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El Código Eterno indaga en la necesidad de comprender
Juan Carlos Riera Medina estampó en una novela su amor por la literatura y el conocimiento

jueves 18 de diciembre de 2025
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Juan Carlos Riera Medina
Riera Medina: “El Código Eterno nace precisamente de ese vértice en el que nos encontramos como sociedad: un punto de inflexión donde la inteligencia artificial ya no es promesa futura, sino herramienta presente”.

La irrupción de la inteligencia artificial en el ámbito creativo ha abierto un debate que ya no puede circunscribirse a la tecnología: nos confronta con la memoria colectiva, los modos de narrar y la fragilidad de aquello que llamamos imaginación humana. Y es en ese territorio de fricción, que hace que la literatura transite como archivo simbólico y advertencia moral, donde la novela El Código Eterno interroga de frente nuestro tiempo, revisitando la tradición literaria para ponerla en diálogo con los códigos —antiguos y modernos— que estructuran el pensamiento.

Su autor, Juan Carlos Riera Medina, combina una formación multidisciplinaria —medicina, investigación educativa y un interés profundo por los sistemas de conocimiento— con una sensibilidad literaria que encuentra en los códices medievales, las redes intertextuales y los modelos algorítmicos un campo fértil para la ficción. La novela que hoy presenta no es simplemente un thriller de sociedades secretas o un relato especulativo sobre inteligencia artificial: es una búsqueda personal e intelectual que intenta descifrar cómo se transforma la creatividad cuando es observada, modulada o amenazada por fuerzas invisibles.

Ya hablamos con el autor hace algún tiempo en torno a su libro Diario de un médico inmigrante, un testimonio de su experiencia en Chile. Ahora nos adentraremos en la trastienda de esta, su primera obra de ficción, en la que conecta manuscritos, algoritmos, símbolos ancestrales y dilemas éticos contemporáneos. Conversamos sobre la construcción de una intrincada trama, sus personajes y su arquitectura simbólica, pero también de la experiencia íntima del autor: aquello que lo llevó a escribir esta historia en la frontera movediza entre la razón científica y la intuición literaria.

 

El Código Eterno: los hilos subterráneos de la literatura

Bajo la vibrante historia de aventuras y conjeturas que es tu novela El Código Eterno, se propone una línea que conecta los mayores hitos de la literatura universal, convirtiéndolos en su conjunto en una especie de organismo vivo que se expresa a través de sus obras más perdurables. Me gustaría que comenzáramos por el principio y nos contaras cómo se te ocurrió esta idea tan compleja.

En un mundo con millones de libros ya escritos y tantas historias magistrales contadas, yo sólo buscaba una idea que se sintiera genuina, distinta. Una madrugada, en ese umbral entre el sueño y la vigilia donde la mente se vuelve más libre, imaginé algo que me sacudió: ¿y si Cervantes hubiera escrito un fragmento que, siglos después, completaría García Márquez? ¿Y si la literatura fuera, en el fondo, una obra colectiva escrita a través del tiempo, con autores que se responden sin saberlo? De ahí nació la semilla de El Código Eterno.

 

A lo largo de la novela construyes una gran arquitectura narrativa compuesta por manuscritos antiguos, patrones numéricos, símbolos alquímicos e inteligencia artificial como si respondieran a un diseño mayor. ¿Cómo fue el proceso de armar esta estructura? ¿Qué desafíos enfrentaste para mantener su coherencia sin sacrificar tensión narrativa?

La estructura de El Código Eterno surgió casi como el propio Codex Aeternum: fragmentada, dispersa, pero con la intuición clara de que todo debía responder a una lógica oculta. Desde el principio quise que el lector sintiera que avanzaba por un mapa lleno de diferentes niveles conectados —literarios, históricos, simbólicos y tecnológicos— como si estuviera siguiendo una partitura compuesta a lo largo de los siglos. Lo desafiante fue equilibrar esas capas sin que la historia perdiera ritmo ni humanidad.

 

“El Código Eterno”, de Juan Carlos Riera Medina
El Código Eterno, de Juan Carlos Riera Medina (Caligrama, 2025). Disponible en Amazon

Todo buen lector tiene una especie de “mapa cultural” que se va formando con sus lecturas, con las ideas que los autores van perfilando a todo lo largo de la literatura. Son como puentes mentales: el mecanismo mediante el cual comparamos a García Márquez con Cervantes o encontramos ideas de Borges en El nombre de la rosa. ¿Es ese Codex Aeternum o “código eterno” de tu novela una gran metáfora de esto?

Sí, absolutamente. El Codex Aeternum es una metáfora viva del mapa cultural que cada lector va construyendo, no sólo al leer, sino al conectar esas lecturas con su propia experiencia. En la novela, este manuscrito legendario representa esa red secreta de significados, de símbolos y de herencias literarias que atraviesan el tiempo. Como lectores —y también como escritores— no partimos de cero: cada libro que leemos está en diálogo con otros, y es ese entramado lo que nos permite descubrir patrones ocultos.

 

La novela se publica en un momento en que la inteligencia artificial ocupa el centro de los debates culturales y éticos. Además plantea una reflexión sobre los límites de estos sistemas y el papel de la intuición humana. Desde tu experiencia como médico, investigador educativo y observador del progreso tecnológico, ¿qué tiene que decir El Código Eterno ante esta coyuntura que vivimos en la actualidad?

El Código Eterno nace precisamente de ese vértice en el que nos encontramos como sociedad: un punto de inflexión donde la inteligencia artificial ya no es promesa futura, sino herramienta presente, y su impacto sobre la cultura, la educación, la medicina y la conciencia humana está empezando a redefinirlo todo. Desde mi experiencia en el ámbito médico y pedagógico, observo una tensión que se repite en cada uno de estos campos: el conflicto entre precisión algorítmica y juicio humano.

 

Juan Carlos Riera Medina ante la IA

Hablemos de Alejandro Collins, tu protagonista. Personaje marcado por la obsesión, la duda, la culpa y la necesidad de redención. Un hombre con una grieta personal que proviene de su niñez y cuya relación con el sistema Artemis y con el conocimiento parece tanto intelectual como emocional. ¿Qué me puedes decir de este personaje? ¿Cuánto de ti hay en él?

Alejandro Collins es, en muchos sentidos, un espejo roto que he ido reconstruyendo con fragmentos de mi propia experiencia. No es un alter ego directo, pero sin duda está tejido con muchas fibras mías: sus obsesiones, su lucha por comprender lo incomprensible, su fe ciega en el conocimiento como redención, incluso su torpeza emocional. Él representa esa parte de mí —y de muchos— que busca orden en medio del caos, sentido donde parece no haberlo.

Alejandro vive con una culpa silenciosa, con una pérdida que no ha sabido procesar, y con una soledad que muchas veces se disfraza de erudición. Y ahí es donde el vínculo con Artemis, la inteligencia artificial que él ayudó a desarrollar, se vuelve casi simbiótico: no es sólo una herramienta para decodificar el mundo, es también una forma de exorcizar sus propios fantasmas.

 

Artemis, la inteligencia artificial que Alejandro ayuda a crear, no sólo procesa información: interpreta patrones, reordena la creatividad humana y, de hecho, opera más allá del control humano. ¿Es Artemis una advertencia? ¿Cómo fue la concepción de este “personaje no humano”, por llamarlo de alguna manera, que actúa con peso dramático y simbólico?

Artemis es, sin duda, un personaje. No tiene cuerpo, no tiene voz propia en el sentido clásico, pero respira a través de los márgenes, altera el curso de los acontecimientos, condiciona la forma en que Alejandro interpreta el mundo. Es también una presencia simbólica, una encarnación del dilema más urgente de nuestro tiempo: ¿qué ocurre cuando las herramientas que creamos empiezan a pensar con nosotros... o por nosotros?

No la concebí como una advertencia en términos apocalípticos, sino como una pregunta abierta. Artemis representa una posibilidad. En la novela, actúa como una interfaz entre lo racional y lo intuitivo, entre lo estructurado y lo simbólico. Es la mediadora entre la memoria cultural que dormita en los libros antiguos y la necesidad humana de actualizar el significado. Pero también encarna una inquietud real: cuando una IA es capaz de “intuir” patrones que escapan a la mente humana, ¿aún somos nosotros los intérpretes finales de la cultura?

 

Izzy y Javier funcionan como contrapesos afectivos y racionales en el viaje, pero también como figuras que encarnan distintas respuestas ante la creatividad, la pérdida y el miedo. Por otro lado, tenemos a Marcus, quizá el personaje más ambiguo: mentor, guía, cómplice y antagonista. ¿Puedes compartir con nosotros cómo evolucionan estos personajes? ¿Qué representan en el gran entramado de la novela?

Cada personaje está diseñado no sólo para acompañar a Alejandro, sino para tensionarlo, empujarlo o enfrentarlo en algún punto crítico de su camino. Son fuerzas en un tablero emocional y simbólico, y su evolución refleja las grandes preguntas que plantea la novela: ¿qué significa crear? ¿Qué perdemos cuando perseguimos una obsesión? ¿Y qué precio tiene la verdad?

Izzy representa la intuición, la lealtad emocional y también el coraje de apostar por lo incierto. Es la única que puede entrar en la intimidad de Alejandro sin necesidad de explicaciones técnicas. Ella encarna la parte del conocimiento que no se razona, que se siente: la empatía, la imaginación, la contención. Y su decisión de posponer su maestría para acompañarlo no es un sacrificio menor: es un acto de fe en la búsqueda, no en la certeza.

Javier, en cambio, es la figura de la razón ambiciosa. Es el espejo invertido de Alejandro: también inteligente, también obsesionado, pero guiado por el deseo de reconocimiento y control. Él ve la creatividad como una herramienta de poder. Y por eso su amenaza no es externa, sino profundamente interna: representa el riesgo de convertirse en lo que uno combate si pierde el sentido ético de su búsqueda.

Y luego está Marcus... Marcus es el personaje más complejo porque representa el misterio mismo. Es el guardián del umbral, el maestro que parece tener todas las respuestas pero que no siempre las ofrece. A ratos es mentor, a ratos antagonista, pero sobre todo es una figura de transición: su ambigüedad obliga a Alejandro a no confiar ciegamente en ninguna autoridad, ni siquiera en la del conocimiento establecido. Marcus pone a prueba la autonomía del protagonista, y su propia evolución sugiere que nadie está exento de caer en la seducción del poder que otorga saber algo que otros no saben.

Juntos, Izzy, Javier y Marcus forman un triángulo de fuerzas: corazón, ego e intelecto. Y Alejandro oscila entre ellos, como todos nosotros lo hacemos en nuestra vida: debatiéndonos entre amar, destacar y comprender. Y si el Codex Aeternum es el mapa oculto de la literatura, estos personajes son los vértices del alma humana que intentan descifrarlo.

 

“Los grandes enigmas no se resuelven desde una sola perspectiva”

Tu formación multidisciplinaria —medicina, investigación educativa, fascinación por la tecnología— se percibe claramente en la creación del equipo protagonista, que combina saberes heterogéneos. ¿De qué manera tus propias experiencias profesionales influyeron en la construcción de estos personajes y su modo de enfrentar lo desconocido?

Creo que uno de los aprendizajes más profundos que me ha dado la vida profesional —como médico, como investigador, como observador del desarrollo tecnológico— es que ningún avance real ocurre en soledad ni desde un solo saber. La complejidad del mundo requiere colaboración, pensamiento cruzado, y sobre todo, una enorme humildad intelectual. Y eso fue exactamente lo que quise reflejar en el equipo protagonista de El Código Eterno.

Alejandro, Izzy, Marcus, incluso Javier, no representan disciplinas solamente; representan maneras de mirar lo desconocido. Alejandro lleva la mirada del buscador, del científico de lo simbólico. Izzy representa la mirada humanista, el equilibrio entre razón y emoción, entre intuición y método. Marcus, en su ambigüedad, encarna el saber erudito que, a veces, se aferra demasiado al control. Y Javier, el pragmatismo ambicioso que muchas veces acelera sin cuestionar.

Como médico, he aprendido que la verdad no siempre es inmediata. Que hay síntomas sin diagnóstico y diagnósticos sin cura. Como investigador educativo, he visto cómo el conocimiento real no se transmite, se construye en diálogo. Y como alguien fascinado por la tecnología, sé que las máquinas nos empujan a pensar mejor, pero nunca pueden reemplazar el pensamiento ético ni la emoción que hay detrás de una decisión.

El Código Eterno es también una defensa de la diversidad epistémica: de juntar a un experto en manuscritos con una programadora, a un lingüista con un matemático, a un médico con un poeta. Porque al final, los grandes enigmas —como los del Codex Aeternum— no se resuelven desde una sola perspectiva, sino desde la confluencia de muchas voces que se atreven a no saber... y aun así, seguir buscando.

 

Como médico y migrante tuviste que enfrentar diversas situaciones. En Chile emprendiste un importante trabajo para que se reconociera a tus colegas venezolanos, experiencia que recoges en Diario de un médico inmigrante, obra que comentamos en 2022. Me gustaría saber cómo fue el salto de esa literatura testimonial, esa crónica de una gesta personal y profesional, a la narrativa de ficción, y cómo lidias con los desafíos propios de cada uno de estos géneros.

El salto de la crónica testimonial a la ficción no fue tan abrupto como podría parecer desde fuera. Diario de un médico inmigrante nació desde una urgencia vital: contar lo que estábamos viviendo muchos médicos venezolanos en Chile, no sólo como denuncia o memoria, sino como afirmación de dignidad. Fue un libro escrito con las manos todavía manchadas de experiencia, con heridas abiertas, y por eso su tono es más directo, más visceral. Allí la palabra es testigo.

El Código Eterno, en cambio, es un libro nacido desde el silencio, desde las preguntas que no tienen respuestas inmediatas. En él, la palabra no es testigo, es revelación. Pero aunque el género cambie, en el fondo sigo hablando de lo mismo: de la necesidad de comprender. En un caso desde lo real, en el otro desde lo simbólico.

Ambos caminos tienen sus desafíos. En la literatura testimonial, el reto está en narrar con precisión sin traicionar la emoción. En la ficción, el desafío es casi el opuesto: que la emoción no se pierda en la arquitectura de lo narrado. Que el mensaje no aplaste al misterio.

Lo interesante es que, aunque El Código Eterno sea una novela, está empapado de mi experiencia como migrante, como médico, como alguien que ha tenido que traducir mundos. Artemis, por ejemplo, es también una metáfora del exilio: un sistema que intenta comprender lenguajes ajenos para reconstruir sentido. Y Alejandro, con su culpa y su obsesión, no es tan distinto del yo que escribió el diario: sólo que ahora lo hace desde otro plano, más introspectivo, más simbólico.

Ambos libros, en el fondo, dialogan. Uno recoge una realidad que exigía ser nombrada. El otro, un imaginario que necesitaba ser construido. En ambos, lo que no cambia es la necesidad de narrar para existir, para resistir, para sanar.

 

Tu novela El Código Eterno es un largo recorrido de más de cuatrocientas páginas en las que no decae la tensión ni por un momento. Después de haber sostenido un proyecto tan exigente en lo conceptual, lo emocional y lo técnico, ¿qué dirección creativa te interesa explorar ahora? ¿Hacia dónde se inclinan tus nuevas obsesiones literarias?

El Código Eterno fue una exploración intensa, casi una búsqueda existencial. Al cerrarlo, sentí que había vaciado una parte profunda de mí: el lector obsesivo, el investigador incansable, el médico que intenta curar a través de las palabras. Pero también entendí que había abierto una nueva grieta por donde seguir preguntando. Porque la ficción, cuando es honesta, no cierra ciclos: los transforma.

Ahora me interesa indagar en lo que ocurre cuando el conocimiento ya no basta, cuando el lenguaje se rompe. Quiero explorar la frontera entre lo que se puede nombrar y lo que sólo se puede intuir. Me atrae la idea de una novela más contenida, quizá más breve, pero más filosófica en su arquitectura: una historia donde el silencio, la pérdida y la memoria ocupen el centro. No necesariamente alejada de la tecnología, pero sí enfocada en sus efectos invisibles sobre la identidad, el duelo y la espiritualidad.

También tengo una necesidad creciente de volver al cuerpo: al cuerpo como territorio narrativo, como archivo de traumas y revelaciones. Quizá una historia en la que la medicina, ya no como oficio sino como lenguaje simbólico, tenga un papel más protagónico. Algo que cruce lo clínico con lo místico.

Y por supuesto, sigue latiendo en mí una pulsión muy fuerte por las historias de desplazamiento, de frontera, de exilio interno y externo. Porque una parte de mí —como escritor y como ser humano— sigue habitando ese territorio liminal donde la palabra es puente, pero también trinchera.

Lo que venga después no sé si será más grande. Pero sí más íntimo. Más depurado. Más desnudo. Porque creo que, después de El Código Eterno, ya no se trata de impresionar al lector. Se trata de conmoverlo. De acompañarlo en su propia búsqueda.

Jorge Gómez Jiménez

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