
Galardonado con el premio Cervantes de este año, Gonzalo Celorio es un importante escritor mexicano, que ha dedicado gran parte de su vida a la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam).
Gran especialista en los escritores del exilio republicano español en México, Gonzalo Celorio hace de este libro un paisaje emocional por toda su vida, por sus recuerdos, por su afición a la literatura desde niño. El libro se llama Ese montón de espejos rotos y ha aparecido en la editorial Tusquets.

Ese montón de espejos rotos
Gonzalo Celorio
Autobiografía
Editorial Tusquets
Barcelona (España), 2025
ISBN: 978-6073933476
504 páginas
Ya al comienzo del libro, en el capítulo titulado “El invierno tan temido”, nos habla de sí mismo, en el año de la pandemia:
2020. Tengo setenta y dos años, una edad superior a la que alcanzó mi padre, que murió apenas cumplidos los setenta. Es cierto que me llevaba muchos años, pues soy el undécimo de sus hijos, pero desde que yo lo recuerdo era, para mí, un anciano.
Lo describe paseando por la casa en pantuflas, con una boina en la calva y leyendo el periódico. Esta mención del padre nos adentra en un hombre que ya sabe que el paso del tiempo horada todo, como irá contando al final, ya con achaques de su edad. Pero también nos describe al hombre en que se ha convertido, un hombre solitario:
Es cierto que, a semejanza suya, me paso la mayor parte de la vida en soledad, sentado en mi escritorio, pergeñando textos inútiles, rumiando lecturas empolvadas o inventando fabulaciones que seguramente ya escribieron otros.
Y destaco, de entre los muchos recuerdos y vivencias del libro, el deslumbramiento por la literatura de Julio Cortázar, que tanto marcó a su generación, Rayuela, donde la Maga y Oliveira pasean por un París que es un sueño, porque todos hemos querido ser el amante de la Maga, que se nos aparece en una memoria de ficción que es más real que la de la propia vida:
Más allá de los aspectos formales —una nueva forma de escribir, que nos involucraba en la propia estructuración del texto y nos volvía coautores de la obra—, Rayuela nos modificó moralmente. Después de su lectura no volvimos nunca a ser los mismos que antes: cambiamos nuestro modo de caminar, de subir una escalera, de amar, de oír música, de leer.
Y, por no extenderme en tanta información que el libro contiene, sobre cursos, sobre la Real Academia Mexicana de la Lengua, sobre la Universidad Nacional Autónoma de México, que nos enriquecen, hasta crear un paisaje de un hombre que ha dedicado su vida a los libros, me quedo con lo emocional, el final del último capítulo, cuando Gonzalo Celorio se resiste a dejar la enseñanza, a ser un hombre inactivo, cuando toda su vida ha sido un creador, un profesor, un gestor cultural:
Me rebelo ante la misma idea de la jubilación. Porque sé que todavía tengo cosas que decir, que aportar; porque todavía mis alumnos se inscriben en mis cursos; porque algunos de ellos me han seguido años y hasta por décadas, pero, ¡caramba!, ya no tengo voz, ya no puedo caminar, ya no puedo leer más que en esas habitaciones encerradas que no me permiten conocer la casa completa.
El paso del tiempo en un hombre muy productivo, en un creador, en un docente, es muy duro, y nos recuerda lo que una vez dijo el actor Dirk Bogarde: “El cuerpo, lo odio. Es el destino de los hombres vanidosos cuando se enfrentan a la realidad”.
Gonzalo Celorio podrá recibir el Premio Cervantes, no sé en qué condiciones, pero me recuerda a nuestro querido Brines, ya en el otoño de las rosas, cuando los Reyes fueron a su casa de Oliva a entregárselo y, como una culminación a una vida hecha por y para la literatura, el gran Brines se fue para siempre en unos meses.
Esperemos una vida más extensa a Gonzalo Celorio, otro gran hombre de letras que, felizmente, ha conseguido el premio y ha demostrado su pasión por las palabras, un enamoramiento que, si llega a ocurrirte, jamás te decepciona, hasta el día de tu muerte. Un gran libro que ha editado Tusquets, donde Celorio repasa su vida dedicada a la cultura.
El título del libro nos hace pensar en las luces y las sombras de la vida, en el camino tortuoso que vamos afrontando y, también, por ende, en las pequeñas victorias y fracasos que nos constituyen como seres humanos.
- Los espejos rotos de Gonzalo Celorio
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