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El tren de los invisibles es su primera incursión en el género del cuento
Gabriela Caballero y el desarraigo como inspiración

sábado 16 de noviembre de 2024
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Gabriela Caballero
Gabriela Caballero, autora de El tren de los invisibles: “En todo el libro hay personajes de distintos contextos pero que se conectan en esa esencia de invisibilidad, el deseo de escapar o el desarraigo”.

La escritora y guionista venezolana Gabriela Caballero ha logrado con El tren de los invisibles una obra profundamente conmovedora que da voz a aquellos personajes que, como bien sugiere el título, suelen pasar desapercibidos en la cotidianidad. Con una trayectoria sólida en la escritura audiovisual y una experiencia de vida marcada por la migración, Caballero aborda en su primer libro de relatos temas universales como el desarraigo, la soledad y la resiliencia, invitando al lector a adentrarse en mundos marginales pero que ostentan una poderosa humanidad.

En esta entrevista, la autora reflexiona sobre los procesos creativos que dieron forma a sus cuentos, compartiendo cómo la combinación de su experiencia personal y su trabajo literario se traduce en historias que, aunque ficcionales, están profundamente enraizadas en la realidad. Cada cuento de este libro es un testimonio de aquellos seres humanos que, por diversas razones, permanecen invisibles ante nuestros ojos, y su prosa logra visibilizarlos de una manera íntima y cautivadora.

El tren de los invisibles marca además el inicio de su andadura como autora de relatos, pues su experiencia anterior era principalmente en textos dramáticos. Por ello, exploraremos también sus influencias literarias, los desafíos que enfrentó al “cambiar de ambiente”, desde el guion hasta el relato breve, y el compromiso que asume no sólo como escritora, sino también como una voz que busca generar conciencia sobre las vidas invisibles que rodean nuestro día a día.

 

El tren de los invisibles: más de diez años de experiencias propias y ajenas

Leyendo El tren de los invisibles uno piensa en temas como la empatía, la solidaridad con el otro, la compasión. Tus personajes, como tú misma mencionas, podrían estar a nuestro lado sin que los notáramos. Me gustaría que comenzáramos hablando de esto. ¿Cómo llegas a este tema? ¿Escribiste el libro con este tema como propósito, o los ibas escribiendo y en algún momento descubriste que el tema los conectaba?

Los escribí por separado, sin pensar que algún día se conectarían. Algunas de las historias datan de hace años, entre 2010 y 2012, mientras que el resto surgió durante la pandemia, un período marcado por la incertidumbre, pero también por un profundo encuentro conmigo misma. Fue un tiempo de confrontación, en el que reflexioné sobre lo que realmente quería expresar y hacer en esta vida.

Durante ese período, surgieron los talleres de narrativa en línea, donde tuve la suerte de aprender de grandes escritores y de mis compañeros, e inspirarme a crear nuevas historias para compartir en clase. Fue a finales de 2023 cuando me di cuenta de que estos personajes se conectaban a través de su soledad y desarraigo, en la sensación de no ser vistos o de no pertenecer, y que las historias se tejían desde un lugar de intimidad.

 

“El tren de los invisibles”, de Gabriela Caballero
El tren de los invisibles, de Gabriela Caballero (La Pereza, 2024). Disponible en Amazon

El contexto migratorio y el sentimiento de pertenencia —o la falta de éste— funcionan como un hilo conductor en muchas de las historias. Como emigrante, ¿cómo influyó tu propia experiencia personal en el desarrollo de estos cuentos?

La historia de “Carmencita en el País de las Maravillas” tiene mucho que ver conmigo. Cuando me mudé a Miami en 2011, inicialmente sólo venía por tres meses a trabajar en un programa de televisión y mi hijo Maximiliano, de doce años, se quedó en Caracas. Luego surgieron otras ofertas junto con la visa de talento, así que tomé la decisión de quedarme. Venezuela no estaba en su peor momento todavía y mi hijo no quería emigrar; a esa edad nadie quiere dejar a sus amigos. Hubo conflictos familiares en el camino y no fue sino hasta 2013 que me lo pude traer a vivir conmigo. Es decir, pasó un año en todo ese proceso, con mi hijo allá y yo aquí. Mientras tramitaba permisos y esperaba proyectos cuidé a los hijos de una amiga y limpié casas a la venta. Muchas veces me invadían el miedo y la culpa. Mis roommates me decían que en las noches lloraba dormida llamando a mi hijo. Varias veces estuve a punto de tirar la toalla. Hoy doy gracias a Dios por haberme mantenido firme en la decisión que me permitió sacarlo del país y a toda la gente que me apoyó en el ínterin, porque justo al mes de traerlo a vivir conmigo, explotaron las protestas y fue cuando mataron a los estudiantes cerca de nuestra casa en Chacao, donde vivíamos. Pero durante ese año separados pensé mucho en esas madres que emigran y que ni siquiera tienen la oportunidad de visitar a sus hijos o de traérselos, como yo la tuve. Vives sin un pedazo de ti misma, con la mitad de tu corazón allá. Y por más tecnología que exista, es imposible no perder el contacto y el día a día de sus vivencias. Creo que es lo más duro que me ha tocado experimentar.

“Life is life” tiene mucho de la relación con mi papá, que es un gran escritor y director de teatro. En su momento no quiso emigrar; mis hermanos por parte de padre se mudaron a Chile y ahora él está solo en Caracas, en una situación muy dura. Mi mamá también está allá sin visa americana y con retos de salud. Mi abuela vino a visitarme en 2016, pero ya está muy mayor para viajar. Aunque les alivia que Max y yo estemos fuera del país, al mismo tiempo es muy doloroso para todos. En cada evento importante de mi vida, sin ellos, siento que me falta algo. Creo que es algo con lo que millones de venezolanos nos podemos identificar.

 

En uno de tus cuentos exploras no sólo el contexto migratorio, sino también la violencia en Nigeria y el impacto en las familias. ¿Qué te llevó a abordar una realidad tan diferente a la venezolana? ¿Qué tipo de investigación o inspiración tuviste para este cuento en particular?

En un taller que hice con el escritor Israel Centeno, nos mandó a escribir un cuento donde estuvieran involucrados un venezolano, el movimiento Boko Haram y la religión yoruba. Me parece que era uno de los temas que él estaba explorando en ese momento y que aborda en sus libros de forma muy original. Al principio me abrumé, pensando en cómo iba a escribir sobre algo tan complejo y distinto a mi realidad. Me puse a investigar sobre estos grupos violentos y lo que encontré fue desgarrador. El sufrimiento de los desplazados por la violencia, el reclutamiento de niños y las cosas terribles que les hacen a las niñas. Pensé en el impacto de esa situación para los padres, ya que muchas de estas familias no tienen escapatoria ni la posibilidad de emigrar.

El personaje venezolano fue inspirado en un hombre español que conocí hace años, cuyo padre tenía un negocio de alimento para animales en África. Él me contó que había pasado mucho tiempo allá de niño y que, ya de adulto, seguía visitando y amando el continente africano. Me pareció fascinante su experiencia, y eso me inspiró a imaginar un poco del sincretismo que pudiese tener alguien expuesto a otra religión, sin prejuicios, y de lo enriquecedor del intercambio cultural y de la amistad que trasciende barreras. En Internet encontré palabras dulcísimas en lengua yoruba, platillos de comida que me aguaron la boca, la geografía de las ciudades y el contexto de la violencia. Lo demás, la historia de su familia y de la familia de Dayo, fluyó solo, como por arte de magia. Espero haberme aproximado de una forma respetuosa al tema y a la cultura. Creo que en todo el libro hay personajes de distintos contextos pero que se conectan en esa esencia de invisibilidad, el deseo de escapar o el desarraigo. Tengo otro cuento que no está allí sobre una familia vietnamita en Estados Unidos. Trabajan duro en su salón de uñas, buscando un destino mejor sin olvidar lo que han dejado atrás, y les toca vivir un injusto episodio de violencia en este país.

 

Ilustración de Fedosy Santaella para “Ave de alambre”, de Gabriela Caballero
Ilustración de Fedosy Santaella para el relato “Ave de alambre”, del libro El tren de los invisibles, de Gabriela Caballero.

Gabriela Caballero y el duro oficio de aprender

Estos cuentos presentan una muy bien cuidada estructura, en la que destacan tus finales, que de seguro dejarán una fuerte impresión en tus lectores. ¿Cómo abordas el final de un cuento? ¿Tienes alguna preferencia por los finales abiertos o los cerrados?

Los abordo con terror, ja, ja, ja, con mucho miedo de que no “cierren”. Qué bueno que me dices eso, porque hasta que no recibí los primeros comentarios de los lectores, no sabía si les había causado alguna impresión. Ciertamente causaron impresión en mí al momento de escribirlos; si me conmuevo con el final de alguna forma creo que por ahí es. Hay algunos finales que pienso que quedaron “abiertos” para el lector, pero no para mí. Como en “Ave de alambre”, por ejemplo, que se presta a interpretaciones, y todas son válidas; es por eso que no quiero expresar directamente lo que para mí está clarísimo que le sucede a Aldo Pereira, el protagonista.

Como lectora, me he sentido frustrada en ocasiones al leer finales abiertos o que parecen simples, al punto de tirar el libro, pero luego en cuestión de horas me siento fascinada con el mismo final, y caigo en cuenta de la genialidad del autor y de lo que logró al no terminar su historia con una resolución “emocionalmente satisfactoria” en el papel, sino que ésta continúa en la imaginación del lector que eventualmente le dará ese cierre, o no. Así que no sé qué prefiero. Lo que sí he aprendido de maestros como Fedosy es que “la historia se termina cuando se termina”. Un error que cometemos los novatos es sobreexplicar el final, por la inseguridad que tenemos respecto a si la gente entendió o no lo que queríamos decir. Y esa es la gran ventaja de los talleres: tienes un grupo de lectores allí que te dan esa retroalimentación y puedes limpiar el texto en base a eso, incluyendo el final. En el taller recurrente de Fedosy, llamamos a esa retroalimentación “piñatazos”, ja, ja. A veces son duros, pero siempre traen buenos resultados.

 

Al final del libro incluiste varios códigos QR que proporcionan recursos que le permitirán al lector tenderle una mano a quien más lo necesita. Me gustaría que me hablaras de esto y, en particular, de cómo crees que la literatura puede ayudar a producir un cambio positivo.

Cuando estaba en el proceso de edición, sentí que quería hacer algo más que obtener la satisfacción de ver mis historias publicadas. En especial porque muchas de ellas provienen de vivencias dolorosas, y de personas que representan a muchos, así como también partes de mí misma que están plasmadas allí, como los ataques de pánico y la recuperación de adicciones. Es el caso de “El espejo del agua”, por ejemplo. Cuando vivía en Venezuela tuve la oportunidad de escribir y dirigir para un programa de tradiciones venezolanas contadas por niños y títeres. Viajamos por muchos lugares de Venezuela que tienen una cultura y un legado bellísimos, pero que, a la vez, enfrentan fuertes retos de supervivencia.

En cada uno de estos sitios, los niños locales con los que grabamos dejaron una huella en mi corazón; algunos incluso se querían venir con nosotros y a todo el equipo nos dolía dejarlos. Para uno de los episodios, fuimos a grabar a la laguna de Sinamaica, en el estado Zulia. Allí navegamos por un paisaje alucinante con los indígenas añú, y los niños nos contaron cómo construyen los palafitos. La laguna es realmente mágica, tienen toda una cosmogonía fascinante, añú significa literalmente “gente del agua”; en sus creencias ellos nacen en la laguna, y cuando la navegas se siente como que estás en el comienzo del mundo.

Durante la pandemia, me topé con la crónica de Jackelin Díaz “El hambre pudo más que el miedo al pez venenoso en la Guajira”, publicada en 2020 en El Diario y en la que se narraba cómo una mujer de esta etnia había perdido a su esposo y a su hijo por comerse un pez envenenado, y hablaban sobre la miseria y el hambre que estaban sufriendo por las restricciones del virus. Esa noticia me movió el piso. Verlos como los últimos de la fila en una sociedad me generó una profunda impotencia. Y me pregunto: ¿cuántos más están en la misma situación? Por eso pensé que, además de visibilizar estos temas, sería genial poder ayudar de una forma directa. También a veces queremos ayudar y no sabemos cómo; por eso quise facilitar el proceso a través de los códigos. Otra cosa que pretendía hacer era que, por cada libro vendido, al menos un dólar se fuese a estas organizaciones, pero eso era más complejo de coordinar en poco tiempo.

 

Me llama la atención cómo en algunos de los cuentos introduces elementos fantásticos que te permiten, a través de la fusión entre la realidad con lo irreal, subrayar ciertos aspectos temáticos. Me gustaría que me hablaras de cómo aprovechas estos elementos fantásticos como símbolos para expresar emociones y conflictos internos de los personajes.

En “Ave de alambre”, el personaje habita más en el mundo de los videojuegos y el anime que en la realidad, quizás como una forma de escape. Ese exceso de fantasía lo influencia y lo lleva a mezclar su propia vida con la ficción, pero también se deja ver un tema médico que puede estarle causando alucinaciones. Algo parecido pasa en “Fraternus”; se desdibuja ese límite entre lo que sucede en la mente de la protagonista y lo que pasa afuera. En “Rizzia y el tiempo” hay objetos que cobran vida, algo en lo que creo firmemente; dotamos de cierta vitalidad a las cosas que son importantes para nosotros. Sin embargo, también pueden ser una proyección del personaje, quien, en su soledad, se rodea de materia inerte. Esto queda a la interpretación del lector. En “Lamparita”, lo mismo, puede tratarse de fantasía o de la energía del miedo, que se encarna en una forma.

 

Ilustración de Fedosy Santaella para “Life is Life”, de Gabriela Caballero
Ilustración de Fedosy Santaella para el relato “Life is Life”, del libro El tren de los invisibles, de Gabriela Caballero.

De la escritura de guiones a la cuentística

Las ilustraciones del libro, obra de Fedosy Santaella, se imbrican a la perfección con el espíritu de las historias. ¿Cómo fue el proceso de colaborar con él en eso de traducir a imágenes la esencia de tus cuentos?

Fue un proceso muy hermoso y orgánico, ya que no imaginaba que llegaríamos a trabajar juntos de esa manera. En sus talleres de escritura, surgieron varios cuentos que fui puliendo gracias a sus evaluaciones y análisis. Fedosy no sólo es un escritor talentoso, sino que también tiene una forma excepcional de transmitir el conocimiento y motivar a quienes estamos comenzando.

Ya era admiradora de sus poderosas ilustraciones, y me fascinaron especialmente unas que realizó para una revista de poesía. Justo cuando estábamos en el proceso de corrección de estilo de mi libro, se me ocurrió la idea de ilustrar algunos de mis cuentos con su talento. Se lo propuse y, afortunadamente, aceptó. Considero que el resultado fue muy especial. Él conocía las historias, se conectó con los personajes y logró transmitir esa sensación de aislamiento, pero a la vez con una gran carga de fuerza y simbolismo. Es una lástima que en la impresión no se puedan apreciar los colores de los dibujos originales, excepto en la portada.

 

Tu experiencia en guion cinematográfico y televisión seguramente ha influido en tu manera de contar historias. ¿Cómo ha sido la transición de escribir guiones para la pantalla a escribir cuentos? ¿Hay algo de esa formación que aún llevas contigo al momento de crearlos?

En mi caso, creo que ha sido una transición difícil y que aún me queda mucho por avanzar en ese camino. Para mí, el guion es más sencillo: las descripciones están destinadas a transmitirles lo que está ocurriendo al director y al equipo de producción. Luego, la acción habla por sí sola, y un equipo se encargará de darle vida a lo que está en el papel.

Sin embargo, en la narrativa eres tú quien debe crear toda la película en la mente del lector. Esto puede llevarte a describir en exceso, lo que puede resultar pesado, o, por el contrario, a omitir información crucial, haciendo que el lector se pierda. Quizás la parte de los diálogos es la que más se me facilita, gracias a mi experiencia con los libretos.

 

A lo largo de El tren de los invisibles, tus relatos muestran una gran diversidad de enfoques y profundidades en personajes y tramas. ¿Qué influencias literarias consideras que han dejado una mayor huella en tu escritura? ¿Hay autores o corrientes que sientas que te han inspirado particularmente en la creación de estos cuentos?

No sabría decirlo, al menos no en el caso de cada cuento en particular. Quisiera mencionar que mis grandes escritores favoritos me influyen, pero no creo que escriba como ninguno de ellos. Por ejemplo, me fascinan las historias cortas de Raymond Carver y su estilo escueto, aunque el minimalismo es precisamente lo que más me cuesta.

Otra de mis escritoras modernas favoritas es mi hermana Mayi Eloísa. Sí recuerdo cuando mi papá me regaló una antología de cuentos latinoamericanos llamada Barry White no es el único que sabe de amor, de Roberto Echeto. Esa colección, con historias de estilos muy diversos por maestros del género, me inspiró muchísimo y alentó mis ganas de escribir.

También, al venir de una familia de escritores a la que admiro, la búsqueda de una voz propia me angustió durante mucho tiempo. En ese sentido, le doy el crédito a mi psicólogo, quien me dijo: “Escribe algo que te guste a ti y olvídate de todo lo demás”.

 

El género del cuento presenta no pocos desafíos, especialmente por su brevedad y la necesidad de condensar personajes, tramas y emociones en un espacio limitado. Esto requiere una economía narrativa y una precisión que puede contrastar con la escritura de guiones, donde la duración, el desarrollo y la estructura son tan diferentes. ¿Cómo fue la transición a este formato literario? ¿Tienes proyectos en mente que sigan explorando el cuento o te gustaría regresar al guion, o incluso aventurarte en otros géneros?

Amo el área audiovisual, y aunque en los últimos años me he dedicado a escribir contenidos y videos más cortos para marketing, extraño el desafío de los formatos más largos. Llevar un guion a la pantalla implica mucho más que la mera escritura, mientras que con la narrativa me siento más libre en ese sentido.

Aunque apenas estoy comenzando, me gustaría escribir una novela u otro libro de cuentos sobre un tema diferente. Siempre estoy abierta a aprovechar cualquier oportunidad o inspiración que surja que involucre contar una historia de cualquier forma.

Gabriela Caballero presentará
El tren de los invisibles
en la Feria Internacional del Libro de Miami
del 22 al 24 de noviembre

Miami Book Fair 2024


El tren de los invisibles
está disponible en:


La Pereza Ediciones
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Jorge Gómez Jiménez

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