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Otero Silva, casas vivas

sábado 13 de agosto de 2022
Miguel Otero Silva
Miguel Otero Silva (1908-1985) fue uno de los escritores más destacados del siglo XX.
“Casas muertas”, de Miguel Otero Silva
La primera edición de Casas muertas, de Miguel Otero Silva, fue publicada por la editorial Losada, de Argentina, en 1955.

Fue fascinante leer otra vez Casas muertas, del venezolano Miguel Otero Silva. La ciudad de Ortiz en los llanos se va despoblando progresivamente a causa de los cambios económicos. Y de los insectos. Y de la desidia del gobierno. Hay un cambio económico al que llaman progreso, pero en el cual sólo progresan los de siempre. Ese progreso que hace más ricos a los ricos. Y más pobres a los pobres. Y más inhumano el mundo. La economía del petróleo acaba con tantas cosas y destroza tantas cosas. Y los dictadores se aprovechan de lo nuevo. Y los pobres agonizan y mueren.

Silva describe morosamente las casas que van muriendo, las calles que van muriendo. El pueblo que se queda sin gente. Sólo unos pocos hacen tertulia todavía, animados, el dueño de la tienda, el masón, la señorita que lleva la escuela. Y el jefe civil aplasta a todo el mundo. Y llevan a través del pueblo a los estudiantes rebeldes que osaron protestar, hacia una muerte segura. Y Sebastián sueña con sublevaciones, con luchas por la justicia. Al final regresa al pueblo con su caballo y va soñando que se levantan en todas partes y luchan por la justicia. Luego no sabe qué sistema pondrá en lugar del vigente. Y está bien eso, porque muchas revoluciones colocan un sistema inhumano en lugar del anterior, y sujeción de todos a una burocracia o una prepotencia. Está bien que sea un sueño abierto de libertad, de romper cuerdas, de liberar a la gente. De responder las ofensas y los insultos.

Las casas están muertas y el pueblo se va abandonando. Silva lo cuenta con sencillez pero con fuerte lirismo, con una cierta musicalidad. Con una certera cercanía. Lo cuenta con fluidez, pero va mostrando cuadros intensos y sugestivos. Y al final hace un resumen vertiginoso como un sueño, con esas enumeraciones desesperadas en que vuelve todo lo que ocurrió y estuvo vivo. Y la emoción se acerca a la lucidez, la emoción es lucidez.

Tienen aliento hasta el fin, la rebeldía interior del aliento, como esa rebeldía de la dignidad que preconizaba Camus.

Pero esas casas muertas en realidad están vivas. Están vivas porque en ellas los personajes respiran íntimos hasta el último aliento. Tienen aliento. Charlan y se animan y ven con nostalgia e impotencia cómo les aplasta todo. Pero tienen aliento hasta el fin, la rebeldía interior del aliento, como esa rebeldía de la dignidad que preconizaba Camus. Decirle a la muerte: estoy aquí todavía.

Algo semejante ocurre ahora en muchos pueblos de Europa. En España se habla de “la España vaciada”, de la despoblación de las zonas rurales, de regiones enteras que pierden su gente. Y también eso ocurre por una economía nueva que sólo enriquece más a los ricos, a las grandes tecnológicas. Y que empobrece más a los pobres. Pero ahora también les quita la carne y la sangre. Y les quita incluso el nombre; ahora las personas ni son personas, sólo son dígitos abstractos y cantidades y códigos. Se fantasmaliza y se evapora todo, menos el poder de los poderosos. Y los poderosos se esconden detrás de sus máquinas y sus dígitos y vaya usted a pedirles algo. A Larra le decía una persona: vuelva usted mañana. A nosotros nos dice una máquina: vaya usted a internet. Y espere cuarenta años la respuesta. Y nos escriben las empresas y nos dicen: no reply, no respondas. Traga y no respondas. Eso es el progreso que mata.

También ahora hay casas muertas en muchos sitios, pero no hay un Otero Silva que hable por ellas. Que encuentre su aliento, que las mire con dedicación hasta el final. Que resuma en unos personajes intensos una sustitución y una gran estafa. Que cuente cómo los poderes pasan por encima de nosotros allá lejos y nos sustituyen y nos desprecian.

Hace falta ahora un Otero Silva que nos vea morir y respirar hasta el final. Que respete nuestro aliento y nuestra animación. Que nos sueñe cabalgando y alucinando con rebeliones y recuperaciones. Que dé testimonios de nosotros y nuestra vida.

Antonio Costa Gómez
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