“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Tener el cuerpo plagado de memorias

sábado 30 de junio de 2018

“La alforja de los desprendimientos “, de Álvaro Baltazar Chanona Yza

Mañana los poetas cantarán un divino
verso que no logramos entonar los de hoy.
Enrique González Martínez

Cuatro secciones forman el poemario La alforja de los desprendimientos (VersodestierrO, 2009), que presenta Álvaro Baltazar Chanona Yza (Yucatán, 1962) para mostrarnos su capacidad poética y redescubrir, mediante el diálogo que establece con el lector, los alcances de su voz poética. Diez poemas numerados que integran la sección “Del Caribe esta cosmogonía”, seguida por “La alforja de los desprendimientos”, que da nombre al poemario, luego “Los sueños hirsutos de un navegante”, y los ocho poemas que integran “Entre el erial y el río”. Y dentro de las apenas 72 cuartillas uno puede navegar al vaivén de los versos, nunca en calma, sino al borde de fenecer ahogado en la materialización poética. He ahí el discurso y la forma, los rompimientos y los recursos.

Pero quiero detenerme a platicar sobre el apartado que forma “La alforja de los desprendimientos”, porque brilla por la calidad de sus versos.

En él podemos encontrar un estribillo como este: “Nada tengo ahora / que no sea este oficio / desenfrenadamente terco y solitario / que es traducir el alfabeto invertido / de la noche…”; cinco versos iniciales del poema “Itinerario”. Uno se detiene al encontrarlos, al recitarlos se determina parte de la búsqueda del lenguaje, algo tiene de esa persecución de las ideas, algo como el hacernos siempre un mundo. Ese mundo propio que es la nuestra literatura, la nuestra idea del poema, la nuestra idea de ser el vaso comunicante en el que nos es necesario dibujarnos la vida, el pensamiento, las sensaciones.

Porque uno se sabe preso de esta maldición que es el ser poeta, cuando a media noche (ese alfabeto invertido) nos despertamos al darnos cuenta de que la frase tal, el adjetivo que pusimos, no termina de agradarnos, y entonces la noche nos maldice con el insomnio sin ojos trepado encima de nuestra nariz, con ese su olor a mediocridad con que se burla y nos insulta. El monstruo del insomnio que va creciendo hasta apoderarse de nuestras manos, ojos, piernas, y nos impide respirar.

Caminamos al ordenador, y trazamos nuestro sueño hacia vislumbrar el ojo frío del insomnio, la angustia, el desesperante principio de la creación que nos va dañando el espinazo, la columna vertebral, las nalgas, las piernas colgadas, movernos hacia un lado, quemarnos la lengua con el café caliente, y estar seguros de que tenemos que mejorar el texto. Y nos vamos mirando el reflejo en la pantalla del ordenador, y la hoja blanca va burlándose de nuestro empeño.

Buscamos descansar de este maldito oficio, y maldecimos, y tenemos que recurrir a nuestras fuentes, todos los otros poetas refugiados en los libros, y también les mentamos la madre, y decimos, qué chingón el Darío, poca madre Dylan Thomas, y yo con este verso, y nos sentimos mediocres, a punto de claudicar, y sabemos que nos leemos y nos disfrutamos, porque muchos escribimos para llenar esos huecos con esa propia forma de decir las cosas, aventajar a los lugares comunes, que como perros rabiosos nos persiguen y se ríen como hienas con el hocico de sus letras junto a los ojos.

Parece que todo esto lo ha vivido Álvaro Chanona Yza, y eso lo vuelve mortal, junto con nosotros sus lectores, y caminamos por la página del libro hasta el siguiente verso: “Este veneno domesticado / sin etiqueta de advertencia / que es tocarse el corazón arrancado de este bagazo / en que moría, sin el estorbo inmaterial / de los espejos…”.

Y es lo que nos queda, envenenarnos en la ponzoña del lenguaje. Ya lo ha escrito, dicho y advertido antes Huidobro en su “Arte poética”: “Que el verso sea como una llave que abra mil puertas”.

Y el poema abre la boca y nos muestra los colmillos afilados del desprendimiento, los colmillos hartos ya del intelecto. El poema se nos echa encima con sus fauces negras, buscándonos el cuello. Uno tiene que defenderse, y avanza la página, pero el rugido es grave y nos va estallando los nervios: “Tú que habitas el cráneo pequeño / de los hombres, que por lo mismo / conoces el lenguaje arcaico y críptico de la tristeza…”.

El poema enseñoreado nos mira pequeños. Nuestros ojos van dejando apenas su huella de locura, de deseo inacabado, sobre el borde de la página, y Chanona Yza, como ese dios creador que se presiente dentro de su creación, nos tira un dardo más: “Porque sólo el que sufre el dolor atávico / de respirar por vez primera / el oxígeno rudo y pueril del nacimiento / puede una y otra vez repetir el dolor / que produce la vigilia constante / y monocorde de la muerte”.

Adán Echeverría