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En La conciencia del río se vale del aforismo para interrogar la realidad
Ricardo Martínez-Conde quiere dialogar con el lector

domingo 27 de julio de 2025
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Ricardo Martínez-Conde
Ricardo Martínez-Conde: “El mejor lenguaje se encierra en la ironía: hace un cierto uso del sentido del humor para tratar de entender algo que no se debe pretender entender; la realidad”.

Con La conciencia del río, Ricardo Martínez-Conde vuelve a demostrar que el aforismo, en manos de un escritor atento a las corrientes más hondas de la reflexión, puede convertirse en una de las más atinadas formas de interrogar la realidad. Es quizás en estas páginas de resonancias filosóficas y poéticas donde el autor despliega con mayor libertad su mirada crítica sobre temas que han atravesado toda su obra —la soledad, el tiempo, la memoria, la libertad—, en un ejercicio de brevedad que invita al lector a demorarse en cada fragmento como quien se asoma, mantengamos la imagen fluvial, a un curso de agua en perpetuo movimiento.

Con su lenguaje siempre preciso, a veces esquivo y a menudo pleno de un humor incisivo y sutil, Martínez-Conde exprime al máximo las posibilidades del género para plantear preguntas sin clausurarlas. Sus aforismos no pretenden sentenciar; más bien proponen una deriva, un vaivén de imágenes y pensamientos que dialogan con la tradición filosófica y literaria sin perder nunca la intimidad de la confesión.

Hoy conversamos con el autor español sobre este libro que vuelve a algunos de los núcleos más complejos de su escritura. Habla del poder y la fragilidad de la palabra, de la ironía de la belleza, del amor como fulgor y vacío, y de esa libertad tan cercana a la soledad que impregna cada línea de este nuevo volumen. Sus respuestas, apreciará el lector, son invitaciones francas a la lectura —como las que Martínez-Conde, por otra parte, nos obsequia en Al calor de la lectura, su avenida en nuestra Ciudad Letralia, desde el año 2020.

 

“La conciencia del río”, de Ricardo Martínez-Conde
La conciencia del río, de Ricardo Martínez-Conde (Zadar, 2022). Disponible en Amazon

La conciencia del río y esa facultad benéfica que es la memoria

La relación entre la soledad y la muerte es recurrente en muchos de los aforismos de La conciencia del río. En uno de ellos escribes: “La soledad lo que confirma es el resultado de la ecuación de la muerte”. Desde tu perspectiva, ¿cómo se concilian en tu obra estos dos conceptos?

Tal vez, tanto un concepto como el otro los concibo como algo inherente al nacimiento (me sonrío recordando que alguien “de letras” en una ocasión llegó a sostener que la matemática está en todo: si naces, el resultado es morir).

Luego viene, como ha de ser, el considerar los matices: la muerte como algo implícito, como condición originaria, primigenia. La soledad como el ejercicio de inteligencia, de adaptación a la realidad, a esa realidad. A veces pienso que, si la muerte se enseñase en las escuelas, el hombre tendría muy facilitado el gravoso camino de la vida; quiero decir, aceptado ese fin, podría dedicar muchas más energías al cultivo de la libertad, a la sana curiosidad, sin tener necesidad de reiterarse en que lo que nos espera es la inevitabilidad de esa muerte, pensamiento un poco soso.

Podría considerarse incluso, el pensar así, como una actitud dialogante hacia el otro, hacia la naturaleza; un gesto bien democrático.

 

La memoria, en tu libro, es presentada como un arma de doble filo, capaz de brindar protección pero también de producirnos “vacío y ansiedad”. ¿Es la memoria un obstáculo o una facultad benéfica para el ser humano? ¿Qué papel juega la memoria en tu proceso creativo?

Creo que es una facultad benéfica, pero críticamente benéfica. Considerada no tanto como un espejo sino como una forma de observar, de pensar, sería una gratísima enseñanza, toda vez que la vida nos brinda constantemente la posibilidad de aprender: de unos lo que debemos hacer (siempre atentos a nuestros deseos, a nuestra voluntad) y de otros lo que no. Yo considero a la memoria como una compañía de lo más provechoso, y, de poner buena atención a sus respuestas, no le falta sentido del humor, seguro, porque cultiva tanto la ironía como la paradoja. Es así, entonces, que, como autor, a veces la he comparado a la tinta en donde mojo la pluma. Y luego escribir, currente cálamo, esto es, al discurrir de la pluma. ¡Qué oportunos y listos eran algunos de nuestros antepasados!

 

El amor, tema recurrente en tu obra, cobra en La conciencia del río el carácter de una resignación inevitable. “He amado hasta la soledad”, escribes en uno de tus aforismos; “Más que amar, el hombre se distancia por un momento de su corazón para observarlo embelesado”, en otro. ¿Cómo ha evolucionado este tema a lo largo de tu carrera?

El caso es que yo pienso, o he pensado muchas veces, que más que referirme al amor me refiero, o quiero referirme, a la Idea del amor (y no me faltan ascendientes familiares, sobre todo de una pariente próxima llamada Timidez).

Como tal condición natural nos viene de nacimiento: es ineludible, inexcusable (alguien ha dicho incluso que el malvado ama mucho, si bien a su modo). En mi caso creo que tengo propensión a observar el amor, a pensarlo: es como si en él concibiese una representación o algo así. Siendo leído despacio (como siempre recomendaría humildemente que se hiciese con mi obra), creo que se puede deducir que lo trato como si fuese un cuadro, una escultura, pero pocas veces tengo conciencia de haberme dirigido a él de una manera física, explícita. Para el lenguaje escatológico soy más bien reservado.

Y como evolución (lo que usted llama “mi carrera”), bueno... me considero alguien más bien magro, discretito sin más: ni barroco ni minimalista, francamente.

 

Me llaman particularmente la atención tus reflexiones sobre el lenguaje, ese código que nos une y además nos da la ilusión de ocupar un papel especial en el universo. En tu libro las palabras “son y no son”, y encierran la sutileza de “transmitir veracidad” sólo si el hablante —el escribiente— se familiariza con la mentira. ¿Está limitado el lenguaje en su trabajo de expresar la verdad? ¿Crees que todo acto de escritura implica una traición inevitable a la realidad?

Déjeme que elogie, ante todo, su consideración del lenguaje: “ese código que nos une y además nos da la ilusión de ocupar un papel especial en el universo”. Si me lo permite, le robo la respuesta. Pero también para considerar que el mejor lenguaje se encierra en la ironía: hace un cierto uso del sentido del humor para tratar de entender algo que no se debe pretender entender; la realidad. Como a los humanos, podríamos añadir. No olvidemos aquí la gran contribución que ha hecho la literatura inglesa en tal sentido, y lo que es más importante, lo pasan bien, sin carecer del sentido práctico que implica y exige la realidad. Incluso podría decirse que son bien pragmáticos.

En cuanto a la segunda parte de la pregunta, yo no diría que la ficción es mentira, ¿usted sí?

 

Ricardo Martínez-Conde: el lector como interlocutor

A lo largo del libro hay una reflexión constante sobre el tiempo, que en tus palabras sólo es propicio a su voluntad, la cual suele no coincidir con nuestros deseos. Somos “el objeto de su juego”, escribes. ¿Hay en la escritura una actitud de resistencia ante el paso del tiempo, o más bien una manera de aceptarlo y dialogar con él?

Le doy la razón: siempre he considerado al Tiempo como uno de los personajes que mejor portan y exhiben la elegancia de la indiferencia. A mí eso no me molesta, y acaso deba reconocer mi culpa de pretender imitarle en muchas ocasiones.

Respetemos su libertad: él va a lo suyo. Y no creo que sea “el señor de la cosa” (o de la casa), si acaso su mayordomo. Tiene su carácter, qué le vamos a hacer. La respuesta no es lo impertinente, sino la pregunta, ya sabe.

Hay, me parece, en mi escritura, “una manera de aceptarlo y dialogar con él”, eso sí. Y aunque no responda con palabras, se le entiende perfectamente, ¿no cree?

 

En varios momentos mencionas la ironía de la belleza. “La belleza ha sido capaz de seducir hasta ahora a todo aquel que se ha acercado a ella... Continuamos, pues, a la espera de un conocimiento claro acerca de su naturaleza”. ¿Qué representa para ti la belleza en este libro? ¿Es un fin en sí misma o un medio para explorar cuestiones más profundas?

Representa la bondad, la belleza implícita del significado y del valor de la palabra.

Todo ejercicio de escritura ha sido siempre para mí un modo de diálogo. Y en algunas ocasiones he dicho que en cualquiera de mis libros, si bien no manifiesto, está al final la expresión: “¿No te parece, lector?”.

Para mí el bien de la escritura está en la posibilidad de un interlocutor. Y si no le tengo delante, incluso si no le conozco, casi mejor; añade intriga a la trama (y volveríamos a lo de la timidez). La belleza estaría en el ritmo, en la musicalidad; también ahí cabría decir: no es lo que se dice, sino cómo se dice.

De querer manifestar un deseo, diría la conveniencia, la suerte de un interlocutor. Y el lector tiene los mejores atributos, en ese sentido. Y, siendo así, alguien que le dedica su libertad, su voluntad, su inteligencia para leer, ¿no cree que se merece todo el respeto, toda la consideración del autor?

Por lo demás, si añade usted por su cuenta —sin citarme a mí— que la escritura habría de ser un ejercicio sobrio y sencillo de una seria responsabilidad, yo le aplaudiría. Las cosas como son.

 

La libertad y la soledad están emparejadas en La conciencia del río; de hecho, en ocasiones pareciera que niegas la existencia de la primera: “El instinto conmemora a cada instante el verdadero origen del hombre: su dependencia”, escribes en uno de tus aforismos. ¿Somos libres, en tu opinión? ¿Se encuentra la verdadera libertad en el aislamiento?

¿Recuerda aquella hermosa frase de Carlos Fuentes?: “La libertad no existe, es algo a lo que se tiende”. A partir de ahí, pienso yo, está todo: está la vida, el vivir, tal vez el contarlo... Él era, además, un hombre solidario y consciente.

Y puestos a recordar (y a aludir a esa forma mayestática de dependencia) recordemos también al brillante y enigmático y eternal Shakespeare: “Todo hombre nace con la deuda de la muerte... y el caballero, cuanto antes pague sus deudas, mejor”. Qué conciencia crítica tan elogiable, ¿verdad? Conciencia, caballerosidad ante todo.

Pero le diría también que la aceptación de la dependencia originaria con la que nacemos, la aceptación de nuestras limitaciones y de nuestro acabamiento, es una forma, no la menos digna, de libertad, de racionalidad.

 

“El arte corrobora la sospecha: la belleza estaba ahí”, dices en otro aforismo. La relación entre el arte y la belleza es otro de los temas del libro. ¿Cómo es tu visión del arte en tu proceso creativo, incluso más allá de este libro?

La belleza tal vez sea una consideración de dominio propio, pero la armonía no, la armonía es ese silencio que nos indica el bien como una dominante espiritual (creo que esa consideración del religare a que hacemos alusión a veces, también estaría ahí).

La belleza, bien se sabe, está en el silencio que emana de ese “algo” y que le hace distinto para nosotros, que nos hace bien sin trueque, un bien como la fe que pueda distinguir a cualquier religión en la medida que es capaz de señalar nuestro vínculo más allá de nosotros.

Silencio que nos otorga un bien. La propia Naturaleza, el paisaje, tiene mucho de ello. ¿No ha sido Edmond Jabés quien ha dicho que todo, también la escritura, tiende —o ha de tender— al silencio, a una forma de Nada?

 

“Este libro, a modo de una charla, me ha dejado un cierto buen gusto”

Uno de los aspectos más interesantes de tus aforismos es la brevedad, que obliga al lector a detenerse y reflexionar sobre cada palabra. ¿Cuál es el mayor reto al escribir aforismos, especialmente cuando se trata de condensar ideas filosóficas complejas? ¿Cómo logras equilibrar la precisión del lenguaje con la profundidad del pensamiento?

Becket, si recuerda, también nos dejó dicho que todo discurso (la misma literatura) tiende a las no palabras, al silencio. Una forma de referirse, tal vez, a esa Nada que tenemos como paisaje de fondo.

La brevedad, por otro lado, tiene un sesgo de deferencia, de educación. ¿Qué vas a tratar de explicar, de hacer entender, si en realidad no hay mucho que explicar, que entender? El horizonte nos lleva inevitablemente hasta otro horizonte... hasta que se hace de noche. Y punto.

Mi amigo Roque, de cinco años, me explicó un día, cuando era mi vecino de azotea en la costa de Andalucía, el secreto astrológico complejo, con una claridad meridiana: “¿Lo ves? —me dijo—, y ahora el sol se mete en el agua y se apaga”. Pues eso (para la inteligencia no hay pilas).

 

Como aforista, ¿cómo decides la organización de los aforismos? ¿Existe una progresión temática o emocional a lo largo del libro, o prefieres que el lector los descubra de forma más intuitiva, en un proceso casi de deambular entre ideas y reflexiones?

Yo diría que se parece a “ese proceso casi de deambular entre ideas y reflexiones”. Hay una cierta voluntad didáctica, inevitablemente, en cada uno de los aforismos, pero a sabiendas de que el primero que está obligado a entender soy yo, y no estoy seguro de conseguirlo siempre al completo. Así que procuro tratar amistosamente al lector: juntos, dialogando, tal vez consigamos discernir un poco mejor acerca de eso que llaman la realidad. Y luego cada cual lo aplica para sí.

Todo equivale a un paseo de curioso por el camino de la vida: vamos de viaje, estamos de paso.

 

A lo largo de tu carrera, has cultivado géneros tan diversos como la poesía, el ensayo y el aforismo, pero siempre con una profunda reflexión filosófica como hilo conductor. ¿Cómo ha evolucionado tu pensamiento a lo largo de los años? ¿Qué lugar ocupa este libro en ese desarrollo?

Confieso que este libro, a modo de una charla, me ha dejado un cierto buen gusto.

No trata de ser impositivo y sí, de duda más o menos consciente (la duda es lo único que tenemos garantizado), si somos honrados al pensar. A veces me parece —incluso tratándose de mí— que el producto es el alimento, y la ironía el aditamento. Lo que me gusta del viaje —del elaborar el libro— es la misma idea del viaje.

Como autor procuro ser paciente, observar-considerar en silencio, cada cosa, cada persona. Procuro no juzgar ni eludir mi opinión; de algún modo este libro me marca un viaje fiable (con su aquel de ironía, por favor).

 

En nuestra Ciudad Letralia mantienes la avenida “Al calor de la lectura”, en la que ensayas una aproximación al libro —a los libros que pasan por tus manos— que, más que ejercicio crítico, es la de un lector enamorado de la lectura. ¿Cómo te gustaría que el lector entre a las páginas de La conciencia del río?

Pues revestido, influenciado por una forma respetuosa de considerar, de amar. Volvemos a la idea del amor.

Y aprovecho para decir aquí que esa serie, Al calor de la lectura (nueve volúmenes) la emprendí un día con una cierta voluntad de ONG después de decirme: un hombre que no lee tiene un problema. Así que me limito a defender el bien de la lectura y sus maravillosos intríngulis, y secretos, y...

Y ahora voy ocupándome en una nueva serie, Lecturas trae la lluvia, que es jovencita todavía (la serie, no la hermosísima lluvia).

Jorge Gómez Jiménez

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