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Dos relatos de Juan Carlos Guardela Vásquez

domingo 15 de noviembre de 2015

El Miedo Grande

En la esquina está el Miedo Grande. Tiene su máscara de miedo, tiene una vara. Está desnudo como un mico, todo lleno de pelos, hiede a trementina. Es tan alto que juega con la farola del poste, la mueve con su uñota, escupe la tierra.

Todos estamos encerrados en las casas desde las 9 de la noche. Sabíamos que iba a venir, nadie duerme.

Mi abuela y yo lo vemos por las rendijas de las tablas. El Miedo Grande se come esa uña y pasa por el aire su dedo de cañafístula. Mira las casas oscuras. Huele con su nariz de calavera.

Se calla para que no lo oigan. Se mete la uñota en la nariz y saca un sucito. Hace una bolita de moco y juega con ella al caliente y al frío, a la penitencia de que la puerta donde caiga la bolita mojada —en la casa más salada— habrá un muerto.

Hubo madres corriendo. No es ningún disfraz el Miedo Grande. Quiere meter su cara, quiere olernos con su nariz por las ventanas de madera de cativo… Resopla. ¡Fooo! ¡Fooo! ¡Fooo!

Seguro que el Miedo Grande busca su Miedo Chiquito. Seguro que se le perdió hace tiempo. Yo sé dónde está el Miedo Chiquito: escondido entre los patios, apartando verdín con los pies llenos de barro y jugando con el sueño de los pollos. El Miedo Chiquito ya no asusta.

Todos estamos encerrados en las casas desde las 9 de la noche. Sabíamos que iba a venir, nadie duerme. No más está prendida la bombilla que el Miedo Grande empuja con su uñota. La abuela y yo lo vemos por entre las rendijas.

Ahora, las botas han tumbado la puerta y nos levantan, a todos, de los catres.

 

Artaxerxes

“Ya no hay fábulas en la Ciudad de la Furia”.
Gustavo Cerati

Al maestro, pintor y poeta Limberto Tarriba.

Pobre Artaxerxes. A pesar de su carácter iracundo e inexpugnable, sentí conmiseración por él debido a la forma en que desapareció de la Villa luego del escándalo y los estragos de su secta. Aquella noche el noticiero mostró, como premio, su vestimenta.

Y saber que era sencillo, para que nadie lo viera bastaba con quitarse la bata y la estola al estilo Aleister Crowley, vestuario que lo inflamaba en este clima maléfico; así como las barbas de bagazo y las gafas de fondo de botellas que le impartían filuda nariz. Lo imagino dejando atrás sus trapos teosóficos, desorbitando los ojos, aterrado, mientras los perros lo correteaban.

Hay gestos, dijo, de gritos silenciados en los bultos que dejamos como obras, rostros de gente que clama golpeando desde adentro.


Confieso que cuando le conocí me fastidió el tonito elevado de su discurso y, claro, la impostura de su apodo. Los inauguradores de la forma fue un grupo de siete artistas, según él, renegados con propuestas trascendentes. Loquitos, arrutanados y coletos, dijo el director del periódico con el fin de que terminara de una vez por todas mis artículos y así finiquitar con ese tropel en la Villa.

Luego de varios encuentros frustrados —o de negaciones haciéndose el interesante— me hizo un envío fanfarrón con un misterioso emisario, enjuto y hosco. Lo que dijo en dicha reunión fueron ideas embrolladas, enlunecidas, afirmó Artaxerxes. Todo su discurso resultó ser un compendio absurdo con baño esotérico. Uno de los tantos despropósitos era la intención de traducir a la lengua bantú —la lengua palenquera—, el libro brujo La clavícula del Rey Salomón. Pero a esas alturas yo ya me empezaba a aburrir de su afectado lenguaje en sus llamadas impertinentes, de su altura de miras y sobre todo de su querella sin causa.

Los inauguradores de la forma llevaban seis meses imponiendo el caos en parques, plazoletas, callejones y playas. Aparte de esos destrozos dejaban de manera repentina, como exvotos, obras deleznables. En las madrugadas solían hallarse regueros de basura, llantas ardiendo y rimeros de botellas de licor barato al lado de sus creaciones. Las obras eran inmensas estatuas con deformaciones que resultaban ser volúmenes sin sentido y esperpentos. Un gran barrilete incrustado en el cráneo del fundador de la Villa, un inmenso martillo de icopor simulando un mazo que golpea el vitral inmenso de la única biblioteca pública, un ahorcado de papel en el edificio elegido por suicidas —que por alguna razón pendenciera del destino era el banco al cual debían—, una verga estrafalaria a la entrada de la casa del alcalde. Estas obras terminaban recogidas antes del mediodía con el fin de que los turistas no se percataran. Nunca entendí cómo trabajaban pues, según las proporciones, eran necesarios por lo menos una veintena de artistas.

Hubo, claro, otras tantas propuestas hilarantes, pero lo que más llamó la atención a la prensa y puso energúmenas a las autoridades fue que la secta destrozó obras emblemáticas de la Villa: rasgó cuadros con escalpelos, echó ácido a estatuas de Bellas Artes, aceite quemado a instalaciones de parques y escupitajos en los portones de Santo Domingo. Proyectaron, sobre las murallas, con un vetusto video beam, la vieja cinta de Pasolini, Saló o los 120 días de Sodoma. Con alaridos espeluznantes interrumpieron un concierto barroco invocando a Buziraco, demonio de la torpeza, las plagas y la sequía. Los inauguradores de la forma estaban en todos lados. Se metían en las peluquerías y despelucaban a las actrices y actores que venían de ocio en la ciudad. En los recitales de los poetas mayores les entraban ataques de epilepsia, eructaban a lo bestia en los desfiles de moda.

Los insumos de sus obras eran desechos de supermercados en retaliación a la prolijidad del consumo. Pero sus elementos de trabajo iban más allá de la simpleza de las formas. Revisaban los cines y las estaciones buscando objetos para sus obras y detener con ellas el colapso del mundo.

En la primera cita Artaxerxes respondió mis preguntas por entre las varillas retorcidas de una reja del parque de La Ermita. Me puso la extraña condición de que le llevara a dicho encuentro una chocante lista: 3 pliegues de corcho, una totuma de ron ñeque, 7 ramas de albahaca, un diente de narval y un fragmento del cuerno de un rinoceronte. Las dos últimas fueron condición irrazonable e imposible. Terminó aceptando lo que encontré. Me parecía estar hablando con la cabeza de un guillotinado que sorbía ñeque con gozo.

Esto está de primera, dijo con deleite. Tenía en el rostro una movilidad inquietante, despepitó sus ojos enigmáticos y con voz cavernosa profirió: Desde Fidias hasta el presente de rumorosos talles hay más perspectivas encubiertas en el ojo.

Aunque abrí el artículo con la frasecita, luego de varias semanas, aún no descifro su hermetismo. Al rato dijo otra cosa en medio del follaje: Somos artistas de todas las estrías.

No pude tomar fotografías ni hacer acopio de documentos pero él sí puso a sonar, en una grabadora que se escondía en su bata, una canción de Cerati, cosa que me intrigó pero después me pareció ridiculísima: “Despiértame cuando pase el temblor”. Le indagué con mi mirada y respondió: Ah, ¿la música? Es para ambientar la cosa, ¿no cree?

No pude más y solté una carcajada en su rostro, ante lo cual movió su pelero y, alucinado, salió corriendo, encogido, como si hubiera cometido un delito. Lo perseguí hasta que se subió a un Renault 4 verde que lo esperaba en una esquina de El Cabrero. Su vestimenta de tostado Crowley, en la noche, le asignó el aspecto de un espanto.

Luego de varias semanas me llamó justo cuando en mitad del consejo de redacción buscábamos la explicación a una colosal garza blanca de papel crespón que súbitamente apareció incrustada en la muralla y, así mismo, en la fuente del Parque de La Marina, un gran mojón de mierda impostada color marrón.

Noté en su tono cierta disculpa y me citó de nuevo. Cerró la llamada con otra frase: La ventriloquía es el máximo arte, la más alta forma del conocimiento.

Esa vez confirmé que estaba deschavetado y que sus argumentos eran verdadera paja.

Los inauguradores de la forma son capaces de domeñarnos de acuerdo a lo que dijo en ese segundo encuentro que ocurrió en el monumento a los océanos ante el golpeteo de las olas. Estos artistas pueden dejar las ánimas de los transeúntes atrapadas en las cavidades de las estatuas repentinas. Acto seguido dijo la naturaleza de sus materiales: plásticos, células humanas recogidas en sifones de baños públicos, láminas de zinc, boleterías de estadios, añosos guantes de albañiles y de cuanto material abyecto encuentren. Hay gestos, dijo, de gritos silenciados en los bultos que dejamos como obras, rostros de gente que clama golpeando desde adentro. De eso la gente no se da cuenta. No te asombres si una tarde descubres que te hemos puesto preso en tu propia figura en el parque del Centenario. O que acaso, como para dignificar tu linaje, descubras que estás en el torso de un caballo.

Esta vez aguanté una risotada que se me salía. Fue inflexible en cuanto al tiempo de la entrevista no sin antes advertirme que si volvía a burlarme de sus preceptos frente a los espíritus oidores de los parques, como en la primera cita, me matarían con daga o veneno. En cambio, si vemos en ti el más alto respeto, antes de que llegues a la senilidad, te verás a ti mismo exhibido.

Resumo aquí de manera atrevida su propuesta:

  1. Algunas estatuas tienen esqueletos. Una estructura ósea que sólo ven aguzados, como ellos: artistas intencionados, inauguradores de la forma.
  2. La lógica de producción de sus tan mencionadas obras, más o menos es esta: colocan en su sitio armazón, ductos, imanes y bujías, apéndices plásticos, hebras, goteros, lagrimales de animales sacrificados en los mataderos, vello de posible humedad en los rincones, olor incluso; con alicer estiran cabellos recogidos en las peluquerías.
  3. Semejante esfuerzo no se ve al final, insistía, la idea es que no se perciba.
  4. Todo esfuerzo posee un esplendor implícito. Y ahí están (contempladas o no) esas señales, pequeños centímetros que costaron largas horas de trabajo hasta el amanecer.
  5. Ocurre por ejemplo que repasan diminutas uñas de carey imperceptiblemente hincadas en meñiques, agujeros minúsculos hechos con extrema exactitud allí donde el modelo tuvo un remoto acné de su adolescencia.
  6. Construyen otra ciudad sobre las pieles de la Villa. Poco a poco cubrieron los escenarios.
  7. Sus obras tienen una mezcla de serena postura y de movimiento abismal. La intención no sólo es dar soporte a la carne eterna de bronce. Se trata, imprecaba, de otorgar un movimiento hacia adentro, una dínamo similar al que tienen las caracolas de la orilla del mar bramante.
  8. El arte es sólo reiteración de la realidad. Por cierto, otorgan un ánima a la figura, un ánima que puede ser la de cualquiera. Lo hacen tomando una hebra de tu cabello abandonada en el puesto de algún bus o algún milímetro de cutícula que dejaste olvidado una tarde en la banca del parque.
  9. La esencia del material genético es la reiteración. Y,
  10. Hay un aviso que pocos ven y que está escondido en los dobleces de una efigie olvidada de algún parque en el horizonte de la Villa.

Las imágenes de la captura de su grupo fueron transmitidas por el noticiero de la mañana. Según la periodista por fin habían sido puestos en cintura los vándalos. Las imágenes estaban borrosas pero lo pude identificar plenamente por sus vestiduras. Aleteaba el pobre Artaxerxes volando en la noche, como pájaro desalado, mientras su mollera recibía las embestidas de las cachiporras de los policías y sus piernas las mordidas de los perros.

Los soltaron una semana después. Resultó que el verdadero nombre de Artaxerxes era Juan Martínez, lo cual minimizó su andanza. Desaparecieron todos. Dejó de hablarse de él y su grupo. Luego de publicar mis artículos en los cuales traté infructuosamente de subsanar su endeble propuesta, Artaxerxes me envió un sobre lacrado. Lo guardo como una misiva venida de la insania. Y no se lo he mostrado a nadie. Dice:

“Cuídate, escribano. Manos oscuras inventan la Villa. Son ángeles fuleros, son los dueños de la Villa. Manos cicateras construyen las verjas para alejar a los negros venidos de postrimerías de goteantes cunetas. Negros ninguneados que bailan con frenesí sobre la nata de los caños, hijos de menos madres que se acuchillan desde siempre. Son los negros quienes sostienen el mar mientras los turistas chacharean en la playa. Esos ángeles construyen la Villa con premura antes del amanecer. Levantan las paredes al fondo, cultivan la trama de las oficinas. Mientras los negros duermen hay un espeso movimiento de mástiles, de cabestrantes, de güinches que llevan inmensas láminas de cartón paja. Nuestra sangre —esa que se aquieta al lado de los caballos de frisa— debería ser de color olivo porque ya no se oye crecer la hierba dócil sino que todo marcialmente se extiende hasta el fondo de los astilleros e interrumpe la regencia de los parques”.

Supuse que también ese texto era una de sus obras. Temí la posibilidad de que fuera un hechizo —supuse que eran las palabras de un ensalmo y que mi ánima en ese momento debía estar siendo sepultada en un extraño ritual en mi propia estatua en algún lugar del trópico suculento. Pero tenía ya la certeza de que fuera un vano esfuerzo y que la única manera en que se le otorgue algún logro a su propuesta enrevesada en la Villa será cuando el adentro inicie su venganza, de una vez por todas, contra el afuera.

Juan Carlos Guardela Vásquez
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