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Carla, Clara, Cata o Casi

sábado 22 de octubre de 2016
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Tenía pena, eso decían y eso decía de sí mismo Miguel, que tenía pena, mucha, tanta como cabía dentro de su cabeza grande y cuadrada, y de su cuerpo viejo, bajo y gordo, y de su casa grande, solitaria y antigua. Tenía pena, por nada o quizás por todo, por lo que el mundo era, por lo que anunciaba que llegaría a ser pero, sobre todo, por lo que había sido alguna vez su mundo, hacía mucho, mucho tiempo. A veces, cuando toda esa pena le podía y bebía y perdía las formas, hablaba, hablaba demasiado y no siempre de modo que se le entendiese. Decía entonces que había conocido la verdadera nobleza y la verdadera bondad y la verdadera belleza y que ese recuerdo le había hecho vivir en adelante como un desterrado en un mundo feo, malo, triste y sucio. Cuando encontraba alguien que le escuchase, muy pocas veces, y le preguntaban que qué mundo era ese y qué tiempo aquel, farfullaba un nombre que parecía darle vergüenza pronunciar, al tiempo que bajaba la cabeza para que nadie viese su mirada húmeda vibrando tras las gruesas lentes de sus gafas, un nombre que debía simbolizar una época dorada de su vida o que debía encarnar lo mejor que había conocido. Y algunos decían que ese nombre era Carla, otros Clara, otros Cata, otros Casi…

Se había bebido buena parte de su herencia, pero no en los bares, a vista de todo el mundo, lo que hacía pocas veces, sino en la íntima y vasta soledad de su casa.

Aunque a veces bebía y a veces se pasaba, en Villaumbría todo el mundo le respetaba. Sólo era un hombre bueno y triste, un hombre que hacía el bien que podía y que nunca tuvo problemas con nadie. Había heredado de su familia, siendo hijo único, una pequeña fortuna, un cierto halo de prestigio y una casa grande, lo que no había evitado que a sus cincuenta años se viera agobiado por la pobreza. Nunca había trabajado de modo permanente y, en cierto modo, podía decirse que no sabía hacer nada. No es que fuera un holgazán sin más. Había recibido una buena educación, todo lo buena que lo permitía el colegio jesuita de San Javier de Villaumbría, e incluso había iniciado la carrera de Derecho en la Universidad Complutense de Madrid, quizás obedeciendo a sus padres, carrera que dejó sin terminar para regresar al pueblo y vivir de cualquier manera, vivir como un vencido, como un derrotado, aunque no se supiera vencido por quién ni derrotado por qué. Y desde entonces fue viviendo, o fue tirando, como se decía en Villaumbría, trabajando en cosas diversas para las que no hubiera necesitado la buena educación recibida en el colegio ni en la universidad, trabajos que su pequeña familia de viejos labradores, de no haber muerto pronto, hubiera juzgado como vergonzosos. Y es que Miguel había trabajado como camarero, dependiente de frutería, barrendero, vendimiador e incluso durante un tiempo recogió chatarra, cartones y aluminio. El problema es que no duraba mucho en ellos y se pasaba la mayor parte del tiempo en paro, y si no duraba no era por ser un inútil, ni siquiera por holgazanería, porque los pocos días que estaba en el tajo cumplía y cumplía bien. Sólo que un buen día o no se presentaba o se presentaba ante el jefe, el encargado o quien mandase y le decía que no iba a volver, que no podía seguir, no por un malestar físico sino por algo que, decía señalando su cabeza, había dentro, algo que no le dejaba funcionar bien durante mucho tiempo, algo que, de haber estado muy borracho, hubiese nombrado con el confuso nombre de Carla, Clara, Cata o Casi… El confuso recuerdo de la verdadera nobleza, la verdadera bondad y la verdadera belleza, el viejo recuerdo que le hacía sentirse como un desterrado en ese mundo de copas que servir, frutas que vender, mierda que limpiar, uva que recolectar y cartones, hierro y aluminio que reciclar. Fue así como agotó su herencia y como se vio reducido a una rara pobreza que le llevó a menudo a solicitar el auxilio de Cáritas.

Se había bebido buena parte de su herencia, pero no en los bares, a vista de todo el mundo, lo que hacía pocas veces, sino en la íntima y vasta soledad de su casa, en esa casa grande que su abuelo edificó a finales del siglo XIX, una casa de dos plantas, habitaciones inmensas, muy altas y con viejos muebles de buena calidad, con vistosos zócalos de alicatado andaluz, con vidrieras de colores en las ventanas, con preciosista decoración de escayola y pintura en las bóvedas… Una bonita casa de la que Miguel sólo habitaba un par de habitaciones en la parte baja. En esas dos habitaciones, un dormitorio con cuarto de baño y una pequeña sala de estar, bebía solo y debía recordar y sus recuerdos debían ser tan intensos y tan buenos y tan irrepetibles como para no querer olvidarlos, como para hacer de su mundo presente un lugar en el que sentirse extraño, un mundo en el que habitaba su cuerpo y en el que su cuerpo obligaba a vivir a su mente, aunque sólo fuera para buscarse los medios de seguir viviendo, pero que, en cuanto lo conseguía, se evadía de nuevo hacia el añorado mundo pasado y muerto y olvidado de todos menos de él, sin pensar en cómo prosperar, en cómo labrarse una fortuna o un futuro o algo de eso que todos los hombres y mujeres buscan y por lo que olvidan mundos pasados y muertos.

Pero casi siempre era discreto. Lo único que delataba sus malos hábitos solitarios era la cara pálida, ojerosa y enferma de la mañana siguiente. La cara con la que salía a comprar el pan o más whisky o a pedir en Cáritas o a buscarse un trabajo que le iba a durar poco, la mala cara de un hombre que, sin embargo, trataba a todo el mundo con educación y respeto.

Pena, eso decía que tenía, y los vecinos de cierta edad le creían porque todos habían conocido a alguien que “se metió en la pena” y al que la pena se lo llevó, mozas abandonadas por sus novios, madres que habían perdido algún hijo o a sus maridos o maridos que habían enviudado y de repente se encontraban viviendo en una casa demasiado solitaria… O gente que simplemente se “metió en la pena” porque sí, sin ningún motivo aparente, de buenas a primeras… Y decían que ese debía de ser el caso de Miguel y por eso lo dejaban en paz, porque sabían lo que tenía y que no tenía cura y que se lo acabaría llevando a la tumba. Sin embargo, alguien pensó que eso de “meterse en la pena” tenía ya otro nombre e incluso que se podía curar y que dejar morir a Miguel de depresión era una vergüenza, una injusticia, un acto intolerable que clamaba al cielo. Una mañana de finales de mayo, sobre las diez, un par de chicas llamaron a su puerta. Miguel tardó en abrir y cuando lo hizo apareció en la puerta vestido con un pantalón de chándal azul, muy sucio y con varios rotos, y una camiseta con publicidad de una marca de whisky que le habrían regalado en algún bar. Tenía la cara muy blanca y la boca torcida en una expresión estúpida y los ojos hinchados y rojos detrás de sus gafas. Miró a las chicas parpadeando a la intensa luz de la calle, sorprendido y algo asustado. Ellas se presentaron como asistentes sociales enviadas por el Ayuntamiento y él reaccionó abriendo la boca para murmurar algo como “yo no, yo no…”. Aun así las hizo pasar y estuvieron dentro una media hora. Ambas chicas salieron murmurando algo entre sí, Miguel cerró la puerta con fuerza tras ellas.

Un par de días más tarde volvió una de las chicas con un hombre de cierta edad, un hombre alto, delgado, con cara de ser un tipo inteligente o de parecerlo, con su frente arrugada y sus finas gafas de intelectual, largas patillas y abundante pelo blanco alborotado sobre la frente, una especie de Sigmund Freud a lo bandolero. Miguel volvió a abrir vestido igual y con una expresión parecida a la del día anterior y, aunque esta vez opuso alguna resistencia, finalmente les dejó pasar. Aquella reunión duró más tiempo y debió ser más tensa porque desde la calle podía escucharse la voz airada de Miguel diciendo “yo no necesito eso, no estoy loco… llámalo como quieras pero eso no es estar loco… los locos están ahí fuera, esos que viven como si nada, como si todo estuviera bien y mereciese la pena hacer lo que hacen, a esos deberías tratarlos… no quiero, no quiero, no quiero que me la saquen de la cabeza porque es lo único bueno que he tenido, lo único que merece ser recordado en este mundo de mierda”.

La chica y el Freud bandolero también salieron hablando entre sí y Miguel cerró la puerta tras ellos con más fuerza todavía. Aunque volvieron a visitarlo, Miguel no les volvió a abrir la puerta. Si algo bueno pretendían con aquellas visitas, lo cierto es que provocaron el efecto contrario. Algo debieron dañar aún más en esa mente ya estropeada. Quizás, hasta entonces, antes de que alguien revestido con la autoridad de la ciencia y enviado por la administración pública le dijo que estaba loco, no había sido consciente de estarlo, y ahora que alguien así le había dicho que lo estaba y por qué y que aquello por lo que estaba loco era lo mejor que tenía en su vida, quizás lo único que le hacía vivir, se aferró con más fuerza a su locura y al papel de loco que le asignaban y quizás por eso perdió su compostura de antes y su comedimiento y esa manera suya de entregarse a su locura en la intimidad de su casa vacía. Comenzó a vérsele más por los bares, sucio, mal vestido, mal afeitado, despeinado… la boca siempre torcida, siempre babosa, las gafas ladeadas, con la lente derecha estallada, consecuencia de alguna caída o de algún golpe. En algunos bares le prohibieron la entrada, en otros lo toleraban a disgusto, sólo porque el dueño o un camarero conocía al Miguel de antes, al Miguel que “se metió en la pena” y no al Miguel depresivo y loco de ahora. Algunos de ellos intentaban ayudarle, le decían “¿pero qué coño te pasa, Miguel?”. A lo que Miguel respondía “yo no estoy loco, es la pena, la pena”, “pero qué pena ni qué ostias, pena de qué”. Entonces su cara se animaba, sus ojos se humedecían tras sus gafas, y decía como en éxtasis “pena porque cuando era un crío conocí a una muchacha muy buena y muy noble”, a lo que su interlocutor, tras morderse el labio inferior, respondía “pero qué coño te hizo para que te quedara así de alelao”, a lo que contestaba Miguel agachando la cabeza, “nada… nada, no me atreví”. “¿Y quién fue, si puede saberse?”, era entonces, ante esa pregunta tan directa, cuando sus labios y su lengua parecían entumecerse, impidiéndole hablar con claridad, y era cuando pronunciaba ese nombre confuso, que sólo pronunciaba una vez, porque si se le volvía a preguntar se limitaba a menear negativamente su gran cabeza cuadrada.

Nadie tomaba en serio ese asunto de la muchacha a la que había conocido cuando era un jovencito y que le había dejado así. Para los pocos que le escuchaban sólo eran fantasías de un borracho enloquecido por la bebida, un loco cada vez más acabado. Y, sin embargo, cierto suceso acaecido un domingo por la mañana parecía indicar no sólo que la historia tenía su parte de verdad sino que, además, Miguel había cometido un tremendo error.

Le entraron ganas de reírse, aunque no sabía exactamente de qué, si de la patética figura de Miguel o de la clase de mal bicho que él consideraba la mujer más noble del mundo.

Una de aquellas noches en que prefirió beberse en los bares lo que antes se bebía en casa, acabó tan borracho que le fue imposible regresar a su cama y se sentó en el umbral de una casa, en una calle alejada de la suya, por la que nunca solía pasar, y acabó durmiéndose recostado contra la puerta. Sus ronquidos despertaron a la gente de la casa. Un fuerte golpe en el hombro con el mocho de un cepillo le acabó sacando de su profundo sueño de borracho. Al abrir los ojos mareado, aturdido por la bebida y el sueño, en la densa luz azulada del amanecer, se encontró ante un hombre en pijama y una mujer en bata. El hombre, pequeño y ancho, con grandes manos de trabajador del campo, con la camisa del pijama entreabierta, dejando ver su panza hinchada y su torso peludo, gruñía como un viejo perro enfadado. Tenía una cabeza redonda como una sandía, con unos cuantos pelos desgreñados agitándose sobre su ancha frente. La mujer era incluso más baja que él y más gorda. La holgada bata rosa le cubría el cuerpo formando un cilindro casi perfecto, lo que le daba el aspecto de una barra de chope con cabeza, una cabeza grande y blanda, enmarcada por una masa de pelo despeinado entre moreno y grisáceo. Ambos debían rondar la cincuentena. Miguel no reaccionaba a los gruñidos del hombre, ni a los golpes que le daba con el cepillo para echarlo de su puerta. A través de sus gafas con una lente estallada observaba fijamente a la mujer, que permanecía en silencio detrás del hombre, mirándole también, aunque con más asco que interés. De repente se abalanzó sobre ella, o esa fue su intención, porque al intentar levantarse del umbral no fue capaz de coordinar sus piernas y acabó de rodillas sobre la acera. Su brusco movimiento de animal herido asustó a la mujer, a la que hizo retroceder de un salto, dando un chillido. El hombre reaccionó golpeándole varias veces en la cara con el mocho del cepillo, obligándole a sentarse y cayéndole las gafas al suelo, al tiempo que le gritaba: “¡que te vayas de aquí, hijo de puta!”. Para entonces, con las voces, muchos vecinos se habían asomado a las puertas de sus casas, todos en pijama o bata, algunos riéndose, otros contemplando con enfado el espectáculo que los había sacado de la cama. Pocos se acercaron y de ellos sólo uno lo reconoció. Miguel, sentado en la acera, parecía un niño grande al que le acabasen de quitar los juguetes. Inclinaba la cabeza, guiñando sus ojos miopes mientras movía los labios intentando decir algo, aunque nadie, excepto el que lo había reconocido, prestaba atención a sus palabras. Éste, entre sonidos ininteligibles, escuchó algo que le había escuchado en alguna ocasión en algún bar… Carla, Clara, Cata o Casi… El hombre se fijó entonces en la mujer, que miraba a Miguel escondida tras su marido y con cara de pánico… una cara gorda, desgreñada, arrugada… la mujer más noble, buena y bella que había conocido ese desgraciado… Él sí que la conocía bien, a Clara Jimeno Morales, su vecina, la misma hija de puta que un día le abolló la puerta de su coche recién comprado y después dijo que no había sido ella, la misma que le obligó a deshacerse de su perro porque siempre se estaba quejando de lo mucho que ladraba, la misma hija de puta que ponía de vuelta y media a todo el mundo… Le entraron ganas de reírse, aunque no sabía exactamente de qué, si de la patética figura de Miguel o de la clase de mal bicho que él consideraba la mujer más noble del mundo. Se contuvo y se fue para casa, donde pudo reírse a gusto. Mientras, una pareja de policías locales se presentó en la calle y tras averiguar lo que pasaba y después de tranquilizar al matrimonio y convencerle para que no denunciaran a ese pobre desgraciado, decidieron llevar a Miguel de vuelta a casa.

A la mañana siguiente volvieron a presentarse ante su puerta la asistente social y el tipo con aspecto de Freud a lo bandolero. Esta vez Miguel les abrió la puerta tímidamente y les dejó pasar. Esta vez, su voz no escapó furibunda a través de la ventana. Nada se escuchaba desde la calle. Después de una hora y media ambos salieron y Miguel cerró suavemente la puerta a sus espaldas. Las visitas se sucedieron durante las siguientes semanas. Fueron las únicas personas que vieron a Miguel en el tiempo que siguió a aquel fatídico domingo, porque no volvió a salir de casa hasta el día en que un coche negro se detuvo ante su puerta para llevárselo. Aquella tarde se le vio salir más pálido que antes, apretando un neceser bajo el brazo, con gafas nuevas, mirando con asombro a su alrededor mientras cerraba la puerta y cruzaba la estrecha acera para montarse en un coche negro que conducía un joven de rostro inexpresivo al que apenas se le vio cruzando algunas palabras con Miguel. Algunos dijeron que era el hijo de un primo suyo, porque Miguel no tenía parientes más cercanos, otros que simplemente era un joven al que alguien contrató para que hiciera de taxista. El caso es que Miguel se sentó en la parte de atrás, muy encogido en el asiento, mientras apretaba el neceser entre sus manos y miraba por la ventana con cara de asustado. Después, el vehículo comenzó a moverse despacio, calle arriba, sin hacer mucho ruido. Alguien del Ayuntamiento dijo que se habían llevado a Miguel al psiquiátrico para curarle la pena o la depresión o el alcoholismo o esa estúpida fe que le había llevado a desperdiciar su vida creyendo en la existencia de un ser bueno, bello y noble frente al que todos los demás seres no valían la pena o al menos en la existencia de un ser que pudo albergar alguna vez un grado de bondad, belleza y nobleza superior a cualquier otro ser y que se mantuvo incontaminado e incorrupto, un ser al que la vida no deformaba ni arrugaba ni volvía malo y mezquino.

Regresó varios meses después. Más pálido y delgado de lo que se fue y, al parecer, no mucho mejor, porque siguió bebiendo tanto como antes y trabajando tan poco como antes y tan pobre como antes y pronunciando de vez en cuando ese nombre confuso que le seguía arrancando lágrimas y que ya pertenecía por entero a un ser que nunca existió, a una quimera a la que nunca tocó la existencia, a una locura que le hacía sentirse mejor, un asidero fantasmal sobre un mundo inmundo… Otra de las noches en que acabó tan borracho que no pudo regresar a casa se quedó dormido en un banco del parque municipal, donde le encontraron muerto a la mañana siguiente. Quienes vieron el cadáver dijeron que tenía una cara sonriente, que no parecía haber sufrido, que debió morir soñando con algo bonito, quizás con esa Carla, Clara, Cata o Casi que alguna vez se pareció a Clara Jimeno Morales, pero que nunca pisó la tierra y que siempre vivió dentro de esa cabeza asustada, alentándole en un mundo en el que se sentía extraño, hasta esa madrugada en la que al fin pudieron fundirse en la misma nada.

Juan José Sánchez González
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