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Asuntos propios, de José Morella

miércoles 2 de diciembre de 2015
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Asuntos propios
José Morella
Anagrama
Barcelona, 2009
168 pp.
ISBN: 9788433971876

José Morella construye en Asuntos propios una novela costumbrista clásica, aunque adaptada a las profundas transformaciones culturales experimentadas por una sociedad como la nuestra. La novela pilota sobre el triangulo formado entre un jubilado, Roberto, su hija Isabel, y la asistente que acude a cuidar al anciano, Jacinta; la intriga surge cuando la hija del anciano descubre la relación tan especial que ha surgido entre su padre y la asistenta, ideando todo tipo de estrategias para acabar con ella, desde la simple ironía hasta el secuestro, sin que ninguna de ellas surta efecto. En cualquier caso la novela pretende reflejar las costumbres del momento presente, en la medida que trata de reflejar las profundas transformaciones acaecidas en el ámbito moral e ideológico en la sociedad española durante las últimas décadas, afectando al modo más profundo de vivir los propios valores humanos. Se reflexiona sobre el fenómeno de la inmigración, sobre las transformaciones ocurridas en el modo de abordar la cuestión social, los resabios de racismo existentes en la sociedad española contemporánea, el problema de la tercera edad, de la jubilación, de la viudez de un anciano todavía en buena forma, del cambio generacional, de los hijos no-emancipados a pesar de su mayoría de edad, de las nuevas formas de discriminación social, de los prejuicios interclasistas, de los residuos de xenofobia existentes, de las ocultas manifestaciones de la violencia de género. La novela parece ambientada más en los años 80 que en el 2000, y todos los personajes pertenecen a la edad madura, sin hacer referencia a los jóvenes o a la infancia.

Sus personajes parecen ser fruto de una posmodernidad autosatisfecha.


En cualquier caso se refleja una sociedad profundamente secularizada, que ha roto con las tradiciones más cercanas, sin tampoco sacar partida a las nuevas formas de multiculturalismo presentes en la vida diaria. Es decir, una sociedad profundamente transformada en el plano más superficial, pero que simultáneamente parece no querer sacar las consiguientes consecuencias de esas transformaciones en el plano profundo. De ahí la profunda amnesia religiosa e histórica en la que viven sus personajes, que han olvidado su lugar de origen o los recuerdos infantiles de sus primeras letras, como de hecho sucede con sus dos personajes principales, el padre y su hija, de setenta y uno y de cuarenta años, respectivamente, sin que en ninguno de ambos casos haya unas expectativas de futuro realmente reseñables. Especialmente en el caso de la hija, Isabel, cuya única preocupación al parecer es quedarse con la herencia de su padre, viendo en la asistente más una competidora que una efectiva ayuda en la resolución de un problema. Por su parte refleja también una sociedad muy conformista respecto de las expectativas vitales que en cada caso le han deparado, sin que haya a lo largo del libro el menor atisbo de crítica social, política o cosa semejante.

Evidentemente las comparaciones son odiosas, pero las novelas costumbristas del siglo anterior, desde Pío Baroja, Unamuno, hasta las más contemporáneas, como las de Cela o Martín Santos, tenían un fondo reivindicativo de algunos problemas sociales en cada caso les había tocado vivir. Aquí hay la constatación del hecho migratorio y del gran número de problemas culturales que a su vez genera, pero sin el menor atisbo revisionista del estado de cosas ahora presente, a pesar del gran número de ocasiones que ahora se presentan. La novela parece estar ambientada en una posmodernidad autosatisfecha, que aunque parece escandalizada del gran número de malentendidos que ahora se generan, sin embargo los acaban resolviendo con la misma superficialidad con que se originaron, sin llegar a dibujar un verdadero cambio de carácter entre los principales afectados. De este modo el conflicto entre padre e hija se acaba resolviendo a favor del anciano, de igual modo que el conflicto entre la hija y la asistenta se acaba resolviendo a favor de esta última, sin que en ninguno de ambos casos se llegue advertir una mutación coherente en el carácter de estos personajes. Vuelvo a insistir, sus personajes parecen ser fruto de una posmodernidad autosatisfecha, sin aprovechar sus indudables carencias para llevar a cabo una coherente crítica cultural.

Carlos Ortiz de Landázuri

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