editores Latinoamericana, cuando apenas tenía dieciocho años. Fue una temeridad haber enviado ahí mi manuscrito, pero el jurado reconoció que había una voz y una propuesta poética serias que merecían darse a conocer. Así apareció Las ruedas, como una expresión de las búsquedas de la adolescencia, a saber, el sentido vital, un auténtico y otros falsos amores —con todo el contraste que suponen—, el desasosiego y la necesidad de una esperanza contra toda esperanza. La publicación del libro en 1999 coincidió con el descubrimiento de mi vocación sacerdotal, lo cual me hizo pensar que debía dejar la pluma y los folios en la orilla, como los Apóstoles dejaron su barca y sus redes para seguir a Cristo, por lo que opté por enterrar el talento. Gracias a Dios, un par de años después, un superior mío en el Seminario San José de Caracas me conminó a volver a escribir. Así surgió Una barca, publicado en 2004 por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Este es un poemario de una estética muy distinta, más sencilla, y en muchos rasgos hasta diría que naif, pero he entendido que ese cambio de tono respondió al nuevo nacimiento con el que experimenté mi llamada vocacional. Pasaron algunos años, fui ordenado sacerdote y ese acontecimiento me empujó a expresar mi relación con Dios como un Padre que no menoscaba en someter al Hijo por la prueba más descarnada, literalmente, para entonces levantarlo con el soplo de su Espíritu. Así surgió Aquedah, publicado entre Caracas y Madrid en 2014, como una confesión a corazón abierto. Ahí reconozco una estética más asentada entre mi primer “desenfado expresivo”, como calificó mi primer libro el jurado de Monte Ávila Editores, y las ingenuas pinceladas de Una barca, como las califico yo. Entre esos años compuse también La noche y el deseo, que llegó a ser nominado para el Premio Mundial de Poesía Mística en el Vaticano en 2010, pero que aún sigue inédito, con todo y que lo sigo reconociendo como mi fruto más maduro en estos veinticinco años entre mi primer libro y Bajamar, que ahora ha salido a la luz. En este tiempo he concluido otras tres obras, que espero encuentren también su momento. Pero por ahora las dejo añejar por otro tiempo prudencial.

Ahora bien, más recientemente me he visto sorprendido por una estética, fruto de una ética, en la que cristaliza más límpidamente mi única vocación de sacerdote-poeta. Me voy moviendo hacia formas más clásicas, a la vez que sigo explorando las preguntas más acuciantes del hombre de nuestro tiempo, si es que puede decirse que exista algo así. Algún amigo al que he dejado leer unos textos recientes me dice que suenan a canto gregoriano, y realmente no me sorprende que sea así, pues este es el universo lírico en el que estoy cada vez más inmerso.

 

En ningún sentido me sirvo de la experiencia religiosa para componer poesía.

“Sostente en la poesía”: la enseñanza de Montejo

El sacerdocio es una vocación, un rumbo y una misión; algo similar podríamos decir de la poesía. ¿Se puede comparar un llamado con el otro?

La poesía alimenta mi sacerdocio en cuanto manera de acercarme a la realidad, tanto la presente como la eterna. Esa realidad puedo ser yo mismo o la que me viene al encuentro en cada hermano o esa realidad más íntima y trascendente que es, en mí y en los otros, la experiencia de Dios. Luego esto se traduce en una relación muy concreta con el Lógos encarnado, que continuamente me ayuda a moldear la forma de transmitir esperanza, de abrir hacia el horizonte más vasto que cada uno lleva en sí mismo, a la vez que nos supera. La Palabra hecha vida me ayuda a acompañar a muchos en su peregrinación tras este horizonte. Hölderlin sentenció que el hombre ha de habitar la tierra poéticamente; yo, sinceramente, reconozco que trato en todo de habitarla así.

Con esto aclaro que en ningún sentido me sirvo de la experiencia religiosa para componer poesía. Una persona no “se sirve” de su cuerpo para amar a otra ni “se sirve” de su mente para entender su vida, sino que es completamente persona cuando ama, cuando piensa y cuando se relaciona con otros. La espiritualidad es la experiencia de unificar estos aspectos en un todo armónico que se proyecta hacia lo eterno. Por eso yo trato de vivir a plenitud la llamada que Dios me ha hecho y de allí brota todo: el sacrificio de Cristo en el altar, la predicación, una instrucción o consejo a las personas… Todo esto lo vivo como experiencia poética que luego se expresa a través de palabras y formas concretas.

 

En tu poesía se dejan entrever ecos de Montejo, de Gerbasi. ¿Cuáles son tus lecturas poéticas? ¿De qué autores sientes una relación maestro/discípulo?

Con Bajamar sale discretamente a la luz mi filiación desde dos voces muy queridas de la poesía venezolana y universal: Elizabeth Schön y Eugenio Montejo. Con Elizabeth empecé a trabajar a los quince años, cuando un compañero de mi colegio, de la familia de Ida Gramcko, me dijo que una tía anciana necesitaba un ayudante para transcribir sus poemas en una vieja computadora que ella no tenía ni idea de cómo usar. Así se inició mi discipulado al lado de la poeta de la cesta y el mar, de las apariciones y de una muy sentida metafísica del amor. Cada semana yo acudía encantado a su quinta de Los Rosales, que era un microcosmos del arte de las vanguardias venezolanas y los ingenios de su amado Alfredo Cortina. Elizabeth muchas veces componía “en vivo”, mientras me dictaba, y luego ponía de lado los manuscritos para dejarse llevar por la inspiración. Después, con todo mi asombro, se atrevía a preguntarme qué me parecía el resultado final y si le sugería cambiar algo. Me enseñó así que la labor poética tiene esa dimensión individual en que el poeta escucha y plasma lo escuchado internamente, pero también se enriquece por el intercambio con otros, que dan nueva resonancia y maneras de acoger aquella voz. Cuando dejé de trabajar con Elizabeth hacia mis veinte años para entrar al seminario, ella se conmovió profundamente y me animó a estudiar mucho el latín, pues recordaba cuánto en el pasado le fascinaba asistir a las misas en el rito antiguo, donde lo importante no era que se entendiera o no la lengua usada, sino que su sonoridad era capaz de transportarnos más allá y abrir las puertas de algo santo y grandioso. Esto ha permanecido como una de las claves de mi sacerdocio y también de mi búsqueda lírica.

Con Eugenio Montejo me tocó compartir el escenario de un recital en el Teresa Carreño en 2001. Subí allí con temor y temblor, debido al compañero con el que compartiría el podio. Yo había quedado enamorado de su poesía desde mi primer contacto con ella, a los trece o catorce años. Leía y releía con fruición los poemas de Terredad y de Trópico absoluto, con toda la fuerza sutil y la elegancia de sus versos. Al final de nuestro recital, Eugenio me honró con un fuerte apretón de manos que selló una amistad muy gustosa, hasta que murió en 2008. Nunca olvidaré las palabras que me dijo al despedirnos esa noche, las cuales he incluido como un verso de Bajamar: “Sostente en la poesía, déjate sostener por ella en un mundo que se cae”. Poco antes de morir, Eugenio tuvo tiempo de felicitarme por mi ordenación sacerdotal y me conminó a seguir explorando siempre más la relación entre la poesía y la mística.

 

Considerando tu carrera literaria hasta la fecha, ¿podrías compartir con nosotros si tienes en mente nuevos proyectos creativos o literarios?

Claro que los tengo, y muchos. Todos estos años he ido combinando el género poético con la redacción de otros textos de espiritualidad y reflexión cristiana. Cada semana tengo que escribir una meditación para el periódico La Razón, de España, y paralelamente voy completando algunos libros más extensos del mismo género. En cuanto a la poesía, tengo tres obras que ya están acabadas, como ya he dicho, y otras tres en la libreta de trabajo. Así que sigo adelante en este never-ending work, que comencé hace un cuarto de siglo, del cual cada poemario no es sino un capítulo más.

Jorge Gómez Jiménez

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