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Carta a Fernando Aramburu
A propósito de la publicación de su nuevo libro

miércoles 4 de abril de 2018
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Querido Fernando:

Me alegra que ya estés en casa, de regreso de tus actos promocionales en Madrid, durmiendo plácido en tu cama, seguramente con reminiscencias de útero materno, caliente, blando y gustoso, tal como lo afirmas en el texto “La cama”, de tu nuevo libro Autorretrato sin mí. Así me pasa cuando regreso de mis viajes o vengo de mis guardias, duermo como un lirón en mi lecho, que es ancho, mullido, calentito, y que a veces evoca el aroma ausente de la mujer que amé. No duermo como te pasa a ti, como un bebé desvalido apenas te tiendes a dormir bajo las mantas; me cuesta conciliar el sueño y me despierto con cualquier suspiro en la madrugada, que quizás se deba a una distorsión profesional por las muchas noches en duermevela que uno pasa en urgencias.

Muchas gracias por el envío de tu foto. Me ha hecho mucha ilusión recibirla. Es en Gotinga, ¿verdad? Esa barba, esa melena, tan propia de nosotros en aquellos tiempos de nuestra juventud temprana. Dices en tu libro que fue tomada una luminosa mañana del otoño de 1983 en un cementerio de esa ciudad universitaria de la Baja Sajonia, el Bartholomäusfriedhof. Se te ve recostado contra un sarcófago, sentado en la escalinata más baja que lo soporta, con las piernas cruzadas, y vestido con un jersey oscuro y un pantalón azul de bota ancha, zapatos en punta y de color pizarra. Tu mano izquierda se desgonza sobre tu muslo derecho y la derecha se entrecierra mientras tu brazo se apoya en la base del sarcófago. Tu semblante aparece caviloso y tus ojos entrecerrados miran fijamente las hojas secas del suelo cubierto por una agonizante hierba rala, descolorida. Ahí “te preguntas por los lances dichosos o infortunados que habrá de depararte la vida en este país que no es el tuyo y en el que, recién llegado, conoces a pocas personas cuyo arduo idioma malamente balbuceas por aquellos días”. Pero tiene sentido tu estadía allí, te has ido a Alemania atendiendo “a la voz de tu deseo” y siguiendo, con una liviana maleta, “tu instinto de muchacho enamorado”, y es la razón de que subieras “al tren que conducía a todos estos años junto a ella”, la mujer que cambió tu vida y te ayudará a consumar aquel sueño adolescente de consagrarte a la escritura.

Yo también he buscado para ti un par de fotos de aquella época, una del 76 de cuando inicié mi avatar poético y otra precisamente del año 78, cuando viniste por Don Benito y fundasteis Cloc en San Sebastián. ¡Cuánto tiempo ya y qué buenos recuerdos! Te las mando porque en ellas también aparezco de barba y melena como tú, en plan Jesucristo Superstar, como si fuéramos hermanos; ¡así nos conocimos! Ninguno de los dos porta barba en la actualidad, ni tampoco melena; mi pelo encaneció y el tuyo desapareció, pero en tu caso tienes la ventaja de poder llevar gorra con excusa, lo que te da prestancia y te hace sumamente interesante para las chicas que aún revolotean en torno a ti “ocupado en el rito de las firmas”, y alguna de ellas, “vestida con elegante atuendo y bolso de señora”, te hace evocar viejos amores no consumados y que te invada a la vez “una sensación dolorosa de tiempo para siempre ido”.

Tu visita a Don Benito fue especial y llena de anécdotas, bien lo sabes, así la memoria no nos haya permitido recuperar todos y cada uno de los pasos que aquí dimos con Paco Señor, mientras una poeta languidecía “Conversando con un indio”. Creo que aquel viaje desde tu tierra, en condiciones bastante precarias, propició que naciera en buena medida tu afecto por Extremadura y que me escribieras más tarde para decirme “puedes creer que soy amigo vuestro para siempre”, sentimiento fielmente correspondido.

La lectura de tu libro me ha abducido y me ha reconciliado con las cosas buenas del mundo. Lo recibí de Tusquets el viernes dos de marzo.

Recuerdo que poco tiempo después, y estando yo ya en Colombia por las circunstancias trágicas que allí me llevaron de vuelta, me escribiste desde San Sebastián alegrándote de que te escribiera desde tan lejos. Me contabas de los amigos y me felicitabas por la traducción que había hecho al italiano un poeta de Sicilia (o de Cerdeña) que había leído en vuestra Kantil mi poema “Paraíso” (el germen de mi libro Desplazados del paraíso que tantas satisfacciones me ha dado en estos últimos años); estoy seguro lo hizo por tu generosa recomendación. Y me hablabas también de Cloc, ese grupo que creasteis una tarde del 78 imbuidos por el espíritu susurrante del Peine del viento en la playa de Ondarreta, que Chillida consideraba su patria y el inicio de todo. Decidisteis primero que a partir de entonces “sería la tierra la que vertiese olas en el mar y no al revés”. En Autorretrato sin mí dices que esa irreverencia cultural fue ejercicio frecuente de la imaginación, práctica del humor como antídoto del dogmatismo y afán de buscarle el lado poético a las cosas. Pocos saben que yo formé parte también de ese grupo por invitación tuya desde la distancia, tal como se constata en esa carta del 30 de agosto de 1979, que iniciabas de burlesca manera diciéndome: “Qué haces en Marquetalia, ‘pueblo rutinario, perdido en las montañas, donde la violencia es su voz más profunda de rebeldía’? Ignoro si ejerces de melecino o si huiste al estudio y, en consecuencia, eres una especie de virrey de Marquetalia, todo el día paseando y trayendo de calle (mejor diría de enramado) a todas las lugareñas”. En el cuarto párrafo me escribías: “No sé si alguna vez te hablé de Cloc, agrupación de amigos (entre los que no aceptaré que no te incluyas) que sacamos una revista (y ya van cuatro números). Sólo un requisito es imprescindible para ser de Cloc: exigir serlo (sin pólizas ni adulaciones). El mero hecho de ponérsele a uno en los cojones entrar en Cloc le da derecho a hacer autocrítica y dar órdenes. Esto va a cuento de que en un próximo número entrará tu ‘Criticarta sónica’ (tenías razón, me/nos interesa)”. Por supuesto que acepté formar parte de vuestro grupo y hasta escribí el cuento que me pedías para la revista, que nunca supe si finalmente llegó a tus manos y si por acaso publicasteis.

Como te decía en mi anterior carta, la lectura de tu libro me ha abducido y me ha reconciliado con las cosas buenas del mundo. Lo recibí de Tusquets el viernes dos de marzo (Delia Louzán mediante), lo puse bajo mis ojos y vi su resplandor, lo toqué y noté la firmeza de su carátula y la tersura de sus páginas, lo olí y me embriagué de su delicado olor a tinta y a bosque milenario, y ese mismo día leí sólo la primera parte muy a propósito. No quería acabarlo de un tirón como hago habitualmente con tus otros libros. Deseaba degustarlo parsimoniosamente. Y así lo hice, a tragos lentos de oro puro, parte por parte, durante el fin de semana.

Que aparezca en la colección “Nuevos textos sagrados”, que dirige Antoni Marí, y que precisamente lleve el número 300, me parece muy significativo. No estamos hablando de un libro de prosas breves, como yo pensaba sería, sino que hay una clara adscripción a la poesía, o al menos tienen un marcado aliento poético. Además, sirve para celebrar un hito de este empeño del poeta ibicenco que ha publicado aquí a grandes autores contemporáneos, incluido nuestro mutuamente apreciado escritor extremeño Álvaro Valverde.  

Algunos de estos textos me han llegado especialmente, por identificación y por conocimiento de algunos de los hechos que ahí se relatan.

Decirte que me ha gustado sobra, porque es obvio. Se lo decía a mi amigo Octavio Escobar, escribís ambos tan bien que da gusto coger cualquier texto vuestro entre las manos porque ya sabe uno que hay excelencia y mucho amor y cuidado por la palabra, por la frase bien hecha; que es clara, transparente y cargada de símbolos e imágenes de exquisita brillantez. Encuentro en este libro una hermandad lógica con un libro del entrañable Irazoki, con el que sé tienes un diálogo constante sobre vuestras vidas y obras. Los hombres intermitentes (2006), que tú prologaste y en el que advertías que su libro reunía una sucesión de paisajes personales evocadores de su arcádica infancia en Lesaka, que se desdobla “en un narrador y un lírico”, que concatena “retazos autobiográficos” en prosa con imágenes de “especial intensidad en la expresión”. Hermandad por la manera como afrontáis los recuerdos y la nostalgia decantada de la infancia, la familia, la tierra, el amor y la amistad.

Algunos de estos textos me han llegado especialmente, por identificación y por conocimiento de algunos de los hechos que ahí se relatan. Valoro su tono poético contenido, esa baja densidad narrativa que tú dices, esos ramalazos de memoria en los que vuelves al origen, al origen de tu afición por la lectura y la escritura (un tortazo ligado al Lazarillo de Tormes), pero sobre todo su franqueza y sincera apertura en canal (¿melón abierto, decías?). Das mucho de ti, sin ser un desnudamiento obsceno, y ahí te sabes contener muy bien. Me quedo en la memoria con algunos de ellos, sesenta en total, contenidos en seis bloques, más uno de introducción: “El piano de Cecilia”, “Los amigos”, “Vuelta a casa”, “Horas de serenidad”, “A propósito del olvido”, “Junto a un sarcófago”, “Imágenes de documental”, “Las palabras”, “Sentido de la obra”, “La guapa”, “Federico García Lorca”, “La lengua castellana”, “Lección involuntaria” y “Mirlo”.

Lo releeré en el transcurso de estos días, pero ya a pequeños y contenidos sorbos, como lo decía en estos días en redes, quitándole capas a ese tronco grueso que lo conforma para llegar a su matriz, a lo más hondo, porque este libro es una telaraña de emociones en la que bien te enredas y te reconoces en la buena poesía que la conforma y en la bondad de ese “otro” hombre que te habita y que tú muestras sin exhibicionismo, el que te hace madrugar a diario para cumplir el viejo sueño de ser escritor, ese con el que has compartido lo bueno y lo triste, y con el que has acumulado otoños y libros y “muchas hojas caídas que forman un suelo de serenidad”.

Te irá bien con este libro, igualmente que con Patria. Y no me refiero a ventas, sino a aprecio crítico y lector. Me congratulo inmensamente y te reitero mi agradecimiento por darnos felicidad con tu pluma. Haces que uno se reconcilie con la vida y la literatura. Abrazos, querido amigo.

Antonio María

Antonio María Flórez
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