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El Estómago de Leviatán

jueves 3 de diciembre de 2015
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La verde cara de Leviatán se recortaba nítida sobre el blanco fondo de la puerta de aquel local. Un habilidoso grafitero había dotado al monstruo de una expresión convincentemente feroz. Los ojos de buey que horadaban el par de hojas de la puerta, por los que escapaban los intermitentes relámpagos del flash, fueron aprovechados para dotar a la bestia de una chispeante mirada de cocodrilo furioso. Por debajo, las amenazantes fauces abiertas exhibían dos poderosas mandíbulas dotadas de afilados dientes de dinosaurio que, en lograda perspectiva, se unían en el tenebroso fondo de una boca alargada. Dos anchas orejas de dragón, erizadas, aportaban a su expresión de furia un matiz de vigilante alerta.

Cada vez que las hojas de la puerta se abrían con cada cliente de la discoteca que salía o entraba, la boca del monstruo se dividía en dos, dejando entrever el abarrotado interior del local, sumido en una densa y vibrante atmósfera coloreada por un frenético baile de luces. Junto a la estridente música vomitada por los altavoces, escapaba hacia la calle un cálido vaho con olor a tabaco, alcohol y sudor, como si el monstruo eructara el fétido efluvio de su pesada digestión.

¿Qué hacíamos pasmados ante esa puerta, en esa calle del polígono industrial del pueblo, nosotros, tres formales treintañeros que, hasta hacía poco tiempo, parecíamos haber encarrilado nuestras vidas? Supongo que fue un exceso de aburrimiento lo que nos había llevado hasta allí. Llevábamos demasiado tiempo en paro, demasiado tiempo pensando y desesperando.

A través de sus palabras, mi pasado se me representaba correcto y gris, guiado por una escurridiza esperanza dispuesta siempre a renacer tras cada nuevo fracaso, una senda de virtud que no me conducía hacia ninguna parte.

Javier fruncía la frente sobre sus finas gafas, lo que daba a la expresión de su cara pálida y huesuda un aire de duda inteligente. Su aspecto de oficinista aplicado, con su corto pelo moreno peinado con raya al lado, vestido con una impecable camisa blanca, remetida pulcramente bajo su pantalón vaquero, destacaba, paradójica, frente a la puerta de ese antro de perdición. En cambio, la robusta silueta de Paco parecía conciliarse mejor con ese ambiente. Es un tipo alto, al que su rapada cabeza y las angulosas formas de su rostro dan un cierto aire carcelario, acentuado aquella noche por la camiseta verde que vestía, ceñida a sus potentes músculos de gimnasio. Sin embargo, también él parecía cohibido ante la expresión amenazante de Leviatán, como si bajo su trabajada apariencia de tipo duro, adquirida durante sus largos años de camionero, asomara, dubitativo, el hombre tranquilo que hubiera esperado ser a estas alturas de la vida.

Pero la vacilación duró poco, había que disimular. Achispados por las muchas cervezas que habían caído en el “pub” Amarillo, nos retamos a seguir la juerga en El Estómago de Leviatán, la única discoteca de nuestro modesto pueblo de diez mil habitantes.

Fue Paco el que antes recuperó el aplomo y se adelantó, franqueando, decidido, las fauces de Leviatán. Ante nosotros se desplegaba el profundo y saturado salón de la discoteca, cuyas paredes y falso techo había decorado el mismo virtuoso grafitero, imitando las formas blandas, carnosas y rosáceas del voraz estómago del monstruo. Al fondo, sobre un encrespado mar de cabezas, se elevaba una plataforma de baile sostenida por un armazón de hierro, semejante a un precario escenario de verbena. En ella, un animado grupo de mujeres maduras, ataviadas con ligeros vestidos blancos, bailaban desmañadamente, haciendo vibrar los penes de plástico que remataban las diademas que portaban en sus cabezas. Frente a la pared de la izquierda, una estremecida muralla de espaldas delimitaba la línea de una larga barra. En la esquina del fondo, una elevada cabina de metacrilato cobijaba al DJ. Junto a la pared de la derecha, pares de mullidos sillones azules, en los que descansaban algunos borrachos, dispuestos en torno a relucientes mesas lacadas en blanco, se desplegaban por la pared hasta el fondo. Del falso techo pendían a lo largo del salón focos giratorios y bolas reflectantes, de aspecto ochentero, que generaban ese ambiente histérico y mareante en que nos comenzamos a mover, intimidados y torpes.

Paco, gracias a su amplia envergadura, abría camino como un fiable rompehielos a través de esa barahúnda de cuerpos agitados. Le seguía Javier, que movía nervioso su cabeza entre los alegres rostros que nuestro amigo iba desviando a su paso. Parecía un empollón extraviado en el infierno. No estaba a gusto, eso era evidente. Siempre había sentido aversión hacia el barullo y el desorden. Tendía, de manera instintiva, a seguir caminos rectos que le conducían hacia objetivos precisos. Desde que era alumno de secundaria sabía que estudiaría Lade, y así lo hizo, obteniendo uno de los mejores expedientes de su promoción. Al concluir la carrera comenzó a trabajar para un banco, llegando a ser director de una las dos sucursales que la entidad poseía en el pueblo. Parecía haberse asegurado un tranquilo y seguro porvenir, muy adecuado a su carácter. También tendía a organizar con precisión su vida sentimental. Antes incluso de conocer a su novia Luisa, había planeado casarse a los treinta años y tener, al menos, dos hijos. Sin embargo, la reestructuración a que fue sometido el banco a causa de la crisis obligó a cerrar la sucursal que dirigía mi amigo. Javier fue despedido. A pesar de la suculenta indemnización que recibió, decidió posponer su boda con Luisa hasta que la situación mejorase. Así, en este inesperado impasse de su ordenada existencia, permanecía Javier desde hacía algo más de un año.

Paco supo hacerse un hueco en la barra, aprovechando el lugar que le dejó un conocido suyo, un vejete bajito y esmirriado, de rostro enjuto y ojos vivaces. El viejo estaba solo, sentado en un taburete, apurando un vaso de whisky con hielo mientras se llenaba los ojos a base de minifaldas y escotes. Paco elevaba las manos y alzaba su potente voz, como hacían los demás, tratando de atraer la atención de alguno de los camareros que trajinaban, frenéticos, entre la barra y las cámaras y estantes del fondo.

Mientras esperábamos, Javier oteaba el agitado salón de la discoteca, frunciendo ligeramente la frente, sumido en un perplejo silencio. Si fuera por él, ni siquiera hubiéramos entrado en la discoteca. Le pregunté qué le parecía el local, en el que ninguno habíamos entrado antes, pero del que hablaba todo el pueblo y al que acudía toda la juventud de la comarca. Se limitó a alzarse de hombros. No estaba de humor.

Paco invitó a una ronda de baratos cubalibres. Nos internamos en el salón, buscando un hueco. De nuevo Paco abría camino, avanzaba despacio, intercambiando breves saludos con sus muchos conocidos, inaudibles en aquel alocado estrépito. Aunque estudió para ser maestro y se ha presentado a varias oposiciones, nunca ha ejercido como tal. Se ha ganado la vida de mil formas, aunque principalmente como camionero. Es un tipo extrovertido que suele hacer amigos con facilidad. Por entonces, hacía un par de meses que le había dejado Laura, la novia que tenía desde los quince años. Se quejaba de que Paco no estaba dispuesto a comprometerse lo suficiente como para casarse y formar una familia. A lo que no estaba dispuesto mi amigo era a comprometerse sin dinero. Laura no quería entenderlo así, la edad se le echaba encima. De todos modos, tras su ruptura, Paco ha descubierto que tiene éxito con las chicas. A su edad disfruta poniéndose las botas como un adolescente carente de compromisos.

Habíamos encontrado un hueco en el centro del salón, donde nos rodeaban varias pandillas de niñatos borrachos y drogados. Sus ojos, que chispeaban ávidos, desesperados, y su inquieta animación, auguraban futuras peleas. Precavidos, nos alejamos de ellos, desplazándonos hacia la derecha, hasta detenernos junto a uno de los azules sillones en el que una pareja de lesbianas se fundía en un beso interminable.

Bebíamos en silencio, incapaces de hablar con aquel ruido que un entusiasta DJ pueblerino pretendía hacer pasar por música electrónica. Javier y yo no estábamos cómodos; de hecho, estaba convencido de que pronto nos iríamos de allí. Pero lo cierto es que Paco no estaba dispuesto a desperdiciar la noche. Se volvía con insistencia hacia un grupo de jovencitas, de las que nos separaba una pandilla de panzudos cuarentones, solteros empedernidos que, sin cruzar palabra, bebían y observaban al resto de la gente con una permanente sonrisa bobalicona. Mi amigo las señaló con la cabeza, esperando mi opinión. Estaban realmente buenas con sus ajustados vestidos resaltando sus tentadoras siluetas femeninas. Sin embargo, pese a los excesos de maquillaje, sus coquetos rostros delataban su corta edad. Así se lo hice saber con gestos a Paco. No parecía importarle, sin pensárselo se fue hacia ellas, confiado en su recién descubierto atractivo.

Le dijo algo al oído a una chica morena que apenas le llegaba a la altura del pecho. Javier puso mala cara, me advirtió que si hacíamos alguna tontería se iría para casa. Intenté tranquilizarle, estaba seguro del fracaso de nuestro amigo, convencido de que esas niñatas no buscaban liarse con treintañeros. Sin embargo, la chica morena hablaba encantada con él, incluso comenzó a presentarle a las demás. Javier, enfurruñado como un niño mimado que no puede salirse con la suya, repitió su advertencia. Su actitud comenzaba a cansarme. Javier estaba decidido a no dejarse influir por ese animado ambiente de disolución, a reafirmar su sólida presencia de hombre de bien frente al confuso fondo de la discoteca, pretendía salir indemne del estómago de Leviatán.

Paco regresó riendo. Yo tenía razón, aquellas chicas exuberantes solo tenían dieciséis años. Javier se relajó, parecía más tranquilo después del chasco de nuestro amigo. Sin embargo, las chicas nos observaban, parecían esperar a que fuéramos con ellas. Los tres estuvimos de acuerdo en que lo mejor sería alejarse de allí.

Nos internamos hacia el fondo, en dirección a la plataforma de baile, en el momento en que los flashes lanzaban sus intermitentes ráfagas, sumiendo la discoteca en un electrizante ambiente irreal. Como siempre, Paco nos precedía. Nos adentramos en la zona monopolizada por las mujeres maduras que, al entrar, vimos bailando sobre la plataforma, vestidas con amplios vestidos blancos y adornadas con temblorosas diademas fálicas. Sin duda celebraban una despedida de soltera. Al vernos pasar nos señalaban, cruzando entre sí pícaras miradas. En la luz metálica y palpitante del flash, sus rostros adquirían una expresividad siniestra, de película de terror. Sus ojos se reducían a intensas manchas negras en la grisácea palidez de sus caras. Nos temíamos lo peor. El miedo se reflejaba en nuestros tímidos semblantes. Cuando nos decidimos a regresar hacia el centro del salón fue demasiado tarde. Una de aquellas mujeres, una rubia regordeta, borracha y temeraria, se abalanzó sobre los brazos de Javier. La postura en que quedaron ambos, con mi amigo sujetando el gordo cuerpo de la mujer por las axilas, medio caída en el suelo, no podía ser más ridícula. Apenas un palmo separaba su ancho rostro de la asqueada cara de mi amigo. Además, el estremecido falo de su diadema oscilaba describiendo amplios círculos, rozando en cada embate, con su prepucio, la sudorosa sien de Javier. Sin pensárselo dos veces, la mujer estampó un húmedo beso en sus labios, entre los que trató de introducir su gruesa lengua. Javier, asustado y lleno de asco, la soltó, dejándola caer en el pegajoso suelo de la discoteca. La mujer, en su caída, se aferró a la blanca camisa de mi amigo, cuyos bajos liberó del pantalón vaquero. Las demás mujeres nos rodearon, recriminándonos, divertidas, el gesto de Javier. Todas estaban borrachas. Nos sujetaban por la cintura, nos pellizcaban el trasero y nos decían toda clase de obscenidades. A una de ellas, a la que llamaban Mari, una morena algo canosa, de rostro cetrino, con grandes bolsas bajo sus ojos, la animaban para que nos llevase a los tres “al huerto”. Ella no estaba por la labor, con su voz rota y ebria, a gritos, clamaba por que castrasen a todos los hombres.

A duras penas conseguimos librarnos de ellas, retrocediendo juntos como un comando acosado en territorio hostil. Volvimos al centro del salón. Paco y yo nos echamos a reír. En cambio, Javier permanecía serio. Su aspecto era penoso. Tenía las gafas algo ladeadas y completamente empañadas, el pelo despeinado, casi borrada la raya. La camisa, manchada a la altura del pecho y arrugada por la parte baja, le caía hasta media altura del muslo. Parecía un oficinista de juerga. Estaba furioso, el entrecejo se le plegaba convulsivamente en leves arrugas verticales. Amenazaba de nuevo con irse si decidíamos permanecer un segundo más en aquel antro. Intentábamos en vano aplacarle, pero lo cierto es que no daba cumplimiento a su amenaza.

Como en aquella lamentable aventura habíamos perdido nuestras bebidas, decidí invitar a una nueva ronda. Otra vez nos pusimos en marcha hacia la barra. El vejete conocido de Paco se había sumido, mientras tanto, en un pesado letargo. Dormitaba sobre la barra en mitad de la generalizada indiferencia. Había llegado a la edad en que ya no es necesario disimular, cuando ya no hay esperanza alguna de redención y uno puede entregarse resignado a su derrota.

Paco se ofreció de nuevo a pedir en la barra. Su contundente presencia resultaba más efectiva que la mía a la hora de atraer la atención de los camareros. Mientras esperábamos, Javier permanecía en silencio, esquivando mis miradas. Intentaba recomponerse un poco, limpiándose las gafas y arreglándose el pelo con las manos, habiendo renunciado a remeter la camisa bajo el pantalón. Lo cierto es que no conseguía borrar del todo el aspecto de vividor descuidado que acababa de adquirir.

Con una nueva ronda en las manos, volvimos a movernos hacia el centro del salón. Inesperadamente, de entre la masa de cuerpos danzantes por la que atravesábamos, emergió un brazo que me sujetó por el cuello, obligándome a inclinar la cabeza hacia la derecha. Una masa de pelo moreno, suave y perfumado cayó sobre mi cara. Alguien comenzó a hablarme al oído, su cálido aliento me producía ligeras cosquillas. Una voz, que me llamó por mi nombre, me preguntaba si era verdad que le tenía miedo. Perplejo, me giré hacia el lado del que provenía la voz. Entre las ondulaciones de una densa melena, en un rostro ovalado, con esa radiante palidez de piel que poseen algunas personas morenas, unos ojos marrones, grandes y brillantes, me observaban sonrientes entre largas pestañas negras. Una nariz pequeña y chata se contraía juguetona sobre unos labios gruesos, intensamente rojos, arrugados en un pícaro mohín. No conocía de nada a esa chica. Ante mis dudas ella señaló a Paco, que nos miraba divertido mientras conversaba con otra chica, una voluptuosa rubia de rasgos redondeados que atendía sonriente a sus palabras. La chica volvió a hablarme al oído. Era una de las jóvenes de dieciséis años con las que Paco había intentado ligar. Mi amigo, para justificar su huida, les había dicho que me daban miedo por ser tan jóvenes. Yo no sabía qué responderle. Mis titubeos debían confirmar las palabras de Paco, el muy cabrón se partía de risa al verme en esa situación. La chica, muy segura de sí, se presentó dándome dos besos en mi pasmado rostro. Se llamaba Natalia. Aprovechando mi desconcierto se apropió de mi vaso, que comenzó a vaciar en largos y continuos sorbos, sonriendo victoriosa hacia sus amigas, orgullosa de su hazaña de chica mala. Dolido en mi amor propio, le dije que era verdad, que no quería tener problemas por culpa de unas niñas. Ella se me acercó, rozándome descaradamente con sus pechos, constreñidos por el estrecho escote de su vestido negro, poniendo de manifiesto que ya no era una niña. Con su encantador desparpajo me aconsejó que me dejase de tonterías y que aprovechase el momento.

Incapaz de superar mi confusión, me dejé llevar. Natalia me cogió de la mano, conduciéndome hasta sus amigas. Eran ocho chicas y, aunque me las presentó, no recuerdo ya sus nombres. Lo cierto es que no parecían estar entusiasmadas conmigo. Se limitaron a darme un par de besos en las mejillas, sin apenas dirigirme la palabra. En cambio, la rubia con la que hablaba Paco resultó ser extraordinariamente simpática. Nos sorprendió al explicarnos que era Lorena, la hermana pequeña de un amigo nuestro, Teodoro, que trabaja como cirujano en un hospital de Londres. No reconocíamos ni en su extrovertido carácter ni en su pletórica anatomía de mujer, rastro alguno de aquella niña enclenque y tímida que nos miraba callada y recelosa cada vez que íbamos a su casa.

Natalia interrumpió mi conversación con Lorena para señalar a Javier, que se había alejado de nosotros. Me preguntó si le pasaba algo a mi amigo. Nos miraba enfadado, solitario en mitad del barullo y del estrépito, más desdibujada ahora su figura de hombre formal sobre el fondo confuso de la discoteca. Me acerqué a él. Tajante, sin dejarme hablar, me dijo que se iba, que no tenía edad para hacer el tonto con unas niñatas, aunque lo cierto es que no daba ningún paso hacia la puerta. Natalia vino a nuestro lado. Javier le dirigía esquivas miradas llenas de timidez, parecía temblar de miedo a su lado, como si esa chica encarnara el desorden al que tanto temía. Ambos cruzaron algunas palabras. No sé qué le dijo Natalia, cómo se las arregló para persuadir a mi desconfiado amigo de que eran unas chicas inofensivas. Es posible que, apocado como es, no se atreviera a llevarle la contraria. El caso es que logró que Javier cambiara su actitud.

Los tres nos reunimos con los demás. Paco había conseguido, para entonces, captar la atención del grupo. Su rapada cabeza, perlada de sudor, descollaba sobre aquellas cabecitas melenudas que se estremecían de risa con sus ocurrencias. Para hacerse escuchar en aquel estrépito, Paco tenía que hablar a gritos. Agitaba los brazos como inspirado por un histriónico frenesí; su rostro, encarnado por el esfuerzo y el calor, estaba animado por un entusiasmo contagioso. Como yo apenas lograba escuchar nada por culpa de la música y porque Natalia se empeñaba en mantenerme un poco aparte, Paco se me asemejaba a un chamán ejecutando un mágico ritual destinado a exorcizar los malos espíritus de la tribu.

Natalia mostraba por mí un interés particular. Hacía muchas preguntas sobre mi vida, era evidente que trataba de agradar, lo que, al tiempo que me halagaba, no dejaba de desconcertarme. Reconozco que no suelo atraer la atención de las chicas con esa facilidad. Me dijo que le parecía muy interesante que fuera historiador, que hubiera trabajado algún tiempo como becario para la universidad y que tuviera algunos artículos publicados en revistas científicas. Lo cierto es que, cuando hablaba de sí misma, su conversación estaba llena de las tonterías y trivialidades propias de su edad, nada que me pudiera interesar. No lograba quitarme de la cabeza que sólo era una adolescente de dieciséis años, pero me sentía incapaz de separarme de ella, de su extrovertida locuacidad, su simpática personalidad y su excelente anatomía.

Otra de las chicas, una pelirroja cuyo estrecho rostro afeaba una nariz afilada y ganchuda, un poco masculina, aunque dotada de un generoso escote salpicado de pecas, había comenzado a hablar con Javier en el mismo tono exclusivo y amistoso en que lo hacía Natalia conmigo. Mi tímido amigo, lejos de rechazarla, se había entregado satisfecho a la conversación. Hundía su fino rostro de oficinista en el liso cabello cobrizo de la chica, susurrándole al oído, aspirando con fruición su delicioso aroma y la embriagadora tibieza que manaba de su piel joven y rubia. Ya no le importaba cuidar de su imagen de hombre formal, se abandonaba por momentos. Paco, por su parte, era acaparado por Lorena, que hacía evidentes esfuerzos para que se alejara con ella del grupo.

Natalia me insinuó que la invitase a una copa. Le dije que no podía ser, que era menor de edad. Ella se echó a reír en mi cara. Me preguntó si es que acaso era un policía. Con su habitual desparpajo, de nuevo me cogió de la mano, arrastrándome, decidida, hacia la barra, incapaz yo de oponerle resistencia.

Encontramos un hueco junto al adormilado amigo de Paco. Sus ojos entrecerrados miraban distraídos, inyectados en sangre. Bajo su labio inferior, ligeramente colgante, relucía un repugnante hilillo de baba. Al verme en tan buena compañía, reaccionó irguiéndose sobre el taburete, sonriente, exhibiendo sus encías desnudas mientras hacía pasar el dedo corazón de su mano derecha por el círculo que había formado con el pulgar y el índice de la izquierda. Buscamos otro hueco lejos de ese viejo pervertido.

Tras haber conseguido que nos sirvieran un par de combinados de whisky y cola, nos quedamos en la barra. Me dijo que le inspiraba confianza. En el mismo tono frívolo me hizo saber todo lo que llenaba su vida o, al menos, aquello a lo que más importancia le daba: fiestas, sexo y alcohol. Se complacía en describirme su vida como un desenfreno continuo, una senda errática sin una dirección, sin un destino, indiferente al porvenir. Sin embargo, esa histérica alegría trataba de compensar la angustia que sofocaba su vida familiar. Me explicó, con inocente franqueza, que su padre era un albañil de casi cincuenta años, en paro desde hacía mucho tiempo, y que apenas lograban sobrevivir con el subsidio de desempleo y las ayudas de algunos familiares. Me confesó abiertamente, y con cierta coquetería, que no dudaba en emplear su eficaz encanto para seducir a tipos como yo a fin de conseguir copas gratis. Ofendido porque me considerara un pardillo, y dolido en mi orgullo masculino, tras apurar nuestras copas, le propuse volver junto a los demás, pensando en la forma de deshacerme de ella.

Para entonces, Paco y Lorena habían ido a buscar un poco de intimidad perdiéndose por la discoteca. Las demás chicas bailaban formando un círculo cerrado, atrayendo las turbias miradas de cuantos tipos nos rodeaban. Me costó encontrar a Javier. Se había alejado un poco con la pelirroja. También él parecía haber adoptado un tono de confesión íntima. La raya que peinaba sus cabellos había desaparecido por completo en un confuso revoltijo, sus gafas estaban otra vez empañadas y un poco ladeadas sobre el fino caballete de su nariz, su mano izquierda se cerraba y abría compulsivamente, delatando su ansiosa excitación, mientras con la derecha sujetaba con firmeza la estrecha cintura de su nueva amiga. Dudaba, se debatía penosamente consigo mismo, con su conciencia de hombre decente, con su férrea moral de hombre de bien.

No me quedaba más remedio que seguir junto a Natalia. Ella había advertido mi cambio de actitud. Se sujetó a mi cintura, estrechando su cuerpo contra el mío. El contacto con sus formas blandas y firmes contribuyó a calmar mis recelos. Acercándome su coqueto rostro me preguntó qué me pasaba. No sabía qué responderle, cómo decirle que había herido mi orgullo, que me sentía humillado al demostrarme que sólo era un pardillo embaucado por una niña bonita. No sé si pretendió despertar mi compasión, pero de repente el tono de su conversación cambió. Ahora su vida irresponsable y divertida aparecía bajo una luz diferente, más sombría y triste. Me dijo que no se hacía ilusiones con su futuro, que ya sabía que la precaria economía familiar le impediría estudiar para ser periodista, como le hubiera gustado ser, que muy pronto tendría que buscarse un trabajo, el que fuera y aceptando cualquier condición. Para qué molestarse entonces en actuar como se suponía que debería hacerlo, si a pesar de ser una buena chica estaría condenada a no llegar a ninguna parte, a no ser nada. Todo su empeño consistía en vivir con intensidad el presente, en perderse en él. Esa vida de borroso perfil, disgregada en instantes de ansioso frenesí, carente de objetivos, contrastaba con las formas sólidas y rotundas con que a nosotros, tres formales treintañeros, nos habían enseñado a pensar en nuestras vidas. A la edad de Natalia, el futuro se abría frente a nosotros como una prometedora incógnita. Nuestros planes para el mañana estaban llenos de ingenuidad y candidez, pero contenían una sincera esperanza, una entusiasta fe en nuestro porvenir.

Sus brazos fueron ascendiendo por mi espalda, hasta colgarse de mis hombros. Apretaba sus senos contra mi pecho, sentía el ritmo tranquilo de su respiración. Me hablaba al oído, cosquilleándome con su cálido aliento. Me animaba a sumirme en su sensual letargo, en su alegre desesperación de placer y presente. No embaucaba a tipos como yo sólo para que la invitaran a bebidas, también buscaba en ellos la oportunidad de olvidar, la ocasión para escapar de su agobiante existencia a través de una noche de diversión. Los sentimientos no importaban mucho, había nacido demasiado vieja como para creer en el amor. Abrazado a ella, mi fuerza de voluntad flaqueaba, mi empeño por conservar una digna compostura de hombre formal se desvanecía, arrastrado por su mismo anhelo de olvido y emoción, acosado por su misma incertidumbre y vencido por su misma decepción.

Dirigí la mirada un instante hacia Javier, que besaba apasionadamente a su chica pelirroja, cuyo trasero manoseaba con dedos crispados y temblorosos, abrumado de ansiedad y remordimientos. Esa esperanza que iluminaba nuestro porvenir a la edad de Natalia había muerto, nuestro prometedor futuro se diluía en una vacilante espera y en una penosa incertidumbre. Estábamos estancados en la misma indecisión en que se debatía la frustrada generación de Natalia, agobiados por el mismo miedo y la misma nostalgia. También yo me decidí a acariciar su espalda y su firme trasero, a besar sus generosos labios, carnosos y húmedos. El remedio fugaz contra nuestros sueños vencidos y nuestras ilusiones frustradas pasaba esa noche por entregarnos al deseo, a una efusiva embriaguez de alcohol y sexo, al placer sin futuro, al presente sin responsabilidades.

Cuando estaba a punto de abandonarme por completo nos interrumpieron. La chica de Javier, contrariada, pidió un condón a Natalia. Cuando salió de casa, a Javier ni se le había pasado por la cabeza la posibilidad de serle infiel a Luisa. Natalia comenzó a rebuscar en el pequeño bolso negro que llevaba colgado en bandolera. Mi amigo me miraba intensamente a través de sus gafas medio empañadas, arrugada la frente en un gesto de atención reconcentrada. Tenía el pelo completamente revuelto, irreconocible ya la raya del lado. La camisa flotaba arrugada sobre su cintura. Le temblaban los labios manchados de carmín. Su figura se confundía con ese fondo de disolución y desorden de la discoteca. Ya no quedaba en él nada del oficinista aplicado y del hombre formal que era, nada del joven decente y responsable que había sido siempre. Vacilaba, yo sabía que necesitaba justificarse ante alguien. Negué con la cabeza para hacerle entender que yo no era la persona a la que tenía que dar explicaciones de nada. Aun así se empeñó en hablarme. Me acerqué a él. Balbuceaba, dijo algunas palabras inconexas, tragaba saliva, estaba nervioso, pronunció tímidamente el nombre de su novia. Pero no tuvo tiempo para decir más. La chica pelirroja le rodeó la cintura con el brazo, empujándole suavemente hacia la puerta. El rostro de Javier se contrajo en un gesto de dolor, su conciencia de hombre formal afloraba derrotada en su cara. Se dio la vuelta y desapareció entre la gente.

Nos habíamos quedado solos. Sus otras amigas se habían alejado. Paco y Lorena debían estar entretenidos en alguna parte de la discoteca. Natalia volvió a colgarse de mis hombros, pero lo cierto es que, para entonces, había logrado rehacerme un poco. La cara de Javier me había producido una desagradable impresión, me demostraba hasta qué punto puede degradarse un hombre desesperado. Me propuse deshacerme de Natalia, volver a casa con mi dignidad de hombre formal intacta. Pero no sabía cómo hacerlo sin ser brusco. Ella volvía a buscar mis labios, yo me mostraba reacio. Me preguntó si me pasaba algo. Respondí que aquello no me parecía correcto, que no podía quitarme de la cabeza que sólo era una niña de dieciséis años, que ese tipo de cosas no eran propias de un hombre formal y decente, de un tipo de treinta y dos años que sólo aspira a ser tan normal como cualquiera.

No parecía sorprendida por la respuesta, creo que la esperaba. Debía tener su contestación preparada, supongo que había luchado antes contra los mismos fantasmas, contra las mismas vacilaciones de pardillo. Sus vibrantes ojos marrones, entre sus largas pestañas, me miraban fijamente, tan intensos que lograban intimidarme. No era la cándida mirada de una niña. Me dijo que si no había tenido ya bastante, que si no estaba harto de ser un pardillo, que si en mis treinta y dos años de vida formal y decente había conseguido tanto como para sentirme orgulloso, y que si en verdad esperaba mucho de ese futuro de mierda que teníamos por delante. Soñar o hacerse ilusiones eran cosas que esa jovencita de dieciséis años ignoraba. Sobrenadaba decidida y sin esperanza en el estéril transcurso del tiempo. Natalia me arrastraba hacia su vida desordenada, hacia su caótico abismo de alegre desesperación, hacia su nada frívola y sensual. A través de sus palabras, mi pasado se me representaba correcto y gris, guiado por una escurridiza esperanza dispuesta siempre a renacer tras cada nuevo fracaso, una senda de virtud que no me conducía hacia ninguna parte. Mañana volvería a levantarme angustiado por la misma incertidumbre acerca del porvenir, habiendo alcanzado ya la edad en que se suponía que debería tener encarrilada mi vida, sin perspectivas fiables, arrojado a un futuro de precariedad y desarraigo, condenado a vivir la frustración de las ambiciones que me habían hecho concebir como lo más deseable en la vida. Leviatán había digerido nuestros sueños, había disipado nuestras ilusiones y descompuesto nuestras esperanzas, cuyo etéreo residuo se diluía en el fétido vaho con olor a tabaco, alcohol y sudor que su boca eructaba hacia la calle del polígono industrial.

Mi rostro debía expresar la misma torturante vacilación que el de Javier, también mi cara debía contraerse con la misma mueca de dolor que el de mi amigo. Natalia sabía que había vencido, su coqueto semblante exhibía una expresión satisfecha, aunque velada de tristeza. A la luz metálica y vibrante del flash, su faz macilenta me observaba a través de la densa sombra que cubría sus ojos. Su alma joven y rota afloraba en la honda oscuridad de su mirada, palpitaba en su boca carnosa, animaba sus frágiles dedos, con los que me acariciaba, atrayéndome hacia sus labios, precipitándome hacia la tierna desolación de su abismo y hacia la cálida desesperación de su nada.

Juan José Sánchez González
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