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La siesta del carnero es una novela epistolar sobre el amor entre dos mujeres
Ramona Gautier y la escritura como responsabilidad

domingo 27 de abril de 2025
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Ramona Gautier
Ramona Gautier: “Sé que La siesta del carnero puede prestarse a polémica, y esa es la intención”.

En La siesta del carnero, Ramona Gautier presenta una historia de amor y deseo entre mujeres en los años ochenta, relatada con franqueza a través de las cartas de Leo a Sara. Mediante este recurso epistolar, la autora española refleja las tensiones sociales de la época —todavía marcadas por tabúes y silencios— a la vez que reivindica la legitimidad de la pasión femenina como acto de afirmación que trasciende los condicionamientos históricos.

Novela provocadora a conciencia, La siesta del carnero aparece en la colección Narrativa de Egales, una editorial pionera en la literatura de temática LGTBIQ+ que, desde mediados de la década de 1990, apuesta por promover un diálogo abierto sobre la sexualidad y el género y por visibilizar voces diversas como la de Ramona Gautier.

En esta entrevista, la autora nos habla sobre la génesis de La siesta del carnero, su empeño en proponer una reflexión sobre el peso del lenguaje en la construcción de la memoria afectiva, y sus motivaciones para representar la intimidad entre mujeres, con toda la carga de vulnerabilidad, pero también de fuerza, que exigía un contexto social como el de hace cuarenta años.

 

“La siesta del carnero”, de Ramona Gautier
La siesta del carnero, de Ramona Gautier (Egales, 2024). Disponible en Amazon

La siesta del carnero, un desafío al lector

Tu novela La siesta del carnero presenta ante el lector un retrato sin concesiones del deseo y el amor entre mujeres en los años 80, con referencias culturales y contextuales de una época que viviste y que conoces bien. ¿Cuánto hay de tu propia memoria o experiencia en la recreación de ese tiempo?

Mira, Jorge, yo, como escritora, soy una mentirosa. Claro que sé del deseo femenino y lésbico y de relaciones sexuales entre mujeres, pero todo lo que escribo es mentira. Mis textos narrativos son mentira y La siesta del carnero no es una excepción. Es una ficción que, como cualquier otra historia, surge a partir de anécdotas escuchadas, leídas o vistas, todas mezcladas y recreadas, y una buena dosis de imaginación. Y, en este caso, todo ensamblado de manera exagerada, como una hipérbole de una novela erótica al uso. Es una provocación. Me la planteé como un reto, un desafío, ¿yo soy capaz?, ¿me atrevo? Y ahí me lancé... con todas las consecuencias.

 

“Hay que acabar con la represión de Eros y hacer culto a todo el cuerpo humano”, escribe Leo en una de sus cartas, algo que me recuerda que, mientras leía la novela, pensaba en esa diferencia que suele hacerse entre erotismo y pornografía, una frontera borrosa y que suele variar dependiendo del observador. La misma Leo alude a esto en más de una ocasión. ¿Qué importancia tiene para ti construir la representación franca de la sexualidad sin ceder a la autocensura ni a la metáfora como refugio?

Me alegra que me hagas esta pregunta. Aparentemente parece más fácil abordar todo lo concerniente a la sexualidad de una manera directa, sin sublimarla, pero no es así, y yo lo comprobé en esta novela. Hay conciencia en lo que escribo. Sé a dónde quiero ir a parar. Lo lograré con mayor o menor suerte, pero me enfoco en la intención. En este caso era rozar lo pornográfico sin caer de ese lado. Provocar sin herir, que los personajes aceptaran los propios deseos sin culpa, respetarlos compartiéndolos en igualdad de condiciones, lejos de la violencia sexual y de los exigencias sociales. La novela es un desafío a la persona lectora, una invitación a la reflexión. Parece que decir polla o follar es de mal gusto, pero no respetar, maltratar o violar está absolutamente normalizado y aceptado, también en la literatura. Y sobre eso debemos reflexionar como seres sociales y como escritores y escritoras. La novela propone relaciones sexuales en igualdad y consentidas, luego las amantes exploran sus cuerpos sin prejuicios, y ésa es la idea: bucear en la propia sexualidad, en los deseos sexuales y en las fantasías sin estigmatizarlas y, sobre todo, sin imponerlas.

Si bien en las partes del texto que no son de sexo me permití jugar con los recursos y las licencias literarias, en las escenas en las que se encuentran las amantes no lo hice, al menos conscientemente, porque pretendía comprobar si podía describir una escena de sexo sin convertirla en una sensiblería o en un esperpento, en algo sucio o deleznable y que, al mismo tiempo, estuviese alejado de la sublimación. Luego está la mirada de la persona lectora, que termina de construir la historia, y esa es la mejor parte del juego, yo te entrego esta novela, ¿qué te parece? Y de eso se trata, precisamente. Sé que La siesta del carnero puede prestarse a polémica, y esa es la intención.

No hay nada inocente en lo que escribimos. Quieras o no, te des cuenta o no, hay una intención que llega, que toca. Por otro lado, somos seres sexuados desde que nacemos hasta que morimos y el cuerpo es nuestra frontera, nuestra comunión con el mundo, y no podemos vivir la sexualidad como si fuera un tabú, ni convirtiendo en sagrado todo lo referente al sexo y los genitales, como ocurre, porque son una parte más de nuestra naturaleza, como el cerebro, el hígado o los ojos. Pertenecer a Harimaguada, un colectivo de educación afectiva y sexual, y estudiar y profundizar en la sexualidad humana en todos los aspectos, me ha permitido abordar esta historia de una manera desinhibida y lanzarla, a ver qué pasa...

 

Leo le pregunta a Sara, en una de sus primeras cartas, si ha tenido relaciones con otras mujeres. Se trata de una pregunta que hoy podría parecer innecesaria, pero que en el contexto de la novela tiene un peso significativo. Hay como una necesidad de verbalizar lo que no tenía un espacio claro en la sociedad de entonces. ¿Hemos avanzado en estos cuarenta años? ¿Cómo dialoga esta historia con nuestra actualidad?

Tenemos que tener en cuenta que en el contexto de la novela España estaba sacudiéndose la dictadura y que lo que se conocía respecto a relaciones sexuales venía derivado de la norma heterosexual establecida. Las relaciones entre personas del mismo sexo estaban, como poco, mal vistas, no eran políticamente correctas y no existían referentes homosexuales. Con este panorama las personas con orientación del deseo diferente se relacionaban de acuerdo a los modelos conocidos, establecidos, tal como lo hacen nuestras protagonistas, que juegan de acuerdo al marco heterosexual.

Sí, en este sentido hemos avanzado muchísimo, aunque aún queda un camino largo por recorrer. Vamos aprendiendo a reconocer nuestros deseos, a expresarlos y satisfacerlos sin dañar, y cada vez somos más conscientes de que nuestra sexualidad y fantasías son responsabilidad exclusiva de cada uno y no está en manos de nadie. Empezamos a comprender que las otras personas no nos pertenecen. Este paso, aún en pañales, acabará aportando a las relaciones una perspectiva diferente que nos alejará de la violencia sexual, de abusos, violaciones o asesinatos por celos, propiciando una sociedad más libre y feliz. Este avance revolucionario sólo podemos conseguirlo con una verdadera educación afectiva y sexual para todas las personas, en todas las edades y desde todos los ámbitos de la sociedad. No es fácil, pero es posible. Cuando aceptemos este principio y lo apliquemos como un fin necesario, la realidad dará un cambio significativo a mejor, y yo soy optimista en este sentido, a pesar del panorama político que se presenta.

 

Ramona Gautier: La narrativa es realidad transformada

Una de las cosas que más llaman la atención de esta novela es que se narra a través de cartas, lo que nos permite asistir en primera fila a la intimidad entre tus protagonistas, Leo y Sara, a sus vivencias juntas y por separado, a sus nostalgias. ¿Tenías definida esta estructura epistolar desde el principio? ¿Qué te permitió esta estructura que no habrías encontrado en una narración más tradicional?

Me gusta el género epistolar y opté por él porque me parece que aporta mayor cercanía y verosimilitud.

 

La historia de amor que cuentas en tu novela llega al lector desde la perspectiva de Leo, pues son sus cartas las que conforman el entramado narrativo. De Sara sólo sabemos lo que Leo nos revela. Este juego de espejos no sólo construye a ambas protagonistas, sino que también condiciona la percepción que el lector tiene de la relación. ¿Trabajaste conscientemente este equilibrio entre lo que se dice y lo que se omite en la voz epistolar de Leo? ¿Hasta qué punto consideraste la presencia —o ausencia— de la voz de Sara como parte esencial de la estructura narrativa?

Fue una decisión consciente. Arranqué la novela escribiendo cartas de ida y vuelta y pronto tuve la sensación de que quedaba plana y repetitiva. Entonces vi claro que debía utilizar una sola voz que diera más fuerza y relieve a la historia y prescindí del diálogo entre las amantes. Cómo ve el mundo Leo, cómo habla desde sí misma, cómo indaga en sus emociones y sentimientos y en los de su amada, a la que vemos a través de sus ojos... cómo construye esa relación y cómo se nos representa.

Pretendía narrar una experiencia sexual y emocional gratificante, alejada de prejuicios y remilgos, que me permitiera profundizar en distintos aspectos de la sexualidad humana, o relacionados con ella.

Cuando me siento a escribir una historia es porque ya sé cómo quiero hacerlo, y tomo las decisiones conscientemente, voz, tiempo, espacio... de acuerdo a las necesidades de lo que quiero contar, aunque introduzca cambios a medida que avanzo o la reconduzca a veces. Fíjate que La siesta del carnero es una novela lineal, distinta a todo lo que he escrito hasta ahora, que cuenta una historia de amor que no escatima en detalles sexuales, pero en la que priman el respeto y el afecto. Y tiene un final feliz, que mis textos suelen acabar de forma truculenta; ja, ja, ja... Quería dotarla de consistencia, de posibilidades de perdurar. La intención era proyectar la idea de que las relaciones homosexuales pueden resistir los cambios y el paso del tiempo en la misma medida que las heterosexuales, que son posibles, que pueden tener futuro. La siesta del carnero quiere ser una puerta a la esperanza.

 

En la novela despliegas una prosa directa y explícita, pero también cargada de una sensibilidad poética que dota de belleza al conjunto. Hay descripciones de prácticas sexuales, sueños eróticos, juguetes, entremezclados con reflexiones sobre la fidelidad, sobre los prejuicios, sobre las relaciones homosexuales y heterosexuales, y con la expresión de un amor incondicional entre dos mujeres. ¿Cómo trabajaste esta suerte de bisagra entre crudeza y delicadeza? ¿Hay alguna influencia literaria o poética en particular que te guiara al momento de escribir estas escenas?

Afortunadamente, el paradigma de la sexualidad está en continuo movimiento y sigue avanzando e integrando nuevas realidades, según las necesidades de las personas.

Todo es influencia para mí cuando escribo. Me alimento de la realidad, intentando transformarla en otra cosa diferente, pretendiendo que sea hermosa y verosímil, y estoy convencida de que todo lo que he leído y leo, lo que me cuentan, lo que oigo en la guagua, las pelis... todo es material literario. Crecí leyendo y estudiando a los grandes autores, y desde hace años leo a más mujeres que a hombres. Necesitamos autoras referentes y contamos con un repertorio de escritoras magníficas que aportan nuevos significantes, otras miradas, originales y de gran calidad literaria. Y es necesario darlas a conocer.

Esa bisagra de la que hablas, que nos permite jugar con las palabras y conjugar diferentes tonos literarios, es difícil de conseguir y uno de mis caballos de batalla, en cualquier género y en todos los textos: que tengan sentido, trabajar las palabras para que adquieran nuevos significados, emocionar sin empalagar y que creas lo que cuento, que lo extraordinario sea posible, y para ello es necesario destartalar principios, ideas y fundamentos establecidos. Todo está escrito bajo el sol y tenemos que esmerarnos en estremecerlo. La dificultad estriba en hacerlo sin forzar, sin que se note; ja, ja, ja...

 

“Sentía que les debía una historia a las mujeres lesbianas”

Además de narradora, eres poeta. Incluso has trabajado el haiku con un rigor que te ha llevado hasta Japón. ¿Cómo influye tu experiencia con la poesía en tu estilo narrativo? ¿Consideras que hay una relación entre la manera en que construyes las imágenes en tu poesía y la forma en que abordas las escenas en esta novela?

Sí, están relacionadas. Creo que mis textos habitan esa frontera entre los géneros donde se difuminan las lindes. Y, sí, hay cierta poesía en mi prosa. Me muevo en un terreno peligroso del que a veces salgo despeluzada; ja, ja, ja...

El haiku me fascina y creo que escribo buenos haiku, aunque suene arrogante, pero el haiku nada tiene que ver con la poesía occidental; sin embargo, su práctica nos dota de habilidades expresivas y recursos muy útiles a la hora de abordar nuestra propia escritura en cualquier género. El haiku es experiencia antes que poema, hay que vivirlo primero, y nos enseña, sobre todo y lo más importante, a estar presentes y en comunión con el mundo.

 

Tu trayectoria abarca la docencia, la escritura creativa y la promoción de la literatura, pero también el deporte. ¿Cómo se relacionan todas estas facetas con tu identidad como escritora? ¿Cuánto se nutre de ellas tu proceso creativo?

Soy una mujer apasionada y curiosa y vengo de una familia humilde, pero amante de nuestra cultura, folclore y tradiciones, que practico y difundo. Soy una enamorada de la Lucha Canaria, un patrimonio cultural anterior a la conquista de las islas, que se practica como deporte.

La militancia, en todos los aspectos, mi compromiso contra la injusticia, la viví desde chica en casa, donde mis padres luchaban contra ella con todas sus fuerzas, practicando la tolerancia y la solidaridad en todos los ámbitos y era un lugar abierto para cualquier persona. La docencia es una cuestión vocacional, soy maestra de nacimiento, me encanta enseñar. Enseñar a leer, enseñar a cuestionarse las cosas, a pensar por una misma y de otra manera, desde otro lugar, es propiciar más independencia, más seguridad y menos manipulación, y ese es un privilegio que no tiene precio. Ese gusto por la docencia se concreta también en mis talleres de escritura creativa, aunque ahí soy más exigente; ja, ja, ja...

 

Destacas como una persona comprometida con la visibilización de las injusticias y una activista en favor de la igualdad. ¿Es esta novela, a tu juicio, una extensión de este trabajo, especialmente en lo que respecta a las mujeres y la comunidad LGBTIQ+?

Sin duda ninguna. Escribir es una responsabilidad, porque la lectura crea pensamiento, como el lenguaje o la publicidad, y lo hago con la conciencia y responsabilidad de adónde quiero ir a parar y qué reflexiones propongo, que me parece ya te lo dije... De alguna manera sentía que les debía una historia a las mujeres lesbianas, que tenía la posibilidad de reconocerlas y agradecer la lucha y perseverancia de tantas desconocidas olvidadas, denostadas, marginadas, que empezaron a abrir el camino de libertad que transitamos. Ellas han colaborado en la construcción de una sociedad más tolerante y libre, pero nadie lo dice.

 

Después de haber escrito La siesta del carnero, ¿puedes decirnos qué lugar ocupa esta novela dentro de tu trayectoria? ¿Crees que marca un punto de inflexión en tu obra o en tu forma de abordar ciertos temas?

La siesta del carnero es un regalo para las mujeres lesbianas, junto con algunos otros cuentos y poemas que he escrito. La temática LGBTIQ+ está presente en mi producción, pero si te digo que de forma destacada miento, porque observo que en lo que escribo priman más temas como la mujer, la igualdad, la injusticia, la vejez, los abusos o la violencia, aparte de las temáticas universales, comunes también en mis textos. Soy variopinta en lo que escribo, y lo hago por placer, por compromiso personal y diversión. Me gusta experimentar y si no disfruto abandono la idea. Coqueteo con los géneros, me atrevo con las historias y temas más diversos y los vivo como un desafío que puede salir de aquella manera; ja, ja, ja... Se me ocurre un poema o una historia y la voy madurando mientras conduzco o friego los platos, y de repente digo, ¡ya sé cómo escribirla!, y ahí arranco con ella. Luego sufre encierros y mutilaciones, podas, correcciones infinitas y muchas mueren por el camino. Este es el método; ja, ja, ja... Para mí es difícil conseguir una perspectiva objetiva de mi producción o trayectoria, y también me cuesta tomar distancia de lo que escribo, como creo que le ocurre a cualquier autor o autora. Vivo este empeño de forma variada y loca, con pasión. Como en el haiku, vivo el instante.

Jorge Gómez Jiménez

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