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En Mar de sargazos plasma la integración del mundo interior y exterior
Giselle Duchesne Winter: la poesía sin etiquetas

jueves 16 de mayo de 2024
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Giselle Duchesne Winter
Giselle Duchesne Winter: “Existe una pulsión contradictoria que atraviesa mi poemario Mar de sargazos de principio a fin”.

Giselle Duchesne Winter es una autora con un universo personal muy diverso. De padre puertorriqueño y madre inglesa, a los once años fue trasplantada de su Caribe natal a Canadá. En su voz poética hay resonancias de esas realidades, que ella ha enriquecido durante toda su vida con lecturas y con una visión integrista del mundo. Hoy reside en Washington, DC, y acaba de publicar con la alianza editorial Letralia-FBLibros su tercer poemario, Mar de sargazos, del que conversamos en esta ocasión.

En Mar de sargazos el lector es conducido a un viaje profundo con el mar como símbolo central. Este libro no sólo es un testimonio de su oficio, sino también una exploración íntima de temas universales como el amor, la muerte y el cuerpo. Sus metáforas, a menudo encarnadas en una variedad de personajes del bestiario, nos invitan a una reflexión constante sobre nuestra relación con el mundo natural y nuestros propios sentimientos.

Después de pasar mucho tiempo apartada de la escritura, Duchesne Winter la retomó en 2013 con la publicación de Vértigo en la casa sitiada, al que seguiría dos años más tarde La cueva de alambre. Su poesía ha evolucionado y su nuevo libro, Mar de sargazos, es una muestra fehaciente de ello. En esta conversación con la autora, conoceremos los temas que la inspiran, sus procesos creativos y la visión que subyace bajo sus versos.

 

Giselle Duchesne Winter: poesía ante la totalidad

—Destaca en Mar de sargazos la unidad temática, que se aprecia en la nítida definición de tu voz poética a lo largo de sus 111 poemas. ¿Cuánto tiempo te tomó escribirlo? ¿Respondió a un impulso poético concreto o son poemas que has escrito en diferentes etapas de tu trayectoria autoral?

—En este libro hay una mezcla de algunos poemas más viejos con otros nuevos, que escogí, para formar el poemario con cierta unidad poética. Pero la mayor parte de los poemas fueron escritos durante el año 2020, y lo terminé de redactar en 2021. O sea que, aunque incluye poemas de otro tiempo, el mayor volumen de poemas respondió a un impulso poético que tardó alrededor de un año para convertirse en Mar de sargazos.

—En el libro haces uso de un juego de metáforas basadas fundamentalmente en temas marinos —como podría esperarse por el título—, pero también comparas las distintas emociones humanas con eventos naturales (“el ojo de la tormenta”, “un eclipse solar desangrándose”) e incluso con características animales. ¿Cómo defines la esencia poética que intentaste capturar en este poemario?

—Considero que es reflejo de la integración de la naturaleza misma con la condición humana, como parte activa, y no como observadora de ésta. En otras palabras, la emoción es una expresión de la naturaleza, así como el ojo de la tormenta, y no dos entes separados. Hay una integración del mundo interior y exterior. Es esa esencia de la inseparabilidad de la naturaleza vegetal y animal con lo humano lo que trato de capturar en cada poema. Es una convivencia, una consagración del todo planetario. El poeta inmerso en el paisaje de un cuadro, el planeta, del cual no se puede salir. Creo que responde a una visión personal del mundo como un entero indivisible, aunque a veces disfuncional y aparentemente fragmentado, empeñadamente indivisible.

“Mar de sargazos”, de Giselle Duchesne Winter
Mar de sargazos, de Giselle Duchesne Winter (Letralia-FBLibros, 2024). Disponible en Amazon

—Hay un personaje, una “Maga gloriosa, indomable, indestructible, invicta”, que atraviesa los poemas de tu libro como en una suerte de evolución. ¿Podrías hablarnos más sobre este personaje? ¿Cómo se relaciona con los temas explorados en el libro?

—La Maga representa la multiplicidad de personajes que pueden coexistir en una persona. La ambigüedad que a veces enfrentamos con nosotros mismos. Existe una pulsión contradictoria que atraviesa el poemario de principio a fin. El personaje de La Maga encarna esa paradoja que nos desborda. La Maga lo mismo se declara invicta como muerta, es la antítesis que enfrentamos como aparentes opuestos, pero que terminan por diluirse. Paralelamente, el mar de sargazos siempre ha representado ese desconcierto. Yo nací en una isla del Caribe, Puerto Rico. Mi padre era puertorriqueño y mi madre inglesa. Se conocieron en Europa y luego se establecieron en Puerto Rico, en donde nací. A raíz de una separación, mi madre se trasladó a Canadá, cuando yo tenía once años. Este evento tuvo un impacto inmensurable en mi vida y en todo lo que escribo. La convulsión del mar, y a su vez la belleza inalcanzable, todo se encuentra en la simbología del personaje, La Maga y el mar de sargazos.

 

Mar de sargazos, los sueños como materia poética

—El mar aparece como un motivo recurrente en el libro. A veces le atribuyes connotaciones relacionadas con la tristeza (“El final del océano es el cielo desparramado / la ilusión perdida / el amor abandonado”), otras veces aparece velado tras menciones al horizonte o a imágenes en las que está implícito o relacionado. ¿Qué significado tiene para ti como autora?

—Como decía, la mudanza repentina, a la edad de once años, de un pequeño pueblo de Puerto Rico, en la costa este, a un país continental del norte, fue un suceso drástico y dramático. Son dos lugares opuestos. Los inviernos canadienses son crueles, o por lo menos así yo los sentía, porque no estaba ambientada en ese clima. El país es gigantesco, el idioma, diferente... No podía haber mayores contrastes. En el libro hay muchas imágenes que se contraponen. El mar es una de estas imágenes que lo mismo representa calidez como abandono. Igual nos ofrece convulsión como tranquilidad. El paisaje del mar va persiguiendo a cada poema, aunque con cambios de ánimo. En ocasiones pasa a ser una memoria brumosa, pero su presencia siempre persiste en el poemario, porque el mar fue el paisaje constante de mi infancia en Puerto Rico, una isla en donde el mar se aparece por todas partes.

—Otro tema que se encuentra en varios de los poemas es el de los sueños. ¿Qué papel desempeña el elemento onírico en tu poesía?

—Representa mucho. No sé quién dijo: “vivo soñando y sueño viviendo”... Los sueños son parte de mis poemas y mis poemas son parte de mis sueños. No levanto una barrera clara entre ellos. El elemento onírico está imbuido en mi escritura de una forma inseparable. En los sueños no siempre hay una lógica de sucesos ni de emociones, está la subconsciencia en el juego. En la escritura también. Podemos experimentar con la libertad de cambiar eventos, de no seguir una lógica estrictamente realista. Igualmente, cuando soñamos.

—“Inventamos palabras / como pétalos que crecen para llegar al paraíso”, escribes en uno de los poemas. La palabra es, a juzgar por este libro, otra de tus preocupaciones, y un lector atento podrá rehacer una suerte de ars poética diseminada aquí y allá. ¿Cómo concibes el poder y la importancia del lenguaje en tu poesía?

—Creo que mientras más lenguaje se adquiere, más profunda puede ser la imaginación y más hondo el mundo interior de una persona. Yo crecí y me formé en dos mundos simultáneamente: en el mundo hispano y en el mundo anglosajón. Cuando llegué a Montreal, Quebec, tuve que lidiar con el inglés y en aquellos tiempos no había ninguno de los programas de hoy día de transición, como los programas bilingües. Aunque posiblemente era más beneficioso como lo hacían antes, inmersión total, o cold turkey, como dicen en inglés. En la provincia de Quebec se hablaba inglés y francés, y yo no era fluida en ninguno. Naturalmente aprendí inglés. Pero desde entonces, tuve la preocupación de no sólo preservar, sino de cultivar mi idioma materno. Eso me motivó a regresar a Puerto Rico, para estudiar Humanidades y Literatura en la Universidad de Puerto Rico. Pero no era tan sencillo. Dicen que la cultura la transmite la madre, y mi madre inglesa me enseñó español como primer idioma, pero lo más desconcertante para mí fue que nunca me habló en inglés durante mi infancia en Puerto Rico, aunque el inglés era su idioma materno y el español lo aprendió de adulta. O sea que yo me hice bilingüe en las escuelas públicas de Canadá. Heredé su cultura anglosajona, pero en español. ¿Qué se hace con una cultura anglosajona y protestante, y con un idioma latino y católico? El idioma, claro está, es parte fundamental de la cultura. Fue una amalgama de culturas. El español tiende a ser el idioma del sentimiento, y el inglés el idioma del pensamiento. ¡Claro que frecuentemente no sucede así, sino que pienso en español y siento en inglés! Esa dicotomía se refleja en la palabra, en la expresión poética. Con esto trato de explicar la importancia de la palabra en mi trayectoria vivencial y poética. Es la búsqueda constante de la palabra, para darle congruencia a una realidad aparentemente discordante.

 

“Me gustaría escribir más”

—Has publicado antes los poemarios Vértigo en la casa sitiada (2013) y La cueva de alambre (2015). ¿Cómo ha evolucionado tu voz poética desde entonces?

—Suelo leer mucho y escribir poco. Tuve la escritura en el abandono por muchos años, durante los que me dediqué a la educación y crianza de mis hijas, al trabajo y a mi vida familiar. Trabajé por casi veinticinco años como especialista en beneficios sociales y programas federales, en el norte de Virginia, cerca de Washington DC, en donde resido actualmente. Anteriormente, viví en Connecticut y luego en Boston, Massachusetts. Una vez me retiré del trabajo en el gobierno, he regresado a la escritura. Me gusta leer mucho, especialmente novelas clásicas. No suelo leer mucha poesía, pero he descubierto y redescubierto a muchos poetas como Idea Vilariño, Jorge Luis Borges y Fernando Pessoa. Creo que mis lecturas me han ayudado a solidificar mi poesía. Especialmente las novelas clásicas que he retomado. Me nutre mucho leer ficción, como las grandes novelas rusas, francesas, españolas... Cuando escribí Vértigo en la casa sitiada y La cueva de alambre, acababa de regresar a la poesía después de una larga ausencia, así que era más principiante de lo que todavía soy. Desde entonces, ha habido más consistencia, más apego a la lectura y escritura. En ese sentido, Mar de sargazos tiene más madurez.

—En Mar de sargazos se aprecian varios matices de la relación entre la voz poética, notablemente femenina, y el hombre como género. En estos tiempos en que asistimos a una resignificación y revaloración de los géneros, ¿crees que existe una poesía femenina con características distintivas respecto a la que escriben autores de sexo masculino?

—Para mí no... Nunca me han gustado las categorías. Me incomoda la tendencia de etiquetar y clasificar la poesía, con cuestiones de épocas, géneros, identidades... Prefiero entender la poesía desde una perspectiva universal, humana y existencial. No me gusta compartimentar el arte, porque tendemos a olvidar su verdadera esencia para darle importancia a etiquetas que, en todo caso, son accidentales, y no tienen mérito propio. Claro que hay una relación entre contenido y contexto, pero no se debe sacrificar la calidad del contenido. Aspiro a escribir sin agendas, sin intenciones de tipo ideológico, y sin tratar de complacer demandas ajenas a la escritura poética. Esa es la pureza a la que anhelo. Un buen poema es el que se erige solo, como una estatua sin catalogaciones y sin adornos innecesarios. Lo que pasa es que da temor dejar el poema desnudo sin que nadie lo reclame. Especialmente, en esta época en donde todos reclaman algo. Recuerdo a la pintora Georgia O’Keeffe, cuando dijo que ella no era una mujer pintora, era una gran pintora. Claro que pasó a decir que era una gran pintora... Pero la idea es que yo creo que no hay poesía femenina y poesía masculina, hay buena poesía y mala poesía. Y luego ya la gran poesía..., que es muy poca.

—Naciste en Puerto Rico y has vivido en Montreal y Washington. ¿Cómo han incidido estas realidades, tan distintas a tu origen, en tu sensibilidad literaria y en la manera en que abordas los temas en tu poesía?

—He dado muchas vueltas para llegar a este lugar. Creo que el hecho de haber vivido en Puerto Rico, Canadá, España y Estados Unidos, y de haber tenido una madre como la que tuve, me abrió el mundo literario, me dio otra perspectiva, y me aventuró a dimensiones más impredecibles. Mi madre fue una lectora voraz. También pintaba y escribía, en inglés, por supuesto, especialmente guiones para teatro y cuentos cortos. Vivió en tres continentes y hablaba tres idiomas. Todo eso ha influido en mi escritura, en la cual está presente el elemento de la impredecibilidad de mi historia. Me han preguntado que por qué no finalizo mis poemas..., y les digo que no sé el final...

—Nos gustaría que nos comentaras en qué proyectos trabajas actualmente. ¿Qué nos espera a los lectores de Giselle Duchesne Winter?

—La verdad que soy muy lenta escribiendo. Estoy revisando otro libro de poesía que comencé alrededor del año 2022, que se titula Nube de pájaros. Aparte, estoy escribiendo cuentos; si avanzo, podría ser un libro de relatos. Tengo cuatro hijas, ya adultas, y cinco nietos. Me mantienen bien ocupada, pero siempre encuentro momentos para escribir. Siento que la poesía es una ofrenda. Me gustaría escribir más...

Jorge Gómez Jiménez

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