
El periodista Oscar Wilde —que no es periodista ni es el autor de El retrato de Dorian Gray— es invitado a entrevistar al Diablo. Tal es la premisa de Alazebú, novela del venezolano Oscar Battaglini Suniaga que abreva de los debates contemporáneos sobre la libertad, la espiritualidad y el poder, y que en sus poco más de cien páginas desafía las fronteras entre la ficción narrativa y el ensayo filosófico. Figura que encarna la disidencia metafísica y la sabiduría —más sabe el diablo por viejo que por diablo, reza un refrán venezolano—, el Alazebú protagonista de esta novela hablará, con la misma soltura, de religión, política, ciencia, historia y arte.
Battaglini Suniaga, quien a la sazón es historiador y musicólogo, aprovecha su sólida formación académica y su mirada crítica para tejer un texto que, más que contar una historia, invita a un diálogo complejo y provocador sobre la condición humana. La voz de Alazebú, cargada de ironía y erudición, se enfrenta a la del protagonista en un intercambio que recuerda a los diálogos socráticos, pero que incorpora referencias contemporáneas y debates urgentes. En ese cruce, el libro encuentra su singularidad: un híbrido que combina la tensión narrativa de la ficción con la densidad reflexiva del pensamiento filosófico y científico. Es una obra para quienes disfrutan enfrentarse a textos que no buscan complacer, sino interpelar; que obligan a reconsiderar certezas y que, en el proceso, expanden los límites entre la literatura y la filosofía.
Conversar con Battaglini sobre Alazebú supone adentrarse en la misma lógica dialógica que la estructura. A lo largo de esta entrevista, exploraremos el origen de la novela, sus desafíos formales, el simbolismo que la atraviesa y las experiencias personales que la nutren. Más que hablar de literatura en sentido convencional, se trata de examinar un proyecto que utiliza el lenguaje narrativo como herramienta para abordar preguntas esenciales sobre el bien y el mal, la libertad y el orden, y el lugar que ocupa el ser humano en esa compleja ecuación.
Alazebú, la revelación de un ente angélico
Más allá de los temas que abarca, Alazebú es una obra que, me parece, es de indispensable lectura por su postura de cuestionarlo todo y de trascender el mito en el que se envuelven aspectos de la realidad contemporánea como la libertad individual, las estructuras de poder y la espiritualidad. Me gustaría que comenzáramos esta conversación con el camino que te llevó a concebir este libro.
La génesis de Alazebú se encuentra indubitablemente ligada a una experiencia con mi hijo Diego, cuando éste contaba seis años —hoy tiene diecisiete—, y hacía tiempo había sido diagnosticado con autismo moderado o de grado 2. Una noche se despertó asustado convencido de que enfrente de nosotros había un personaje atemorizante que se llamaba Alazebú. Esto en sí mismo es destacable por dos cosas: el miedo cerval que nunca había visto en él antes —y tampoco después—, y porque Diego a esa edad prácticamente no hablaba y dijo aquella palabra perfectamente alto y claro, sílaba a sílaba, cuando le pregunté el nombre del interfecto. Por su parecido con otra (Baalzebú), inmediatamente supe de quién se trataba, pero en ese momento fue imposible rastrear dicho nombre en Internet. Sencillamente, “Alazebú” no existía hasta que lo nombró Diego y, en este mundo de megadatos, ello era altamente improbable. Así que no se trataba de un juego de mi inconsciente —no soy tan creativo— o el de Diego. Siguen habiendo muchos fenómenos en el universo que no entendemos, y eso no significa que no existan. Todos los detalles que se dan en la novela acerca de ese episodio son literales; ocurrieron tal y como se narran. Creo que es la única parte de la obra que no es ficción, sino testimonio directo.
Por supuesto, no fue que me desperté al otro día queriendo escribir una novela que tratara de ello. El asunto fue, en realidad, creciendo como rumor de baja frecuencia con los años. Aunque ya era un tema tratado ampliamente en la literatura, con casos destacados en las plumas de Goethe y Christopher Marlowe, o el diablo representado en Las cadenas del demonio de Calderón, pensé que podría hacerse una actualización en la que Alazebú no figurase con el usual estereotipo de “ladrón de almas”, sino como un sujeto racional que, aun rebelado contra el Padre, defiende sus argumentos con cierta dialéctica que podríamos denominar, hasta cierto punto, de “socrática”.
Dicho con otras palabras, con los años traté de darle algún significado a ese evento paranormal. ¿Quería en realidad Alazebú dar algún mensaje a través de un emisario distinto y al margen de los consabidos repetitivos atavismos y formulismos religiosos de los curas? De hecho, un primer borrador se lo hice llegar a una hermana católica muy cercana, quien a su vez se lo alcanzó a un padre exorcista, cuyos nombres me reservo. Luego de leerlo ambos, su primera reacción fue pasarlo por la trituradora de papel y advertirme, claro está, de los peligros que entrañaba un acercamiento de esta naturaleza. O sea, certificaron el mensaje como verdadero; era una revelación del genuino Alazebú según ellos y eso, más que arredrarme, me persuadió de que el contenido debía ser publicado.

El punto de partida de la novela es un diálogo extenso y filosófico con Alazebú, una figura cargada de significados históricos y religiosos. ¿Qué condiciones del presente consideras que hacen especialmente pertinente esta novela y en qué medida dialoga con las tensiones sociales e ideológicas actuales?
Es una buena pregunta, sobre todo teniendo en cuenta que vivimos un tiempo cargado de relativismos en donde las certezas filosóficas de la modernidad desaparecieron, y tampoco han sido rellenadas satisfactoriamente por la incertidumbre posmoderna ni por las llamadas “ciencias duras”. Como dice Alazebú, históricamente ha quedado demostrado que los contratos sociales a la larga caducan o se truecan por lo opuesto a lo que originalmente pregonan, pues la pulsión de poder de unos pocos acanallados finalmente termina imponiéndose por encima de instituciones supranacionales —el rotundo fracaso de la ONU es más que elocuente— o de teorías políticas más o menos bienintencionadas. Al sacar la cuenta, y así se dice explícitamente en el libro, los actores históricos que menciona Alazebú tienen las manos manchadas de sangre y por eso mismo no es amable con nadie. Dispara con grueso calibre contra todos: capitalistas, comunistas, musulmanes, judíos, palestinos, católicos, evangélicos, santeros, testigos de Jehová y un largo etcétera, aunque por supuesto guarda sus antipatías más sinceras y prolongadas contra los comunistas y los nazis —les dedica varias páginas— y se declara abiertamente anarquista.
Son temas de gran actualidad, aunque se utilice deliberadamente el ámbito de lo espiritual para exponerlo. En la “Advertencia” al lector llamamos la atención sobre la tendencia de muchos por declararse “anti” algo (anticomunistas, antimperialistas, anticapitalistas, antifascistas o antisionistas, para enumerar los significantes de moda), pero cómo brilla por su ausencia presentarnos como republicanos y firmes defensores de la democracia y la libertad positiva individual. Es llamativo, por decir lo menos, que cosas tan meridianas como “república”, “derechos humanos”, “Estado de derecho”, “debido proceso” y “división de poderes”, estén fuera del repertorio de muchos políticos profesionales y sus fanáticos seguidores en este momento que nos ha tocado vivir. En una época de redivivos autoritarismos aspirantes a totalitarismos imperialistas que creíamos superados, en su fase más oscura, hace justo ochenta años con la derrota del fascismo, creo que esas categorías les producen caspa a muchos aspirantes a dictadores llegados al poder por vías legales. Es como mencionar, literalmente, la soga en la casa del ahorcado.
El libro no rehúye temas religiosos delicados y, de hecho, propone una reinterpretación profunda —y a veces frontalmente crítica— de figuras y dogmas centrales de varias tradiciones de fe. En un contexto donde la sensibilidad religiosa puede detonar reacciones viscerales, ¿qué respuesta esperas del lector creyente? ¿Es Alazebú una obra para todo público?
Sí lo es, porque es un llamado a cuestionar los convencimientos más profundos de todas las culturas del planeta. La incertidumbre es la única certeza que hay —aparte de la muerte— y no todos dan el paso crucial que implica dar el salto del prejuicio al juicio, aprendiendo con tolerancia, sabiendo que la búsqueda de respuestas nunca termina (afortunadamente). Yo mismo me sentí en la cuerda floja escribiendo esta novela pues me considero católico, pero me obligué a seguir una línea definida desde hace tiempo por los griegos —comenzando por Sócrates y luego por Platón, Orígenes y Santo Tomás de Aquino—: tenía el deber de colocarme en el lugar del otro. ¿Qué respuesta espero de los catecúmenos de la secta ismaelita, santera, evangélica y judía? Su intolerancia de siempre, con varias maldiciones incluidas si se toman realmente el trabajo de leer este ensayo novelado, con lo cual la misión designada por Alazebú estará bien cumplida, pues esa actitud es precisamente la que él trata de denunciar a todo lo largo del diálogo que se desarrolla en la obra.
La figura de Oscar Wilde, protagonista de la novela y padre de un chico autista, comparte tu nombre de pila y una profesión vinculada al pensamiento crítico. ¿Qué grado de proyección personal hay en este personaje y por qué decidiste que fuese él el interlocutor principal de Alazebú?
Existe, más que proyección o identidad —que en efecto la hay y se juega constantemente con esa dualidad—, un profundo respeto y admiración por el verdadero Oscar Wilde. Uno lee sus obras, y en especial ese culmen de su carrera que fue su única novela, El retrato de Dorian Gray, y descubre una mezcla magistral de intelectualismo erudito tan cercano al nihilismo, que perfectamente calza con el sentido que quiere dársele al personaje Alazebú en mi propia creación. En realidad Oscar Wilde se parece más a Alazebú que yo a ambos, aunque los tres seamos igualmente frágiles y hasta cierto punto trágicos: Alazebú no puede ni podrá resolver nunca a satisfacción su litigio con el padre; Oscar Wilde fue víctima propiciatoria de una sociedad que no tuvo piedad con su genio crítico y descarnado; mientras que aquel que los ha puesto de manera ficticia a parlamentar —como se declara abiertamente en la novela—, vive con la insoportable certeza de una mortalidad que lo privará del único amor real que ha tenido: su hijo.
Oscar Battaglini Suniaga y la redención
Uno de los aspectos más llamativos del libro es su combinación entre narrativa y ensayo, en un formato que recuerda a los diálogos socráticos pero que incorpora elementos contemporáneos. Me gustaría que nos contaras sobre la investigación detrás de este libro y sobre los desafíos que encontraste para sostener este discurso sin sacrificar coherencia ni tensión narrativa.
Como no puede ser de otra manera, buena parte de lo que somos y hemos aprendido durante la vida, con nuestras particulares filias y fobias, se ve reflejado en lo que escribimos, y más los que nos hemos atrevido a transitar el laberíntico sendero de la narrativa. Ese elemento autobiográfico, del que siempre hablaba el irrepetible Gabo, es un elemento transversal de toda novela digna de tal nombre. Pero también están los recuerdos de amigos y familiares, frases y sentencias de viejos profesores en la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela y, sobre todo en los últimos tiempos, de un acucioso interés por la filosofía. Claro que mantener un balance entre la erudición y la secuencia narrativa representó todo un reto, y creo que ciertos recursos ayudaron en la consecución de dicho objetivo: el primero fue limitar el marco temporal a apenas cuatro o cinco horas de acción —es lo que un lector entrenado se tarda en leer sus cien páginas; hicimos el experimento—, y además colocar dicha acción en movimiento, dentro de una camioneta blindada, utilizando la excusa de la entrevista periodística, le otorga mayor dinamismo y condensación a la trama.
Pero también, sin duda, ayuda el tema: se plantean las mismas candentes preguntas de siempre a las que el hombre todavía no ha encontrado respuesta; se aborda sin maniqueísmos de partido algunas de las corrientes políticas y religiosas de nuestro pasado y presente y, lo que considero aún más valioso, se da un posicionamiento arriesgado y audaz a un amplio conglomerado de subtemas e interrogantes subordinadas a las principales.
Me llama la atención el culto lenguaje de este diablo Alazebú, voz narrativa que describes al principio: “...el anticuado y castizo del interfecto, en el que se intercalaban, aleatoriamente, voseo con tuteo y plural mayestático con primera persona del singular”. ¿Puedes hablarme de esta escogencia argumental de presentar a Alazebú como un diablo ilustrado y, además, mordazmente sincero?
Un ente angélico que ha existido prácticamente desde el principio del tiempo tiene que ser forzosamente ilustrado, al no estar sujeto como nosotros a las cadenas de la mortalidad. De ahí que en su manera de hablar encontremos formas arcaicas y hasta en desuso con deliberado aire enciclopédico, que dan cuenta de su antigüedad, de su longevidad, pero también de un profundo existencialismo racionalista. ¿No reza el refrán popular que más sabe el diablo por viejo que por diablo? Aquí sí hay un guiño directo con el Fausto de Goethe y secundariamente con el demonio de la película Constantine, lo que nos acerca a un personaje mucho más accesible que las alucinaciones o engaños que otros elementos —no el verdadero Alazebú— le han hecho creer a la mayoría de exorcistas.
La experiencia de escribir un libro como este parece implicar no sólo investigación, sino también un posicionamiento vital. ¿Qué aprendizajes personales te dejó la escritura de esta novela y cómo dialoga con tus propias inquietudes sobre la libertad, la fe y la condición humana?
Lo primero a señalar, y resulta duro admitirlo, es que la principal conclusión derivada de esta experiencia es un desolador diagnóstico sobre la humanidad en su conjunto, al punto de casi no creer en su posible redención. Que esto lo diga un católico ya es bastante difícil de tragar, y asumo la responsabilidad por ese juicio, que en realidad es un juicio histórico, no religioso. De ahí que hayamos subtitulado el libro Una crítica global a nuestra especie, pues por más que pensemos que es Alazebú el que habla, él no es más que el vehículo a través del cual el autor se desahoga y expresa sus ideas.
Lamentablemente, y esta es otra conclusión, hace tiempo dejé de creer en los proyectos colectivos de transformación de la sociedad, y prefiero concentrarme en la relativa soledad de mis buenos fieles amigos y familiares. La naturaleza humana siempre termina dando al traste con los pocos intentos que en ese sentido se han ensayado. Si no podemos acabar con la opresión del Estado en cualquiera de sus formas, lo menos malo sería contar con instituciones fuertes, democráticas e independientes, donde la Constitución deje de ser, como una vez afirmó con amargura nuestro grande Uslar Pietri, un texto respetado pero no acatado, ineficaz pero vigente, al que se le rinde una forma de culto semirreligioso.
¿Crees que el diablo gustaría del ron carupanero?
¡Sin duda! Jamás pensé que me harías tal pregunta. En ese punto sí me voy a poner en rol más que nacionalista, regionalista, pues mis padres son oriundos del estado Sucre. Mi reflexión es la siguiente: el estándar de calidad de nuestros rones es tal que hasta el más plebeyo de todos es mejor que el mejor de cualquier otro país. Allí están las preferencias del público internacional y la abundancia de premios y galardones que tienen nuestros rones, y en especial los que se hacen con caldos carupaneros.
El trabajo de escribir una novela
Además de historiador eres músico, y tienes investigaciones sobre la música antigua occidental y los instrumentos de cuerdas pulsadas con mástil, con especial énfasis en ese astro rey de la música venezolana que es el cuatro. ¿En qué punto se intersectan estas dos profesiones con la literatura?
En mi caso fue algo inevitable aunque lento, y tuve el tino y discernimiento de no atreverme con la narrativa sino después de alcanzar la madurez del medio siglo cumplido. No es lo mismo hacer una investigación musicológica o historiográfica que atreverse a escribir una novela; requiere de dos talentos distintos. Algunos alcanzan el segundo tempranamente en su juventud, lo cual es un don y no fue mi caso. Nosotros tuvimos que trabajarlo y pulirlo a pulso con los años hasta atrevernos a dar el primer brinquito, y a juzgar por las generosas palabras de la reseña del poeta Alberto Hernández, parece que lo logramos con cierto merecimiento. Aprovecho, entonces, para agradecerles a ambos por esta oportunidad.
No es frecuente en la literatura venezolana el tema de tu libro. Me gustaría saber de tus influencias literarias, y en especial de tus gustos dentro de las letras venezolanas.
Aquí me voy a mojar y extender completamente, pues tu pregunta obliga a responder con total sinceridad, aunque espero no ofender a nadie con ello. Mis autores preferidos no son de habla hispana, sino inglesa: William Shakespeare, J. R. R. Tolkien y Charles Bukowski (de este último hay más de una cosilla intertextual en Alazebú). De las letras españolas admiro por supuesto a Cervantes pero prefiero a Calderón —muy superior aunque menos famoso que Lope de Vega— y a los llamados cronistas de Indias; quizá por eso mi gusto por el habla y el teatro antiguos. Por otra parte, soy un gran admirador de la escuela realista francesa del siglo XIX; Stendhal y Balzac sobre todo. Con respecto a los franceses, lamento en este sentido no estar de acuerdo con el criterio de la amplia mayoría, pues Los miserables de Victor Hugo me pareció una obra fastidiosísima que podría tener la mitad de extensión sin perder sustancia ni coherencia, con tantos rodeos innecesarios. La leí una sola vez en mi juventud, cuando tenía mucha más energía, y no repetiré el intento. Por cierto, después de terminarla me creía capaz de leer cualquier cosa, pero no pasé del primer capítulo de Guerra y paz, de Tolstoi. Creo que ese lingote de fierro tiene más personajes que páginas.
En cuanto a las letras venezolanas, Gallegos es un faro de primera magnitud, pero no deberían obligar a los muchachos que cursan bachillerato a leerse Doña Bárbara. Me explico: yo la leí obligado a los catorce años y no la aprecié —carecía de la capacidad cognitiva para hacerlo—, cosa que sí hice en mis años universitarios, junto a Canaima, La trepadora, etc. Otros portentos maravillosos de esa generación que están en mis preferencias lo constituyen los escritos de don Mario Briceño Iragorry, Miguel Otero Silva, Enrique Bernardo Núñez y José Rafael Pocaterra.
Y para que no digan que somos machistas, ¿cómo no mencionar a Teresa de la Parra y su Ifigenia? La sola valentía que tuvo esta heroína de las letras venezolanas por publicar aquella magistral tragedia con tintes shakespearianos, que no sólo es denuncia sino protesta contra toda una sociedad, la hacen brillar eternamente con justa gloria. Muchas de las que se declaran abiertamente feministas hoy día no se atreverían ni a la mitad, pues jamás se enfrentarán a los castigos y cancelaciones que sufrió Teresa de manos del gomecismo, lo que la obligó al exilio definitivo.
Mención aparte merece Francisco Herrera Luque —me he leído todas sus obras, incluso las intragables Viajeros de Indias y La huella perenne— con sus historias verídicas, fabuladas y verosímiles. Los amos del Valle, por ejemplo, me pareció estar a la misma altura de Cien años de soledad, pero esta es una opinión muy personal. De su vasto legado, sin embargo, coloco a La luna de Fausto como su mejor novela, y en eso coincido con varios colegas a los que he tenido oportunidad de consultar.
No soy asiduo lector de la narrativa venezolana contemporánea, pero a juzgar por los títulos que ustedes publican, existe toda una mina de valiosos autores por descubrirse y ser debidamente visibilizados. De los que podríamos catalogar como “consagrados” —tanto por su éxito comercial como por su calidad— rescato especialmente a Alberto Barrera Tyszka (La enfermedad) y a mi pariente margariteño, no tan lejano, Francisco Suniaga (Margarita infanta, La otra isla).
Aunque has publicado abundante material ensayístico, esta es tu primera incursión en la ficción. ¿Qué proyectos tienes en mente? ¿Ahondarás en la ficción o continuarás con tu ejercicio de ensayista?
Ahondaré en la ficción. Tenemos ahora en proceso de diagramación una obra a la cual hemos dedicado unos diez años de trabajo. Si las previsiones económicas se cumplen, espero que salga a la luz antes de que culmine el año, a tiempo para ser presentada en la Filven Nueva Esparta de finales de noviembre, y en los espacios de la Fundación Francisco Herrera Luque, aquí en Caracas. En ella se conjuga no sólo la música con la historia, ya que se trata de una novela histórica ambientada en la incipiente Venezuela del siglo XVI. No doy más spoilers. Seguro tendremos noticia de ella por estos mismos conductos.
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