XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Dos relatos de Emilia Vidal

martes 20 de octubre de 2015
¡Comparte esto en tus redes sociales!

De regreso

Me decido al fin a comenzar la descripción, como ejercicio que prospere algún día en herramienta. —Si querés escribir, empezá con describir —el consejo de Vicente insiste en mi cabeza y sigue con vida propia. Mirá, esto es como un frasco de aerosol y describir en la escritura es la batida previa, lo que le da envión, después la historia viene sola.

Ando con las palabras atoradas en un lugar que no existe, un espacio virtual, hacia atrás, abisal, entre el cerebro y la antecámara de la laringe.

Últimamente, y dado mi empeño en fracasar y padecerlo sin lástima, cualquier escritor, aunque sea uno a sueldo, de obituarios en “La Capital”, me resulta inobjetable. Por eso me aferro como a un dogma a las palabras de Vicente que, para ser honesta, han visto luz pública aparte de esos avisos fúnebres.

Bueno, descripción entonces. Pero, ¿qué puedo describir en casa?, las palabras no quieren venir. Winston salta de mi regazo, presumo que un poco harto del zumbido de mis ideas, y se desliza por la ventana entreabierta. Podría hablar de su placidez, mientras se estira raya a raya, músculo a músculo sobre el alféizar, arañando la sombra. No, no puedo. Para ejercitarme realmente necesito algo más alejado de mí, menos subjetivo que el frondoso minino. Algo que, a su vez, me permita vislumbrar, especular sobre, los cómos y los porqués que articulan una historia en torno a un qué.

Cargo en el bolso mi cuaderno, un par de bolígrafos, siempre llevo de más porque temo que alguno se quede sin tinta en mitad de un párrafo brillante, cosa que jamás sucede, ni el consumo de tinta ni el párrafo de luz. Y sigo, caramelos, una botella con agua y ¿algo más?, ¿unos pesos por las dudas? Sí, tal vez los necesite, los kioscos son como imanes para mí.

Sin pensarlo camino hasta la esquina y doblo en la calle French hacia el destino mecánico, casi un cliché de la ciudad: la playa. Por alguna razón se me había antojado que las cuadras de esa calle camino a la costa tenían cierta cualidad de estrujar o de inflar el tiempo, que muchas veces quedaba sujeta a la compañía o al humor de partida.

Tras cruzar unas esquinas y sobre la mano de enfrente, la veo. Es probable que inicie el ejercicio con ella y me convenzo rápido, porque las palabras quieren. Me detengo al lado de una acacia y pretendo atarme los cordones para no quedar como fisgona. Afianzo mi estancia bajo su sombra y saco un pañuelo para limpiar mis anteojos. Una vez cómoda en mi posición, abro el cuaderno.

Empotrada en el frente de la casa, a un lado de la puerta como una esfinge guardián, una anciana de mirada perdida sostiene un mate humeante. El pelo entrecano insinúa el rastro de un castaño rojizo, tal vez rizado, gloria de otros tiempos. El cuerpo aunque sentado, denota una curvatura que excede el cansancio, es el ángulo que el tiempo y la tierra infligen sobre la espina. La tierra que ama y reclama, polvo al polvo, la tierra que ama con gravedad. Y entre mate y mate alcanzo a ver, tras recorrer una topografía accidentada llena de relieves, su piel marcada de recuerdos. ¿Qué recuerdan esos meandros? Se ha reído sin prejuicios, con la boca abierta, con los ojos y hasta la nariz; ha contenido la bronca y lo que no entendía sobre el labio superior, en dos rayas verticales que insisten y se continúan en el ceño. Entre ramas y bifurcaciones, como dos claros ineludibles de agua mansa reposan sus ojos. Y si bien los mares de la vejez habían gastado su barca, la mirada permanecía inmune al tiempo. Más precisamente, eran sus ojos que parecían ajenos a la gradualidad del tiempo, esa cualidad que pretende dosificarlo. Porque esa chispa vital, ese germen de universo que se gesta en cada ojo, es más bien cualitativo, se tiene hasta que se pierde.

Llevaría correcciones pero siento que terminé con ella. Vicente, esta vez ronco por el pucho, se apresura a acotar. —Primero escribí, así como viene al marote, después corregí hasta que ya no puedas tocarle nada, ¿entendés cómo es la cosa, nena? —Sí, entendí, por eso ni siquiera releo el texto y sigo andando con la satisfacción de haber comenzado el trabajo. Me cae en gracia Vicente, porque no necesita hablar como escritor para confirmar que lo es y juega con las jergas, y disfruta propagando los modismos emergentes, y “te clava” un “ran, parate de manos” en medio de un debate solemne sobre el capítulo Entrando en la vida nocturna o el Informe sobre ciegos.

Varias cuadras después observo una mujer, en otro zaguán, ya no como esfinge en la entrada, esta descansa en una reposera. Ajena a preocupaciones o deberes impostergables, parece disfrutar del tímido sol de noviembre.

El contorno de su cuerpo es sinuoso, aquí y allá su topografía se eleva y se pierde en oscuras coyunturas. La piel refleja un brillo adicional al sudor, el bronceado, las cremas, una luz que habla de amor y caricias prendidas. Recogido en un rodete alto aprisiona una mata rojiza de cabello crespo. Resopla, se incorpora, se quita las gafas, busca a su lado el vaso de jugo y bebe. Con un pañuelo seca un hilo de sal que baja desde la sien al cuello. Mira hacia la calle y descubre a un conocido, sonríe mientras levanta el brazo, la comisura de la boca se estira, las aletas de la nariz se ensanchan sutilmente y los ojos se esconden tras ampulosas mejillas. Sonríe con toda su cara, de pleno, abierta, derrite.

A su alrededor se alza un jardín vivo, en la pared del costado crece una Santa Rita disputándole espacio a una Madreselva; azaleas, copetes y geranios pincelan de naranja, fucsia y bordó el gris de la fachada que tiene un revoque típico de unas décadas atrás, una mezcla de cemento con vidrio molido. Un frente opaco en los días grises, y refulgente si lo besa el sol. El jardín y su cuerpo dicen que los días de ser madre y esposa han pasado, también dicen que se disfruta y acepta.

Lo dejo ahí, no siento esa profusión de palabras que emanaba con la anciana, hubo cierta constricción en mi acervo, una pérdida, un goteo. Tuve que masticar varios términos, me costó digerir “coyunturas” y “ampulosas”, como si las hubiera aprendido ayer. La playa no aparece en el horizonte y ya perdí la cuenta de las cuadras, que nunca fueron muchas si mal no recuerdo. A medida que avanzo, lejos de cansarme, siento una vitalidad dorada que bulle en mi sangre e irriga músculos, piernas y pies. Debo concentrarme en la tarea, basta de mí y del destino, ¿qué más hay en el trayecto? Ahora describo en el aire, explorando un hilo a seguir, cazando las musas soltando sustantivos como carnadas. Pero, ¿por qué otra mujer, en otro jardín a la vereda?, ¿otra mujer?

Es esbelta, lleva un crío anclado en las caderas y con ese paquete a cuestas va regando los canteros del jardín, quitando hojas marchitas, arrancando yuyos. Otro niño sale corriendo desde el interior de la casa, ¡plaf!, golpea contra sus muslos, llora. —¡Estate con juicio! —le dice y frunce la cara, dos líneas verticales brotan en el centro, sobre el labio y entre las cejas. Le sigue una retahíla de quiero esto y aquello, parece que solo quiere que suelte al hermano, suficiente upa ya ha tenido. Suficiente, mamá, que se baje, le dice sin palabras, a manotazos y pucheros. La maternidad se nota en ella, en los brazos y piernas torneadas, en la flojera del abdomen y en la practicidad del corte carré, con un pañuelo despejándole el rostro.

Un siseo creciente me llega del este, una nube de libélulas avisa lluvia y me pregunto si es preciso seguir. El mar no se me antoja tan inspirador ahora y creo, para el caso, que sería igual que Winston. Me refiero al vínculo, ese gigante estaba allí cuando nací, calmó furias y desconcierto con su grotesco ronroneo, con su paciencia escarbaorillas y su tenacidad horadapiedras. Esos lazos de agua y sal, que es la vida, empujarían mi mano a dibujarlo amigo, compañero, confidente. Es como si se describiera él mismo usando mi mano. Si hasta puedo ver corrientes de mar fluyendo bajo la piel, anastomosándose verdeazuladas, animando mi cuerpo como un titiritero que jala y dirige desde adentro mis movimientos. Vanamente intento convencerme de que nada me espera pero no hay argumento que me detenga, y entre pasos y divagues algo continúa racionando las letras y me las deja estancadas en agua turbia. Ando con las palabras atoradas en un lugar que no existe, un espacio virtual, hacia atrás, abisal, entre el cerebro y la antecámara de la laringe, el pensamiento que se pierde un milisegundo en otra dimensión para regresar hecho aire que sopla desde la tráquea y se convierte en palabra. Se acota, se escapa, se pierde. Rezumo enes y des por todo el cuerpo, perspiro eles, exhalo tes.

Esa es definitivamente la misma mujer. Tal vez exagere pero, ¿qué es más descabellado pensar?, que a lo largo del camino me topé con versiones cada vez más jóvenes de la misma mujer (¡qué estoy diciendo!) o que una misma familia, de mujeres idénticas en sucesión etaria, habitan las casas a lo largo de unas pocas cuadras de la calle French. Lo pienso y, acto reflejo, meneo la cabeza, como si esto pudiera desenredar la parva de elucubraciones que crecen como cabezas de Hidra, a cuál más inverosímil, a cuál más monstruosa.

Y sí, es igual, sólo que más joven. Parece estar en buena compañía.

A besos respiran la tarde, entreverados en un abrazo de cuatro hebras que pretende abarcar sus cuerpos de cabo a rabo. Con manos urgentes aunque se dediquen por horas a subir y bajar, se sostienen del mundo y no caen. Y puede que sea contradictorio, o no, tal vez así se manifieste el balance. Porque ingravidez es indiferencia, un llano desamor hacia la tierra y un claro síntoma de pasión humana. Muy propio de adolescentes que inexorablemente crecen y luego se encariñan más con la tierra y menos con los pares. Y la tierra ata y doblega hasta que al fin se regresa a ella, como si la vida fuera algo prestado y ésta debiera advertir con achaques y flojera su carácter de ajeno.

No sé si tanto beso y franeleo me aligeró el paso, camino en el aire como pisando guata y se me ocurren muchas tonteras inconexas, me vienen ganas de helado, chocolate y frutilla, nada sofisticado como a los doce. ¿Qué será de Fede? Su mano transpirada tomando con torpeza la mía, hablábamos, ninguno recuerda luego de qué, así torpes y expectantes como estábamos.

Ahora me pierdo, ¿será que salí a comprar helado?, plata tengo pero no sé para qué llevaría mi diario. Sí, es helado lo que quiero, y bueno, también cruzarme con Fede, ojalá ande cerca, con ganas de tomar helado. Parece tarde, tampoco puedo callejear mucho, si no la próxima no me dejan salir y capaz que hasta me obligan a pasarme una temporada, vaya a saber cuántos siglos, aguantando la prisión del patio, el fastidio de la abuela Bisa agarrándome de ayudante para juntar los soretes del Mondiola (porque ella no se puede estar agachando), para cortar las hojitas con mildiú o descubrir los paquetitos de orugas entre el follaje, que si encuentro caminando una de las peludas me aterro y tengo que sacarlas con un trapo en medio de un alboroto que ella seguro remata a escobazos y diciéndome “¡Si serás floja!”. Que también, si en el lío se rompió alguna plantita, puede terminar en un rabioso “¡Carajo!”. No es bueno llegar tarde.

Ahí está la Colo, a mamá no le gusta que me junte con ella porque dice que anda sola todo el día y que no va a terminar bien. A mí me simpatiza, porque hace lo que quiere y porque no le gusta a mamá. Además se ríe como un caballo, contagia, me da lástima que no podamos ser amigas. Igual la saludo y le pregunto qué hace. Nada, vagueo, me dice. Y me dan ganas de quedarme con ella, pero no puedo, pienso en el paredón del patio y en la abuela Bisa y me da el apuro. Parece que es tarde ya, mejor vuelvo a casa.

 

Historia de dos noticias

Hoy la ciudad amanece con un oscuro titular en el diario, cinco muertos fueron hallados en las inmediaciones del polideportivo municipal tras una inédita catástrofe natural. Abajo aparece una nota chiquita, casi al pie de la página, que comenta un hecho menor aunque insólito. Una mujer, prófuga de la ley desde hacía meses, decide entregarse y la justicia no la encarcela por falta de lugar para alojarla. Lo que nadie menciona y al parecer se ignora es el vínculo entre ambas noticias. Ese nexo es mi historia, o una parte de ella.

Supongo que tenía pasar, por eso de la compensación lo digo, porque hasta entonces la suerte había acomodado mis pasos en la vida. Claro que hubo pérdidas naturales y algún que otro contratiempo mínimo pero con la carrera que elegí podría haber sido peor. Había logrado salir limpita de La Fuerza y ya me retiraba invicta, libre de heridas y sin ningún disparo certero que importune el sueño. Pero esa maldita mañana no lo vi y ahora castiga y acusa mi descuido asomándose sin aviso, en cada rincón, en todo día.

La primera vez me asusté, cerré los ojos y los refregué con fuerza. Así estuve un rato y hubiera rezado si la vergüenza no tarara el Ave ni tartamudeara el Credo. Luego miré la pared, un largo rato para un espacio conocido. Quería evitar los pies de la cama, el lugar en que minutos atrás él se había aparecido y en silencio me observaba.

Porque antes, en los primeros tiempos, me escondía por miedo a que me guarden, todo el mundo sabe qué les pasa a las personas como yo en la cárcel y estoy un poco vieja para valentías. Luego él comenzó a hostigarme y ya en el último mes no pude salir a la calle. Es que el miedo marca y delata a cualquiera. Después de la aparición en mi cuarto, al otro día creo, se sentó a mi mesa a la hora del desayuno. Por más que grité y supliqué —¡Fue sin querer!, te juro que no te vi. Su reproche vestido de silencio no se movía. Al contrario, empezó a multiplicarse en las habitaciones de aquella casa prestada. Su cara me esperaba detrás de los malvones del patio, en el plato de sopa y cuando vinieron a visitarme, mi hija con el nieto, incluso ahí estaba. Recuerdo la angustia que me provocó, porque él miraba al nene y a mí, siempre en silencio. Como si quisiera señalarme lo que podía perder. En un último intento traté de evadirme con pastillas y tampoco hubo caso, no hay antídoto para fantasmas. Además, su efecto sólo empeoraba la sensación porque andaba como una marmota, y mientras las sillas y el piso se aflojaban su imagen se veía cada vez más clara.

Al fin me decidí una mañana, aún no sabía si era eso lo que buscaba. Atormentada como cada día, desde aquel día, me levanté de la cama y fui al baño. Me pareció raro que no esperara en el cuarto ni en el pasillo. Apoyé las dos manos en la bacha con la mirada fija en la rejilla y dejé correr el agua. Así, con el chorro bien frío, me mojé la cara varias veces. Busqué la toalla a ciegas, me sequé y alcé la vista al espejo. Allí estaba, había reemplazado mi rostro con su mirada quieta. Entonces no aguanté más, busqué ropa limpia, me vestí y salí a entregarme.

No esperaba lo que pasó pero una impensada vuelta aguardaba en mi camino. En el juzgado no quisieron aprehenderme y me enviaron de regreso a casa, el abogado cayó sobre la última hora y se quedó para hacer los trámites. Si apenas me explicaron el motivo, sólo dijeron que no tenían un lugar asignado para mí y basta. Sí, es absurdo pero cierto y bien dicen que la realidad supera la ficción aunque lo que siguió es aún más raro. ¡Con lo que me había costado decidirme! ¡Con el miedo que sentía! A esas alturas poco me importaban los magistrados, la cárcel o los motivos del atropellado para atizar mis días de espanto y culpa. Me subí al primer taxi que pasaba, desde el accidente no había vuelto a manejar, y le indiqué al chofer la dirección de la casa. Aunque ya no necesitaba ocultarme, quería volver para comprobar que él no estaba. Algo me decía que era suficiente, que había satisfecho su intención al salir a entregarme. Y en esto encuentro una palabra cierta.

La casa quedaba en las afueras de la ciudad, donde la avenida que pasaba por el estadio deportivo se angostaba y alejaba hasta ser calle de tierra. A la altura de la cancha, la radio del taxi empezó a gruñir y luego se calló, ahí nomás se paró el auto. Mientras el conductor revisaba los cables con el capó levantado, vi cómo en el cielo avanzaban unos densos nubarrones y se zarandeaban en serie árboles y postes de luz. No sé por qué sentí la necesidad de bajar del auto. En la calle pasaba justo una pareja y otro auto se detenía a unos metros. No corría viento en el lugar y no llegaba ruido alguno, sólo el olor a tierra mojada y los mantos negros en el cielo me hablaban de tormenta. Parada a un costado del taxi miré hacia arriba y, sin entender, claramente supe lo que pasaba.

Sobre mi cabeza se ramificó el haz de luz y en el acto me alcanzó un rayo, esto fue lo último que vi y luego no hubo necesidad de entender nada. Creo que al final supe lo que quería.

Emilia Vidal
Últimas entradas de Emilia Vidal (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio