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Espejos profundos de Galicia

sábado 9 de julio de 2016
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“A verdade nos espellos”, de Pablo Rubén EyréUna vez vi una película de terror sobre una ciudad endemoniada que se llamaba Melas, cuando al final vemos el nombre en el espejo retrovisor de un coche resulta que se llama Salem. Stendhal decía que la literatura es arrastrar un espejo por un camino, y la gente cree que eso es realismo. Pero los espejos muestran lo que la realidad esconde, transforman, revelan. Lo que vemos en el espejo es más visionario que lo que vemos directamente, es más intenso, más enigmático, más hondo. La literatura es un espejo de la realidad, pero en un sentido misterioso y revelador. La literatura capta lo que no vemos normalmente en la realidad, nos afina la percepción.

El gallego Pablo Rubén Eyré acaba de publicar A verdade nos espellos (Editorial Sotelo Blanco, Barcelona, 2015), con el que ganó uno de los principales premios de narrativa de Galicia, el premio Risco. Busca en ellos nuestro espíritu, nuestra agitación, nuestro miedo. Lo que importa es nuestra turbación interior, nuestra angustia, nuestro vibrar, y eso está en los espejos. A la literatura no le importan los hechos objetivos, le importa cómo se reflejan en el interior del hombre. Por eso toda aventura es una aventura interior.

La muerte viene a buscar a una vieja y la encuentra tan fea que lo deja para más adelante (y además se extraña de que la encuentren a ella tan fea). Un hombre no puede salir de un terreno maldito después de golpear a su novia, perseguido por el padre de la novia en la noche, porque ese terreno es su propia culpa. Otro se dirige a una calle de Compostela, no sabe bien a qué número, y lo acorralan unos fantasmas, que al llegar el día se muestran inofensivos, pero amenazan para cuando el hombre esté solo otra vez. Un solitario kafkiano no consigue que le sirvan un ron en ningún bar y acaba suicidándose. Una mujer en una cama mira cómo su compañero se está yendo continuamente, pero nunca acaba de irse. Un tipo en paro se pone a mirar en un parque de Orense, solo a mirar (y entonces todo se vuelve alucinante), y contempla un accidente que se convierte en espectáculo donde ocurre de todo pero la ambulancia no llega nunca. Un bruto en un bar parece ser el matón mítico en el que todos piensan pero al final se marcha asustado y avergonzado. Una niña que está muerta viene a hacerle insinuaciones eróticas a un muchacho. Es un mundo desasosegado y jadeante.

Las voces narrativas son muy vivas, siempre es alguien de carne y hueso el que nos está hablando.

Los personajes no saben si recuerdan, a menudo dan varias opciones. Todo ocurre en la mente, en la subjetividad, en el espíritu. No importan los hechos sino su reflejo en la mente. Es un mundo de incertidumbre, de angustia, de sueño o vida, de mito o realidad. Y a menudo aparecen los fantasmas, porque en el fondo la vida es fantasmal. Las fronteras se desdibujan. Y ya la historia sea de terror o realista, lo que cuenta es siempre la angustia del hombre.

A veces es la literatura oral el punto de partida, con toda su animación, propia de las literaturas orales de vieja raigambre céltica. Otras veces son insinuaciones de Borges, o de Cortázar, que fue a buscar a Galicia, a través de su última mujer, motivos de transrealidad y de magia. (La Maga de Rayuela apareció en el Puente de las Artes de París pero podría haber aparecido en un acantilado de Galicia). Se usan procedimientos de Poe o hasta se alude a los dioses primordiales de Lovecraft (como una diosa primigenia del monte Faro, el monte central de Galicia). Pero siempre el resultado es darnos ese misterio de los espejos, recrear esa desolación de los espejos que es nuestro asombro o nuestra memoria.

Las voces narrativas son muy vivas, siempre es alguien de carne y hueso el que nos está hablando. El relato parece una conversación, es alguien lleno de vida el que habla. Por eso parece que los cuentos nos echan el aliento, y eso es la intensidad de la literatura.

Pero sobre todo es el estilo el que nos llega. Hay una riqueza casi mareante de léxico, una toponimia y antroponimia llenas de sabor. Ello le da una densidad, una carnalidad al relato que nos atrapa. Estamos en Galicia, igual que con Rulfo estábamos en Jalisco, y al mismo tiempo estamos en los espejos. Estamos en la literatura.

El espejo revela nuestra extrañeza, lo más profundo. A veces muestra lo contrario que la mirada real, como sugiere Jung que hace nuestro inconsciente mediante la “compensación”, a veces destaca lo más solitario. Aguza nuestra mirada, la aísla. Hay espejos empañados, hay espejos rotos, hay espejos moviéndose como el de Stendhal, hay espejos esperpénticos como los de Valle-Inclán. Y Pablo Rubén Eyré los muestra de manera profunda. Para Álvaro Cunqueiro, el escritor gallego al que García Márquez cedía mentalmente su premio Nobel, en Gente de aquí y de allá la vida era un granero de personajes fantásticos, Pablo Rubén Eyré los descubre mediante sus espejos profundos. Y su espejo sería el de una taberna gallega por la que se pasara de vez en cuando Faulkner.

Antonio Costa Gómez
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