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Figuración de las creaturas

sábado 12 de marzo de 2016
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a Rubén Darío Álvarez

Los boxeadores tienen el corazón en el hígado decía Zambrano. La frase se volvió recurrente. Vivía en retiro, contrario a muchos ex campeones, con holgura aunque no era rico. Recibió muchos golpes pero también mandó a varios a la lona. Iluminada por las luces del cielo raso está la estantería de sus trofeos. Allí se encuentran, ordenados de manera cronológica, fotos y recuerdos, cada pelea; desde la primera hasta la derrota con el Camajón. Cada división tiene un episodio, todos los trofeos conforman la película de su vida pugilística. Puede rememorar cada golpe recibido y cada golpe dado con sólo mirar. Un artículo enmarcado dice “El Huracán de El Bosque pierde contra Camajón”. A un lado, como bandera gloriosa, su pantaloneta azul celeste.

Ese animal es autista, Zambrano. Deberías echarle. Es posible que le hayan dado demasiada marihuana y trabado por el resto de su vida, dijo Cecilia con sarcasmo.

Álvaro Camajón era bastante pantallero con sus trenzas y todo, pero con una fuerza descomunal. Mostraba sus bíceps, sus aretes, su mirada navajuda. Sin embargo Zambrano hacía mejor sombra que él, mejor baile en el cuadrilátero. Camajón era un rústico, Zambrano un estilista. Camajón tenía en sus guantes unos peñones, Zambrano se movía rápido.

Todo pasó en el primer round. Sólo bastó que Camajón lo llevara a las cuerdas para que en cuatro movimientos el mundo se volviera lento en la cabeza de Zambrano. Los oídos se le atoraron, la quijada se rompió, tres costillas quedaron abiertas como cañas, el tabique aplastado y una conmoción. Zambrano en la lona buscó la mirada de Cecilia entre el gentío pero no la halló.

Estuvo dos días inconsciente. No vuelves a un ring, sentenció el médico mientras hurgaba con la lamparita en los ojos llenos de sangre.

Después de eso puso un almacén de mercaderías. Se equilibró. Cecilia tuvo tiempo de dedicarse a la fabricación de porcelanas e incluso fanfarroneaba ante sus amigas con un piano en mitad de la casa mientras él no hacía nada, pasaba sus días viendo peleas de box por el cable y de vez en cuando a bromear con los ex campeones que cada tarde parlotean en los parques del Centro.

Ahora siento punzadas, frío en los huesos. El cuerpo avisa que está viejo y me da vahído y todo, decía.

 

La verdadera tunda empezó con la llegada de Matías. Vanidoso recorría los recintos de la casa. Cruzaba el gran salón con un caminado afelpado y cacorro mirando hacia arriba, le importaba un pito lo que hubiera alrededor. Yacía en las otomanas, observaba el horizonte. Se inflaba de orgullo. No era dado a poner su mirada verde en cualquier cosa. A veces miraba intrigado a Zambrano quien, para contrariarlo, miraba a otro lado. Entonces importándole un pepino se iba a reinar en las estancias buscando el sol de las ventanas o el calorcito de la cocina. No movía un pelo y era incapaz de entregar una miga de afecto.

Matías vivió tres años en la calle. Un ingeniero se los regaló luego de salvarlo de las acechanzas de los perros guardianes en una de sus construcciones. Al parecer el animal comió basura y sintió el hielo de las madrugadas. El hombre al principio creyó que era una hembra, así que le llamó Magnolia, pues de lejos no se podía identificar su sexo. Ahora la veterinaria los sacó de la duda. Alfonso, antiguo amigo de Zambrano, jugaba con lo de la confusión llamándole magnolia empolvada. Eduviges le tenía algo de miedo pues decía que ese tipo de animales es traicionero y vecino del infierno.

Pero desde que llegó a la casa asumió su pose petulante y se ganó la animadversión de Cecilia a pesar de que fue ella quien le puso ese nombre insufrible. Se portó como haragán. Ni siquiera jugaba. Y fue culpa de Zambrano por darle tanta libertad. No debió aceptar que Matías reinara en la casa aunque con el tiempo el animal llegó a apreciar la limpieza de su caja, su arena y su tazón y el hecho de sacarle cada mañana a tomar el sol. A pesar de todo Eduviges se dedicó a cuidarlo. Cuando lo sacaba a la terraza el muy engreído miraba con cierto desdén —por entre las enredaderas de la verja­­— a la gente y los animales de la calle.

Lo llevaban puntual a la veterinaria. Eduviges siempre insistía en la distracción y la distancia del animal, y ella respondía que la idea no era pasar todo el tiempo mimándolo, había que esperar a que estuviera preparado para que se acercara a la gente. Le recetó antiparasitarios, peines y una manopla para masajearle. Pero Matías continuó con su actitud displicente. Ni siquiera procuraba acercarse a las visitas y rozarles su torso y apropiarse así de las piernas de los comensales; dejar su señal, su efluvio como marca. Sin duda el humano mundo no le importaba.

Una mañana Alfonso llegó a la casa señalando una hojas impresas y haciendo gestos dramáticos decía que esos animales son los portales de otros mundos.

Ese animal es autista, Zambrano. Deberías echarle. Es posible que le hayan dado demasiada marihuana y trabado por el resto de su vida, dijo Cecilia con sarcasmo. Luego empezaron a hablar de cuanta cosa mientras escudriñaban, durante horas, los ojos letárgicos del animal.

 

Un fin de semana Matías se largó de la casa. Refunfuñando y, con los dedos llenos de engrudo, Cecilia pegó en los postes del barrio los cartelitos con la foto prometiendo remuneración. Pero Matías regresó seis días después con mirada de salteador, una bola de brea en su cabeza, el rabo herido, el pelo lleno de pulgas y de pegotes de aceite quemado y una cría de serpiente desollada entre los dientes. Cecilia gritó de terror al ver la serpiente retorcerse atormentada en mitad de la sala. Eduviges tuvo que darle incontables gotas de valeriana hasta que se quedó dormida.

Matías ya no era el fantoche recostado, sino algo peor: un soso. Ya no se interesaba por la televisión. Zambrano le pasaba los juguetes por la cara y ni se mosqueaba. Sin garbo, caminaba hasta el jardín interno y rozaba las nomeolvides. Se desplomaba a veces y se quedaba dormido pero ya no se desvivía por el sol de las ventanas.

Mientras trataban de entender la extravagancia de Matías las pulgas que trajo el animal se multiplicaron de un día para otro. Eran tantas que por donde pasaba el animal quedaban montones de ellas como sombras y si le tocaban, las manos se cubrían de una madeja negra.

En cosa de dos días perdieron la batalla. Eduviges encendía a cada rato los fogones y el horno de la estufa para incinerar a toda aquella que hubiera avanzado hasta su cocina.

Los montones de pulgas eran algo así como una sombra andarina que bordeaba todo: los sofás, los muebles del comedor, las otomanas, el piano, los libros. Las pulgas bucearon en tapetes, subieron escaleras, treparon paredes, coparon aparadores, rodearon piezas. Se ensartaron en las ranuras del piso. En los horizontes de los cuadros brotaron abruptamente montones de tildes.

Se dieron uña tasajeándose las pantorrillas y los muslos. Al principio las picaduras eran imperceptibles pero después se tornaron en picadas inclementes: pequeños cráteres aparecían en la piel.

Descubrieron que la humedad las espoleaba, las multiplicaba. Pasan todo el día teniendo sexo, por eso paren tanto, reclamó Alfonso.

Coronaron las lámparas del cielo raso y, desde allí, se arrojaron sobre ellos y empezaron de inmediato a rascarse el cuero cabelludo. Cuando ganaron los cuartos y asediaron los roperos, se dieron por vencidos.

Cecilia entró en pánico cuando descubrió que varias de ellas se habían incrustado en uno de sus pantis y parecían mirarle con insolencia desde el tejido de la prenda. Supuso enseguida que habían estado allí por días, empezó a estrujar al grupo de pulgas con sus uñas. Desnuda, en mitad del cuarto, sollozó mostrando a su marido la prenda. Se rascó su entrepierna y descubrió, con la yema de los dedos, dos pequeñas heridas al lado de su sexo. Eduviges intervino con una pinza de sacar cejas y así pudo atrapar el gajo de pulgas del panti. Están gordas, dijo poniendo a trasluz la pinza. Tal vez parieron miles. Cecilia gritó.

 

Alfonso llegó temprano y vestido con bombachos amarrados en los tobillos para protegerse. Apenas entró las pulgas lo atacaron. Bromeó un buen rato diciendo que acaso eran pirañas y enseguida se rascó con fruición los codos, las manos, el cuello, las pantorrillas. Al ver aquel ejército enfurecido creyó la versión de Zambrano sobre estar infestados. Entonces la broma se convirtió en sobresalto y dijo: Hay que abandonar la casa.

Para evitar las picadas todos se pusieron medias viejas en los brazos. Para conversar se subían a las mesas. A fin de poder dormir sin que les hirieran la piel Alfonso tuvo la idea de sumergir las patas de las camas en recipientes con querosene, ya que el fuerte olor las confunde. Lo hicieron. Metieron las patas del king size en tazones de plástico con querosene. Los cuatro se sentaron en la cama arropados con una gran cobija. Hablaban en voz baja como para no alterarlas, como para evitar cualquier tipo de furor por parte de esos gorgojos.

¿Las oyen?, preguntó Cecilia. No, respondieron todos. Alfonso se rascó su bemba premiada con una roncha.

Pero en verdad se podía escuchar una especie de masivo escamoteo, un ruido similar al de un arrullo. Escucharon cómo se arrojaba sobre las cuerdas del piano. Luego de un rato de estar en silencio sacaron las cabezas de la cobija y vieron, con asombro, a Matías que desde el piso los miraba con un tic que les pareció burlesco. Esto es brujería, afirmó Eduviges entornando los ojos. Hubo otro silencio largo. Entonces, a Cecilia se le ocurrió un chiste malo: Ni que fuéramos a hacer una orgía, oigan. Nadie festejó.

Al día siguiente Eduviges trató de aplicar una receta de su abuela y preparó dos cántaros de agua de yuca. La regaron por toda la casa con el fin de que se murieran las pulgas, pero nada. Entre tanto se habían vuelto expertos en matarlas, las hallaban a diestra y siniestra, en cualquier parte, en cualquier objeto, en los rostros de las bailarinas toscas de porcelanas, agarradas de las pinturas de las paredes. Las machacaban con las uñas, con cucharas, con piedras. Había que apretarlas con cierto énfasis para escucharlas reventar grasosamente.

Luego Eduviges trajo del mercado un atado del altamisa. Lo puso a hervir en grandes ollas. Zampó la infusión en frascos de spray y la regaron en la casa mientras hacían gestos de exorcistas. Pero nada.

Al final de la jornada los hombres recogían, con palas, ovillos de pulgas muertas. Las echaron en bolsas. Las pesaron con la balanza de la cocina. Parece tierra de cementerio, dijo Eduviges.

Dos días más tarde se vieron obligados a pedir los alimentos a domicilio, recibían los encargos en la terraza. Terminaron haciéndolo todo allí. Entraban a la casa en casos extremos.

Antes de que llegaran los de la empresa de fumigaciones Cecilia hizo sus maletas. Las puso en frente a ellos que estaban sentados en la terraza. Cecilia se mordía los labios con ira: Me llevo esta ropa porque no tengo un carajo que ponerme. Pero apenas llegue a casa de mamá la quemo junto con tus recuerdos.

Miraba las tachonadas pantorrillas de Zambrano.

Me desgraciaste la vida. Eres flojo. Yo pensé que eras alguien de verdad, pero no eres nadie. Vas a morir solo, lleno de sarna y solo.

Zambrano sintió una andanada de golpes al hígado.

Esa misma tarde llamó la veterinaria diciendo que llegarían a recoger a Matías y les aconsejó que mientras buscaban la solución tomaran algunas dosis de tiamina. Se apresuraron a cerrar todas las ventanas y a poner papeles en huecos y hendijas por donde podría largarse el egocéntrico animal. Dos chicos de veinte años llegaron. El animal no se dejaba atrapar. Corrió esparciendo sus pulgas por doquier. Tuvieron que usar una red. Mientras hacían esa operación pasó varias veces por entre las piernas de Zambrano y le dieron ganas de patearlo, pero se abstuvo. Sintió una inmensa conmiseración. Sabía que el animal terminaría de nuevo viviendo con los vagabundos. Se lo llevaron mientras maullaba.

 

Esa misma noche, en la soledad del cuarto, Zambrano descubrió que ya no le pican las malvadas. Aún escuchaba al fondo el rumor del pulguerío, un rumor pastoso, casi lúbrico. Bajó de la cama, sin medias y en chancletas. En la cocina abrió la nevera. Con sorpresa constató que no sentía las picadas. Ni siquiera sintió el ardor de las picaduras anteriores que aún estaban en carne viva. Acaso la tiamina hizo que su sangre adquiriera un gustillo a lámina. O, ¿era posible que, de repente, ellas empezaran a sentir simpatía por él? Constató que las pulgas se lanzaban en oleadas a sus empeines por entre las tiras de sus chancletas, sintió una especie de felpa en la piel y, lo más extraño, tuvo la impresión de que estaban cediéndole espacio para que él caminara.

A Zambrano le estaban pasando cosas extrañas.

La gente de la fumigación llegó temprano aquel sábado. Se demoraron cuatro horas en sacar las cosas de la casa a la terraza. Fumigaron rincones, tapetes, cojines e incluso cada maceta. Dedicaron tiempo a las estanterías. Demoraron limpiando el piano, luego lo sacaron a la terraza para que le diera el sol. Un muchacho delgado subió al cielo raso para fumigar desde arriba. Zambrano tomaba fotos para documentar la cosa.

Al final de la jornada los hombres recogían, con palas, ovillos de pulgas muertas. Las echaron en bolsas. Las pesaron con la balanza de la cocina. Parece tierra de cementerio, dijo Eduviges. Eran tantas que la bolsa llegó a pesar dos kilos, acto seguido las calcinaron en el patio. Al rato Eduviges también prendió fuego a alguna ropa. Todos sintieron alivio cuando las columnas de humo se disiparon pero al tiempo les quedó un sentimiento parecido al remordimiento.

El domingo en la mañana revisaron las rendijas del piso, las esquineras de los cuartos, los rincones, el cielo raso, los estantes de los trofeos. No había una sola pulga.

 

El lunes llamó la veterinaria. Dijo que ya Matías estaba desparasitado. No tenía pulgas, lo había revisado, estaba en perfectas condiciones y podían ir por él. Alfonso meneó la cabeza diciendo no y Eduviges puso cara agria. Antes de colgar Zambrano le propuso que se lo quedara y que, incluso, él le pagaría el doble por sus servicios con el fin de que hallara a alguien que pudiera cuidarlo con más esmero, cuando dijo esmero, enterneció la voz. La mujer accedió.

Eduviges volvió a caminar por la casa ya sin medias que le llegaran a las rodillas aunque le había quedado la manía de rascarse las pantorrillas. Pero cuando creían que la casa estaba despejada, Zambrano descubrió tres pulgas, muy orondas, tomando el sol en uno de los ventanales. Llamó a Eduviges y ella las apresó usando las pinzas de cejas y las encerró en un frasco diciendo. Esto no me convence, aseveró ella.

Al mediodía Eduviges ya tenía a Zambrano en casa de uno de sus amigos, un santero enorme que yacía en una estera andrajosa. Tenía unos 30 años y se llamaba Ambrosio Macumba. Un mastodonte. Tenía un bling de oro en su pecho mantecoso y, en sus bíceps, collares de pepas. Cuando le dijo que su nombre era Eliécer Zambrano, lo trató de campeón. En su estera, rodeado de cojines raros y muñecos de trapo, el santero entornó los ojos. Tiró el puñado de caracoles y le entró tembladera. No te dejes cascar, ¿oíste?, dijo respirando con ruido.

Eduviges trató de decir algo pero Macumba gritó: ¡Babalú Ayé! ¡Babalú Ayé! Aquí habla San Lázaro, no joda: ¡Campeón, seguirás dando trompadas a este mundo puñetero! Eso dijo San Lázaro.

El bling y las pepas sonaron.

Eduviges preguntó: ¿Tenemos algún mal en la casa, Macumba?

Este puso los ojos en blanco: Lo hubo. Un envidioso echó sereno en la puerta del Campeón. Pero ahora ya nanaycuca. Nanay. ¡Babalú Ayé!

Cuando salieron Macumba, haciendo sonar las pepas de sus collares, le dijo en la puerta: Échale azúcar a la vaina, ¿oíste? Y mucho aché. Ya San Lázaro habló.

Terminaron pagando 300 mil pesos.

 

En la noche Zambrano se preparó un té con leche en la cocina. Lo tomó con lentitud y cayó en una flojedad espléndida. No había nadie en casa. Pensaba en lo que había dicho el Ambrosio. Trataba de reconocer a quién se refirió el santero. Le dolió el costado, a la altura del hígado.

Supuso varias cosas, pensó primero que había dos explicaciones de la abrupta explosión de las pulgas y era que estaban de forma latente que debajo de las baldosas y las grietas de los pisos, en las ranuras de las paredes, o en olvidados nichos de hormigas, estuvieran sus huevos esperando durante décadas un momento como ese: la llegada del gato. Era posible que esas pulgas pertenecieran a la casa antes de comprarla. O pudo pasar por otro lado que alguien, una mano siniestra acaso, enviara la maldición por medio del gato.

Pensaba también en Cecilia. Su rostro se apoderaba de la pantalla de su duermevela. Caviló que en los varones el sexo es una saliente, un penacho. Algo que guinda, como el fruto de un árbol. Algo que con el tiempo se marchita y muere. Una prolongación o tentáculo que con el tiempo se entristece magullado. Pero no sólo se trata de la verguita colgante —se dijo—, también se trata de lo que libera por medio de esa antena. Suelta un humor, algo que sale como flujo, es como un jab a la cara del mundo. Es absurdo creer que porque esa energía entró en la hembra ya ella es de uno y se mantienen a distancia los otros varones. Sabía que todo era una ilusión, incluso esas conclusiones que emergían bajo el efecto del té con leche. En la hembra —se dijo— ingresa un atado que multiplica al mundo. En ella todo entra y se madura. En el varón lo que sale empuja al mundo. Por eso uno percibe, aunque no tan claramente, cuándo la semilla de otro hombre se ha inmiscuido en esos dominios que, a la larga, nunca fueron de uno.

Supuso que, por meses, Cecilia buscó un motivo. Entonces empezó a imaginarla de manera distinta, con la mirada y la nariz idénticas a la de Camajón, su castigador.

Supuso que había cambiado desde mucho antes de todo el asunto de las pulgas. Había empezado a demorar en sus clases sobre cómo fabricar porcelanas. Y lo peor había estado buscando un profesor de piano, cosa imposible en la ciudad.

Ya ella se demoraba en sus clases de piano y llegaba tarde sin avisar. No respondía llamadas pero hablaba por el celular durante horas. Ya no acariciaba las huellas de sus derrotas en el rostro de Zambrano, ya no se refería a él como “mi chiquito” y ya él no le decía que no era ningún chiquito, que le tratara como a un hombre con el fin de que ella, de inmediato, le abrazara mofándose de su fealdad y diciéndole que la estrechara entre sus brazotes y de cuanta cosa. Al contrario, ella comenzó a tratarlo con encono.

Él supo exactamente cuándo ella decidió largarse. Fue meses antes. Un viernes llegó tarde y como atosigada. Le fastidiaba algo, algo que la obligaba a mirarlo reconcentrada. Él se le acercó y pudo sentir aquello: un flujo, un humor, un efluvio minúsculo y vago. Ella se desvestía, supuestamente cansada, y él lo percibió con nitidez. Había una extraña y fría presencia entre los dos. Ya no se pertenecían.

En la cama él sintió el silbido que suena en los oídos cuando hay demasiado silencio. Entonces el té lo hizo descender por el sueño. Bajó algunos escalones suaves y se halló frente a un gran fuego. En mitad del sueño se da cuenta de que sueña.

Al fondo, en el horizonte, esa gran canica de fuego late. Luego, haciendo un esfuerzo visual advierte que ese fuego es su propio cuerpo desplomado boca arriba, en mitad del king size. Pero él ya no es él, no se pertenece.

Lo que es se sienta en el piso de madera. Se yergue un poco y puede ver por completo a Zambrano roncando a todo timbal. Se mira entonces las patas, la gran tibia fortachona y constata que es la pulga, una pulga. Empieza a volar gratamente. Hace giros. Una brisa venida quién sabe de dónde hace que viaje a gusto.

 

Despertó con música. Un son montuno. Eduviges se había despertado temprano y despeluchado. Aireaba la casa. Bailando con una energía fantástica Eduviges contó que sus ancestros fueron negros espigados que venían de África. Habían sido capturados en Guinea y traídos hasta acá y era una lástima que sus saberes brujos se hubieran extraviado al esconderlos de la Inquisición. Y que ella se acuerda de que su bisabuela echaba la suerte con palitos y pepas y con el hígado de las reses. Sabían combatir el mal de ojos y que, de haber sabido esas cosas, Cecilia no se hubiera ido de su lado, que él era un buen tipo y que además todo esto estaba pasándole por envidia.

Durante la siesta volvió a soñar con el sol. Pero en esta ocasión todo lo vio claro. Pudo ser consciente del lapso sinuoso de su sueño. Él era una pulga y observaba a Zambrano.

Cuando llegó Alfonso, en el mesón de la cocina abrieron un mantel blanco y con cuidado sacaron las tres pulgas del recipiente. Las miraban con lupas. Eduviges las manipulaba con la pinza. Parecían obedientes. Algo les pasa, dijo Alfonso, bajando la voz, y era como si hubiera un serpentario en vez de tres pulgas sobre el mantel. Es posible que todavía estén mareadas por el gas de la fumigación.

Luego empezó a decir todo lo que encontró en la Web sobre las pulgas. Había hallado videos de veladas boxísticas de pulgas en Oriente y en países del África. Existen círculos de apostadores que nadie regula, hay gente que asesora crianza y entrenamiento, Alfonso se saboreaba. Son similares a los gallos.

De repente una de ellas saltó y desapareció del campo visual de las lupas. ¿Ahora dónde carajos habrá caído? preguntó Eduviges molesta mientras se arrastraba por el piso buscando al animal pero de inmediato Zambrano se percató de que la pulga estaba retozando sobre la lupa que tenía en su mano. Se quedó estático. Con lentitud trató de bajar la cara al mantel pero de nuevo saltó haciéndose invisible. Ahora son capaces de empezar a parir e invadir la casa de nuevo, repuso Eduviges.

¡La tengo en mi nariz, oye!, gritó Alfonso y puso su cabeza sobre el mantel con el fin de que no se extraviara. Eduviges la bajó de su piel con la pinza. Ahora las tres pulgas brillaban sobre el mantel blanco. Deberíamos hacerle unos disfraces, dijo Zambrano. Sí, le quedarían de perla unos de payasos, dijo Alfonso. Pero darían mucha brega, no se dejarían vestir, repuso Eduviges.

Pasaron días. Cecilia llamaba a Eduviges para indagar qué pasaba en casa y a veces llamaba a Zambrano para decirle oprobios.

Para distraerse decidieron construir un teatro de pulgas. Toda pulga puede ser entrenada, sentenció Alfonso. Entendían que a las pulgas no podía obligárseles pero que la luz las motivaba. Demoraron tres días construyendo el escenario.

El escenario resultó endeble pues habían usado cartón paja, cablecitos, luces de navidad que hallaron en la bodega y un interruptor redondo que hacía que dichas luces subieran y bajaran de intensidad. Fue un embrollo, pero cuando lo bañaron con pintura de spray el tablado en miniatura se vio prolijo.

Una tarde llamó la veterinaria para anunciar que había entregado en adopción a Matías a una abogada que vivía sola en un apartamento en La Floresta pero que lamentaba decirles que, el muy hábil, se había fugado y sugería que estuvieran pendientes de su regreso a la casa pues esos animales regresan a su vieja casa por instinto, que es como si tuvieran un mapa mental. Zambrano imaginó con horror la configuración de semejante mapa; sabía que ese barrio estaba cerca. Así que los tres se pusieron a tapar las posibles entradas: ventanas, respiraderos, cualquier hueco, para evitar que se metiera el animal perspicaz y fatuo.

 

Durante la siesta volvió a soñar con el sol. Pero en esta ocasión todo lo vio claro. Pudo ser consciente del lapso sinuoso de su sueño. Él era una pulga y observaba a Zambrano. Saltó varias baldosas, lo hizo con virtuosismo. Elevarse era plácido. Ahí estaba, planeando. Llegó hasta su propio cuerpo. Lo percibió tirado en la cama. Era una inmensa montaña de fuego con una gran cabeza, de fuego. Todo estaba envuelto en un montón de luces agradables. Esta vez resultó dispendioso salir del sueño.

Tomaban el café de la tarde cuando le comentó a Alfonso el contenido de su sueño y éste le respondió que eso era posible pues las pulgas, como todos los insectos, pueden observar a los mamíferos —animales de sangre caliente— por los torrentes de CO2 que exhalamos por la piel y por la respiración.

Vino entonces un feo silencio.

 

Descubrieron que podían danzar. Al momento de ponerles la luz brincaban con afán. Era saltos similares al baile. El asunto fue que se dieron cuenta que las cabriolas aumentaban con la música. Entonces sonó a todo volumen el equipo de sonido.

Eduviges pudo por fin, después de mucho atrafago, disfrazarlas de bailarinas de can-can. Los disfraces los había hecho con motas de algodón, eran horribles.

Luego trataron de imponerles varias coreografías. No funcionó. Pensaron en ponerlas a jugar futbol pero concluyeron que sería imposible, se atrancarían sus patas en el césped postizo tejido por Eduviges y las bolas de icopor no funcionarían como pelotas.

Trataron de diseñar un escenario más creíble, con luces y todo, una especie de teatro en miniatura. Al final lo lograron. Lo instalaron en la sala. Cuando encendieron las luces fue impactante. Tenía diminutas sillas de madera con cabecitas incrustadas que simulaban ser las del auditorio. Al terminar las supuestas funciones las guardaban en un pastillero. La labor exigía cuidado. Apostaron una cámara cuyas imágenes se podían apreciar en una gran pantalla LED pegada a la pared para ver los movimientos de las pulgas. Resultó ser como un gran panóptico. Se veían gigantescas. Observaron que una era rubia y las otras dos, negras. En poco tiempo ya se empleaban adecuadamente como si en verdad estuvieran en una pelea de box tirando ganchos de derecha, uppercut y jab que sacudían a sus contendores. Lo malo fue que invitaron a algunos vecinos. No se supo de dónde salieron botellas de cerveza y empezaron a festejar los malabares y a apostar. Como si hubieran entendido las pulgas se disciplinaron y de qué manera. Estaban al parecer iracundas. Al final hubo malos perdedores y les tocó sacarlos a todos porque se iban a dar trompadas en mitad de la sala.

 

Los insectos captaron bien las rutinas y estaban siempre con ganas de reventarlo todo como si hubieran ingerido altas dosis de esteroides.

Alfonso para espantar el aburrimiento las pone a pelear y narra con voz de locutor: primero un jab de derecha sobre el mentón y la pulga de pantaloneta azul cae de bruces, señoras y señores. Algo le pasa a su mentón, señoras y señores… algo muy feo en su mirada indica que este hombre no podrá seguir en la pelea, señoras y señores. Algo rojizo florece en su ceja. No ve, señoras y señores, la pulga de la pantaloneta azul está enceguecida.

Alfonso entonces hace silencio y los tres se miran con cierto aire de tristeza.

 

El primer viernes de octubre apareció en el periódico El Global una crónica que escribió Alfonso diciendo que el ex campeón de peso medio, al que apodaban “El Huracán de El Bosque”, seguía ganando récords convertido ahora en un entrenador de pulgas. El texto apareció con fotografías de las pulgas, del cuadrilátero diminuto, de la inmensa pantalla LED, y habló extensamente sobre su pretensión de mostrar los encuentros de pulgas como un deporte sin precedentes en el país. Pero eso resultó ser una incomodidad para Zambrano. Empezaron a llamarle personas que hacía mucho se habían olvidado de él, y había algo de sorna en sus voces cuando preguntaban cómo era que se entrenaba una pulga y con qué espejos hacían entrenamiento y con qué tipo de hilos se hacían los cuadriláteros, hasta que se molestó y mandó a todo mundo para el carajo y apagó el celular. ¡Qué indigna forma de dejar de estar muerto!, imprecó.

Entonces vino un grupo de reporteros de un canal y lo entrevistaron. Una señorita bonita y apresurada le hizo tres preguntas. Salieron en la pantalla del televisor 43 segundos, según Alfonso esos segundos eran más que suficientes. Al parecer la señorita no tenía idea de quién había sido “El Huracán” ni contra quién había perdido su campeonato porque le cambió el nombre a Camajón y le endilgó Carcamán y lo peor fue que le puso a ganar seis peleas más a Zambrano a quien, no obstante, ese disparate le causó deleite.

 

El té no hizo efecto. Es tarde, es muy tarde. No puede dormir. Hace un esfuerzo pero resultó vano. No dormirse le hace pensar en Cecilia. Le dolió el costado, a la altura del hígado. Le duelen muchas cosas. Así que, viendo el rostro de Cecilia proyectado en el cielo raso, bajó al césped del tapete. Un clic sonó en su cabeza. Percibió una distancia entre el sueño y la vigilia. Vio claramente la división entre los dos entornos. Constató sus límites: están separados por una capa delgada y diáfana parecida al celofán. Lo sorprendió la imprevista discrepancia entre lo que él es allá afuera (una especie de cuerpo latiente, tirado en el king size) y lo que él es acá adentro (una especie de jalea elegante, minúscula pero sobre todo, real).

Levitó entre tanto aire. Miró hacia arriba, hacia Zambrano y lo vio como el fuego, pero ahora, lejano. Como si la cama y su cuerpo iluminado hicieran un atardecer enrarecido, falso.

Se miró sus patas brillantes, gordas, aceitosas. Sus tibias estaban llenas de carne. No le resultó difícil activar esas potentes patas.

A su lado hay otras patas de otros seres que cabalgan junto a él. El tiempo en el que se encuentra le hace corto el viaje entre la recámara y el pasillo.

Siguió hasta la gran sala y pudo ver el artesonado, los trofeos iluminados a esa hora de la noche. Pudo ver entre las hendijas de las baldosas desechos diminutos, estragos de células y la suciedad conformando un laberinto extenso.

Dedujo que irremediablemente estaría encarcelado en su nuevo cuerpo, en su nuevo tiempo. Por un rato todo fue desesperación.

Pensó en Eduviges que seguramente ya dormía. El tiempo, de nuevo, fue muy corto a pesar de la distancia entre el aparador y la habitación.

La luz de la alcoba de Eduviges estaba encendida. Entró por el espacio entre el suelo y la puerta, que por cierto era inmenso.

Subió a una de las paredes y vio con plenitud los dos cuerpos amancebados. El sonido que salía de la boca abierta de Eduviges le resultó extraño, era una melodía como de arpa. No supo si era de gozo o de dolor. Ella estaba desnuda, iluminada por el resplandor de los soles y abierta como una flor incandescente. Alfonso, con su camisa desabotonada, también echando chorros de luz, la penetraba. Se movía con virtuosismo y, haciendo lo que hacía, hablaba y hablaba hasta por los codos pero no se le entendía nada.

Vio que había una botella de licor y dos vasos con hielo derretido en una de las mesitas de noche. Ambos estaban chispados. Supuso que se decían obscenidades al oído porque cada movimiento de los labios los espoleaba. Lo tendrán que explicar después, se dijo, de seguro son pareja hace mucho, ya verán. Pero no pudo pronunciar para sí mismo, en su dentro, esas palabras.

Pudo fisgonear todo. Detalló las piernas robustas de Eduviges que aún tenían los dones de su raza. Vio el frenesí con el que apretaba su nido afelpado contra el cuerpo de Alfonso. Al rato los dos se quedaron asidos y se durmieron. Salió del cuarto.

Saltó por toda la casa y mientras hacía esto su mente no se fijó en nada. Se detuvo de nuevo ante los trofeos. Desde su pequeñez la luminosidad de éstos le pareció extravagante, trivial.

Al momento de girar gratamente de pronto vio a Cecilia, vestía prendas íntimas. Ella mira sonriendo a través de una de las ventanas, apoya su mano izquierda en el quicio, la derecha descansa en su cintura. Es de día porque el sol la baña. Ella, con esa pose persuasiva, mira algo afuera en el jardín, o detrás del jardín, o más allá de la verja. Cecilia sonríe con algo (o con alguien) que está afuera.

No comprende. ¿Qué hace ella en la casa? Y si está en casa, ¿por qué no entra al cuarto y de inmediato cumple con sus requerimientos?

De repente, vio a Matías caminando por el pasillo, yendo hacia su cama y su tazón, siempre engreído. Entonces, entendió. Lo que veía estaba ocurriendo en un tiempo anterior. Entendió, con un sentimiento similar al del martirio.

Dedujo que irremediablemente estaría encarcelado en su nuevo cuerpo, en su nuevo tiempo. Por un rato todo fue desesperación. Supuso que quien era allá arriba en el king size, el Campeón (el olvidado), no despertaría más, que allí lo encontrarían en la mañana.

Al rato constató que la casa era un gran cántaro y él su único testigo, su almacenista o interventor. Ya calmado, frente a un espejo hizo piruetas de las que hacen los pugilistas antes de entrar al cuadrilátero. Se sintió por momentos sabio y eterno.

En el patio interno, bañado por la luz azul de las tejas transparentes, sin desconcierto, se dedicó a contemplar los rostros sucesivos de la casa y del tiempo.

(del libro inédito Amores mal paridos).

Juan Carlos Guardela Vásquez
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