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El cazador de sueños plasma la tensión entre la experiencia de lo sagrado y la culpa
José Elgarresta, de la angustia a la lucidez

domingo 15 de junio de 2025
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José Elgarresta
José Elgarresta: “El papel del escritor es el mismo de cualquiera ante la sociedad en general y del intelectual en particular dentro de ella”.

A medio camino entre la memoria personal y la crítica social, la novela El cazador de sueños es un largo monólogo interior que se interroga sobre el peso de la infancia, la educación religiosa, el despertar del deseo y la lucha por sostener una identidad propia en un entorno que favorece la uniformidad. La novela, construida como un diario, no se limita a narrar un itinerario vital, sino que lo convierte en un laboratorio emocional donde el yo se desnuda con crudeza, ironía y un alto voltaje poético.

Para el español José Elgarresta, este libro implica un retorno a los orígenes, pero también una reelaboración literaria de aquello que pudo ser y no fue. Economista y abogado de formación, con una extensa trayectoria como poeta, narrador y miembro de reconocidas instituciones culturales europeas, Elgarresta ha convertido su obra en una exploración persistente del desencanto, el amor y la construcción simbólica de la existencia. El cazador de sueños se inscribe en esa línea.

Conversamos con el autor sobre los desafíos de escribir desde esa zona ambigua entre lo vivido y lo imaginado, sobre el lugar de la poesía en su narrativa, y sobre los conflictos que atraviesan al protagonista de esta obra, cuya voz —frágil, lúcida, contradictoria— parece hablar desde una generación marcada por la disidencia silenciosa.

 

El cazador de sueños, ficción semiautobiográfica

—Diario personal o novela autobiográfica, El cazador de sueños le da al lector la posibilidad de situarse muy de cerca ante los conflictos internos del protagonista. Me gustaría que me hablaras, en principio, de cuánto de ti hay en esta obra, y de los retos que tuviste que confrontar al escribir en primera persona.

—En esta obra, el protagonista, en realidad, soy yo, aunque los hechos narrados no ocurrieron tal como se describen. Por supuesto, al tratarse de una obra de ficción, no diré las coincidencias de la misma con la realidad. En consecuencia, podría calificarse de novela semiautobiográfica. Escribir en primera persona fue algo natural, completamente necesario para la inspiración que hizo surgir la obra. Si no fuese por esta inspiración, no hubiera podido escribir ni una línea, de modo que no tuve conciencia de los retos.

—En el libro hay una constante tensión entre el yo real y el yo ideal del protagonista, ambos expresados en un monólogo interior en cuya escritura uno cree advertir tanto confesión como construcción literaria. ¿Cómo llegas a esta dualidad? ¿Es una necesidad narrativa o la expresión literaria de una postura ante el mundo?

—Es básicamente la expresión literaria de la postura del protagonista ante el mundo.

“El cazador de sueños”, de José Elgarresta
El cazador de sueños, de José Elgarresta (Vitruvio, 2025). Disponible en Amazon

—Uno de los ejes más significativos de la novela es la tensión entre la vocación poética y las expectativas sociales que intentan moldear al individuo hacia el éxito convencional. ¿Hasta qué punto esta oposición resume el conflicto que mueve toda la obra?

—El conflicto que mueve la obra es más global que la tensión entre la vocación poética y las expectativas sociales. Esta tensión es una consecuencia de aquél, que es a su vez un conflicto entre lo que es, lo que desearía ser y lo que la realidad de su mundo le permite ser.

—La sexualidad en El cazador de sueños aparece cargada de ambivalencias: deseo y culpa, exaltación y repulsión, ternura y sordidez. ¿Qué representa ese despertar erótico en el arco general de la vida del protagonista?

—La sexualidad es otro importante conflicto, generado, fundamentalmente, por la educación del protagonista. Las instituciones religiosas responsables de dicha educación califican los actos sexuales de impuros con las fatales consecuencias del infierno y otras amenazas que engendran miedo en un principio y la natural prevención después en la juventud del protagonista.

 

José Elgarresta y su postura ante el materialismo

—El personaje principal parece recorrer una evolución que va desde la angustia infantil hasta una especie de aceptación resignada, en un tránsito marcado por la represión, la rebeldía y finalmente la lucidez. ¿Puedes hablarme de ese proceso de transformación personal?

—La evolución del protagonista es desde la angustia a la lucidez en etapas sucesivas que describen la educación en las entidades religiosas. También el ambiente y los sucesos que ocurren en el mundo de la cultura, así como los imperativos de la sociedad que lo rodea, son determinantes y lo encaminan hacia el desenlace final, muy importante, a mi juicio, ya que es una decisión que simboliza la libertad interior del protagonista.

—La experiencia de lo sagrado, en el libro, se mezcla con el miedo, la culpa y una visión deformada del pecado. ¿Es esto la representación de una época o el símbolo de un tipo de violencia estructural más universal?

—El libro es la representación de una época en un país en que las instituciones religiosas generan la tensión descrita entre la experiencia de lo sagrado y la culpa por no poder regir la vida de acuerdo con dicha experiencia.

—En nuestras conversaciones previas has mencionado que la novela describe el paso de “cazadores de sueños” a “mercaderes de sueños”. En el texto se sugiere que ese tránsito no es sólo personal, sino también histórico y social. ¿Podrías ampliar esta idea en relación con la transformación del papel del escritor en nuestra época?

—El tránsito de “cazadores de sueños” a “mercaderes de sueños” es fundamentalmente histórico y social, aunque, naturalmente, también personal en la medida en que la sociedad lo impone al individuo. El papel del escritor es el mismo de cualquiera ante la sociedad en general y del intelectual en particular dentro de ella. El materialismo, que todo lo invade, convierte cualquier objetivo, personal o colectivo, en dinero, cuya consecución se considera la única meta válida de la vida del hombre. La tecnología de los medios tiende, incluso, a sustituir la figura humana por la de la máquina.

 

“Cuanto se escriba debe estar impregnado de poesía”

—Resulta difícil no leer El cazador de sueños como una prolongación de tu propia obra poética. El lenguaje está impregnado de imágenes, digresiones líricas, evocaciones melancólicas. ¿Fue una decisión deliberada construir una novela con aliento poético? ¿Dónde trazas el límite —si es que lo hay— entre narrar y poetizar?

—Yo soy, fundamentalmente, un poeta que escribe también narrativa. En cualquier caso, creo que cuanto se escriba debe estar impregnado de poesía. La poesía es la llave de la inspiración y, como tal, de toda creación literaria.

—El título El cazador de sueños sugiere una persecución constante de algo inalcanzable, una suerte de vocación condenada al fracaso o al exilio interior. ¿Dirías que esa es también una forma de definir tu escritura o tu visión del oficio literario?

—Es mi visión de toda creación humana. Es lo que diferencia al hombre de todos los demás animales y le proporciona un sufrimiento que los otros animales no conocen.

—Tienes una amplia trayectoria como narrador y como poeta. ¿Cómo ha sido para ti la experiencia de transitar entre ambos géneros? ¿Encuentras que uno exige una disposición interior distinta al otro, o más bien se alimentan mutuamente desde un mismo impulso creativo?

—Creo que poesía y narrativa son dos manifestaciones de un mismo camino. Sólo difieren en la forma. La disposición a un género u otro depende de lo que cada escritor prefiera según su propia naturaleza.

Jorge Gómez Jiménez

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