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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La fidelidad de Laura

viernes 30 de septiembre de 2016
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“Una biblioteca es la huella dactilar de su dueño”, explicó Armando mientras miraba fijamente hacia los ojos verdes de Laura, verdes con un brillo de cordialidad natural enmarcada en la blanca expresión de sus grandes dientes risueños. Y añadió, mientras acariciaba el lomo rugoso y pálido de las obras completas de un clásico español que andaba repasando, que los libros emanaban —con tocarlos— el deleite de adivinar lo que el escritor nos podría estar sugiriendo.

Y añadió: —Solo desde el momento en que se abre un libro y se despliegan sus hojas a la vista, solo en ese momento el libro comienza una nueva vida, autónoma, propia, como una independencia que se alcanza con esa caricia.

Con solo dos años de viudez, Laura despertaba casi todos los días evocando la petición de su marido para que aprovechara todos y cada uno de los tomos de su extensa biblioteca.

Desde lo alto de su erudición y la paciencia de su sencillez, el poeta le indicaba a ella que el rastro de los libros es único e imborrable; que los libros eran una riqueza oculta cuya lectura reclamaba un minero competente para fragmentar las palabras y hallarles su sustancia. Más aun, que era necesario extraditar las palabras hacia las emociones para que pudiesen diseminar desde allí las verdaderas emanaciones contenidas en sus páginas. Bajó la vista a la punta de sus zapatos para darse un tiempo de hablar en tanto que la agraciada mujer lo auscultaba con mucho interés pues en esa conversación radicaba, para ella, un universo de aprendizajes que ya empezaban a brotar en el umbral de su nueva vida como solitaria.

Ella había contactado al poeta Armando para que le enseñara a manejar su biblioteca, o mejor, a conocer el uso de los libros de su esposo, a recibir lecciones sobre una riqueza literaria a la cual le sacudía de polvo todos los días con el mismo afecto de siempre. Con solo dos años de viudez, Laura despertaba casi todos los días evocando la petición de su marido para que aprovechara todos y cada uno de los tomos de su extensa biblioteca, insinuando (sin apremiarla) que los leyera a su antojo para que ella pudiera al fin penetrar en el aura de satisfacciones culturales que él había disfrutado en vida. Era una manera, le decía él a menudo mientras tomaban el desayuno, mientras mojaba un pedazo de pan en el café negro antes de ocuparse del correo y los diarios, era una manera de sustituir el olvido que vendría por la presencia diaria que ella podría ofrecerle de recuerdo “con tus ojos aceitunados puestos siquiera, añadía con delicadeza, siquiera en un párrafo de cualquier novelista escogido al azar”.

Laura había sido una esposa feliz. Con independencia de la crianza de sus tres hijos, su vida con Edmundo transcurrió dentro de los límites ordinarios de una pareja que solo se afectaba con uno que otro reproche por el ensimismamiento en que solía encontrarlo, o por los escasos reclamos que él imaginaba bajo el velo de no alterar la armonía de los dos. No, no era una manifestación conformista dadas las muchas ocasiones en las cuales la pareja contrastaba sus opiniones, a veces con aspereza pero siempre con respeto, porque en el itinerario de sus vidas aprendieron el catecismo de la tolerancia, casi todo bajo el influjo de la vocación liberal que él mantenía en alerta para diferenciarse siempre, decía, de la muchedumbre de intransigentes con los cuales solía tropezarse.

El poeta desvió su mirada de las altas torres de El Poblado que tenía enfrente y se encaró con Laura, con mucha corrección, para señalarle nuevamente la importancia de sus intenciones.

—Esos libros de la biblioteca de tu marido son el testimonio de una vida consagrada a las artes y las letras. Dadas las tareas profesionales que le dieron la suerte de pasarla bien y educar mejor a sus chicos, intuyo que él hubiese querido mucha más dedicación tuya en el matrimonio en torno a los objetos de su predilección.

—¿Los objetos? —preguntó ella con curiosidad como si entreviera que ese concepto podría ser un símbolo inexplorado del comportamiento de Edmundo, ese comportamiento que ella tal vez no había percibido nunca por vivir ocupada de las tareas caseras y del presupuesto de la casa, manejados con bastante esmero y eficiencia dentro de aquella rutina doméstica invisible de la cual nadie se percata sino cuando un problema específico hace estallar una determinada situación.

Armando percibió la sorpresa atribuida a sus palabras al ver un rictus de duda en los labios de la mujer, cuyos bordes ella humedeció de inmediato para que sus preguntas fuesen lubricadas antes de proponer una explicación. El ademán de revolverse en el asiento so pretexto de buscar un poco de agua al alcance de su mano, parecía haber traicionado la cortesía que Armando hasta ese momento había presentado. Entonces el poeta preguntó con cautela:

—¿No será que ahora presientes un nudo de culpabilidad en este súbito deseo de conservar y cuidar lo que él más amaba? ¿O acaso no es por ahí, Laura?

—Sí —manifestó ella de inmediato sin exceder su voz, sin acentuar la palabra. Sus pensamientos intentaban aclararse mediante el repaso de algún episodio en el que hubiesen tratado con su marido el asunto de la biblioteca. En un pequeño orificio de su memoria encontró el incidente: desde algún momento, hacía unos años, ella creyó presentir que Edmundo sospechaba sobre el cuidado que ella iba a dispensarle a sus libros. Creía adivinar que ella quizás no sería una buena guardiana y que sus libros iban a enmohecerse un tiempo en su casa y luego en unos oscuros anaqueles de una biblioteca municipal sin lectores. Animada por este recuerdo, dijo:

—Voy a explicártelo —aclaró Laura como si se tratara de un reto que debía enfrentar de inmediato.

Se acomodó hacia atrás para que su espalda se alojara más cómodamente en el sillón; al cruzar las piernas, después de poner el vaso de agua en la mesa contigua, el poeta contempló a hurtadillas unos muslos descalzos que se le ofrecieron instintivamente como parte del paisaje que su magia femenina daba al ambiente. Obviamente Armando debió recapacitar en que convenía hacer a un lado cualquier apetencia nacida de ese cuerpo para desviarlo de una tarea a la cual esperaba poner todo su esfuerzo mediante una tutoría, para llamarla como Laura lo enunciaba, de la que habría de entresacar nuevas experiencias literarias y vitales.

—Me parece que vas por la dirección correcta —dijo Laura—. Durante mucho tiempo estuve luchando con la idea de que Edmundo en efecto estaba casado con las cosas y que ellas me alejaban sutilmente de sus propósitos. Los objetos, en efecto: todos sus libros, las pinturas, los grabados, los manuscritos, los tomos subrayados, los escolios, las enciclopedias, el mueble donde estaban sus incunables, los portarretratos de sus padres y abuelos, los diccionarios en un rincón sagrado, y un sinfín de papeles en desorden que flotaban en el escritorio, y todavía me parece ver algunas veces el gesto de suspicacia con la que él me miraba tal vez para disuadirme de que fueran tocados por mis manos.

Ella no ignoraba la entrega total que su esposo tenía por los volúmenes siempre disponibles en los estantes de una biblioteca que abarcaba todos los apegos de su vida.

Hizo una pausa para ir al baño. Su bello rostro de mujer madura parecía dominado por una preocupación cuya causa ignoraba, así que utilizaría esa interrupción para organizar sus pensamientos apremiados por las adivinaciones de Armando. Al regresar, señaló:

—No sé decir si los cuidados de Edmundo para que nuestra criada de confianza apilara bien de los libros, vigilara que no se inundasen de polvo y las repetidas advertencias de estar alertas con su amigo Ricardo, a quien le atribuía el vicio de hurtar libros en las librerías, no sé si esos avisos tienen que ver con su adhesión a los objetos…

Armando la escuchó en silencio y afirmó con la cabeza. Allí estaban las pistas, pensó, de una incomunicación no compartida que se empezaba a rehabilitar con la muerte de Edmundo. Todo el ramillete de afectos que la pareja presentaba y que los amigos admiraban, tenía una sombra sutil pero evidente: después de muchos años de convivencia solamente al final se habían expuesto, al principio implícitamente, luego más en firme, los planes de Edmundo de legar sus libros al municipio a condición de que fueran preservados. Incomprensiblemente Laura ingresó al final en ese proyecto de donación. Ella no ignoraba la entrega total que su esposo tenía por los volúmenes siempre disponibles en los estantes de una biblioteca que abarcaba todos los apegos de su vida. Solo señales, ninguna instrucción específica había surgido en los muchos lustros de matrimonio que disfrutaron… y ella había desconocido las pistas de la donación. Por eso estaba en la casa del poeta.

—Una sorpresa, Laura —le dijo Armando—. Es posible que Edmundo pensara que las personas fueron creadas para ser amadas y las cosas para ser usadas; solo que en los últimos tiempos, digo yo, hay más amor por las cosas y más uso de las personas. Si él pensó por fin que podías ser la curadora de su formidable biblioteca, lo dijo cuando no dio con una mejor persona para su legado.

Ella dio un respingo ante los preceptos morales que se venían enseguida. En el baño había entendido que la contundencia de Armando franqueaba las puertas para revelar una sumisión suya que más bien parecía una entrega incondicional: una cinta de recuerdos se agolpó en la cabeza de Laura como los fotogramas de una película que pasaba interminable dejando residuos teñidos de gozos, reclamos y sermones. Entonces se sintió mal de la gastritis por primera vez desde la entrega de los restos en el osario donde Edmundo había querido estar con su madre al lado.

El poeta la consoló, es decir, no la dejó proseguir en esos pensamientos. Si ella había acusado el golpe de sentirse como una suplente de última hora, era el momento de decirle que eso no importaba hoy, que si había un daño (que no lo había) ya estaba hecho y cualquier enmendadura era inoficiosa.

—Sentirte así, como otro objeto, no resuelve nada, Laura —le dijo Armando sin matizar su acento—. Si alguna vez lo fuiste, ya no lo eres, y esa sensación debe quedar en el olvido. Al fin y al cabo no eres un libro lleno de glosas, de escrituras al margen, de páginas leídas y con un vaho de miradas que sale de ellas y no son tuyas. ¿Me sigues? Edmundo es un aroma que poco a poco se disuelve en el aire.

Laura consintió débilmente. El momento era tan importante como un misterio que sale a flote del fondo de un lago sin nombre. No era un psicólogo el consejero, pensó la mujer, sino un poeta, uno igual a aquellos habitantes de esos libros de los estantes. Por un momento creyó necesario hablar de la fogata que había preparado en el patio de su finca en Amagá, aquel furtivo y solitario instante en que por un segundo tuvo la lucidez de quemar la base de su servidumbre.

Fue muy breve esa ráfaga: su inconsciente le ordenó callar perentoriamente; Armando no podía recibir más señas, eso era todo. La invasión a mis predios privados, se dijo a sí misma para justificar su recelo, tiene el límite de mi autoestima. La puerta del apartamento de Armando se abrió y al espacio de los dos entró Amanda, la joven esposa del poeta, con varios paquetes en una mano, las llaves del auto en la otra y una sonrisa muy amplia, franca y simpática, diciendo:

—Hola, ¿ya han terminado la reunión? ¿Les ha ido bien? ¿Se les ofrece algo?

El rostro de Armando se oscureció al recibir aquella bocanada de optimismo, alegría y comprensión que emitía su pareja con una naturalidad impecable. Laura no se dio cuenta de inmediato de que el poeta acababa de confirmar, con esa súbita entrada triunfal, las claves de su propia vida: Amanda era también la cautiva de su amor pero también la víctima de otra multitud de pequeños detalles en torno a sus cosas: era la cuidadora de sus cuentos, de sus poemas, de sus dibujos, de sus cuadros, de sus lienzos y tapices. En ese instante el poeta sintió que toda la conversación con Laura había sido una farsa donde el único acto en el escenario había sido la proyección de sus mismos hábitos ocultos como el más fuerte y codicioso propietario de sus inestimables objetos. En el próximo segundo Laura se dio cuenta de que las huellas de su propio sometimiento estaban por todas partes.

Jaime Lopera
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